Pensamiento crítico: cómo ser más listo que Hans

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Una parte importante de mi profesión consiste en saber argumentar. Examinamos un posible invento y, en base a la evidencia que encontramos, tratamos de demostrar de forma concluyente si ese invento cumple o no las reglas que lo cualifican como digno de obtener una patente.

Puedo asegurar que convencer a alguien que cree estar en posesión del invento del siglo de que lo suyo no funciona, o de que su invento es más viejo que la rueda, no es tarea fácil, por mucho que la evidencia sea incontestable.

Y, para ser honestos, yo peco de lo mismo. A menudo una idea preconcebida me lleva a una conclusión que luego resulta ser errónea, error que en primera instancia defiendo con uñas y dientes, argumentísticos se entiende, desoyendo la evidencia que me contradice y buscando la que me da la razón.

Todos estamos condicionados por algún sistema de creencias que nos predispone a aceptar ciertas conclusiones y a rechazar otras, independientemente de la evidencia empírica a favor o en contra. Los psicólogos conocen y han estudiado este fenómeno, al que llaman Einstellungeffekt.

¿Somos críticos?

Por eso yo valoro el pensamiento crítico y el escepticismo, y procuro aplicarlos siempre, sobre todo a mis propias creencias.

El objetivo del pensamiento crítico es llegar a la conclusión más razonable, la más cercana a la verdad empírica. Sin embargo, no hemos evolucionado para descubrir la verdad empírica del universo, sino simplemente para sobrevivir en la sabana y reproducirnos. Es por ello que varios filósofos y científicos hablan del pensamiento crítico como de algo no natural a nuestra especie.

A mí me gustaría contradecirlos, y por ello sigo buscando pruebas de que el ser humano es crítico y racional por naturaleza. Aunque al hacerlo les dé en parte la razón, pues si bien toda la evidencia apunta a lo contrario yo, irracionalmente, continuo tratando de demostrar que somos racionales.

Qué le vamos a hacer. Incluso a los científicos más escépticos se les escapan detalles, convirtiendo la lógica con la que pretendían hacer sus deducciones en una falacia lógica. Y las falacias más difíciles de detectar son aquellas que no se hacen a propósito, porque la persona que la comete está siendo completamente honesta. Esto pasa mucho en mi profesión: la persona que cree haber inventado la rueda lo cree de verdad, y su honestidad puede acabar confundiendo al examinador más escéptico.

 El caso de Hans “el listo”

Me viene a la mente el llamado efecto Hans “el listo”. Sí, se llama así, no me lo he inventado: the “Clever Hans” phenomenon.

Hans "realizando" operaciones aritméticas
Hans “realizando” operaciones aritméticas

El nombre se debe a un hecho que sucedió a finales del siglo XIX. Ocurrió que en la Alemania de aquella época había un caballo de nombre Hans, el cual era capaz de responder a preguntas sobre cálculos matemáticos golpeando el suelo con sus cascos. Si su dueño, un tal Wilhem von Osten, le preguntaba cuánto es 3×3, Hans respondía golpeando el suelo 9 veces con su pezuña delantera. Por eso en su pueblo le llamaban Hans el listo (Der kluge Hans, en alemán). Su dueño acabó por montar un espectáculo que en 1891 asombraba a todo el mundo, ya que Hans parecía responder al lenguaje humano y ser capaz de comprender conceptos matemáticos. Aparentemente Hans mostraba otras habilidades increíbles, como decir la hora con su pezuña.

Más de una docena de científicos observaron a Hans y quedaron convencidos de que no había engaño. La prueba que les convenció era que Hans hacía los cálculos igual de bien incluso si su dueño no estaba presente. Pero los científicos estaban equivocados.

Caballos listos y comunicación no verbal involuntaria

El caballo era simplemente un canal a través del cual cierta información sobre la respuesta a la pregunta, que el propio interrogador daba de manera inconsciente, era devuelta al interrogador en forma de golpes de pezuña. La falacia involucra tratar al caballo como la fuente de la respuesta, mientras que la respuesta la daba el propio interrogador de forma involuntaria e inconsciente.

Fue un tal Oskar Pfungst, quién en 1904 demostró que el caballo estaba respondiendo a ciertas señales físicas sutiles (reacciones ideomotoras) que la persona que preguntaba enviaba, para saber cuándo empezar a golpear y cuándo parar.

Pfungst descubrió que cuando la respuesta correcta no era conocida por ninguno de los presentes Hans tampoco la sabía. Y cuando no podía ver a la persona que sabía la respuesta, el caballo no respondía correctamente. Esto llevó Pfungst a concluir que el equino estaba recibiendo señales visuales, probablemente muy sutiles, que le indicaban la respuesta correcta.

Hans “el listo” durante un espectáculo
Hans “el listo” durante un espectáculo

Hans estaba por tanto respondiendo a un ajuste postural, a una entonación en la voz o a otra forma de lenguaje no verbal que la persona que preguntaba realizaba de manera inconsciente. Así, cuándo Hans llegaba al número de golpes correcto, su interrogador realizaba algún movimiento de cabeza, gesto o expresión – como los que todos hacemos de manera automática e inconsciente – que era su señal para detenerse. En este sentido Hans era efectivamente muy listo, pues sabía descifrar el lenguaje no verbal de las personas mejor que muchos de nosotros. Pero, lamentablemente, lo que a ojos de todos los presentes era verdad no era cierto: Hans no sabía matemáticas.

Pensamiento crítico: Pienso, luego critico

Desde entonces los psicólogos han demostrado que las personas, al igual que Hans, recibimos señales no verbales de nuestros interlocutores que nos pueden llevar a deducir información que nuestro interlocutor, de manera consciente, no pretendía darnos. Parece que esta podría ser una de las formas con las que videntes y adivinos convencen a otra gente, y puede que incluso a sí mismos, de sus poderes.

Además, como resultado de este caso, en el método científico se usa una herramienta conocida como “doble ciego”, según la cual en un experimento “a doble ciego”, ni los individuos participantes ni los investigadores saben quién pertenece al grupo de control (que recibe placebos) y quién al grupo experimental, para evitar sesgos y posibles pistas inconscientes.

Pero lo que hoy me interesa contar es cómo decenas de científicos y personas, antes de que Pfungst usase su pensamiento crítico para poner a prueba a Hans, se rindieron ante la primera evidencia que probaba lo que ellos deseaban creer.

Así que ya sabéis, si creéis en algo ponedlo a prueba no una, sino dos, tres y hasta cuatro veces.

Este artículo nos lo envía Ricardo Oltra García (@Roltrag) Físico, ingeniero agrónomo y estudiante de muchos idiomas. Tras trabajar algunos años como ingeniero en grandes multinacionales, en 2002 dejó Madrid y se trasladó a La Haya, para trabajar en la Oficina Europea de Patentes, donde mezcla su pasión por la ciencia y la innovación con el mundo de la propiedad intelectual. Imparte charlas y seminarios sobre patentes y propiedad intelectual en general. Para no aburrirse cultiva otras aficiones, y lee todo cuánto cae en sus manos sobre historia, evolución, física teórica y astronomía.

2 Comentarios

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Johann

Buena entrada, estaba esperando algún ejemplo de cómo poner a prueba la creencia, porque si la cree uno y está convencido, va a terminar tratando de convencer mas que de probar, todo eso de manera inconsciente. Más que cuando uno tiene una idea y está apasionado con ella se olvida de cualquier otra cosa, mucho menos viene a la mente la “contraidea” de… ponlo a prueba

JoseJose

Cuando he leido “la persona que cree haber inventado la rueda lo cree de verdad, y su honestidad puede acabar confundiendo al examinador más escéptico”, me estaba acordando de la teoría de las Cuerdas, no se puede demostrar pero muchos ,en un acto de fe ,lo da por correcta.

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