Educando a Ciro Peraloca (IV)

16 Ciro Peraloca 4, 1Seguimos con el tema de las turbulentas relaciones que existen entre los bienintencionados inventores y los capitalistas que pueden invertir en sus proyectos y hacerlos realidad. En las tres entregas anteriores hablamos de la importancia de construir equipos multidisciplinarios, de hacer presentaciones claras y de hacer proyecciones que demuestren que los proyectos son viables. Esos maquiavélicos inversionistas, herederos de Shylock, deben ser convencidos con seguridades de que su dinero se multiplicará.

Pero esperen un poco. No es bueno tener esta constante dicotomía, de científicos/santos contra inversionistas/Mefistófeles. Cuando terminamos la última vez, decíamos que una vez que tenemos todas nuestras presentaciones y proyectos financieros hechos, apenas estábamos en un 35% de avance de poder hacer las cosas. ¿Qué falta?

Falta ver que nuestros científicos a veces se desvían también del estrecho camino de la santidad.

El 65% restante tiene muchísimo que ver con poner de acuerdo al equipo de investigadores entre sí, antes de presentarse ante los dueños del dinero. Una vez que existe dinero de por medio, no hay razones que valgan. Mis lectores me restregarán en las narices a Tesla, Fleming, Borlaug o un montón más de almas puras e incorruptibles que sólo querían hacer sus inventos y darlos al mundo.

Mi respuesta es: no tenían socios. (Bueno, Tesla sí tenía a un socio capitalista relativamente benigno, pero por más benigno, fue quien hizo todo el dinero).

Todavía en las épocas de Tesla, a principios del siglo 20, era posible hacer descubrimientos que cambiaran el mundo refundidos en nuestros laboratorios en un sótano lúgubre. Hoy en día el conocimiento científico se ha expandido de una manera exponencial y el 99% de las cosas se realizan no sólo en grandes equipos interdisciplinarios, sino en colaboración con otros equipos alrededor del mundo, gracias a nuestras comunicaciones instantáneas. Recuerde mi lector que no estamos hablando de física teórica ni de matemáticas puras, donde sigue siendo posible hacer contribuciones revolucionarias de forma individual. En menor grado, en ciencia computacional aún se puede hacer.

Pero aquí hablamos de invenciones prácticas y que pueden aplicarse a industrias ya desarrolladas: robótica, nanotecnología, virología, nuevos materiales, viajes espaciales. Un proyecto en una de estas áreas no puede ser desarrollado de principio a fin por una sola persona, no importa qué tanto nos lo machacan series como Fringe y Eureka, donde un mismo genio es experto en física cuántica, ingeniería de cohetes, inteligencia artificial y medicina forense. Y en sus ratos libres es el bombero y capellán del pueblo.

Así que tenemos un equipo de científicos que han colaborado para desarrollar un maravilloso tratamiento para el cáncer de páncreas, por ejemplo. Hicieron su tarea (porque leyeron ya los primeros tres artículos de esta serie) y ya tienen una presentación genial, amena y clara. Además ya tienen una proyección financiera que muestra que el proyecto es viable: en los tres primeros años de vender a farmacéuticas se recuperan los 10 millones de inversión, y a partir del cuarto año, todos se hacen millonarios y empiezan a comprar búngalos en Tahití.

Momentooooo.

Aquí viene la pregunta crucial y es muy posible que en esta fase se pueda desbaratar todo el proyecto:

¿Cuánto le toca a cada quién?

¿Partes iguales? Si contestan eso, puede ser que sean una reencarnación de Pierre y Marie Curie, pero es más común que del equipo de cuatro a diez investigadores, las contribuciones sean más bien irregulares, y por lo tanto más difíciles de cuantificar.

Por eso, este paso es crucial. Como decimos en México: las cuentas claras y el chocolate espeso. Antes de poder presentarse seriamente ante inversionistas, se deben atender estas dos consideraciones básicas:

– Registro de la patente (de la que ya hablamos en la entrega anterior), y

– Constitución de una empresa dueña de la patente.

La segunda de estas es muy importante y es la diferencia que el inversionista apreciará, entre lidiar con un grupo de locos que no pueden escoger una corbata decente, y una entidad legalmente constituida, que resulta que está representada por un grupo de locos que no pueden escoger una corbata decente. Esto hace toda la diferencia del mundo porque supongamos lo siguiente:

El inversionista se enamora del proyecto. Quiere también erradicar el cáncer de páncreas del mundo. De modo que dice, “Señores, no se diga más. Me han convencido, tendrán sus 10 millones. ¿A qué cuenta los deposito?”

La diferencia entre estas dos respuestas:

“A la cuenta de Venancio Namorado”, y

“A la cuenta de la empresa “Tecnologías Médicas Anti Cáncer de Páncreas, S.A. de C.V.”,

es abismal. Lo mismo pasa a la hora de hacer el contrato. Una empresa gigante o un grupo de capital de inversión no quiere firmar un contrato con una banda de desadaptados sociales, sino con una empresa hecha y derecha, con representación legal, y de preferencia constituida de forma que su estructura permita opciones de compra de acciones a futuro, o bien de salida al mercado de valores (opción pública, ó IPO). Y que resulta estar representada por una banda de desadaptados sociales, claro.

De modo que nuestros intrépidos científicos tienen que poner sus cosas en orden, ponerse de acuerdo y crear una estructura legal que sea la que vaya a dar la cara ante los potenciales inversionistas.

Se escribe rápido pero no es tarea fácil.

Más allá de ver qué porcentaje de acciones le toca a cada participante, deben consultar largamente con sus abogados y hacer las siguientes cuatro consideraciones:

  1. La empresa debe poder aceptar inversión externa y transferencia de acciones. Esto es algo típico.
  2. La empresa debe ser la dueña de la patente o del secreto industrial.
  3. Todos los puestos del consejo de la empresa (presidente, consejero, tesorero) deben estar muy claramente definidos, así como el procedimiento de votación para la toma de decisiones.
  4. La empresa debe tener una estrategia acordada para ofrecer su tecnología.

Los dos primeros puntos se dan por defecto en cualquier proceso de creación de una entidad mercantil. El tercero parece un poco intrascendente porque también se da casi por defecto, pero definirlo es esencial.

Nuestros amigos inventores son amigos de la infancia y tal, pero tarde o temprano se van a topar con situaciones de toma de decisiones que implicarán la disposición de aquello que han creado y del uso del dinero que devenga de ello. Estas no son decisiones fáciles y deben entender que necesitan tener este proceso de toma de decisiones bien definido.

Finalmente, el paso 4 es crucial también: cuando le preguntamos al inventor que ya tiene su proyección financiera, cuánto quiere por su proyecto, él puede decir “10 millones, porque ese es el valor presente de la empresa con una proyección de seis años”.

¡Muy bien! ¡Excelente respuesta!

La siguiente pregunta es: “Te doy los 10 millones, ¿a cambio de qué?” Y ésta será seguida por otras más, como:

¿De la empresa y su tecnología completas? ¿O de una licencia de uso? ¿Y si es uso, es global o regional? ¿O el dinero es a cambio de acciones en la empresa? ¿Cuántas acciones? ¿Hay opción a comprar más? ¿En cuánto tiempo? ¿Hay una estrategia de salida? ¿O quieres que hagamos una joint venture? ¿Y si sí, en qué país, en el tuyo o en el mío? ¿Quieres un asiento en la mesa directiva de la nueva empresa? ¿Y yo voy a tener todas las decisiones de mercadotecnia? ¿Y de contrataciones? ¿Y qué pasa con las investigaciones que se deriven de esta tecnología?

Todas estas preguntas —y muchas otras— se relacionan con un tema fundamental, que se llama “Modelo de negocio”. Esto ocupará, como ya dije, gran parte de ese 65% que aún tenemos que preparar antes de estar en una mesa de negociaciones. Si no tenemos claro qué modelo de negocio vamos a proponer, no importa cuánto se haya enamorado el inversionista. Si ve que no hay una propuesta clara, o que hay poco entendimiento de este tema, pueden pasar dos cosas: o que nos digan “Vuelvan cuando estén preparados para negociar” o peor aún: que empiecen a negociar y terminemos vendiendo nuestra genial tecnología por 100 euros y una medallita.

No hay que descorazonarse, pero tampoco hay que ignorar la realidad: así como ya antes consultamos a un diseñador y a un experto financiero, ahora debemos consultar a un abogado para poder estar preparados con una estructura mercantil, y a un experto en negocios que nos oriente en la mejor forma de estructurar nuestra propuesta. No hay una “mejor” manera: licenciar la tecnología, venderla directamente, hacer una empresa conjunta (joint venture), seguir involucrado como proveedor de investigación… todas estas son opciones válidas que responden a las aspiraciones de cada quien. Pero es esencial expresar claramente la idea que tenemos y entonces poder elegir la forma legal más adecuada.

Siguiente entrega: ¡yo quiero hacer mi empresa!


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