La pregunta Naukas 2015 – Mauricio-José Schwarz

La pregunta Naukas 2015
La pregunta Naukas 2015

¿Qué avance o descubrimiento de la ciencia moderna ha hecho progresar más a la Humanidad?

Entendemos como ciencia moderna desde Copérnico hasta nuestros días.

La idea de la ciencia.

Nada ha hecho progresar a la humanidad más que la idea de que es posible identificar al conocimiento por medios tales que otra persona, totalmente independiente, con ideas incluso opuestas a las nuestras, lo pueda verificar independientemente de modo fiable y consistente.

Es decir, una visión del universo que nos permite saber que sabemos más allá de nuestro convencimiento profundo de que hemos dado con una verdad, con una certeza.

Las herramientas usadas antes para buscar el conocimiento eran imprecisas, con frecuencia inútiles. El razonamiento, la lógica, el sentido común, la intuición, la contraposición de argumentos, la idea de que los antiguos tenían conocimientos que se podían derivar sólo de leer sus textos, la iluminación (el trance místico, la epifanía, la revelación) podían, efectivamente, llevarnos al conocimiento. Igual que el ensayo y error que permitieron el avance lento de tecnologías como la del acero o los logros de los alquimistas.

Joseph Wright of Derby
Joseph Wright of Derby

Hay un cuadro del pintor inglés Joseph Wright of Derby que recrea el momento de 1669 en el que el comerciante y alquimista alemán Hennig Brand descubre el fósforo en su laboratorio de Hamburgo. Un redondo matraz donde Brand ha hervido miles de litros de orina en su intento por producir oro, brilla como centro de luz del cuadro, muy apropiado para un tratamiento de claroscuro como el que caracterizaba al pintor. Brand mira maravillado el resplandor de aquella sustancia misteriosísima que ha producido y ha caído sobre una de sus rodillas, en una especie de arrebato místico, de respeto y temor ante la luz verdosa de eso que después llamaría “fósforo”, el portador de luz.

Apenas ocho años antes, en 1661, Robert Boyle había fundado la química moderna con su libro El químico escéptico, rechazando las especulaciones de Aristóteles y de Paracelso sobre los elementos que componen la realidad y adoptando una visión naturalista, materialista y de convencimiento, a tenor de la revolución científica, de que la materia podía conocerse. Por ello mismo, el subtítulo de su revolucionario y voluminoso libro (442 páginas en la edición original) era Dudas y paradojas físico-químicas.

Hennig Brand había encontrado un fragmento importante de conocimiento, como lo habían hecho muchos otros desde el más remoto pasado humano, quizá cuando se descubrió que la grasa se quemaba, que una piedra era una herramienta y arma útil, que la piel podía curtirse y todo lo que fue conformando la experiencia humana paso a paso. Conocimientos de un valor incalculable porque permitieron, no es poca cosa, la supervivencia de las bandas de peculiares primates que fueron nuestros ancestros.

Pero conocimientos que no eran en la mayoría de los casos sino rituales que daban resultado por causas desconocidas. Conocimientos del universo material insertados en una visión sobrenatural que exigía que el horno del alfarero fuera bendecido al construirse para impedir que demonios, brujas y seres malignos interfirieran con la cocción correcta de los cacharros que el artesano proveía a su comunidad. Porque demonio, brujas y otros elementos del mundo sobrenatural eran considerados tan reales como la jarra de vino y el plato para las gachas que hacía con sus manos el alfarero, y el proceso repetido de preparación, moldeado, cocinado y pintado de las piezas podía verse interrumpido en cualquier momento por fuerzas desconocidas o imprevisibles.

Simplifico, cierto, pero la idea está allí: Hennig Brand vio la luz de su fósforo y podía ser al mismo tiempo un maravilloso fenómeno natural o una expresión divina… incluso demoníaca. Postrarse ante ella era un seguro razonable… y así lo parece en el cuadro de Wright aunque realmente no sabemos si Brand cayó de rodillas ante la luz verdosa o se bailó un zapateado de alegría.

La idea de que el conocimiento era accesible como un procedimiento ordenado de aproximación a un universo natural, material y regido por leyes cambió todo, para siempre. No importaba de pronto si el científico (palabra que por supuesto no existía siquiera en tiempos de Copérnico y los inicios de la revolución científica) era convincente, tenía buen apoyo en las autoridades del pasado, manejaba eficazmente los elementos de la retórica o citaba abundantemente a la Biblia. Lo que importaba era que sus observaciones sistemáticas pudieran ser comprobadas por cualquiera, que las explicaciones propuestas a los fenómenos observados se presentaran de tal modo que, de nuevo, cualquiera pudiera verificarlas, ya fuera mediante otras observaciones, desarrollos matemáticos, experimentación… cualquiera de los métodos que derivan en un conocimiento que sabemos que es conocimiento.

La vida humana cambió radical y aceleradamente desde entonces. Todo lo acontecido en las muchas ramas del conocimiento se debe a esa visión que se desarrolló a partir de la idea de Francis Bacon de que el conocimiento es posible incluso a pesar de las limitaciones de los sentidos y del intelecto humanos. Un conocimiento certero, verificable y cuya prueba de fuego es su cotidiana verificación por parte de la experiencia, de los hechos… su capacidad de funcionar y actuar efectivamente sobre el mundo real.

Fue el propio Bacon quien enunció por primera vez una máxima que el mundo digital, en especial el de las redes de información, ha popularizado en las últimas décadas: el conocimiento es poder (en sus propias palabras: “Porque el conocimiento en sí es poder”). Si el progreso es lo que hacemos con el conocimiento, con el poder que representa tenerlo y difundirlo, parecer claro que todos los avances de la ciencia, los que han permitido el progreso en su mejor acepción (una vida más larga, más sana, más libre, con menos temores e incertidumbres, más feliz) son resultado de la idea colectiva de la ciencia que se desarrolló entre el siglo XVI y XVII.

1 Comentario

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JavierJavier

La idea de “progreso” —la idea de un ascendente bienestar derivado de la acumulación de conocimiento y refinamiento técnico— era ajena a la mentalidad de la antigüedad pues, por ejemplo, antes de la era moderna no encontramos el concepto de lo “futurista”. Así, decir que la ciencia moderna ha hecho progresar a la humanidad es como decir que el progreso ha hecho progresar a la humanidad.

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