Investigando bajo el techo de cristal

Por Colaborador Invitado, el 11 febrero, 2020. Categoría(s): Sin categoría
Día internacional de la mujer y la niña en la Ciencia

Como medida para reivindicar el papel femenino en la ciencia, en 2015 la Organización de las Naciones Unidas proclamó el 11 de febrero “Día internacional de la niña y la mujer en la ciencia”. Si bien en la última década se han destinado muchos esfuerzos a inspirar a niñas y mujeres para que se dediquen a la ciencia, éstas siguen estando poco representadas en el mundo de la investigación. Basta mirar a los datos: menos del 30% de las personas que se dedican a la ciencia en mundo son mujeres.

El análisis de este fenómeno es complejo ya que hay muchos factores que toman parte. Sería de esperar que, en países desarrollados en los que el porcentaje de hombres y mujeres en el mercado laboral es similar, encontráramos una cierta paridad en la ocupación de puestos en la carrera científica – un análisis similar se podría hacer con los cargos directivos en la empresa privada. Entonces, ¿por qué hay menos mujeres que hombres en ciencia? Hay un factor clave: el techo de cristal. Se denomina así a la barrera invisible que impide a la mujer ascender en el mundo laboral a partir de un cierto nivel en igualdad de condiciones con respecto a los hombres. Hay que enfatizar el hecho de que la comparación se hace en igualdad de condiciones. No estamos hablando de regiones desfavorecidas ni de países con legislación abiertamente discriminatoria hacia las mujeres. Tampoco de zonas donde la mujer no tiene acceso a la educación y queda limitada al ámbito doméstico. Por esto el techo del que hablamos es de cristal, porque es invisible: no hay ningún código legal que impida este ascenso, sino un código social que relega a la mujer a un ámbito social de menor éxito profesional, generalmente asociado con el cuidado de los hijos, los mayores y del hogar.

El techo de cristal, también llamado suelo pegajoso, es un conjunto de barreras sociales y culturales entre las que se pueden distinguir varios factores recurrentes. Uno de ellos es la concepción masculina del éxito, probablemente promovida por la falta de referentes femeninos en los altos cargos académicos, en la empresa privada y en instituciones públicas.La discriminación por maternidad es otro importante hándicap para las madres que intentan alcanzar una carrera profesional exitosa. No solo porque inherentemente al hecho de tener un hijo se disponga de menos tiempo para dedicar al trabajo, sino porque en muchas ocasiones las madres sufren situaciones de discriminación laboral -más o menos directa-que pueden incluso llegar a suponer el desempleo de ésta. Curiosa y desafortunadamente, el momento en el que las científicas deben demostrar su independencia investigadora y se espera de ellas una mayor productividad para afianzar su carrera y estabilizarse laboralmente coincide con el de ser madres. Así es que, con frecuencia, en la década de los 30 a los 40 años se encuentra un desbalance entre los currículos de mujeres que han decidido ser madres y de las que no. Otra piedra en el camino hacia el éxito femenino es la conciliación de la vida familiar y laboral. Con frecuencia, las tareas del hogar y el cuidado de la familia compiten por el tiempo que las mujeres dedican a destacar en sus empleos, de forma queciertas actividades que podrían suponer un plus para sus carreras, como hacer horas extra o asistir a congresos que exigen viajar, se convierten en un lujo que simplemente muchas mujeres no se pueden permitir. El resultado es que las mujeres quedan relegadas a un lugar social distinto al del hombre en el que se abusa de su tiempo. Sufren una sobrecarga de trabajo doméstico, multiplicada en caso de ser madres, por lo que tienen menos disponibilidad de tiempo, menos apoyo social y sus proyectos menos credibilidad, con lo que ellas mismas no se embarcan en grandes proyectos laborales porque piensan que no van a estar a la altura. Ante tal panorama, las mujeres se ven obligadas a elegir entre el ámbito profesional y el personal.

Este techo de cristal va acentuándose cuanto más alto se está en la carrera investigadora, que al mismo tiempo es cuando mayores responsabilidades domésticas y familiares recaen sobre las mujeres. De acuerdo con el informe del programa Forwomen in science (L’Oreal-UNESCO, 2018), el porcentaje de mujeres que estudian un bachillerato de ciencias es del 49%, indicando que hasta esta etapa formativa las oportunidades y la vocación pueden ser similares para mujeres y hombres. Este porcentaje cae hasta un 32% a la hora de obtener un grado de estudios en ciencia y a un 25% si nos fijamos en las mujeres que obtienen un doctorado científico. Si bien hasta este punto de la carrera investigadora queda claro que las mujeres sufren algún tipo de freno, esto se agrava en los sucesivos escalones. Solo un 11% de los investigadores que ocupan altos cargos académicos son mujeres y, aunque aquí habría que tener en cuenta también el factor histórico, un ínfimo 3% de los premios Nobel han sido concedidos a mujeres.

Aquí debemos recordar a las grandes olvidadas, que a veces fueron deliberadamente apartadas en favor de otros investigadores. Lise Meitner, Rosalind Franklin, Esther Lederberg o Jocelyn Bell son algunos de los casos más controvertidos. Todas tuvieron un papel más que importante en descubrimientos que llevaron a otros investigadores – hombres – a recibir un premio Nobel. Aunque cada caso merece un análisis riguroso, todas ellas desarrollaron su investigación en entornos en los que ser mujer suponía un freno a la actividad investigadora. Y es que, durante siglos, innumerables mentes brillantes de mujeres fueron silenciadas por su género. Resulta imprescindible visibilizar el papel de las mujeres en la ciencia a lo largo de la historia. En primer lugar, por justicia hacia ellas. Y en segundo, si no más importante, para abrir el camino a las mujeres de generaciones presentes y futuras, para las que tenemos que crear un ambiente académico sano, justo y equilibrado, en el que las oportunidades no se vean sesgadas por el género.

Este artículo nos lo envían Javier Roales y Lourdes Morillas: Doctora en ecología por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, actualmente trabaja como investigadora en la Universidad de Lisboa. En los últimos años se ha especializado en el estudio de los procesos del suelo en ecosistemas mediterráneos en un contexto de cambio global. En su página web mednchange.weebly.com escribe sobre el transcurso de su proyecto actual, Med-N-Change. Podéis seguirla también en Twitter: @Morillas_L o en @MedNChange.



 

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