La fantástica historia de los experimentos mentales (I)

13 Experimentos mentales Galileo

Un matemático, como un pintor o un poeta, es un hacedor de patrones. Si éstos son más permanentes es porque están hechos de ideas.

Godfrey H. Hardy, A Mathematician’s Apology

Los experimentos mentales tienen una larga e interesantísima historia. Los experimentos mentales de corte científico tienden a ser los que se llevan la mayor parte de la publicidad, al estilo del ascensor de Einstein con el que hizo una equivalencia entre aceleración y campos gravitacionales. Sin embargo los experimentos filosóficos no le van a la zaga en creatividad e intuiciones: piénsese por ejemplo en Descartes, con su experimento del cerebro en una cubeta, con el que arrojó luz cerca de los temas de conciencia, verdad y percepción, mente y realidad. En otro artículo me he referido a experimentos mentales éticos, que son una variante de los filosóficos y también sujetos de intenso estudio. En esta serie me propongo dar espacio a todo tipo de experimentos mentales a lo largo de la historia.

Primero que nada, el uso común de los experimentos mentales es el de probar las posibles consecuencias de una teoría, ya sea en un marco lógico, físico o moral. La gran flexibilidad que aportan es que muchas veces las situaciones son extremas o imposibles de medir en el mundo real y pueden ser usadas para explorar una variedad de temas, como encontrar ejemplos en contra de definiciones o leyes sobreentendidas, descubrir falacias de pensamiento, encontrar resultados inesperados o sugerir pruebas de imposibilidad.

Una de las expresiones más antiguas —y aún hoy, de las más interesantes— de los experimentos mentales es la creación de paradojas; esto es, una argumentación aparentemente lógica pero que lleva a contradicciones, y es usada para atacar una propuesta llevándola a condiciones extremas. La paradoja se ha usado desde tiempos de la Grecia clásica y Zenón de Elea fue uno de sus máximos exponentes.

Pero seamos un poco más modernos en esta ocasión: empecemos por el siglo XVII y la época en la que Galileo estaba poniendo de cabeza al mundo de la filosofía natural, como se le llamaba aún al quehacer científico. En la ilustración de este artículo podemos ver el famoso “experimento de la Torre de Pisa”, donde Galileo tomó dos bolas de diferente masa, las dejó caer y llegaron al mismo tiempo al suelo. Esto contradecía la concepción aristotélica que aseguraba que la velocidad debía depender de la masa. El evento es muy famoso pero la mayoría de los historiadores creen que es una dramatización y que de hecho partió de un interesante experimento mental:

En sus escritos Galileo se imagina la situación de conectar un cuerpo pesado a uno ligero por medio de un alambre rígido, y luego dejarlos caer. Esto lleva a contradicciones en la teoría aristotélica: en primer lugar el objeto pesado podría acelerar al ligero y el ligero desacelerar al pesado, resultando en una velocidad neta que estaría entre las velocidades de ambos solos. Pero por otra parte, el cuerpo resultante (los dos objetos y el alambre) es más pesado que las partes así que su velocidad debe ser mayor incluso que la del objeto pesado por sí mismo. Con esta contradicción, Galileo llegó a la idea de que la velocidad del objeto en caída libre no es función de su masa. Con esta idea, llevó a cabo sus experimentos de bolas cayendo a lo largo de rampas y (quizá o quizá no) a su espectacular demostración en la Torre de Pisa. El caso es que su análisis mental de la propuesta aristotélica lo llevó a dudar de sus resultados y con el tiempo, a transformar para siempre la ciencia experimental.

Pasemos ahora a un experimento sin solución y en la frontera de la ciencia médica moderna: Sydney Shoemaker es un filósofo especializado en los temas de mente, memoria y conciencia. Basado en resultados de personas que han sobrevivido y conservado su memoria tras sufrir condiciones u operaciones que les han hecho perder la mitad de su cerebro, propuso este escenario:

Supongamos que Juan tiene sólo la parte izquierda de su cerebro y su cuerpo está en mal estado, de modo que tomamos su medio cerebro y lo trasplantamos a un cuerpo sano pero sin cerebro. Como vemos que se mantienen sus rasgos sicológicos y su memoria, decimos que Juan sobrevivió a la operación. Pero consideremos este caso: un científico loco toma a Pedro, una persona con cerebro completo, lo divide en dos y pone cada mitad en un cuerpo como el antes descrito. Las preguntas son, ¿sobrevivió Pedro, y cómo? ¿Quién de los dos es Pedro, o ambos lo son? ¿Se reconocen?

Los filósofos están haciendo cada vez más experimentos mentales tomando en cuenta esta y otras fronteras modernas de la ciencia, incluyendo la clonación, la realidad virtual completa y la inmortalidad digital. Todas ellas plantearán problemas éticos y filosóficos que nunca habían sido siquiera imaginados.

Siguiente entrega: Friedrich Nietzsche contra Georg Simmel en duelo de experimentos mentales.

Referencias:

Sorensen, Roy A. Thought experiments. Oxford University Press, 1999, pp. 5-11.

Lombrozo, Tania. “Galileo Lives On”. NPR. Feb, 17 2014.

Rubin, Julian. “Galileo Galilei: The Falling Bodies Experiment”.

Fowler, Michael. (University of Virginia). “Galileo’s Acceleration Experiment”. Galileo and Einstein.

Shoemaker, Sydney. “Persons and their pasts”. American Philosophical Quarterly 7 (4):269-85. 1970.


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