Cautivos del desierto azul

Por Colaborador Invitado, el 3 diciembre, 2015. Categoría(s): Historia • Medicina
Mapamundi 1583 Sebastiao Lopes
Mapamundi 1583 Sebastiao Lopes

El seis de septiembre de 1522, la nao Victoria arribó a Sanlúcar de Barrameda tras completar la primera circunvalación del globo terráqueo. Poco quedaba de la orgullosa “Armada para el Descubrimiento de la Especiería” que había iniciado la singladura tres años antes. Cuatro barcos y más de doscientos expedicionarios, incluido su capitán Fernando de Magallanes, habían quedado atrás víctimas de múltiples y muy variadas adversidades. De hecho, la escena que contemplaron los sanluqueños que ese día andaban por el puerto tuvo que causar espanto, una nave completamente desvencijada avanzando penosamente bajo el gobierno de una tripulación de dieciocho marinos tan famélicos que apenas se sostenían en pie. Con Juan Sebastián Elcano a la cabeza, eran los supervivientes de una infernal última etapa que habían comenzado sesenta hombres en las Islas Molucas y en la que habían navegado dieciséis mil kilómetros sin apenas escalas para ocultarse de los barcos portugueses que pretendían apresarlos.

No fue esta, sin embargo, la mayor hazaña que debió superar la expedición para culminar la revolucionaria idea de Cristóbal Colón de llegar a las Indias navegando hacia el oeste. Antes habían encontrado el paso que conecta el Océano Atlántico con el por entonces recién descubierto Mar del Sur, hoy Océano Pacífico, y atravesado por primera vez esa inmensa masa de agua de la que se desconocía su tamaño. Un viaje terrible que conocemos en detalle gracias a la crónica de uno de sus protagonistas, el italiano Antonio Pigafetta:

“Desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no morirnos de hambre, nos vimos aun obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos en seguida sobre las brasas. A menudo aun estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una.

Sin embargo, esto no era todo. Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no pudiesen tomar ningún alimento. De éstos murieron diecinueve y entre ellos el gigante patagón y un brasilero que conducíamos con nosotros. Además de los muertos, teníamos veinticinco marineros enfermos que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero que al fin sanaron. Por lo que toca a mí, no puedo agradecer bastante a Dios que durante este tiempo y en medio de tantos enfermos no haya experimentado la menor dolencia.”

Un gran velero de la Edad Moderna podía llegar a convertirse en un entorno tremendamente inhóspito. Durante sus largas travesías transoceánicas, los navegantes se veían obligados a enfrentarse a las situaciones más variadas, desde el frío glacial hasta el calor de los trópicos. Siempre a merced de los elementos, tan pronto la ausencia de vientos podía detener su nave como una terrible tormenta ponerla en peligro. Unas condiciones de común duras y en ocasiones penosas que les forzaba a contar con tripulaciones amplias que mantuviesen un continuo y extenuante ritmo de trabajo y a transportar todo aquello que pudiesen necesitar en los próximos meses o incluso años.

Por ello, los marineros quedaban hacinados en un espacio mínimo donde debían comer, dormir y disfrutar de sus escasos momentos de ocio. Su vida transcurría en un ambiente lúgubre y permanentemente húmedo, rodeado por un enorme y caprichoso desierto azul. Y, sin embargo, como deja bien a las claras el relato de Pigafetta, si hemos de elegir el peor de los males a los que se enfrentaron, sin duda habría que escoger la “especie de enfermedad” a la que hace referencia al final de este fragmento. Sin duda hablaba del escorbuto, una dolencia que durante más de tres siglos causó estragos entre los hombres de mar europeos.

Royal Navy (cuadro de 1907)
Royal Navy (cuadro de 1907)

Se calcula que desde el inicio de la era de los descubrimientos a finales del siglo XV hasta comienzos del siglo XIX más de dos millones de marineros fallecieron a causa del escorbuto. Ni los temporales, ni los naufragios, ni las batallas navales ocasionaron ni de lejos un número comparable de víctimas. “La peste de las naos”, como la llamaron los españoles de la época, podía aparecer de improviso en cualquier trayecto por alta mar y asolar tripulaciones enteras. Siempre con un patrón típico; primero, los hombres comenzaban a sentirse apáticos y faltos de motivación, luego, llegaba la debilidad física, la falta de coordinación, el dolor en las articulaciones y la hinchazón en las extremidades.

Paulatinamente, los enfermos seguían empeorando hasta alcanzar un cuadro clínico similar al descrito en 1596 por el médico inglés William Clowes: “sus encías estaban podridas hasta las raíces de sus dientes y sus mejillas duras e hinchadas; los dientes estaban a punto de caerse… y su aliento desprendía un hedor espantoso. Las piernas estaban tan débiles que no eran capaces de transportar sus propios cuerpos. Estaban aquejados de múltiples dolores y achaques, llenos de manchas azuladas y rojizas, algunas grandes y otras del tamaño de una mordedura de pulga.” Llegados a un punto, sus cuerpos decían basta y la muerte ponía fin a su padecimiento.

Conforme los países europeos fueron colonizando distintas áreas del planeta, los viajes oceánicos se fueron haciendo más comunes. Y, con ellos, la constante amenaza del escorbuto, que, además de causar numerosas bajas, provocaba pérdidas cuantiosas. No fueron pocos los naufragios ocasionados por esta dolencia, al quedar los barcos sin gobierno por el pobre estado de su tripulación. Por ello, tanto armadores como estados, pensando más en sus mercancías que en los marineros que las transportaban, dotaban a sus buques con un número extra de hombres, calculando que la mitad perecería en el viaje. Aunque, naturalmente, también se buscó la manera de atajar el mal, si bien este proceso se alargaría durante siglos ante la dificultad de establecer el origen de la enfermedad.

Ácido ascórbico
Ácido ascórbico

Hoy sabemos que el escorbuto se debe a una carencia de vitamina C en la dieta. Hace unos 25 millones de años, la especie de primate de la cual procedemos sufrió una mutación genética que la incapacitó para generar su propio ácido ascórbico, como también se nombra a este nutriente esencial. Esta alteración podía haber resultado fatal, ya que este ácido es necesario para producir el “cemento” que cohesiona nuestros tejidos, la proteína colágeno. Pero nuestro afortunado antepasado, al igual que todos sus descendientes, se alimentaba a base de vegetales ricos en vitamina C y con ello compensó su déficit. Y así transcurrió el tiempo, hasta que el Homo sapiens se vio en situaciones donde resulta imposible acceder a alimentos frescos, como un viaje prolongado por alta mar.

En la era preindustrial, permanecer en un buque durante meses implicaba una dieta muy particular. Las raciones solían ser generosas, como obliga el intenso trabajo físico que llevaba a cabo la tripulación, pero presentaban muy poca variedad. La necesidad de contar con alimentos que se pudiesen almacenar largo tiempo limitaba enormemente las posibilidades. Día tras día, prácticamente se repetía el mismo menú: carne o pescado en salazón, legumbres secas, arroz, algún encurtido y sobre todo bizcocho, siempre bizcocho. Este derivado del pan, que se convirtió en el rey de los comestibles a bordo, se cocía repetidas veces en busca de un precario equilibrio, un cocinado insuficiente provocaba la pronta aparición de gusanos pero uno excesivo lo dejaba tan duro que quedaba casi incomible. En cualquiera de los dos casos, unas perspectivas muy poco halagüeñas para una marinería que se tenía que conformar con lo que había, lo que a menudo significaba alimentos en mal estado. Algo parecido ocurría con la bebida, debido a que el agua dulce de los toneles acababa emponzoñarse y era necesario mezclarla con ron o sustituirla por vino o cerveza, lo que a la larga provocaba casos de alcoholismo y no pocos accidentes.

Con todo, esta dieta no salía mal parada en comparación con la habitual en las clases humildes europeas de la época. A excepción, claro, de un detalle que entonces parecía menor pero hoy sabemos fundamental: la necesidad de comer alimentos frescos ya que la vitamina C se degrada con las altas temperaturas del cocinado. De haberse advertido la relación que existe entre nutrición y escorbuto, esta enfermedad hubiese tenido un recorrido mucho más corto. Pero para desgracia de millones de marinos, se necesitaron siglos para comprender esta asociación.

Por ejemplo, si regresamos al episodio en el océano pacífico relatado por Pigafetta, el propio cronista nos cuenta que él no sufrió de escorbuto. Tampoco se verían afectados Magallanes y otros mandos, mientras que decenas de sus subordinados murieron por esta causa. Pasados quinientos años, no es posible establecer con rotundidad el porqué de este llamativo hecho pero todo apunta a que la mínima cantidad de vitamina C que mantenía el dulce de membrillo reservado a la parte noble de la expedición tuvo bastante que ver. Una circunstancia que pasó totalmente desapercibida en su momento, al igual que la increíble curación de los enfermos al volver a consumir alimentos frescos una vez hallaron tierra firme. En aquellos días, la intervención divina solía considerarse una explicación suficientemente convincente para este tipo de sucesos.

En cualquier caso, el incremento del tráfico transoceánico de las siguientes décadas aumentó la información existente sobre la enfermedad y se comenzó a advertir que la ingesta de cítricos constituía un buen remedio para su tratamiento. Y así, para finales del siglo XVI encontramos tratados como el del médico Agustín Farfán, que recomendaba el empleo de limones y naranjas contra el escorbuto, y costumbres como la de la Compañía holandesa de las Indias Orientales, que instaló plantaciones de estas frutas en distintos puntos de sus rutas comerciales. El problema estaba lejos de resolverse, sin embargo.

Por razones poco claras, los cítricos perdieron su predicamento durante el siglo XVII. Quizá por la utilización de zumo de limón almacenado, que pierde gran parte de su contenido en vitamina C con el paso del tiempo, quizá por su alto precio, especialmente para ingleses y holandeses ya que estas frutas se cultivaban fundamentalmente en España y sus territorios ultramarinos. Pero sin duda también por el estado de la medicina de la época, más atenta a lanzar conjeturas que se adecuasen a la por entonces vigente teoría de los humores que a reflexionar sobre los conocimientos prácticos adquiridos por marineros y cirujanos navales. Por esta razón, nadie se ponía de acuerdo a la hora de proponer una causa que explicase el escorbuto y proliferaron multitud de teorías a cual más absurda. La ira divina, la humedad, un aire viciado, el contacto con el agua de mar, factores hereditarios, las ratas, comida demasiado salada, un clima demasiado cálido o un clima demasiado frío fueron algunas de ellas, al igual que culpar a la holgazanería de los marineros, sin duda la hipótesis más dañina de todas ya que prescribía como remedio un aumento en la carga de trabajo de los enfermos.

Este caos contribuyó decisivamente a que la “peste de los mares” siguiese causando centenares de miles de muertes hasta bien entrado el siglo XVIII. Además, los continuos conflictos bélicos entre países europeos obligaban a sus buques a pasar largas temporadas en alta mar, por lo que el escorbuto se convirtió en un peligro para la propia seguridad de las naciones. La sangría entre la marinería era constante y las armadas adoptaron la costumbre de recurrir al reclutamiento forzoso. Pero las rondas de las patrullas de leva por las zonas portuarias solían terminar con el enrolamiento de un alto porcentaje de pobres infelices sin apenas experiencia a bordo, lo que no satisfacía a los mandos navales. El Almirantazgo británico se tomaría particularmente en serio esta cuestión, aunque no por compasión hacia sus subordinados. Como tantas veces, les movía un objetivo eminentemente práctico. Pretendían contar con tripulaciones profesionales y altamente preparadas para lograr una posición de supremacía en los océanos.

James Lind
James Lind

Durante muchos años, la armada británica buscaría un antiescorbútico eficaz con denuedo, si bien la mayoría de sus esfuerzos quedaron en nada al estar concebidos para refrendar teorías carentes de sentido. No ocurriría lo mismo en el famoso experimento de James Lind, el primero que volvió a poner algo de luz en medio del marasmo. Este médico naval concibió uno de los primeros experimentos controlados de la historia de la medicina. En 1747, estando de servicio en el buque HMS Salisbury, aisló a doce marineros aquejados de escorbuto y los dividió en seis parejas, asignando a cada una de ellas un remedio de los muchos que se habían probado contra la enfermedad: sidra, elixir de vitriolo, vinagre, agua de mar, cítricos y una pasta medicinal compuesta de ajo, mostaza, rábano, bálsamo del Perú y mirra. Al cabo de una semana, los dos afortunados que habían recibido un par de naranjas y un limón cada día se habían recobrado totalmente, lo que demostró el valor de este tipo de frutas. Lind publicaría sus resultados en un libro, Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto, en el que detallaba los beneficios de los cítricos contra esta dolencia pero no acertó a encontrar su origen. Quizá influido por las extrañas teorías de la época, la atribuyo a un misterioso taponamiento de la transpiración natural del cuerpo. Y a pesar de que toda su vida defendió la necesidad de ingerir frutas y verduras frescas para luchar contra ella, nunca llegó a establecer lo que ahora nos parece evidente, una relación de causalidad entre dieta y escorbuto.

Tal vez por esta importante laguna, tal vez porque su libro no dejaba de ser uno más entre los muchos dedicados a este tema en aquel momento, Lind no llegó a imponer su criterio. Durante sus años de director médico del importante Royal Naval Hospital de Haslar curaría a miles de pacientes a base de zumo de limón pero no conseguiría que éste se convirtiera en el antiescorbútico de referencia. El almirantazgo siguió prefiriendo otros remedios más baratos como la col fermentada o el wort, un mosto a base de harina de malta. Y como estos eran ineficaces, en alta mar los marineros siguieron totalmente indefensos contra su peor enemigo. Por poner un ejemplo, en el registro anual de la armada británica de 1763, durante el cual luchaba contra Francia en la guerra de los siete años, figura que se enrolaron 184.899 individuos, de los cuales 133.708 murieron por enfermedad, principalmente escorbuto, y solo 1.512 en combate.

Esta era la brutal realidad a la que se tenían que enfrentar los hombres de mar por aquellos años. Fuera del ámbito militar el panorama se iría aclarando, en los viajes científicos del capitán James Cook y en la expedición Malaspina se conseguiría evitar el escorbuto gracias a un especial cuidado en la alimentación, pero los buques de guerra siguieron asemejándose a inmensas trituradoras de carne. Continuarían pareciéndolo hasta la última década del siglo XVIII, cuando otro médico británico contaría al fin con la suerte que en su momento le había faltado a James Lind.

Gilbert Blane había ejercido en la armada durante su juventud, donde su origen aristocrático le había permitido ascender rápidamente y convertirse en director médico de la flota de las Antillas. Ya en el Caribe, unos exhaustivos conocimientos teóricos habían suplido su poca experiencia y, gracias a una serie de medidas muy audaces para la marina de guerra de su tiempo, había logrado una sustancial mejora en la salud de sus subordinados. Firme defensor de la importancia de unas buenas higiene y alimentación a bordo, había establecido el uso obligatorio del jabón y mantenido un suministro estable de cítricos, minimizando así la incidencia del escorbuto entre la tropa.

Posteriormente, había abandonado la carrera militar para establecerse como médico privado de algunas de las figuras más influyentes de su país, al mismo tiempo que mantenía un vínculo con su ocupación anterior gracias a su presencia en la comisión de enfermedades del Ministerio de Marina. Allí, supo sacar partido a sus distinguidas influencias para convencer al Almirantazgo de la necesidad de generalizar las prácticas que él mismo había demostrado eficaces con anterioridad. Entre ellas, destacaba el consumo diario de zumo de limón, que de una vez por todas se convirtió en el antiescorbútico de referencia de la armada británica.

El gran mérito de Blane consistió en trasladar al ámbito militar, donde las dificultades de abastecimiento se ven multiplicadas, los hábitos de una pequeña expedición científica como la comandada por James Cook. Un éxito enorme al que sin duda ayudó decisivamente su noble cuna, que le permitía parlamentar tranquilamente con unos mandos navales que pertenecían a su misma clase social. James Lind nunca disfrutó de este tipo de familiaridades y es muy probable que este simple hecho retrasase medio siglo la adopción de un remedio eficaz contra el escorbuto. Eso sí, una vez aprobada, esta medida se demostraría decisiva para la posterior suerte de Europa.

El 21 de octubre de 1805, se encontraron en las cercanías del cabo Trafalgar las dos escuadras más poderosas del continente. De un lado, 27 buques británicos; del otro, 18 navíos franceses sumados a otros 15 de su aliada España. Más de cuarenta mil hombres listos para enfrentarse en una carnicería que ponía punto y final a un macabro juego del ratón y el gato. El temible ejército de Napoleón llevaba dos años acuartelado en el norte de Francia esperando una ocasión para invadir Inglaterra. Pero esta no llegaba por el férreo control que mantenían los británicos sobre el Canal de la Mancha. Ahí tenían ambos la oportunidad de alterar este equilibrio de fuerzas y cobrar ventaja.

Pocas horas después, la derrota de la flota franco-española era completa. Además de perder la mayoría de sus barcos, más de cuatro mil de sus marinos habían fallecido en la batalla y otros catorce mil caído prisioneros. Los británicos, por el contrario, habían sufrido la décima parte de bajas y disfrutaban de un triunfo que consolidaría por décadas una incuestionable superioridad en los océanos.

Aquel día, no se impuso solamente el genio táctico de Horacio Nelson sino también la armada que mejor preparada estaba para afrontar el desafío. Gracias a su victoria sobre el escorbuto, los británicos habían minimizado las bajas entre sus filas y contaban con tripulaciones estables y bien preparadas. Sus buques portaban siempre una importante reserva de zumo de limón proveniente de su base naval de Malta que les permitía permanecer largas temporadas en alta mar. Una ventaja que les había posibilitado establecer un bloqueo constante sobre los puertos franceses y españoles y había dificultado sobremanera la salida de los buques enemigos. La marinería británica, por tanto, poseía la experiencia que a la hora del combate habían echado en falta sus rivales, que todavía seguían reclutando su gente a través de la leva.

Tras las guerras napoleónicas, el resto de naciones siguieron el ejemplo británico y la peste de las naos desapareció de los océanos. Los cítricos se convirtieron en un habitual de barcos y campañas militares y tan solo se daría un rebrote momentáneo al intentar sustituir limones por limas sin advertir que estas últimas contienen una cantidad sensiblemente inferior de vitamina C. Años más tarde, ni siquiera estas frutas resultarían imprescindibles para luchar contra el escorbuto. En el primer tercio del siglo XX se desarrolló un método para sintetizar ácido ascórbico de manera artificial y, ya durante la segunda guerra mundial, los soldados sustituyeron su ración diaria de zumo de limón por una pastilla de 50 miligramos de este ácido. Hoy en día todavía hemos llegado más lejos. Cada año se producen miles de toneladas de ácido ascórbico, o vitamina C, da igual como lo llamemos, que se utilizan como aditivo alimentario bajo el código E-300.

Este artículo nos lo envía David Sucunza Sáenz, Doctor en química y profesor de la Universidad de Alcalá. David ha trabajado en diferentes universidades y centros de investigación de España, EEUU, Alemania, México y Reino Unido. En divulgación científica, ha colaborado con distintos medios (Jotdown, Mètode, Naukas, Diario La Rioja, Journal of Feelsynapsis), ganado premios (II Certamen FECYT de Comunicación Científica en categoría amateur), organizado eventos (mesas redondas, certamen Teresa Pinillos), dado conferencias y diseñado material didáctico para alumnos de secundaria.

Referencias científicas, bibliografía y más información:

-“Escorbuto”, Stephen R. Bown, Editorial Juventud, 2005.
-“Primer viaje alrededor del Globo”, Antonio Pigafetta, Ediciones Orbis, 1986.
-“Magallanes: hasta los confines de la Tierra”, Laurence Bergreen, Editorial Planeta, 2004.
-“La alimentación de la Armada española en la Edad Moderna. Una visión distinta de la batalla de Trafalgar”, Juan Cartaya, Historia. Instituciones. Documentos, 2008, 35, 127-148.
-“Hispanic-American contribution to the history of scurvy”, Francisco Guerra, Centaurus, 1950, 1, 12-23.
-“Scurvy: Past, present and future”, Emmanuil Magiorkinis, Apostolos Beloukas, Aristidis Diamantis, European Journal of Internal Medicine 2011, 22, 147-152.
-“Sailors’ scurvy before and after James Lind–a reassessment”, Jeremy H. Baron, Nutrition Reviews, 2009, 67, 315-332.



Por Colaborador Invitado, publicado el 3 diciembre, 2015
Categoría(s): Historia • Medicina

 

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