Enfermedad y arte

Estaba paseando por un sendero con dos amigos. Se puso el sol. Sentí un ataque de melancolía. De pronto el cielo se puso rojo como la sangre. Me detuve y me apoyé en una barandilla muerto de cansancio y miré las nubes llameantes que colgaban como sangre, como una espada sobre el fiordo azul oscuro y la ciudad. Mis amigos continuaron caminando. Me quedé allí temblando de miedo y sentí que un grito agudo interminable penetraba la naturaleza

Edvard Munch

El grito

A veces, la enfermedad se hace arte. No es que Edvard Munch fuera esquizofrénico, padeciera un síndrome ansioso-depresivo, fobia social, agorafobia o neurosis, quizá se tratase únicamente de un muchacho que vio morir a su madre y a su hermana Sophie de tuberculosis, a su hermana Laura sucumbir en un centro para enfermos mentales o a numerosos amigos quedar en el camino. “Enfermedad, muerte y locura fueron los ángeles negros que velaron mi cuna y desde entonces me han perseguido durante toda mi vida”. Quizá sólo tuvo un trastorno de la personalidad, caracterizado por la introversión, junto con un excesivo consumo de alcohol. Quizá.

Lo cierto es que a través de su obra podemos ver indicios de ese sufrimiento y, siguiendo el rastro de sus pinceladas, casi podemos distinguir los signos que deja su padecimiento, fuera el que fuera (y cuando digo fuera el que fuera, me refiero a que estamos conjeturando lo que ocurrió y podemos estar metiendo la pata… perfectamente)

La niña enferma

A Vincent van Gogh, por su parte, se le han colgado a las espaldas multitud de patologías; epilepsia del lóbulo temporal, trastorno bipolar, esquizofrenia, enfermedad de Ménière, alteración de la personalidad, sífilis, intoxicación por plomo procedente de sus pinturas, porfiria intermitente aguda,… Y, por si fuera poco, en algunas de sus obras hay quien ha querido ver imágenes sugestivas de aura migrañosa visual, refiriéndose sobre las demás obras de este autor a Noche estrellada, pintada en el asilo de Saint-Rémy, como ejemplo de ello.

Noche estrellada

Sin embargo, el ejemplo por excelencia de pintor migrañoso que reflejó en su obra su padecimiento lo constituye Giorgio de Chirico, fundador de la llamada pintura metafísica. Al parecer, según el psiquiatra Klaus Podoll y el ensayista Ubaldo Nicola, “sufría repetitivos síntomas abdominales, cefaleas y una variedad de disfunciones cerebrales paroxísticas de aparición brusca que empleaba como fuente principal de inspiración para su estilo único de pintura metafísica«. Según el propio Giorgio cuenta en su única novela “Hebdómero, el Metafísico”, lo suyo eran fiebres espirituales…

Giorgio de Chirico

En cambio, Salvador Dalí, reconocido migrañoso, no muestra probablemente ninguna influencia de esa situación en su obra. Por otro lado, en la obra de Picasso, en cuya biografía no se recogen episodios sugestivos de migrañas, algunos autores sugieren que aparecen imágenes relacionadas con el aura migrañosa. Que cada uno haga su apuesta.

Salvador Dalí | Pablo Picasso

Y dejamos para el final a William Utermohlen, quizá el menos conocido de los artistas que hemos nombrado, un modesto pintor nacido en 1933 que cultivó casi exclusivamente el autorretrato. William fue diagnosticado de Alzheimer a los 62 años y desde entonces, comenzando por “Blue Skies” , hasta su muerte en 2007 nos dejó una serie de autorretratos en los que podemos observar el avance sigiloso de la enfermedad.

Blue skies 1995
utermohlen 1996
utermohlen 1997
utermohlen 1998
utermohlen 1999
utermohlen 2000

No hay ojos en su último retrato, sólo un abismo que desfigura el rostro.

Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida… Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella, no somos nada…

Luis Buñuel



Por Azuquahe
Publicado el ⌚ 7 diciembre, 2010
Categoría(s): ✓ Historia • Medicina