“Influciencias” y otros engaños

La pseudociencia es siempre peligrosa porque contamina la cultura y, cuando concierne a la salud, la economía o la política, pone en riesgo la vida, la libertad o la paz”

Mario Bunge

Bunge es un ejemplo de cómo la filosofía y ciencia deben caminar juntas. Para ello hay que desterrar la superstición, toda metafísica con pretensión de verdad y a los científicos encriptados en su laboratorio cuyo lema es “si lo formulo tiene forma y si no es un absurdo”.

De la misma manera que la esquizofrenia de Heidegger nos lleva por el camino de la nada que anonada, aliñado discurso de palabras huecas, diría mejor con libros enteros huecos (véase “sein und zeit”), mucha poética patética, así también cuando nos enrocamos en el conductismo más dogmático no dejamos libertad para posibles aplicaciones de ideas difíciles de imaginar hoy, aunque hoy nada es difícil imaginar: El problema de las dimensiones, los agujeros negros etc…

Necesitamos muchos Bunge-búnker que nos defiendan de las enajenaciones supersticiosas. En este último libro continúa con su dialéctica crítica y destructiva contra la difusión de la superstición, la pseudociencia y la anticiencia dándoles la categoría de fenómenos psicosociales importantes, dignos de ser investigados de forma científica, no hay que menospreciar su “influciencia”, su capacidad de manipulación. Hace especial hincapié el autor en la manipulación social y política a la que nos somete la pseudociencia. En ella se apoyan muchos planes de guerra, muchos datos económicos y no pocas estadísticas, supuestamente veraces.

Mario Bunge (Florida, Buenos Aires, 1919) es uno de los filósofos de la ciencia más reconocidos en todo el mundo. Su formación humanística y política se enraizó en los barrios obreros de Buenos Aires, que recorrió de niño junto a su padre, médico y diputado socialista. A los 19 años fundó la Universidad Obrera Argentina (UOA), que fue clausurada en 1943 por el gobierno de Perón. En la década de 1960 dio clases en las universidades de Texas, Temple, Delaware (EE UU) y Friburgo (Alemania) y finalmente se estableció en Canadá, donde ha sido profesor de la Universidad McGill de Montreal, Quebec, la más antigua del país. Autor de más de 50 libros (entre ellos los ocho volúmenes de su Tratado de Filosofía), casi todos en inglés, ha recibido 19 doctorados honoris causa y el premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 1982. Sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas, incluidas el japonés, el ruso y el chino. Azote de las supercherías, en 1991 alentó la fundación del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP).

Y aunque la cosa de la astrología es muy grave, no está de más desmontarla con un poco de humor, que es la cuestión más seria, ya sabemos. Los luthiers, estos argentinos universales, como Bunge, nos hacen reír con los horóscopos y otros litigios ficticios…


6 Comentarios

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Lo tengo preparadito para cuando termine con malaciencia de Goldacre… pero solo he oído buenas críticas, así que pinta muy bien :)

Jbros

Alguien ha leído el Símbolo Perdido de Dan Brown? Tiene una base real todo lo que habla de ciencia noéticas y los científicos de la Antigüedad?

Juan IgnacioJuan Ignacio

Yo leí “El código da Vinci”, y el rigor científico e histórico es nulo.
Creo que este autor quiere vender ante todo, y hay que felicitarle porque lo consigue, vaya si lo consigue!!!

PepePepe

Las pseudociencia es un efecto secundario de la ciencia.
La alquimia es falsa pero se basa en la curiosidad por estados de la materia etc. y dio lugar a la quimica.
La creencias medicas que habia no hace mucho, hoy dia nos parecen estupidas gracias a lo que realmente sabemos, aunque algunos sigan empeñados a pesar de que este demostrado que son inutiles y hasta peligrosas, en creer en ellas.

La verdad es que muchas pseudociendias no existirian sino fuese por la ciencia de la cual se valen para aportar credibilidad, siempre meten algun hecho o palabra cientifica para luego remozarla con un sinfin de palabreria fantastica. Es como un parasito.

PoldetePoldete

Sólo un detalle,
en el último párrafo, en vez de “los luthiers” (nombre común) yo pondría “Les Luthiers” (nombre propio). Estos genios merecen ser nombrados con mayúscula ¿no? 😉
Un saludo,

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