Educando a Ciro Peraloca (V) – Conclusión

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Laputa, El Castillo en el Cielo (1986)

De modo que llegamos al final de esta serie: cómo hacer para que un investigador/inventor en el mundo hispanohablante —que se enfrenta con obstáculos interminables de los cuales el principal es la falta de dinero— puede hacer para preparar su proyecto ante inversionistas que lo ayuden a hacerlo realidad. Sin morir (de coraje) en el intento. Hemos visto que es fundamental tener un equipo interdisciplinario de apoyo y además asesorarse con diseñadores, financieros y abogados.

Finalmente, un leitmotiv de esta serie y con lo que quiero cerrar, es: se deben mantener los pies firmemente plantados en el suelo. En todo momento. Siempre. A riesgo de repetirme ad nauseam:

SIEMPRE.

Los pies en el suelo. Nada de castillos en el aire.

Uno puede pensar que un científico es una persona que no necesita de este consejo, porque su vida prácticamente es lidiar con hechos objetivos en sus investigaciones: es una persona en busca de la verdad. A ver, vamos aclarando. Aquí no nos importan las ideologías o creencias de nuestro científico; por nuestra parte puede ser budista, cienciólogo, Hare Krishna ó devoto del Monstruo de Spaghetti Volador. Eso no hace diferencia.

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O si le da por el fanfic.

Lo que nos importa es que nuestro inventor pueda ver objetivamente la situación de su rama de investigación. Todos necesitamos este consejo si estamos previendo desenvolvernos en el mundo de la inversión y de la industria. Con el ejemplo que hemos estado viendo con anterioridad: supongamos que hemos desarrollado una píldora que te hace inmune contra el cáncer de próstata. Una vacuna oral, vamos.

Wow. Eso es una revolución.

Primero que nada: es prácticamente imposible que una sola persona pueda inventar eso. Se necesita un equipo muy grande de especialistas. Si ese grupo ya trabaja para una empresa, la patente pertenece a la empresa, de modo que de entrada le decimos adiós al héroe que publica gratis la receta en línea para que todo el mundo la use.

En segundo lugar, hacer una cosa así no sólo es extraordinariamente difícil sino extraordinariamente caro. Supongamos que nuestros tres intrépidos científicos crearon la píldora en su laboratorio independiente o en su universidad. Vale, la patente es de ellos, o compartida con la universidad. Pero lo que hicieron funciona en teoría, en su laboratorio. Desde esa etapa hasta poder llegar a la comercialización de la píldora, hay un espacio de —siendo generosos— por lo menos 4 años de pruebas en animales, expansión del proceso para adaptarlo a producción masiva sin perder sus propiedades esenciales, pruebas en humanos Fase I y pruebas en humanos Fase II, con lo que finalmente se puede obtener una licencia de aprobación, como la otorgada por la FDA (la Food and Drug Administration) de EEUU.

Oh, perdón, ¿dije cuatro años? Quise decir cuatro años y 50 millones de dólares.

Eso es simplemente para completar el proceso y poder estar en posición de comercializarla. No incluye ningún costo de publicidad ni de distribución que, para una cosa de este tipo, implica (muchos) millones de dólares más.

Los pies. En el suelo.

Una invención para la industria farmacéutica necesariamente debe presentarse ante inversionistas grandes que puedan costear todo este proceso o bien directamente ante la farmacéutica. A menos que seamos parientes de Rico MacPato ó del Sr. Burns.

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Y ya sabemos que no es fácil sacarles un peso.

Pero hay muchas otras cosas que se pueden hacer en la cochera y crear un imperio a partir de ellas, ¿o no? ¡Steve Jobs y Bill Gates empezaron en la cochera!

Ajem.

Ambos hicieron que otros crearan las cosas que luego ellos comercializaron. Tanto Gates como Jobs son genios comerciales, pero Gates proviene de una familia rica (opción MacPato) y Jobs más bien fue un genio empresarial que armó un equipo de científicos extraordinario. O sea que volvemos a lo mismo. Este artículo no es para gente como Gates ó Jobs, esos no necesitan estos consejos. Esto más bien lo debió haber leído Steve Wozniak, el genio científico detrás de la Macintosh, o Gary Kildall y Tim Patterson, quienes desarrollaron el sistema operativo DOS original.

Veamos otro caso: nuestro científico inventa, estilo Edison, un aparato que purifica al 100% las emisiones de los coches, y simplemente hay que colocarlo en el escape. Genial. Otra revolución. ¿Para qué llevarlo a una empresa grande y hacer un trato con ella, si lo podemos hacer nosotros, crear una empresa propia y poco a poco crecer y lograr contratos, hasta convertirnos en una cosa del tamaño de General Electric?

Los pies. En el suelo.

Ese tipo de cosa se podía hacer durante las décadas después de la Revolución Industrial. La revolución tecnológica de hoy permite hacerlo con temas de informática, como lo han demostrado Google y Amazon, pero no con manufactura, donde la industria es mucho muy madura y para competir en ella se necesitan grandes cantidades de inversión. Por más que queramos hacer nuestro filtro anti-polución en la cochera, si no podemos literalmente inundar el mercado en los primeros 2 años y crear nuestra conciencia de marca, hay 100 empresas grandes con capacidad de ingeniería muy superior a nosotros, que pueden ver la idea básica, mejorarla y ponerla en el mercado por millones, a una fracción de nuestro costo y con publicidad masiva.

Por eso hace sentido acercarse desde un principio con un prototipo funcional (¡y patente en mano!) a una de estas empresas, con las que podemos hacer un trato muy provechoso desde un principio, convertirnos en su proveedor estrella de ingeniería, o tener nuestro propio laboratorio subvencionado, a esperar a que nos aplaste. La realidad es que en invenciones para la industria de manufactura, es buena idea crecer a la sombra de una empresa que ya tiene todo lo que necesitamos, pero acercándonos a ella armados desde un principio con asesores que nos ayuden a conservar nuestra patente, obtener mayores porcentajes de regalías, obtener beneficios de contratos de proveeduría a largo plazo, etcétera.

Pero bien, supongamos que tenemos por ahí debajo del colchón 10 millones de dólares que no estamos usando en nada, y que de hecho podemos crear una fábrica propia y explotar este nicho que nadie ha explotado, o vender un producto que les tomará a otros por lo menos 3 ó 4 años para desarrollar por su parte. Otra cosa que normalmente un inventor no se pregunta cuando tiene la peregrina idea de crear su propia empresa es: ¿realmente soy un empresario? Jobs lo era, desde luego.

Pero gente que reúne tanto la capacidad científica como la capacidad comercial es en extremo rara. Seguramente las hay y a ninguna de ellas le quiero decir que desista de su empeño, pero sí les quiero decir que antes de empezar, debe preguntarse, entre varias otras cosas:

¿Ha emprendido una aventura comercial antes? ¿Cómo le fue y por qué?

Si su invención requiere de insumos especializados, ¿cómo desarrollará sus proveedores?

¿Cuántas personas requiere para arrancar, en las áreas de manufactura, administración y distribución?

¿Qué tipo de sindicato usará para sus trabajadores?

¿Cuáles son los costos fijos de la operación?

¿Cuál es la inversión requerida para arrancar y operar por los primeros tres años? ¿Cuándo empieza a ganar dinero y cuánto?

¿Cómo hará contratos con clientes?

¿Los clientes tienen opción de pedir modificaciones específicas para sus necesidades?

Faltan muchas más, pero una también crucial es: la operación de la empresa, ¿le permitirá tener tiempo de expandir su laboratorio y seguir investigando y desarrollando nuevas tecnologías?

Esto es, ¿nuestro admirado científico se convertirá en un empresario de tiempo completo y dejará su investigación? Esta no es una pregunta retórica, ya me he topado con este caso.

CONCLUSIONES

Prácticamente cada caso de tecnología debe estudiarse por separado. No es lo mismo una invención revolucionario en el área biomédica que en el de nuevos materiales, que en el de tecnología de información. Lo que he presentado a lo largo de esta serie son consideraciones generales para quienes desarrollan nuevas ideas y quieren contribuir con ellas a mejorar el mundo.

Ahora bien, después de leer todas las pegas y obstáculos que he mencionado, de leer acerca de la necesidad ineludible de socios y del cochino dinero, más de uno se sentirá descorazonado y pensará que estoy por la idea de abandonarse a la merced de los grandes intereses.

Nada más alejado de mi intención. La manufactura tradicional nos dio el mundo del siglo 20, pero las nuevas tecnologías y la investigación científica en medicina, energías renovables, nanomateriales, inteligencia artificial y muchas más, son las cosas que crearán el futuro. La gente que se dedica a la investigación, el descubrimiento y la invención es la gente más valiosa que tenemos. Ellos han cambiado y seguirán cambiando el mundo, y con esta breve serie lo que he intentado no es otra cosa que exponerles algunas de las dificultades que encontrarán en su camino. No renuncien a su idealismo, pero abran bien los ojos y vean la realidad de las cosas con las que tendrán que lidiar. Formen equipos, que la fuerza está en los números para poder avanzar entre esa selva un poco odiosa que he descrito.

Ciro Peralocas del mundo: los necesitamos. Sigan adelante y sigan viendo al cielo, pero acuérdense que sus pies siguen caminando sobre la tierra y que hay que verla también para no tropezar.

No te rindas. La ergástula es oscura, la firme trama es de incesante hierro. Pero en algún recodo de tu encierro puede haber un descuido, una hendidura. El camino es fatal como la flecha; pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges (Para Una Versión del I King, 1975)


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