La falacia del neuro-abogado

Supongamos el siguiente diálogo en un tribunal de justicia:

– Señor Juez, mi cliente, como Vd bien sabe, no es responsable de los crímenes que se le imputan, puesto que sus acciones presuntamente delictivas están completamente determinadas por sus procesos cerebrales.

– Señor Abogado Defensor, como Vd bien sabe, yo no soy responsable de las sentencias que pronuncio, puesto que mis acciones están completamente determinadas por mis procesos cerebrales. Si cree Vd que puede influir en mi decisión, está Vd muy equivocado, ya que la sentencia que voy a pronunciar en breves momentos ya está escrita en mis neuronas sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Si Vd supiera algo de neurociencias además del (ya inútil) Derecho, lo sabría perfectamente. Así que ahórrese su absurda palabrería.

Si cree Vd que puede influir en mi decisión, está Vd muy equivocado | crédito imagen

¿Soy libre, o es una mera ilusión?

No faltan, entre investigadores de todo el mundo, quienes niegan que la libertad sea una característica humana real. El argumento suele ser que, puesto que somos seres materiales, estamos sometidos a las leyes deterministas de la materia, luego no somos libres. Este argumento, y otros similares, aparecen una y otra vez en los medios de comunicación; y no solo en los medios divulgativos, también en publicaciones científicas. Así lo contaba hace unos años, por ejemplo, Francisco J. Rubia apoyándose en los experimentos de Benjamin Libet y otros:

La libertad, la voluntad libre o el libre albedrío es una ficción cerebral. Eso es el resultado de experimentos realizados recientemente en neurociencia que indican que la actividad cerebral previa a un movimiento, realizado por el sujeto en un tiempo por él elegido, es muy anterior (350 ms) a la impresión subjetiva del propio sujeto de que va a realizar ese movimiento (200 ms antes del movimiento). (…) No podemos, pues, fiarnos de nuestras impresiones subjetivas porque pueden ser falsas. A veces, como en este caso, la falta de libertad es algo contraintuitivo, como suele expresarse en inglés, pero los experimentos indican que, efectivamente, estamos determinados, como el resto del Universo, por las leyes deterministas de la Naturaleza. (…) Esto explica por qué en Alemania, algunos especialistas en derecho penal están reclamando la revisión del código penal para adecuarlo a los resultados de la neurociencia.

No voy a tratar de demostrar científicamente que somos libres. De hecho, dudo mucho que esto se pueda demostrar de modo experimental. Ya examiné, desde una nueva perspectiva sobre el Test de Turing, las serias dificultades que hay para distinguir experimentalmente entre el comportamiento libre y el no libre. Lo que sí voy a mostrar es la incoherencia de científicos y divulgadores como el citado Rubia, que incurren estrepitosamente en la que he llamado falacia del neuro-abogado.

En efecto: si la libertad es un invento del cerebro y no somos realmente libres, entonces ciertamente es injusto condenar a los criminales, y deberíamos modificar el código penal. Pero, por otra parte, si la libertad es un invento del cerebro y no somos realmente libres, entonces tampoco podemos libremente modificar el código penal, y no tiene sentido que nos pidan hacerlo. Ya está.

A los animales no racionales no se les puede convencer con argumentos, tan solo se les puede condicionar con premios y castigos. Cuando al sujeto que tenemos enfrente le presentamos argumentos para intentar convencerle, implícitamente estamos asumiendo que es un ser racional y libre. Intentar hacer lo mismo con un ser que se afirma que no es libre es un contrasentido, y demuestra que Rubia no se cree la tesis que él mismo presenta como irrefutable. Si ningún ser humano es libre, entonces los criminales no son libres para evitar el crimen, pero los jueces y legisladores tampoco lo son para cambiar las leyes.

El determinismo choca frontalmente con la experiencia de la libertad y otras estrechamente relacionadas, como la educación. La misma inteligencia es incompatible con el mecanismo determinista, como ya argumenté en un artículo anterior: sin libertad no hay inteligencia. Si somos seres completamente sometidos a las leyes deterministas de la naturaleza, entonces el yo no es autor de su vida, sino como mucho un espectador pasivo de lo que pasa, dentro y fuera de él. Un yo ficticio y una libertad ficticia es todo lo que cabe dentro de este determinismo. Si no somos dueños de nuestros actos, si nuestra conducta es puramente instintiva (reacción mecánica a los estímulos recibidos), como pretende Rubia, entonces toda discusión sobre la ética es una pérdida de tiempo.

Pero lo cierto es que no nos entendemos así. La tarea educativa, por ejemplo. Educamos porque pensamos que nuestras tendencias no son irresistibles, que nuestros condicionamientos externos no son absolutos, que no somos sistemas físicos causales sin más. Educamos porque pensamos que ahí delante hay “alguien” (un yo) que es capaz de tomar dominio sobre sí mismo y convertirse en autor de su vida. Esta es una de esas experiencias vitales que el determinismo no puede explicar. ¿Por qué aceptar un axioma filosófico, no demostrado ni demostrable, que hace tan difícil explicar nuestra vida cotidiana?

La negación de la libertad NO tiene consecuencias

Yuval Noah Harari es uno de los pensadores de moda. En un reciente artículo publicado en El País, Los cerebros ‘hackeados’ votan, explica brillantemente que las nuevas tecnologías amenazan muy seriamente nuestra vida social y democrática, ya que los Gobiernos y las empresas harán lo posible por hackear o piratear el “sistema operativo humano”, como él lo llama, para manipularnos a su conveniencia. Pero no se contenta con advertir sobre estos peligros, sino que se atreve a señalar que la raíz de todo el problema es nuesta creencia en el “espejismo” del libre albedrío:

Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas. Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica.

Aquí habría que decir, como poco, que sorprende que Harari atribuya la idea occidental de libertad a la teología cristiana. ¿Es que antes del cristianismo no había reflexionado nadie sobre la libertad, ni en el mundo romano, ni en el griego, ni en el judío? ¿Es que el moderno alejamiento del cristianismo tiene que ir acompañado necesariamente de la negación de la libertad?

Pero es que, además, la concepción del alma como entidad “completamente independiente de cualquier limitación física y biológica” no es la de la teología cristiana, sino más bien la del dualismo cartesiano, que concibe el alma y el cuerpo como dos cosas distintas, unidas de un modo tremendamente problemático que el mismo Descartes nunca supo explicar de forma convincente. Aceptar el postulado del dualismo cartesiano (“las cosas son: o materiales, o inmateriales”) es el punto de partida que a menudo desemboca en negar la existencia de realidades inmateriales como la libertad, puesto que solo las materiales son “objetivas”. El dualismo cartesiano nos metió en un callejón sin salida. Pienso que jamás vamos a entender bien qué es el ser humano en toda su riqueza desde la aceptación del postulado cartesiano. Hay que dar marcha atrás y volver a pensarnos de otra manera.

Es cierto que el cartesianismo ha influido mucho en la teología cristiana posterior, y no digamos en la cultura popular, pero de un pensador tan sugerente como Harari esperaba algo más de agudeza. Harari tiene una idea completamente cartesiana del libre albedrío, como puro ser incondicionado, y así no es extraño que lo rechace, porque es bastante obvio que esa concepción no responde a nuestra experiencia cotidiana. Como seres materiales que somos, estamos sin duda condicionados, pero otra cosa distinta es decir que estamos completamente determinados. El tema es muy pertinente, pero su análisis es superficial.

Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos. (…) ¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.

Aquí es donde incurre Harari en la falacia del neuro-abogado. Si no somos libres, entonces toda esta parte de su discurso es un sinsentido. Si no somos libres, no tenemos ningún deber, no necesitamos defendernos de nada, y la manipulación deja de ser un mal criticable (y, obviamente, también deja de ser algo evitable). Harari trata de convencernos con argumentos para que nos defendamos de la manipulación ideológica apoyada en las nuevas tecnologías; esto está muy bien, pero no puede hacerlo sin asumir que, al menos en cierta medida, somos libres. Se contradice, pues, cuando trata de convencernos de que el libre albedrío es un espejismo.

Cuando en el lenguaje ordinario decimos que algo “tiene consecuencias”, podemos referirnos a dos cosas diferentes: consecuencias lógica o físicamente necesarias, o bien consecuencias prácticas para la acción libre. Las primeras se producen, por ejemplo, en las leyes de la naturaleza (“poner el agua al fuego tiene como consecuencia que se calienta”); las segundas las entendemos como argumentos que deberían alterar nuestro curso de acción (“hay huelga de taxis, en consecuencia tendré que ir en autobús”). Negar la libertad humana tiene como consecuencia necesaria que no somos dueños de nuestros actos. Pero no puede tener como consecuencia, para nuestra acción libre, la recomendación de una u otra estrategia de acción. Ni siquiera nos pueden exhortar a aceptar un destino “inexorable”, porque la actitud de aceptación o rechazo también estaría predestinada. Negar la libertad no tiene consecuencias prácticas. Debería ser obvio, ¿no?

El argumento de autoridad y el argumento de antigüedad

Como es bien sabido, el argumento de autoridad (“esto es así por que lo dice X”) es el más débil de los argumentos. Y, junto a este, hay que estar prevenidos también contra el argumento de antigüedad: las ideas no son mejores ni peores por ser antiguas o modernas; de hecho, a menudo encontramos pensadores extraordinariamente lúcidos entre los más antiguos.

Tras haber denunciado durante años la falacia del neuro-abogado, recientemente he encontrado que tiene su versión en la antigüedad clásica, por la que el lector ya sabe que siento debilidad. Diógenes Laercio (180-240 d.C.), que se dedicó a coleccionar dichos de sus predecesores, relata una jugosa anécdota de un filósofo estoico, Zenón de Citio (336-264 a.C.; no debe confundirse con el más famoso y antiguo Zenón de Elea, el de la paradoja de la tortuga, que vivió en 490-430 a.C.). Al llegar a casa, Zenón sorprende a su esclavo mientras intenta robarle. El esclavo se las da de listillo y dice: “si, como enseñan los filósofos, todo es absolutamente necesario, entonces estaba escrito en mi destino que yo debía robarte”. Zenón, sin alterarse, la emprende a golpes con el ladrón, replicándole: “¡sí, y también esto estaba escrito en tu destino!” [1]. Quizás el castigo fue excesivo, pero el esclavo era sin duda un cínico de cuidado.

 

Este artículo nos lo envía Gonzalo Génova, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Aparte de mis clases de informática, también imparto cursos de humanidades en los que trato temas de filosofía de la tecnología y pensamiento crítico.

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NOTAS

[1] Diógenes Laercio. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Traducción, introducción y notas de Carlos García Gual. Alianza Editorial, 2007, p. 339. La anécdota está narrada aquí en apenas dos líneas: Cuentan que azotaba a un esclavo por un hurto, y aquél le dijo: «Estaba predestinado a robar». «Y a ser azotado», replicó él.

 

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Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 6 febrero, 2019
Categoría(s): ✓ Divulgación