Un, dos, tres ¡clic! Ya estamos aquí. Después de semanas mareando la perdiz ya teníamos ganas de empezar a contaros cosas. La mayoría ya nos conocéis, somos aberron, Maikelnai e Irreductible, y éste es nuestro pequeño proyecto para dominar el mundo, nacido de una noche de copas por Sevilla.

¿Qué es Amazings? No vamos a sacar las fanfarrias para anunciar lo que pretendemos, ya lo iréis viendo vosotros mismos día a día y decidiréis si merece la pena, pero la idea general es crear un espacio de Ciencia, humor y escepticismo donde podáis pasar un rato divertido y encontrar algunos de los mejores contenidos científicos de la red.

¿Y esto cómo se hace? Primero con la ayuda inestimable de José Cuesta (de Inercia Creativa), que es quien mantiene este invento desde la parte técnica. Segundo con el patrocinio de CDmon, que nos ofrece alojamiento y que nos han puesto todo tipo de facilidades desde el principio. Y tercero, y no menos importante, con el apoyo de la revista QUO, con quienes tenemos un acuerdo de colaboración para publicar un artículo cada mes (os daremos más detalles en septiembre).

Comenzar con música se ha convertido ya en una especie de tradición, una costumbre no escrita que he respetado en todos los blogs en los que he participado. Y para mi primer post en Amazings no he querido saltarme ese capricho.

Y aunque es complicado encontrar música “científica” al final he creído creo que para inaugurar un blog como este bien me podrían servir los They might be giants y un curioso disco editado en el 2008. que estos buenos muchachos titularon “Here comes Science“.

James Fallon lleva veinte años estudiando cerebros de psicópatas en su laboratorio de la Universidad de California-Irvine. Es un reputado neurocientífico, ha aparecido en varios documentales de televisión y sus investigaciones le han llevado a descubrir algunas pautas que se repiten en determinados cerebros y que podrían estar detrás de comportamientos violentos. Pero hace cuatro años, mientras charlaba con su anciana madre, Fallon realizó un descubrimiento que le dejó perplejo:

“¿Por qué no investigas en la familia de tu padre, Jim?”, le espetó ella. “Había algunos buenos pájaros por aquella parte”.

Intrigado por la afirmación, cuenta Barbara Bradley en NPR, Fallon investigó el pasado de sus parientes y descubrió, en sus propias palabras, que había “una línea completa de gente muy violenta, de asesinos”, y que algunos de ellos habían cometido crímenes horribles. Así pues, se puso a investigar entre sus familiares vivos en busca de las señales que había visto antes en los cerebros de los psicópatas y que quizá habían descendido hasta los suyos por vía paterna.

Cuando yo era un crío e imaginaba el lejano y mágico futuro que nos esperaría en el año 2000, mi imaginación poblaba las ciudades terrestres (y las colonias lunares) con hileras de coches voladores flanqueando enormes rascacielos.

Obviamente aquella utopía fritzlangiana no llegó jamás, y los vehículos y las ciudades permanecieron firmemente anclados al suelo. Aunque ahora, puede que algo esté cambiando.

Me entero leyendo Physorg de que la Administración Federal de Aviación de los EE.UU. (FAA) ha autorizado el uso del Transition, un coche volador (o aeronave rodante) desarrollado a lo largo de estos últimos cuatro años por una empresa llamada Terrafugia fundada por ingenieros del MIT.

Hace seis años, después de hacer un entrevista a un científico español en su laboratorio, le pregunté “off the record” qué le llevaba a hablar de su especialidad en programas esotéricos. Días atrás, le había escuchado en un espacio radiofónico dedicado a lo paranormal, empaquetado entre un vidente y una sección de noticias increíbles y, por supuesto, falsas. No era la primera vez. Mi interlocutor no me dio tiempo a terminar la pregunta. Me interrumpió y me dijo, con malos modos, que a eso no iba a responder. Volví a intentarlo, y el resultado fue el mismo. De nada sirvió prometerle que lo que dijera quedaría entre nosotros.

Sigo sin saber qué lleva a un científico de prestigio a prestarse al juego de los traficantes de misterios. Es algo cada vez más habitual desde que el grupo PRISA apostó abiertamente por la pseudociencia en la persona de Iker Jiménez. Personificación de un periodismo chapucero y sensacionalista para el que todo vale, ha conseguido que haya expertos de renombre que participen en sus programas de la Cadena SER y Cuatro hablando de hallazgos arqueológicos o del estudio del cerebro, por ejemplo, en un segmento intercalado entre apariciones de fantasmas, abducciones y exorcismos. No niego que esos científicos hayan dicho, ante el perennemente asombrado Jiménez, cosas sensatas de los campos que dominan; pero tampoco de que han contribuido a la difusión de la irracionalidad.

John Hancock es un paria de la acomodada sociedad de Los Ángeles. Borracho y pendenciero, soporta continuamente la burla y los abucheos constantes de la gente en su cara y hasta la misma policía le considera más una molestia que una ayuda. Esto podría ser normal, hasta cierto punto, pero en el caso de Hancock resulta cuando menos contradictorio. ¿Por qué? Pues porque John Hancock es un superhéroe. Sí, sí, habéis leído bien, un superhéroe capaz de volar, con una superfuerza digna del mejor Superman, superoído, supervista y toda una serie de extraordinarios superpoderes.

Un día como otro cualquiera, Hancock salva la vida de Ray Embrey, un consultor de relaciones públicas empresariales, cuando su coche había quedado atrapado entre las vías del tren. Pero el precio pagado es enorme y los destrozos causados por nuestro heterodoxo superhéroe en el tren son incalculables. Con su popularidad en el momento más bajo, Ray le propone ser su asesor de imagen para tratar de cambiar ésta de una vez por todas. Hancock acepta de mala gana y, al día siguiente, cuando se dirige a casa de Ray para concretar detalles de la estrategia a seguir, se encuentra con tres niños. Uno de ellos, Michel, criaturita adorable de dorados cabellos se encarga de torturar a diario al hijo de Ray. Y, como podéis ver en el siguiente clip de vídeo extraído de la película Hancock (Hancock, 2008) dirigida por Peter Berg, también exhibe una evidente falta de respeto por el superhéroe. La respuesta de éste no se hace esperar.

Imagen: Instituto Smithsonian

La anciana de la imagen se llamaba Roxie Laybourne y lo que veis a su alrededor son varios centenares de pájaros muertos cuidadosamente ordenados en cajones. Sus cuerpos pertenecen a la inmensa colección del Instituto Smithsonian, que alberga más de 600.000 especímenes y a los que esta concienzuda ornitóloga dedicó más de 40 años de su vida.

En el año 2003, cuando la señora Laybourne murió a la edad de 92 años, se perdió con ella un caudal de sabiduría y una eficaz colaboradora de la policía y de los investigadores de accidentes aéreos. Bajo esa apariencia gris e insignificante, Layborne se había convertido en una pionera de la ornitología forense. Gracias a su revolucionario método de identificación de plumas, cada vez que las autoridades sospechaban que un accidente aéreo había sido provocado por la entrada de pájaros en el motor, requerían sus servicios para aclarar lo sucedido.