La pregunta Naukas 2017 – Miguel Santander

4ª EDICIÓN DE LA PREGUNTA NAUKAS
4ª EDICIÓN DE LA PREGUNTA NAUKAS

¿Cuál es el hecho más fascinante del Universo?

Suele decirse que somos polvo de estrellas, porque los átomos de los que estamos formados fueron forjados en el interior de algún horno estelar desaparecido largo tiempo atrás. El caso es que dicha idea, si bien estrictamente certera, esconde sutilezas que la hacen, en mi opinión, aún más bonita de lo que nos evoca al leerla.

Me explico. A nadie se le escapa que estamos formados por átomos, sí, pero dichos átomos no están dispuestos al tuntún sino bien organizados en moléculas. Y hacer esas moléculas es más costoso de lo que pueda parecer a simple vista, no suele bastar con poner al lado un par de átomos recién expulsados de la estrella y esperar que se enlacen por sí solos. A día de hoy hemos detectado cerca de 200 moléculas distintas en el espacio, gran parte de ellas orgánicas (basadas en el carbono), tanto en las envolturas polvorientas de estrellas en su fase de gigante, como en las densas nubes donde se forman las nuevas estrellas y sus correspondientes planetas. Los caminos químicos por los que se forman en el medio interestelar las distintas moléculas que podrán dar lugar (entre otras muchas cosas) a la aparición de la vida son muy tortuosos, pero parece cada vez más claro que hay cierta molécula que actuaría de principal «iniciador» de la química molecular en el espacio. Se trata del Hidrógeno molecular protonado o H3+.

Esta molécula estable formada por tres átomos de hidrógeno y solo dos electrones (de ahí la carga positiva) se forma espontáneamente en el espacio si tenemos un gas de hidrógeno molecular (H2) en el que algunas moléculas están en estado neutro y otras ionizadas (a las que les falta un electrón). El resultado de dicha reacción es una molécula de H3+ y un átomo de hidrógeno normal y corriente. En otras palabras, si queremos formar H3+ que de lugar a toda una química de la que nosotros somos parte interesada, necesitamos H2, del cual hay de sobra, pero también H2+. Es decir, necesitamos algo que impacte con la energía suficiente como para arrancar un electrón a unas cuantas moléculas de hidrógeno. Y ese algo no es otra cosa que los rayos cósmicos.

Los rayos cósmicos son partículas (sobre todo protones) que viajan a velocidades asombrosas y nos bombardean continuamente (en lo que has tardado en llegar hasta aquí leyendo te han atravesado más de cien mil rayos cósmicos de baja energía). Aún no conocemos con plena certeza su origen, pero sabemos que nuestro sol los emite (se trata de una estrella adulta, de ser una protoestrella otro gallo cantaría), y que gran parte viene de fuera del Sistema Solar. Creemos que la mayoría de los rayos cósmicos provienen de fenómenos tan violentos y energéticos como las explosiones de supernova o la caída del gas sobre los agujeros negros centrales de las galaxias de núcleo activo.

Ahora para un momento y piénsalo: los átomos que se organizaron en moléculas orgánicas que terminaron estancadas en nuestro planeta fueron forjados en alguna estrella cercana, sí, pero la chispa que prendió la cadena de reacciones químicas de moléculas que acabaron desembocando en la vida pudo venir, perfectamente, de alguna galaxia situada a miles de millones de años-luz de distancia. Si eso no es fascinante…


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