Cuando yo era un crío e imaginaba el lejano y mágico futuro que nos esperaría en el año 2000, mi imaginación poblaba las ciudades terrestres (y las colonias lunares) con hileras de coches voladores flanqueando enormes rascacielos.

Obviamente aquella utopía fritzlangiana no llegó jamás, y los vehículos y las ciudades permanecieron firmemente anclados al suelo. Aunque ahora, puede que algo esté cambiando.

Me entero leyendo Physorg de que la Administración Federal de Aviación de los EE.UU. (FAA) ha autorizado el uso del Transition, un coche volador (o aeronave rodante) desarrollado a lo largo de estos últimos cuatro años por una empresa llamada Terrafugia fundada por ingenieros del MIT.

Hace seis años, después de hacer un entrevista a un científico español en su laboratorio, le pregunté “off the record” qué le llevaba a hablar de su especialidad en programas esotéricos. Días atrás, le había escuchado en un espacio radiofónico dedicado a lo paranormal, empaquetado entre un vidente y una sección de noticias increíbles y, por supuesto, falsas. No era la primera vez. Mi interlocutor no me dio tiempo a terminar la pregunta. Me interrumpió y me dijo, con malos modos, que a eso no iba a responder. Volví a intentarlo, y el resultado fue el mismo. De nada sirvió prometerle que lo que dijera quedaría entre nosotros.

Sigo sin saber qué lleva a un científico de prestigio a prestarse al juego de los traficantes de misterios. Es algo cada vez más habitual desde que el grupo PRISA apostó abiertamente por la pseudociencia en la persona de Iker Jiménez. Personificación de un periodismo chapucero y sensacionalista para el que todo vale, ha conseguido que haya expertos de renombre que participen en sus programas de la Cadena SER y Cuatro hablando de hallazgos arqueológicos o del estudio del cerebro, por ejemplo, en un segmento intercalado entre apariciones de fantasmas, abducciones y exorcismos. No niego que esos científicos hayan dicho, ante el perennemente asombrado Jiménez, cosas sensatas de los campos que dominan; pero tampoco de que han contribuido a la difusión de la irracionalidad.

John Hancock es un paria de la acomodada sociedad de Los Ángeles. Borracho y pendenciero, soporta continuamente la burla y los abucheos constantes de la gente en su cara y hasta la misma policía le considera más una molestia que una ayuda. Esto podría ser normal, hasta cierto punto, pero en el caso de Hancock resulta cuando menos contradictorio. ¿Por qué? Pues porque John Hancock es un superhéroe. Sí, sí, habéis leído bien, un superhéroe capaz de volar, con una superfuerza digna del mejor Superman, superoído, supervista y toda una serie de extraordinarios superpoderes.

Un día como otro cualquiera, Hancock salva la vida de Ray Embrey, un consultor de relaciones públicas empresariales, cuando su coche había quedado atrapado entre las vías del tren. Pero el precio pagado es enorme y los destrozos causados por nuestro heterodoxo superhéroe en el tren son incalculables. Con su popularidad en el momento más bajo, Ray le propone ser su asesor de imagen para tratar de cambiar ésta de una vez por todas. Hancock acepta de mala gana y, al día siguiente, cuando se dirige a casa de Ray para concretar detalles de la estrategia a seguir, se encuentra con tres niños. Uno de ellos, Michel, criaturita adorable de dorados cabellos se encarga de torturar a diario al hijo de Ray. Y, como podéis ver en el siguiente clip de vídeo extraído de la película Hancock (Hancock, 2008) dirigida por Peter Berg, también exhibe una evidente falta de respeto por el superhéroe. La respuesta de éste no se hace esperar.

Imagen: Instituto Smithsonian

La anciana de la imagen se llamaba Roxie Laybourne y lo que veis a su alrededor son varios centenares de pájaros muertos cuidadosamente ordenados en cajones. Sus cuerpos pertenecen a la inmensa colección del Instituto Smithsonian, que alberga más de 600.000 especímenes y a los que esta concienzuda ornitóloga dedicó más de 40 años de su vida.

En el año 2003, cuando la señora Laybourne murió a la edad de 92 años, se perdió con ella un caudal de sabiduría y una eficaz colaboradora de la policía y de los investigadores de accidentes aéreos. Bajo esa apariencia gris e insignificante, Layborne se había convertido en una pionera de la ornitología forense. Gracias a su revolucionario método de identificación de plumas, cada vez que las autoridades sospechaban que un accidente aéreo había sido provocado por la entrada de pájaros en el motor, requerían sus servicios para aclarar lo sucedido.

Se llama Hibiki Kono y estudia secundaria en Cambridge. A sus trece años y con tan sólo 30 libras (unos 34 euros) se las ha apañado para cumplir (de una manera rudimentaria, eso sí) con su sueño de ser un superhéroe.

Hibiki ha cogido dos potentes aspiradoras y las ha convertido en un práctico traje de Spiderman, algo que quería desde pequeño y que, como podréis comprobar en el video, por fin ha conseguido.