Hitos en la red #69

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La filosofía barata de muchos relatos, tanto literarios como cinematográficos, establece como principales preocupaciones del ser humano las siguientes, aunque no siempre se formulen con estas palabras:

  • ¿Quién soy?

  • ¿De dónde vengo?

  • ¿Cuál es mi destino?

Las dos primeras cuestiones tienen algo de fundamento desde el punto de vista psicológico porque tener una respuesta cortoplacista más o menos coherente es necesario para nuestra idea de nosotros mismos. Las respuestas absolutas a esas dos preguntas las da la ciencia biológica y, ya puestos, la física. Incluso a lo aparentemente más inexplicable: La naturaleza de la consciencia por Antonio Osuna.

La tercera es expresión de pura ignorancia de cómo funciona el universo, donde no existen causas finales. Efectivamente, la tan repetida “nada ocurre sin algún motivo” o variantes como “no hay mal que por bien no venga” (ojo al verbo: indica que el mal viene de “alguien” para nuestro bien) no son más que expresiones de un sesgo cognitivo sublimado por las religiones.

Y ¿a qué viene todo esto? Pues viene a que estos temas recurrentes velan la maravilla del conocimiento. Tomemos como ejemplo ¿Cuántos brazos espirales tiene la Vía Láctea? de Daniel Marín. Una gran parte de la población (la inmensa mayoría) está tan obnubilado por esas cuestiones que no se dan cuenta que es posible preguntarse por el número de brazos de la galaxia en la que vivimos, ¡viviendo dentro de ella!

Muchas de estas mismas personas suelen seguir con fruición relatos fantásticos sobre hechos presuntamente extraordinarios pero tan asentados en el funcionamiento aparente de todo, que no consideran la maravilla de que es posible que un ion pueda estar en dos sitios al mismo tiempo, Estados tipo gato de Schrödinger de un ión de calcio atrapado, o lo que es capaz de hacer realmente el LHC, Imágenes de las primeras colisiones a 13 TeV en el LHC, por Francisco R. Villatoro.

Todo lo anterior no es una crítica. En absoluto. Es la constatación de un hecho. Es muy posible que el lector de estas líneas sea parte de una, digamos a falta de mejor palabra, élite. Como siempre ha existido a lo largo de los siglos, las personas capaces e interesadas en ver el mundo tal cual es y no como aparenta ser, han sido una minoría. Y estas personas son las que lo han transformado.

Son estas personas las que miraron los que otros habían solo visto antes y esa mirada llevó el conocimiento más allá: Casualidades de la ciencia que cambiaron el mundo, por Mariajo Moreno, El mapa Dymaxion, por Raúl Ibáñez.

También es cierto que algunas personas de la élite usan ese conocimiento para intentar explicar lo que maravilla a la mayoría a los neófitos que terminarán integrándose en ella. Como Arturo Quirantes en La mecánica de Newton y el superratón volador.

En la época clásica hubo quien creyó que Hércules puso dos pilares en el límite de lo conocido y cognoscible y de ahí aquello de “non terrae plus ultra”. Solo unos pocos llegaron a la conclusión de que se podía ir “plus ultra” y se atrevieron a hacerlo. El lector queda cordialmente invitado a superar sus límites (autoimpuestos en la inmensa mayoría de los casos). La élite nunca fue más accesible.



Por César Tomé López
Publicado el ⌚ 24 mayo, 2015
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