Hitos en la red #71

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La ciencia requiere de décadas, si no fracciones mayores de siglos. Pero eso es ahora, habitualmente se han necesitado varios siglos completos para entender cosas básicas como, por ejemplo, que no existe una materia del fuego o del calor (aunque no sé yo que diría la población general en una encuesta), Fuego y calor, esas materias inexistentes, como siglos se han necesitado para abandonar los métodos mecánicos de cálculo, El primer instrumento logarítmico: la regla de cálculo.

Hoy, sin embargo, no podemos esperar a ver qué nos depara el futuro, si es probable que desarrollemos una enfermedad dentro de cuarenta años queremos saberlo hoy; aunque esto tiene ventajas e inconvenientes, ¿En manos de quién ponemos nuestro genoma?, de Mariajo Moreno.

Vivimos en la histeria de la inmediatez. Nuestra capacidad de concentración apenas llega al tiempo necesario para leer un tuit. Nos desesperamos si la página que visitamos tarda más de 3 segundos en cargarse y no digamos si la aplicación que queremos usar en el móvil tarda más de 2; y si nos dicen de ver un vídeo, éste no puede durar más de 3 minutos ni contener más de una idea principal, eso sí, con edición de clip comercial, por ejemplo, ¿Cómo se mueve un líquido cuando lo calientas?, de Joaquín Sevilla y Javier Armentia. Esta histeria aplica a las noticias en general, y a las de ciencia en particular, y a la forma en la que son redactadas: encontrar textos de más de 500 palabras raya lo extraordinario.

No sería tan grave si no fuera porque esta necesidad de inmediatez se traslada al fondo de las noticias: los estudios científicos no se ven como parte de un proceso de descubrimiento que puede llevar años, si no décadas, como decíamos al comienzo; por el contrario se ven como hallazgos definitivos reducidos a un titular. Paradójicamente, esto lleva a contradicciones en las propias noticias pero a los lectores en general no parece importarles: quieren el plato del día y mañana ya se verá.

Las lecturas largas y reposadas son mucho más frecuentes en los blogs de calidad, que son los menos. Afortunadamente la red cuenta con un buen muestrario de ellos.

Raúl Ibáñez suele escribir muy largo e ilustrar mucho. Sin embargo, sus textos, por su calidad, son de los más compartidos consistentemente del Cuaderno de Cultura Científica; para muestra Ceros, ceros, ceros (ojo al cierre de la anotación que es otro ejemplo de lo que decimos más arriba sobre vídeos).

Francisco R. Villatoro y Daniel Marín tienden a emplear la extensión que requiera el asunto para ser tratado con rigor, algo que no todo el mundo hace. Y los asuntos que tratan a veces requieren mucho espacio (relativo). Verbigracia, los relativamente breves La atmósfera menguante de Plutón y las extrañas estaciones dobles de un planeta enano y El origen del cometa Churyumov-Gerasimenko y otros descubrimientos de Rosetta (Bitácora de Rosetta 14) de Dani, o Cómo se endereza una tortuga puesta al revés y Teoría de cuerdas heteróticas sin supersimetría de Francis.

No todo se reduce al texto escrito. En abierta competencia con la música popular en píldoras autosimilares de 3 minutos y medio, también existen podcasts de calidad para llenar esos tiempos en los que no podemos mirar una pantalla. De los mejores, sin duda, es Catástrofe Ultravioleta: #11 Elefancía de Javier Peláez y Antonio Martínez Ron.

Para finalizar, este cronista desearía dedicar esta crónica de hoy a alguien que escribe largo y bueno*, como los temas que trata ameritan. Para ti, Laura Morrón.

* Un magnífico ejemplo: John Bardeen, un genio olvidado

Químico. Trabajo en Euskampus Fundazioa con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU, para la que edito el Cuaderno de Cultura Científica y Mapping Ignorance. Escribo cosas para el Donostia International Physics Center y el Basque Center for Applied Mathematics. Profesor del Máster de Cultura Científica UPV/EHU-UPNA.



Por César Tomé López
Publicado el ⌚ 7 junio, 2015
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