Mitos transgénicos: el gran héroe americano

Por Fernando Frías, el 10 diciembre, 2012. Categoría(s): Escepticismo • Medio Ambiente
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Es cierto que no todos los que demonizan sistemáticamente los organismos genéticamente modificados llegan al nivel argumental de aquel ecologista que dijo hace poco que los casos de infecciones por escherichia coli producidos por consumo de alimentos “ecológicos” se debían a que el estiércol empleado como abono en los cultivos procedía de vacas alimentadas con colza transgénica, mientras que las vacas alimentadas con pasto natural producen boñigas sanas y libres de toda infección. Pero también hay que reconocer que el movimiento antitransgénico ha ido creando su propia mitología, y a la hora de discutir pocas veces salen de esos héroes y demonios legendarios.

Percy Schmeiser

Dentro de esos cuentos de santos y Monsantos uno de los más habituales es el del gran héroe americano. Que, para ser precisos, es canadiense, y se llama Percy Schmeiser.

La leyenda viene a contarnos que el señor Schmeiser era un sencillo y humilde labrador que trabajaba honradamente su campo de colza (o maíz, según versiones) puramente natural. Pero resultó que alguno de sus pérfidos vecinos había plantado semillas transgénicas, y el viento arrastró algunas de ellas hasta el huertecillo del señor Schmeiser, donde germinaron y crecieron sin que el pobre labriego se diera cuenta. Hasta que, un mal día, le llegó una citación judicial porque Monsanto, la multinacional que había desarrollado esas semillas transgénicas, le había demandado por sembrarlas sin su autorización. Cabe imaginar el calvario que padeció el pobre señor Schmeiser, enfrentado en los tribunales a una potente multinacional y, encima, condenado en primera instancia y en apelación. Pero por suerte el hada buena, en forma de Tribunal Supremo de Canadá, se apiadó de él y le absolvió de todos los cargos.

La historia tiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en un éxito en el mundillo ecologista: el papel de malo lo asume nada menos que la pérfida Monsanto, su víctima es un pobre y pequeño agricultor, sus tribulaciones se deben a una contaminación en la que el señor Schmeiser no tuvo ni arte ni parte, y encima al final se hizo justicia, el David ecológico venció al Goliath transgénico y todos (excepto Monsanto, claro) fueron felices y comieron tofu con sabor a perdiz en escabeche. Bonito, ¿eh?

Muchas leyendas tienen una base real, y esta, desde luego, no es una excepción: Percy Schmeiser existe, Monsanto (como nos recuerdan constantemente en estas discusiones) también, y ciertamente hubo un procedimiento judicial a cuenta de la presencia en los campos del señor Schmeiser de plantas procedentes de semillas transgénicas.

El problema, ¡ay!, es que los detalles echan a perder el bonito cuento de hadas.

Para empezar, es cierto que en 1997 aparecieron plantas de colza transgénica (concretamente de la variedad Roundup Ready Canola) en la explotación del señor Schmeiser. Y no eran pocas: según el propio Schmeiser, las plantas cubrían de 3 a 4 acres (de 12.000 a 16.000 m2 o, por usar una unidad de medida más habitual, como dos o tres campos de fútbol). Según uno de sus empleados, las semillas debían haber llegado allí procedentes de un campo adyacente y arrastradas por el viento, aunque se da la circunstancia de que aquel año la plantación de semilla transgénica más próxima se encontraba a unos ocho kilómetros de distancia y de que otros testigos aseguraron que las semillas empleadas por el señor Schmeiser en aquella zona no procedían de sus propias reservas, como era habitual, sino que habían sido traídas en camión. El dato no se aclaró en el juicio, simplemente porque no resultaba relevante.

Y es que lo realmente relevante fue lo que hizo el señor Schmeiser con aquellas plantas: las cosechó y empleó las semillas para plantar unos 1.080 acres de terreno, algo más de 4.000.000 de m2 (o, si lo prefieren, más de quinientos campos de fútbol; como ven lo suyo no era precisamente un huertecillo). Y aquí es donde entra en escena la malvada Monsanto, que demandó a Schmeiser (y a su empresa, Schmeiser Enterprises) por violación de su patente, que en su opinión les otorgaba el derecho exclusivo a la producción de esas semillas en concreto.

Y así lo entendieron también el tribunal que juzgó el caso en primera instancia y el que revisó la sentencia en apelación. Hasta que en 2004 el Tribunal Supremo acabó por dar la razón al señor Schmeiser, pero no por considerarlo inocente ni nada por el estilo; simplemente porque a juicio del Tribunal la patente de Monsanto no cubría la planta ni, por tanto, las semillas procedentes de dicha planta.

Así que ya ven, el héroe ecologista y antitransgénico resultó ser, en realidad, un espabilado que pretendió (y consiguió, todo hay que decirlo) hacerse con una provisión completa de semillas transgénicas por todo el morro.

Es lo que tienen los mitos: son muy bonitos, muy sugerentes y todo eso. Pero mirándolos de cerca, muchas veces resulta que tienen los pies de barro…



Por Fernando Frías, publicado el 10 diciembre, 2012
Categoría(s): Escepticismo • Medio Ambiente

 

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