Telegrafía inalámbrica made in Spain

José María Mathé Aragua y la telegrafía óptica

La palabra telegrafía evoca imágenes de operadores manipulando pulsadores de baquelita, de señales Morse y líneas eléctricas cortando el paisaje. Sin embargo, las primeras redes operativas de telegrafía en España –o, de hecho, de cualquier otro país- fueron de naturaleza muy distinta. A comienzos del siglo XIX comenzaron a desplegarse las primeras redes de telégrafos ópticos, que consistían sencillamente en torres con distintos elementos visuales tales como semáforos, discos, paneles obturadores. En cierto modo, resultan similares a los códigos de señales mediante banderas utilizados por las marinas de guerra, aunque en este caso las banderas eran sustituidas por elementos mecánicos de mayor envergadura.

Las primeras redes de telegrafía óptica se establecieron a finales del siglo XVIII en Suecia y Francia. En 1794, los primeros mensajes llegados a París trajeron noticias sobre las victorias de los ejércitos franceses en Le Quesnoy y Condé. Entusiasmados por el éxito del novedoso medio de comunicación, una red de telégrafos ópticos atravesó Francia de un extremo a otro. El propio Napoleón hizo buen uso de ellas durante su campaña de Rusia, gracias a una red de telégrafos móviles.

En España estuvimos a punto de poder desarrollar una red de telefonía óptica, pero las condiciones económicas y políticas no fueron favorables (sí, ya sé que en la Francia revolucionaria eran aún peores, pero así vienen dadas las cartas). A pesar de un temprano intento realizado en 1799 (una línea de estaciones entre Madrid y Cádiz, que al final no pasó de Aranjuez), y de una rudimentaria red en la comarca de Cádiz entre 1805 y 1820, el telégrafo óptico tuvo que esperar tiempos mejores.

La adopción de la telegrafía óptica en España se debió sobre todo a razones de seguridad. Un sistema eléctrico de cables hubiera sido fácil presa para todo tipo de atacantes, ya guerrilleros, bandoleros o partidas carlistas. Sin embargo, las torres de telegrafía óptica se construyeron como verdaderas fortalezas, con fuertes muros de piedra y puerta de entrada situada a dos metros del suelo, en ocasiones rodeadas por fosos o muros para su defensa (la complicada orografía española, que hubiera dificultado grandemente el tendido de líneas con postes y conductores, también fue un factor a tener en cuenta).

Por supuesto, la seguridad contra interceptaciones era prácticamente nula. Las torres, ubicadas con una separación promedio de 10-15 kilómetros, estaban diseñadas y situadas de forma que resultasen fácilmente visibles entre ellas. Resultaban, por tanto, tan discretas como una valla publicitaria. La necesidad de usar algún tipo de protección criptográfica era inevitable si se quería que la seguridad de la telegrafía óptica se extendiese al contenido del mensaje. Esto resulta de especial importancia en el caso español, donde la información que se transmitía por las redes de telegrafía óptica estaba siempre relacionado con el orden público o la seguridad del estado, y donde los usuarios se limitaban al ejército, la Corte y el gobierno.

El uso de la telegrafía óptica impuso nuevos requisitos a los mensajes, y también a su codificación. Hasta entonces, los principales sistemas de cifra consistían en libros de código con centenares, si no miles, de términos. Eso permitía, entre otras ventajas, reducir el tiempo necesario para cifrar, ya que cifrar la palabra atacaremos mañana mediante un solo signo codificado (digamos el número 1516) es indudablemente más sencillo y rápido que someter cada una de las letras a un proceso de sustitución. Como un fax moderno, la información era transmitida y recibida signo a signo, y la tardanza en recibir el mensaje depende no solamente de la velocidad con que se cifre y descifre el mensaje, sino también de la velocidad con que éste se envíe.

En ambos casos se requiere de algún método que codifique y cifre eficazmente el mensaje, entendiendo aquí “eficazmente” no sólo en el sentido de que el cifrado sea robusto y a prueba de atacantes, sino que de lugar a un mensaje de la menor longitud posible. Cada mensaje tendrá que ser retransmitido por docenas de torres repetidoras, en cada una de las cuales el operador tendrá que manipular mecanismos como palancas o ruedas, lo que impone un límite a la velocidad con que se pueden transmitir señales y, por tanto, la necesidad de efectuar algún tipo de compresión de datos. Los libros de código son especialmente útiles en ese sentido, ya que permite convertir palabras o frases enteras en signos de longitud más corta.

La codificación de los mensajes se hacía en dos etapas. En una primera etapa, los segmentos de texto a transmitir (desde letras hasta frases completas) se codificaban, es decir, se transformaban en una sucesión de números o letras. Esto, por supuesto, no implica criptografía, sino que se trata de una mera transcripción de un lenguaje a otro, como pasar de la letra A al conjunto punto-raya del código Morse. A continuación, el mensaje codificado resultante es sometido a algún tipo de transformación criptográfica que impide que incluso alguien con el libro de codificación permita descifrar el mensaje.

El principal impulsor de la telegrafía óptica en España fue José María Mathé Aragua. Nacido en San Sebastián en 1800, ingresó en el Cuerpo de Ingenieros de la Armada, y aunque sirvió como oficial de Marina, en 1844 era Brigadier de Caballería y Coronel de Estado Mayor. Ese año, Mathé decidió presentarse al concurso que establecía la creación del servicio telegráfico, con un sistema que superaba en mucho al de sus competidores en rapidez y visibilidad.

Mathé no parece que fuera de ese tipo de personas que se sienta a oír crecer la hierba. En sus diez años como director del telégrafo óptico desplegó una red más extensa que la francesa, que contaba ya con medio siglo de solera. En 1846 ya estaba construida y funcionando la línea Madrid-Irún, que pasaba por Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián a lo largo de 52 torres. Una segunda línea, terminada en 1853, iba de Madrid a Cádiz pasando por Toledo, Córdoba y Sevilla, y se apoyaba en 59 torres.

Una tercera se extendía hasta la Junquera, recorriendo Cuenca, Valencia, Castellón y entrando en Cataluña. En esta región los problemas de orden público a gran escala estaban a la orden del día, desde insurrecciones a las luchas entre los dos bandos carlistas. La llegada de Cabrera a Cataluña el 23 de junio de 1848, al mando de 10.000 soldados carlistas que comenzaron una táctica de desgaste y acoso, obligó al ejército en Cataluña a vertebrarse en torno a fuerzas militares rápidas en sus desplazamientos y permanentemente comunicados. Eso dio lugar a una segunda red telegráfica en Cataluña, de carácter eminentemente militar, además de una red urbana para Barcelona.

De tal profusión de líneas ópticas, tanto civiles como militares, se conservan no sólo algunas torres, sino también uno de los primeros libros de código telegráfico de España. En 1849 Mathé compuso un Diccionario y tablas de transmisión para el telégrafo de noche y de día para el Marqués del Duero, a la sazón Capitán General de Cataluña. En la dedicatoria, Mathé prácticamente se disculpa ante su superior por no haber podido conseguir una obra más completa en el escaso tiempo disponible. Ciertamente, no puede censurarse al coronel por dejadez en sus funciones, ya que tuvo que compaginar la compilación del Diccionario con la construcción de dos redes telegráficas, la civil y la militar.

El Diccionario de Mathé es un libro de código con más de 23.000 términos de tipo militar que incluía voces comunes, términos generales, frases militares y geografía catalana cuyo secreto parece, en primera lectura, residir en su propia ocultación. Sin embargo, el propio autor da a entender que la protección de los mensajes va más allá, ya que, aunque rehúsa explicar el método concreto de cifrado, deja entrever que dicho método existe, aunque su conocimiento quedaría restringido a los telegrafistas militares y aquellos con “necesidad de saber”. Por ejemplo, la palabra Montjuic aparece en la página 41, columna 15, línea 43.

Podría, por tanto, cifrarse como 411543, pero también como 414315, 431541 o cualquier otra combinación posible. Es incluso posible que se considerase la posibilidad de recifrar el código, de forma que el resultado sea totalmente diferente; esta adición de una segunda capa de cifrado fue norma habitual en los libros de código diplomáticos de años posteriores, e incluso algunos de los códigos telegráficos comerciales futuros incluirían dicha posibilidad. La obra de Mathé, en este sentido, nos deja entrever la tendencia que seguirá la criptografía diplomática y civil de finales del XIX, impulsadas por la telegrafía Morse.

El éxito del telégrafo óptico fue, paradójicamente, causa inmediata de su caída. En 1853, José María Mathé fue enviado al extranjero para informarse de los sistemas de telegrafía eléctrica usados entonces en Europa. Aunque la telegrafía óptica estaba entonces en su apogeo en países como Francia, la tendencia hacia la “electrificación” del telégrafo era algo patente. Al regreso de su viaje Mathé presentó una memoria fruto de la cual recibió del Gobierno el encargo de establecer una línea de telégrafo eléctrico desde Madrid hasta Irún. Como director general de Telégrafos, adoptó el código Morse y llevó a cabo una transición hacia la telegrafía eléctrica. Sin embargo, la telegrafía óptica, a la que tantos esfuerzos dedicó, tardó en desaparecer. Algunas redes ópticas fueron usadas en las regiones montañosas catalanas y en el Bajo Ebro, zonas donde la actividad carlista hacía estragos en las líneas eléctricas. La última línea de telégrafos ópticos, que se extendía por las provincias de Tarragona, Teruel, Zaragoza, Valencia y Castellón, fue terminada hacia 1875, el mismo año en que José María Mathé falleció. En la actualidad, las torres de telegrafía óptica han desaparecido, o bien se han convertido en mojones irreconocibles.

Sello de 1996 con Mathé y su sistema de telegrafía óptica

Pero la red de Mathé y sus predecesores no ha caído todavía en el olvido. En 1996, Correos celebró el sesquicentenario de la línea Madrid-Irún con un sello que muestra un grabado de un telégrafo óptico junto a la efigie de su creador. La Universidad Politécnica de Madrid ha bautizado con su nombre el Laboratorio de Comunicaciones Ópticas de su Departamento de Tecnología Fotónica. Y las antiguas torres de telegrafía óptica están siendo inventariadas y alguna de ellas recuperada, como por ejemplo, la Torre nº 11, o Torre de Martín Muñoz, en el municipio de Adanero, Ávila. Perteneciente antaño a la línea Madrid-Irún, que ha sido recientemente reconstruida gracias al mecenazgo de Telefónica Móviles España. La operadora de telecomunicaciones rinde así homenaje al creador de su red antecesora.

Mathé probablemente se hubiera sentido complacido; sobre todo si tenemos en cuenta que, 150 años después, las operadoras de telecomunicaciones están volviendo a abrazar un nuevo tipo de “telegrafía óptica” en la forma de cables de fibra óptica de alta capacidad. Dichas fibras, combinadas con dispositivos optoelectrónicos y futuros sistemas de comunicación por láser, reivindican la devoción de Mathé por las comunicaciones ópticas. A veces, la historia nos muestra su lado más bromista.

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