Hitos en la red #105

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Hay cosas que nos parecen triviales solo por el mero hecho de que las hacemos continuamente. Eso ocurre en todos los ámbitos, desde contar, donde a cualquiera le espera agazapada la teoría de conjuntos y las paradojas del infinito, ¿Seguro que sabes contar? (Pablo Rodríguez), hasta la física del estado sólido con su nueva palabrería, en la que los entendidos se mueven como pez en el agua, Memoria espintrónica basada en el antiferromagneto CuMnAs (Francisco R. Villatoro), no tanto el común de los mortales.

Y es que damos cosas por sentadas sin pensar que tuvieron que tener un origen, que hubo un tiempo en que no fueron así. Por ejemplo estamos habituados a que los mamíferos y aves sean de sangre caliente, pero, ¿cómo surge eso, la endotermia, durante la evolución? Porque los lagartos, por ejemplo, son de sangre fría…¿o no?, Los lagartos tegu y los orígenes de la endotermia (Juan Ignacio Pérez).

Este hacerse preguntas continuas, preguntas interesantes quiero decir, puede llevar a formularlas en términos un poco peculiares. Así, tomemos el caso de “¿es contextual la base cuántica del espaciotiempo?”, puede ser interpretada en términos postmodernos por alguno que no haya leído (no necesariamente comprendido en su totalidad) El Don Quijote de la contextualidad cuántica (Francis), sin llegar a entender la trascendencia de la pregunta y lo que su respuesta implica para el realismo y, consecuentemente, para nuestra cosmovisión.

Porque una cosa está clara, lo aplicado se transmite mucho mejor que lo fundamental (lo relativo a los fundamentos). El visualizar para qué sirve nos permite obviar total o parcialmente cómo lo consigue. Verbigracia: Transporte eficiente de oxígeno y alimento en ingeniería de tejidos, Técnicas “low cost” para el estudio de obras de arte (Óskar González), Hidrógeno a partir de cualquier biomasa, Ciencia accesible: el pliegascopio de Manu Prakash (Ana Ribera), Un planeta rocoso gigante, El futuro del sistema solar: Plutón, Europa y Titán como mundos océanos, La odisea del primer artefacto que se posó suavemente en otro mundo (50 aniversario del alunizaje de la Luna 9) (los tres de Daniel Marín). En esta categoría podría entrar incluso las descripciones biológicas meso y macroscópicas como la de Quo vadis axón? (Pablo J. Barrecheguren) o las matemáticas “aplicadas” de Una visión topológica de la Odisea (Marta Macho).

Pero esta facilidad para ver el “para qué” obviando el “cómo” tiene un peligro: la disonancia cognitiva. Puedo usar la tecnología, lo que “funciona”, obviando la ciencia que la sustenta. Esta disonancia cognitiva muestra su patita, por ejemplo, cuando colegios de médicos, de enfermería o farmacia, por no listar las universidades públicas y privadas, no solo consienten sino que alientan cursos, postgrados y másteres en homeopatía, reiki, o sanación chiripitiflaútica cuántica. O, más prosaicamente, cuando se juega a la lotería un dinero que hace falta para comer. O cuando se considera que los códigos morales de pastores de ovejas y cabras de regiones semidesérticas reelaborados por sesudos exégetas hace unos cientos de años tienen más peso que los conocimientos biológicos actuales. Y, en definitiva, cuando se considera que la ciencia es una opinión más, algo que alienta la prensa cuando se hace eco de estudios aislados lo que lleva a exponer una idea y su contraria en un solo año natural (caso típico, alimentos que causan cáncer o lo que sea).

Entonces, cabe preguntarse, Contra quién estamos perdiendo la guerra y por qué.



Por César Tomé López
Publicado el ⌚ 7 febrero, 2016
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