“Brains, Minds and Machines”, un debate sobre el estado actual de las ciencias cognitivas y la inteligencia artificial

Brains, minds and machines | Foto tomada por Xurxo Mariño durante las charlas en el MIT

¿Es posible descifrar cómo el sistema nervioso produce la consciencia? ¿Podemos los seres humanos construir máquinas inteligentes que tengan consciencia? ¿Qué es la consciencia? Son preguntas fundamentales de la ciencia y la filosofía que llevan orbitando las mentes de pensadores y científicos desde hace mucho tiempo, y al parecer lo seguirán haciendo –orbitar sus mentes sin encontrar un punto de apoyo– durante mucho tiempo.

Esta puede ser la conclusión principal del simposio que se ha celebrado entre el 3 y el 5 de mayo en el MIT titulado “Brains, minds and machines”, en donde se han reunido parte de los principales actores en el escenario de las ciencias cognitivas y la inteligencia artificial (IA) de los últimos 50 años, para discutir la situación actual del estudio de la mente y sus perspectivas a corto plazo.

Brains, minds and machines | Foto tomada por Xurxo Mariño durante las charlas en el MIT

Allí estaban Marvin Minsky, Noam Chomsky, Rodney Brooks, Steven Pinker, Christof Koch, Sydney Brenner, y muchos otros, configurando una compleja macedonia en donde la mayoría de las frutas eran amargas –los que consideran que el problema no tiene solución, al menos con las herramientas y la orientación actual– mezcladas con algunas frutas dulces –los que tienen una visión optimista, y hasta ingenua, del problema. Estas dos visiones sobre el estudio de la mente se plasmaban perfectamente en los puestos de libros que había a la entrada del auditorio: al lado del título “How the mind Works”, de Steven Pinker, estaba la obra “The mind doesn’t work that way”, que Jerry Fodor escribió precisamente para atenuar el entusiasmo mostrado por el primero.

La impresión general es que en los últimos decenios no se ha avanzado prácticamente nada en el conocimiento de la consciencia, a pesar del optimismo inicial a mediados del siglo pasado con el desarrollo de la IA y su aplicación a la neurociencia, y viceversa. Gottfried Leibniz y Thomas H. Huxley, cada uno en su tiempo, ya avisaron de que la cosa no iba a ser fácil: la consciencia puede que nunca sea explicada en su totalidad. Hoy en día todos los grandes problemas de las ciencias cognitivas siguen intactos, y algunos se han estancado y prácticamente no han avanzado nada desde los años 90 del siglo pasado. Para Sydney Brenner, uno de los grandes biólogos del siglo XX, “el problema de la consciencia nunca será resuelto; lo que ocurrirá es que dejará de ser un tema de estudio, simplemente desaparecerá”. Eso no quiere decir que no se pueda comprender gran parte del funcionamiento del sistema nervioso, cuya “única manera será conociendo cómo se desarrolla su diagrama de conexiones”. Noam Chomsky enfocó el problema desde la relación entre mente y lenguaje: “Sigue siendo un gran misterio la manera en que los niños adquieren las propiedades del lenguaje”, un misterio que será difícil de resolver ya que “el lenguaje está diseñado para pensar, no para su externalización”.

Parte de la decepción se debe a lo poco que se ha avanzado en IA, un campo que prometía mucho hace algunas décadas. Marvin Minsky, uno de sus padres, criticó que “se han hecho robots para que lleven a cabo muchas tareas, pero no los han hecho más inteligentes, no se está usando la inteligencia artificial para ello”. Patrick Winston, que fue sucesor de Minsky al frente del Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT, recalcó este viaje por vía muerta: “El problema es que descubrimos que la IA era útil, pero nos distrajimos en ello y no se avanzó más. En los 80 la gente se dedicó más a desarrollar mecanismos que a solucionar los problemas fundamentales”. Sabemos que hay algo ahí, pero de momento la ciencia no ha encontrado la manera de enfocar correctamente el problema; “hace unos 60.000 años apareció una nueva propiedad que nos permitió ser lo que somos ahora. ¿Qué propiedad era esa? Quién sabe, pero a lo mejor consistía en tomar dos conceptos y ponerlos juntos. Lo que nos separa de los otros animales son los mecanismos que nos permiten detectar, comprender y recombinar historias”, recalcó Winston.

Pero no todo es decepción. La IA ha dado sabrosos frutos para solucionar muchos otros problemas fuera de las ciencias cognitivas. Takeo Kanade, peso pesado en la investigación en visión artificial y uno de los desarrolladores de los sistemas de detección de caras que hoy se encuentran en la mayoría de cámaras digitales, comentó que el desarrollo de sistemas de visión artificial en la actualidad se ha separado de la IA, “es lo que puedo llamar un divorcio temprano, ya que ambos campos comenzaron su andanza demasiado pronto”, cuando todavía no estaba madura esa unión. Del éxito de esta IA que va por libre habló también Rodney Brooks, otra figura clave en el campo, profesor del MIT y fundador de la empresa iRobot, que desarrolló la popular aspiradora-robot “Roomba”. Brooks comparó los escasos avances de la IA aplicados al conocimiento de la mente con su gran éxito como herramienta para el desarrollo de máquinas (iRobot venderá más de 6 millones de aspiradoras robotizadas en 2011, comentó Brooks), y sugirió “hacer robots basados más en su rendimiento que en implementaciones computacionales de las ciencias cognitivas”.

Si este simposio ha servido para algo, ha sido para recalcar la extrema complejidad de esa máquina que todos llevamos dentro del cráneo. A pesar del optimismo que muestran muchos científicos y gurús tecnológicos respecto al avance de las ciencias cognitivas, no se atisban grandes avances a corto plazo; se necesita una teoría de la mente, pero no se sabe dónde mirar. Como comentó Jeff Hawkins, el inventor del Palm-Pilot, “la complejidad es un síntoma de falta de conocimiento”. Todo apunta a que el encéfalo seguirá a ser muy complejo durante mucho tiempo.

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