El unicornio… ¿un antílope del desierto quizás?

Oryx de Arabia

Hacia el 400 a.C., Cesias, un médico de cabecera persa, describió al unicornio: “Tan grande como un caballo e incluso mayor, con el cuerpo blanco, la cabeza roja y ojos azules. El largo cuerno sería blanco en la raíz. El unicornio sería rápido y fuerte, y no se le puede atrapar vivo”. El romano Claudio Eliano (170-253 d.C.) precisó unos 600 años más tarde: “El cuerno está retorcido en espiral y es negro en el centro. La ferocidad del unicornio se puede amansar con la influencia femenina. En la época de celo se vuelve sociable”. Una y otra vez el unicornio aparece en la Biblia, así como en los libros de Moisés y en los Salmos. Por tanto, el unicornio difícilmente podría haber sido (pudo ser) un animal que no existiera. Demasiado precisas parecen las viejas descripciones en la Historia Natural de Aristóteles. No fue hasta la Edad Media cuando se transformó en una criatura mítica cuyo cuerno apoyó apacible en el regazo de la Virgen.

El párrafo anterior es de un ensayo (p. 173) del biólogo alemán Josef H. Reichholf. Se trata de “La invención de la agricultura” (2009), traducción del original en alemán de 2008 que ha publicado Crítica. Como se puede ver en ese párrafo, según Reichholf, el unicornio tuvo una existencia real en la mente y los escritos de los naturalistas. Pero en la Edad Media adquiririó un carácter mítico que, en mayor o menor medida, ya no le ha abandonado. En este otro párrafo (pp. 174-175) aporta más claridad a su exposición:

El unicornio existe y existió. De esto difícilmente se puede dudar. Un diagnóstico zoológico sencillo conduce asimismo al verdadero animal, así como al espacio en que vivió y con el que encaja. Este espacio abarca geográficamente el este norteafricano, Arabia y Oriente Próximo; o sea, una zona en la que también vivieron leones hasta los tiempos de los griegos y los romanos. Las características incluídas en las descripciones básicas de la Antigüedad conducen, como una clave de su condición zoológica, tras la pista correcta. Sin duda el unicornio se trataría de un ungulado. Pero, como las pezuñas las tendría hendidas, no pertenecería al grupo de los perisodáctilos, los équidos, sino a los artiodáctilos y, como portador de cuernos, a la familia de los bóvidos. El largo cuerno en forma de lanza con llamativas protuberancias en espiral remite a los antílopes de gran tamaño y, dentro de estos, al grupo de los llamados hipotraguinos. Su tamaño, color de la piel y forma de las pezuñas hacen que el unicornio se clasifique dentro del género de los antílopes órice.

Por lo tanto, el unicornio sería, a juicio de Reichholf, un órice. Hay cuatro especies conocidas de antílopes órice, las cuatro pertenecientes al género Oryx, órice de El Cabo (Oryx gazella), órice beisa (Oryx beisa), órice de Arabia (Orix leucoryx) y órice cimitarra (Oryx dammah), aunque este último quizás solo exista en cautividad, pues no se tiene constancia de que sobrevivan ejemplares en libertad. Al leer el apartado dedicado al órice en el libro de Reichholf (capítulo 28), he recordado las excepcionales condiciones ambientales bajo las que viven estos animales y, por ende, las particularidades de su fisiología y comportamiento que les permiten vivir bajo esas condiciones.

Todas las especies de órice viven en lugares muy áridos, en los más secos y cálidos del mundo, seguramente. En los desiertos en los que viven los órices casi nunca llueve; como mucho, puede llegar a llover una vez al año. Vivir en tales zonas no es fácil; se requieren adaptaciones muy especiales, mecanismos muy eficaces para economizar agua en un entorno térmico, además, en el que la evaporación podría constituir un buen mecanismo termorregulador. Veamos, pues, cómo se las arreglan.

Para empezar, aprovechan todas las posibilidades que se les presentan para adquirir agua. Si pueden, la beben, claro está y en ocasiones perforan el suelo de los cauces secos por donde puede haber corrido agua tiempo atrás; se ayudan para ello de sus largos cuernos. Pero pueden vivir sin beber durante muchísimo tiempo. Se ha comprobado que pueden permanecer sin beber hasta 34 meses, aunque los especialistas creen que pueden llegar a estar hasta tres años sin beber.

Oryx de Arabia

Como otros mamíferos que habitan en desiertos, una parte de sus necesidades la cubren haciendo uso del agua metabólica, que es el agua que resulta de la oxidación de los sustratos energéticos (lípidos y carbohidratos, principalmente), pero por esa vía no satisfacen más del 25% de sus necesidades. También obtienen agua del alimento. Los órices comen las hojas de las acacias del desierto, así como hierbajos secos. Por sorprendente que pueda parecer, las hojas de las acacias tienen un contenido hídrico relativamente alto: entre un 50 y un 60% de su masa es agua. Por otra parte, el comportamiento también cumple un importante papel en la economía del agua de esta especie. Comen al amanecer y al atardecer, a las horas del día en que la humedad de las plantas del desierto es máxima. Por otro lado, son capaces de practicar profundos agujeros (de hasta 1 m) en el suelo, y de esa forma consiguen raices y tubérculos con alto contenido en agua (hasta un 50%).

Además de para adquirir agua, los órices también son muy eficaces ahorrándola. Uno de los mecanismos de ahorro tiene que ver, además, con la regulación térmica, puesto que, tal y como hacen los dromedarios, los órices no ejercen un control estricto sobre su temperatura corporal. En invierno, la temperatura ambiental varía entre 13ºC y 27ºC y la de los órices lo hace entre 37’5ºC y 39’1ºC; y en verano, cuando la temperatura ambiental oscila entre los 29ºC del amanecer y los 44ºC de las primeras horas de la tarde, la temperatura corporal de los órices varía entre 36’5ºC y 40’5ºC. Dejan que varíe la temperatura corporal y especialmente en verano esa subida es muy útil, pues les permite un importante ahorro de agua, ya que bajo esas condiciones térmicas haría falta evaporar mucha agua para mantener la temperatura cerca de los 37ºC. La llegada de la noche permite refrigerar el organismo evitandose así un calentamiento que podría llegar a ser peligroso. Esa refrigeración se produce gracias a que el calor se disipa mediante radiación (infrarroja) y conducción (transferencia directa de calor al aire y al suelo). Gracias a este comportamiento, cada día se ahorran 0’3 l de agua. El único problema que podría provocar una temperatura corporal tan alta es el del posible daño que sufriera el cerebro, pero ese daño se evita gracias a un sistema especial de refrigeración cerebral basado en la rete mirabile de la arteria carótida.

También debemos dirigir la mirada al riñón, pues la orina es una vía importante de pérdida de agua. Los antílopes del género Oryx producen poquísima orina, de manera que los restos nitrogenados que expulsan en forma de urea han de ser eliminados en una muy alta concentración. Para evitar perder excesiva cantidad de agua a través de la orina, han de reabsorber mucha agua en el riñón, tanta que la concentración de solutos en la orina es ocho veces más alta que en la sangre. Pocos mamíferos producen una orina de tan alta concentración, y solo uno, el antílope enano o dik-dik (Madoqua kirkii), es de un tamaño equivalente. Este antílope produce una orina que es doce veces más concentrada que la sangre.

En definitiva, los antílopes orice están extraordinariamente bien adaptados a la vida en zonas áridas, tanto por su destreza para conseguir agua en una zona donde prácticamente no la hay, como por su capacidad fisiológica para evitar su pérdida. Gracias a esas habilidades ha sido capaz de ocupar un medio tan exigente y extremo.

He dejado para el final la solución a la cuestión que seguramente se le habrá planteado a cualquiera que haya llegado hasta aquí: ¿cómo puede sostener Richholf que el unicornio es un órice, si los órices tienen dos cuernos? La respuesta que da es que no son raras las pérdidas de uno de los dos cuernos por causas accidentales, y además, quizás tampoco lo han sido las ocasiones en que quienes han viajado por el noreste de África (Oryx beisa) o por la península arábiga (Oryx leucoryx) han visto a lo lejos órices de perfil. En cualquiera de los dos casos lo que se ve es un unicornio, y aunque en la Edad Media se le acabó otorgando un cierto carácter mítico, en la Antigüedad esos ejemplares, siempre según Reichholf, habrían sido catalagados bajo la denominación de unicornio.

Así pues, si esa interpretación es correcta, bien podríamos decir que el unicornio es una especie extraordinariamente bien adaptada a la vida en los desiertos cálidos.

Juan Ignacio Pérez Iglesias es biólogo, catedrático de Fisiología en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Dirige la Cátedra de Cultura Científica de su universidad. Es miembro de Jakiunde, la Academia de las Ciencias, las Artes y las Letras de Vasconia, del Consejo Científico y Tecnológico de la FECyT, y de los patronatos de Ikerbasque, Fundación Vasca para la Ciencia, y de la Fundación Cursos de Verano de la UPV/EHU.



Por Juan Ignacio Pérez
Publicado el ⌚ 7 enero, 2011
Categoría(s): ✓ Biología • Curiosidades