La plaga del mar

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Desde que las personas exploran y navegan durante tiempos lo bastante largos como para que se les pudran las frutas y verduras ha existido un problema. Sir Richard Hawkins, explorador marinero del siglo XVII, llamó a este problema «la plaga del Mar, y la Ruina de los Marineros», aunque más recientemente se le conoce como escorbuto.

Había sido caracterizada en su momento por Hipócrates y también por los egipcios, pero los seres humanos tenemos la irritante costumbre de olvidar conocimiento por ahí a lo largo de la historia, así que nadie supo muy bien qué les pasaba hasta mucho más tarde. La gente que iba a las Cruzadas en el siglo XIII moría como moscas, Vasco de Gama perdió dos tercios de su tripulación en el año 1500 por escorbuto, Magallanes perdió al 90 %, y un largo etcétera de muertes desagradables.

El escorbuto es una enfermedad causada por la falta de vitamina C, y tiene unos síntomas chunguísimos. Los describía Richard Walter, el cura que escribía el cuaderno de bitácora de la expedición del comodoro George Anson en 1740 (digo expedición, pero iban a abordar barcos españoles en el Pacífico. Qué pillos). Decía que los enfermos tenían la piel negra como la tinta, úlceras, dificultad de respiración, los miembros hinchados y rígidos, los dientes sueltos, las mucosas sangrando y supurando… En fin, precioso.

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Se especuló durante mucho tiempo sobre su causa: demasiada sal, demasiado poco oxígeno en el cuerpo, la grasa de las sartenes de los barcos, agua sucia, demasiado azúcar, tristeza, todo lo imaginable. Resultaba imposible curarla en el mar, aunque una vez en tierra era de fácil arreglo: bastaba con comer cítricos, apio, o cualquier cosa que tuviera vitamina C (aunque ellos no supieran lo que era la vitamina C). Existía la superstición de que simplemente respirar y tocar tierra firme curaba el escorbuto. Uno de los marineros de Anson que había contraído la enfermedad hizo que sus compañeros hicieran un agujero en un césped y metió la boca para respirar, incluso. Muy cuqui, aunque luego murió de escorbuto medio enterrado en la tierra.

Después de que el viaje de Anson trajera a la atención pública británica el hecho de que la gente se moría después de mucho tiempo en el mar, el médico escocés James Lind se puso a investigar. Cogió a seis parejas de marineros escorbúticos y les dio de comer a todos lo mismo, pero incorporando un ingrediente distinto en la dieta de cada pareja. Les dio, respectivamente, sidra, ácido sulfúrico diluido, vinagre, agua de mar, cítricos, y té con especias. Solamente se curaron los que había tomado cítricos. Escribió “Un tratado sobre el escorbuto”, en el que recomendaba los cítricos como cura y preventivo, aunque también estaba convencido de que el escorbuto se contraía por las pésimas condiciones de vida en los barcos (comida putrefacta, agua estancada, demasiado trabajo y excesiva humedad). Nadie le hizo mucho caso, a pesar de que había publicado lo que se considera el primer ensayo clínico de la historia.

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El capitán James Cook, contemporáneo de Lind y que iba un poco a su rollo, llevaba como antiescorbúticos chucrut (col fermentada), wort (un líquido asqueroso que sale al hacer whiskey o cerveza), y sirope de naranjas y limones. La experiencia (y muchos marineros muertos) le habían enseñado que funcionaban. Después de que prácticamente nadie de su tripulación muriera de escorbuto, cualquier barco que se preciara llevaba algún tipo de comida o bebida de este tipo, sobre todo chucrut y zumos de cítricos. Años más tarde se instauró una ración obligatoria de zumo de limón en la marina británica para que nadie enfermara.

Muchos años después, con pruebas en humanos de moralidad cuestionable (durante la II Guerra Mundial con objetores de conciencia británicos y a finales de los sesenta con prisioneros de Iowa), se confirmó que, efectivamente, el escorbuto se debía a una falta de vitamina C; y se curaba y prevenía tomándola. Me resulta fascinante cómo convivían en esta época (y conviven todavía, aunque en menor medida) la adquisición rigurosa o sistemática de conocimientos y la simple experiencia de ensayo-error.

Pero de todos modos, ahora ya lo sabéis: comed cítricos y cosas con vitamina C o moriréis entre terribles sufrimientos. Eso u os pasará como a este señor, que contrajo escorbuto porque había decidido alimentarse exclusivamente de pizza de queso.

 

Este artículo nos lo envia Beatriz Sevilla  (@Feminoacid). Muchas gracias a Sergio L. Palacios que me ha dado permiso para «pisarle» un poco su serie sobre el escorbuto, cuya brillante primera parte está publicada en su blog. Para más información, Javier Peláez (@Irreductible) también escribió hace algunos meses un detallado y curioso artículo sobre el tema en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Referencias

•   Lind, James (1753). A Treatise on the Scurvy. London: A. Millar.

•   Wang, A., & Still, C. (2007). Old World Meets Modern: A Case Report of Scurvy. Nutrition in Clinical Practice, 445-448.

•   Lamb, Jonathan (2011) Captain Cook and the Scourge of Scurvy. BBC – History

•   Lamb, Jonathan (2001). Preserving the self in the south seas, 1680-1840. University of Chicago Press. p. 117

•   Pemberton, J. (2006). Medical experiments carried out in Sheffield on conscientious objectors to military service during the 1939-45 war. International Journal of Epidemiology, 556-558.

•   Hodges, R. et al (1969). Experimental Scurvy in Man. The American Journal of Clinical Mutrition, 22(5), 535-548.

 

 

 

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Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 19 octubre, 2014
Categoría(s): ✓ Divulgación • Historia • Medicina