Mohammed y sus sandías: un caso de desertificación galopante

Mohammed sonríe ufano. Acuclillado en su campo de cultivo muestra orgulloso la cosecha. Cuando, a nuestra instancia, el traductor le pide detalles, su sonrisa, bajo un bigotazo espeso de aspecto mucho más recio y saludable que la desdentada dentadura, se convierte en una explosión de entusiasmo.

No sé lo que dice. No le entiendo. Un improperio de sonidos guturales acompañados de exagerados ademanes y una mirada de tío loco que, empiezo a pensar, puede desembocar en una escena violenta como le dé por arrancarse con el azadón. Pero por lo que traduce el intérprete no parece estar enfadado. Sino muy contento. Lo que pasa es que es un tipo muy vehemente este Mohammed.

Que lo mismo ni se llama Mohammed. Pero en territorio marroquí es fácil acertar si se le llama Mohammed.

Tiene motivos para tal satisfacción del tal Mohammed. Va a vender sandías y patatas y se va a forrar. Y luego pondrá más. Intentará hacerse con algo más de tierra y así conseguir una cosecha aun mayor. Su ambición parece no tener límites.

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Hay, sin embargo, un pequeño problemilla. Y tiene que ver con la localización geográfica de la plantación de sandías. Está al borde del Sahara. Llueve muy poco. Poquísimo. Unos 50 milímetros al año. Y las sandías necesitan entre 200 y 350.

¿Cómo ha solucionado esto Mohammed? Perforando un pozo hasta la roca madre y teniendo, así, agua a espuertas. Después de generaciones arrastrándose por el polvoriento desierto, yendo con los dromedarios y las cabras de un miserable arbusto a otro, repartiendo entre rebaño y familiares el agua que subían del único pozo artesiano de la zona, cree tener toda el agua que pueda necesitar. Siglos de privación le sacan una actitud arrogante para explicar –a través del intérprete- que tiene el riego funcionando veinticuatro horas al día. Es decir, siempre.

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Estamos en la cuenca de Oued-Mird, un ‘afluente’ del Draa. La ciudad más cercana es Zagora y hasta aquí nos ha traído un proyecto de investigación, denominado DeSurvey*, cuyo propósito era evaluar el estado de degradación de los sistemas áridos y semiáridos así como buscar un patrón a los diversos casos de desertificación por el mundo.

El acuífero aluvial sobre el que caminamos es un material poroso constituido por rocas y material fino que atrapa entre sus intersticios al agua que se filtra desde la superficie así como la lluvia que cae en las montañas que delimitan la cuenca.

Tradicionalmente este lugar ha dado un escaso rendimiento económico al ser humano. La única manera de sacarle algún partido era el nomadismo. Ir con animales que rumian cualquier cosa y que son resistentes a la sed y el calor persiguiendo las erráticas lluvias. Los rebaños constituían los reservorios de riqueza; depósitos financieros vivos. Un nómada es más o menos rico en función de los animales que tiene.

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En nuestro recorrido por Oued Mird vemos que algunos nómadas se han establecido en granjas. Siguen teniendo rebaños que llevan a pastar por la zona. Por eso su vida no es aun completamente sedentaria. Esta agricultura de oasis –que empezó en los años setenta del pasado siglo- es muy completa y se estructura en torno a tres capas de cultivos: el primero a ras de suelo, formado por diversas hortalizas, algún cereal y alfalfa; después están los frutales y como techo las palmeras. Todo esto, sumado a los animales, les permite ser autosuficientes. Además cuentan con la henna y los dátiles como cash crop, es decir, una manera de conseguir dírhams y así poder comprar utensilios y enseres que no pueden producir por sí mismos.

Esta vida semisedentaria pivota sobre el suministro de agua. Pozos artesianos excavados a pico y pala, hasta pinchar el nivel freático, originalmente a unos quince metros de profundidad. El agua se saca tirando de una polea. Con fuerza humana o animal. Cuando el nivel del acuífero baja mucho el agua entonces deja de ser accesible y todo el sistema se cae.

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Para que eso no suceda, algunos de los nómadas o de los semisedentarios han dado el salto definitivo hacia la sedentarización y la seguridad alimentaria. Esto nos permite esbozar el tercer tipo de gente que vive aquí: la que representa Mohammed.

Como nuestro trabajo consiste en tratar de averiguar por qué pasan las cosas y cuáles son las consecuencias de utilizar el territorio de una manera u otra empezamos a hacer(nos) algunas preguntas. Concluimos que la terna que ha dado lugar a este nuevo uso del suelo es: (i) el abaratamiento de los equipos de bombeo y prospección de aguas subterráneas; (ii) la apertura de pistas que comunican Oued Mird con importantes mercados; (iii) las ganas que tiene el Gobierno marroquí de que los nómadas se estén quietecitos de una santa vez; para ello subvenciona los puntos (i) y (ii).

Queremos saber si Mohammed anda preocupado por si se le acaba el agua. No. Lo que le importa es sacarle el mayor partido posible cuanto antes, y después ya veremos. Eso de las generaciones futuras no entra en sus cálculos. Él y su familia han sufrido durante muchos años así que ahora es su turno. Por eso se le ve frenético. Con prisa por que crezca esta cosecha para poner otra y después otra. Sabe que más gente está poniendo este tipo de equipos de bombeo. Así que cuanto antes se enriquezca mejor. Otro caso que confirma la Tragedia de los Comunes.

Desde el punto de vista científico a este proceso de agotamiento de los recursos, en zonas áridas y como consecuencia de las actividades humanas, lo llamamos desertificación. Es paradójico que lo llamemos así. A veces nos sorprende a nosotros mismos. Si esto ya es un desierto ¿cómo es que se desertifica? La razón es que este territorio cuenta con una reserva de agua y el uso intensivo que se le está dando va a acabar con ella. Dentro de unos años no tendrá agua. Ni nada más. La desertificación es un proceso de degradación en la que un territorio pierde opciones respecto a su situación de partida.

Continuamos recorriendo la cuenca de Oued Mird hacia el sur. Encontramos la otra cara de la moneda del esplendor y prosperidad de la que se enorgullece Mohammed. El agua que ha tardado décadas, sino siglos, en acumularse, se consume a un ritmo altísimo. Ya hemos visto que las bombas de agua pueden estar operativas día y noche. Cuando el pozo se seca el lugar es abandonado y pronto se desmoronan las construcciones de adobe y se secan las palmeras.

Esa es la consecuencia inmediata. Pero hay otras. También perecen las acacias, que no alcanzan el nivel freático. Estos árboles tan duros, que aguantan en el límite del desierto, son el último bastión vegetal. Sin ellos no queda nada que ramonear. Ahora empieza a ser un desierto intransitable, sin islas en las que se pueda parar a la sombra. Sin un pozo en el que los viajeros o los nómadas puedan calmar su sed.

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En nuestra ruta ‘aguas abajo’ nos encontramos con más signos evidentes de degradación. Al establecerse de forma más o menos permanente los rebaños pisotean y pastorean con mayor frecuencia determinados lugares. Además la recolección de leña para cocinar o calentarse ha acabado con la escasa masa forestal y arbustiva de la zona. Aunque hay una ley que prohíbe arrancar árboles vivos no hay ninguna que impida utilizar la madera de árboles muertos. Así que el personal procede de la siguiente manera: golpeando al árbol, haciéndole cortes, partiéndole las ramas, hasta que está oficialmente muerto y ya se puede talar.

La desaparición de la vegetación hace que el suelo se movilice y aparezcan campos de dunas. Nuestros compañeros marroquís están consternados ante semejante espectáculo. Comprueban cómo en apenas unos años los bosquetes de acacias han desaparecido y las dunas van invadiendo el paisaje. Todo está conectado con el uso desenfrenado de las aguas subterráneas.

Otra pregunta relevante es si el deterioro producido es reversible o no. Desde luego no parece muy acertado y sostenible cultivar sandías en el Sahara. En pocos años, cuando se vacíe el acuífero, allí no se va a poder vivir ni de las sandías, ni de la henna. Ni siquiera del pastoreo errático. Habrá quedado inutilizado y despoblado. Es probable que el acuífero, al cabo de un par de siglos, se rellene. Más difícil será que las acacias recolonicen el territorio, ya que éstas eran los remanentes de una sabana que hubo aquí en períodos climáticos más húmedos.

La cuestión de fondo es que la conservación de la naturaleza, de los ecosistemas no tiene como único objetivo satisfacer ciertas inquietudes estéticas o morales, sino salvaguardar el sustento de generaciones futuras y actuales.

Los lugares como Oued Mird son más importantes de lo que parecen. Es una zona de contención y cuando los márgenes del desierto se rompen hay problemas. Dilapidar una reserva de agua para regar sandías es una sandez mayúscula. Podría utilizarse de una manera más inteligente. De una manera que no acabase con las relictas acacias y permitiese, de manera indefinida, al menos una forma de vida humilde. Al menos sobrevivir.

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* Desertification Surveillance. Proyecto de investigación científica del  6º Programa Marco de la Comisión Europea coordinado por la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC). IP: Juan Puigdefábregas.

Fotos de Marieta Sanjuán y Gabriel del Barrio, investigadores de la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC) | El lector interesado puede encontrar el trabajo científico asociado al acuífero de Oued Mird en: Journal of Hydrology 402 (2011) 80–91



Por J.M. Valderrama
Publicado el ⌚ 12 agosto, 2014
Categoría(s): ✓ Ciencia • Divulgación • Ecología