Entrevista con Ursula K. Heise

Ursula K. Heise, Profesora en la Universidad de California y miembro del Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la UCLA. Heise investiga sobre biodiversidad, especies amenazadas y literatura.
Ursula K. Heise, Profesora en la Universidad de California y miembro del Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la UCLA. Heise investiga sobre biodiversidad, especies amenazadas y literatura.

LA BIODIVERSIDAD EN LA LITERATURA

ANDRÉS LOMEÑA: Usted ha explorado la biodiversidad a través de la literatura, la cultura, el derecho y las artes sin recurrir a la nostalgia, ya que la humanidad no solo destruye especies, también contribuye a crearlas gracias a la domesticación o la genética. También ha analizado el medio ambiente y la llamada sexta extinción masiva como herramientas culturales que nos permiten repensar el desarrollo y la modernización. ¿Cómo consiguió conectar su conocimiento literario con sus preocupaciones ecológicas y conservacionistas en su libro Imaginar la extinción?

URSULA K. HEISE: Siempre hay un elemento narrativo cuando la ciencia medioambiental se discute en la esfera pública: los hallazgos de la biología y la ecología y los proyectos y objetivos de los conservacionistas se transmiten al público a través de imágenes e historias, en artículos de revistas y de periódicos, en las páginas web, en los documentales, así como en libros de ficción y no ficción. Como teórica de la literatura y como ambientalista veo una interconexión de lo más interesante.

Cuando empecé a investigar sobre la biodiversidad y las especies amenazadas di por sentado que la ciencia sería bastante clara y que lo verdaderamente interesante sería cómo la ciencia se filtra y se reconfigura en la comunicación pública. Me sorprendió mucho descubrir que la ciencia de la biodiversidad es complicada hasta en sus fundamentos: ¿Qué es la biodiversidad? ¿Cómo la medimos? ¿Es mejor un ecosistema con más especies? ¿Por qué? ¿Debería medirse la biodiversidad en el nivel de los ecosistemas, de las especies, de sus poblaciones o desde el punto de vista genético? ¿Cuál es la mejor definición de especie? Y así sucesivamente.

En una segunda fase, me encontré con que buena parte de la ciencia de la biodiversidad se asentaba en ciertos paradigmas culturales y en juicios de valor: ideas sobre el tipo de naturaleza que merece la pena conservar y qué tipo de naturaleza podemos dejar que se extinga (a veces hasta trabajamos activamente para eliminarla; por ejemplo, los conservacionistas suelen implicarse para acabar con las especies no nativas). Había ideas preconcebidas sobre cómo nos gustaría ver una naturaleza idealizada en el futuro y otras sobre lo que las comunidades humanas deberían hacer con sus entornos naturales y con las especies no humanas. Por tanto, hasta la ciencia descansa sobre determinadas narrativas acerca de los humanos y la naturaleza. En varias culturas encontré historias sobre especies en peligro de extinción o ya extinguidas que se relacionaban de forma directa o indirecta con la experiencia de aquella sociedad respecto a la modernización o la colonización (o ambas) y lo que se había ganado o perdido en el proceso. Las especies carismáticas a menudo simbolizaban la pérdida particular (o la mera creencia de esa pérdida) de la comunidad durante la colonización y la modernización.

Puedes ver esas historias fácilmente por la atención errática que se presta a los taxones biológicos: la mayoría de las especies que se mencionan en las discusiones sobre conservación son vertebrados, muchas de ellas son mamíferos o pájaros y la mayoría de ellas son grandes y carismáticas en el sentido de ser sorprendentes, bellas o con ambos rasgos. Pensé al principio que se trataba de un simple asunto de comunicación, pero resultó que el estudio científico también se había hecho de forma un tanto errática, con algunos de esos mamíferos y especies de pájaros atrayendo mayor atención investigadora que los moluscos, los caracoles o los insectos.

A.L.: Hay escritores de ciencia-ficción como Kim Stanley Robinson que no sé si están construyendo una visión más afirmativa de nuestro futuro biológico, tal y como usted propone.

U.H.: ¡Me encanta la ciencia-ficción! Me fascina que se escriban historias futuristas que son, hasta cierto punto, testigos directos de los hechos (lo que actualmente sabemos sobre el mundo y qué es posible en él) y que muestran una gran variedad de caminos posibles que el futuro puede tomar en determinadas circunstancias (la relación que hay entre la predicción científica, las simulaciones que se hacen y sus relaciones con la narrativa de ficción futurista es muy interesante).

Ursula K. Le Guin y Kim Stanley Robinson me parecen casos destacables por la sofisticación de sus visiones del futuro. Le Guin siempre ha relacionado las preguntas mediomabientales con cuestiones de justicia social en sus novelas y narraciones cortas (como en Los desposeídos). Robinson es uno de los pocos autores de ciencia-ficción contemporáneos que se atreven a plantear un futuro que no será necesariamente una distopía deprimente, ya que parecen factibles algunos modelos de sociedad mejores que los actuales. Lo demostró de forma brillante en su trilogía de Marte (Marte rojo, Marte azul y Marte verde), donde se crea gradualmente una sociedad mejorada, sin que esta sea perfecta. Mientras tanto, en La Tierra encadenan una crisis con otra. En 2312 y en su novela más reciente, Nueva York 2140, traslada de forma muy inteligente sus visiones del futuro. Algunas sociedades se han quedado igual y otras han ido a peor, pero hay algunas que en realidad son significativamente mejores, y no por arte de magia, sino porque las personas se unieron para conseguir cambios. En 2312, la restauración de especies extinguidas desempeña un papel crucial en la trama, y en general, Robinson asume que las sociedades no pueden mejorar a largo plazo sin cuidar el medioambiente. Su utopismo (u “optopismo”, cómo él lo llama, cuando se logra lo mejor posible dadas las circunstancias) es una verdadera inspiración para el pensamiento medioambiental.

También me encanta La última oportunidad de ver, el libro de viajes de Douglas Adams y Mark Carwardine. Adams fue un conocido escritor de ciencia-ficción y Carwardine un zoólogo. En los años ochenta viajaron a diferentes lugares del mundo para ver especies en peligro. Parece imposible escribir un libro divertido sobre la extinción de especies, pero Adams lo logró. En lugar de contar la típica historia de animales perfectamente adaptados que se precipitan hacia la extinción frente a la indiferencia y avaricia humanas, él representa a los humanos y a los no humanos como seres muy mal adaptados. Todos hacen cosas irracionales, ineficientes y contraproducentes. Las preguntas cambian de ¿Cómo este animal llegó a estar en peligro? a ¿Cómo demonios sobrevivió tanto tiempo? Trata la necesidad de conservar el hábitat natural de una forma inusual, ayudándose de las carcajadas y del afecto hacia los humanos y no humanos que fueron creados por una cadena improbable de contingencias evolutivas. Consigue un hermoso contraste frente al tono habitual de lamento, melancolía y predicciones desoladoras de la mayoría de libros de no ficción conservacionistas.

A.L.: De nada sirve salvar especies si luego vamos a erradicarlas de nuevo, como muestra en su análisis de la novela The Hunter de Julia Leigh, que trata sobre la re-extinción del tigre de Tasmania. Ya nos ha dicho que la ciencia y la narrativa ambientalista se centra en los gorilas, los tigres, los osos o las ballenas y no tanto en los reptiles, los anfibios y los peces, por no hablar de los gusanos, los cangrejos o los hongos y las bacterias. Parece que en el fondo todos somos especistas, es decir, que discriminamos en función de la especie. ¿Es el especismo lo que une a los ambientalistas y a los defensores de los derechos animales?

U.H.: Creo que estos movimientos convergen en buena parte de sus pensamientos. Ambos intentan luchar contra el especismo al que te refieres, esto es, el privilegio automático del bienestar humano frente al de los no humanos, y también buscan un hueco en nuestros principios éticos y en nuestros sistemas jurídicos para dar cabida a los no humanos. Lo hacen de forma diferente y a veces tienen conflictos de intereses, pero esos choques resultan tremendamente interesantes por lo que revelan sobre las visiones generales de cada movimiento; por ejemplo, qué especies no humanas deberían vivir con nosotros y en qué condiciones (solo animales en el caso del movimiento por el bienestar animal; animales, plantas y otros organismos en el caso de los ambientalistas). Creo que la preocupación por hacer visibles las aspiraciones vitales de los no humanos dentro de nuestra consideración moral es el área de contacto más importante entre los dos movimientos.

A.L.: Percibo un giro de los estudios literarios hacia las humanidades digitales. Después de todo, las humanidades digitales son una nueva forma de ver los géneros literarios y novelas que están amenazados, ¿no es así?

U.H.: Sí, las humanidades digitales son un nuevo campo de los estudios literarios y van más allá, pues se usan en arqueología, historia y otros ámbitos. En literatura ha tomado dos direcciones muy diferentes: la primera es aplicar viejos métodos de análisis a nuevos objetos de estudio, como los blogs, las redes sociales y la fan fiction. La segunda es el desarrollo de nuevos métodos de análisis digital para viejos objetos de estudio, es decir, mirar en las letras clásicas, como la literatura del diecinueve, y preguntarse nuevas cuestiones que van más allá de la lectura atenta de textos individuales canonizados con la ayuda de bases de datos informatizadas y sofisticados mecanismos de búsqueda. Esta aproximación es la más revolucionaria y también la más controvertida.

Mi propia obra Imagining Extinction está entre esas dos direcciones: quise estudiar las bases de datos sobre biodiversidad como un nuevo e importante género en el cual expresamos preocupaciones culturales y hasta emocionales sobre la inmensa crisis medioambiental. Para estudiar bases de datos con decenas de miles de entradas se requerían herramientas digitales. El objetivo general era mostrar cómo la narrativa estructura algunos tipos de bases de datos y cómo el modo de catalogación y enumeración de esas bases de datos ha caído en las redes de las artes visuales y la literatura para expresar la actual crisis que amenaza con la extinción de especies. El mapa cognitivo que traza la narrativa ahora se da también a través de las bases de datos y todo lo que eso implica: determinar los objetos que entran en esa base de datos, los metadatos con los que se asocia, su arquitectura, etcétera.

A.L.: ¿Cree que el teórico de la literatura es una especie amenazada? El crítico cultural Terry Eagleton podría ser un zorro y yo me identificaría, desde luego, con el lince ibérico. ¿Qué me dice de usted?

U.H.: Creo que me encantaría ser un loro tamaulipeco (Amazona viridigenalis). Es un tipo de loro mexicano que está amenazado en los estados de Tamaulipas, Veracruz y León por el comercio agresivo de animales domésticos que tuvo lugar en los años setenta y ochenta, y también a causa de la deforestación. Un montón de pájaros consiguió escapar y ahora hay una población en crecimiento en el valle de San Gabriel de Los Ángeles y en Florida. Es un ejemplo de especie amenazada que se adapta y prospera en un hábitat completamente nuevo. Espero que esto también sea cierto para los estudios literarios: a pesar de que la influencia de la literatura impresa ha disminuido, toda clase de formas narrativas han eclosionado en los videojuegos, los cómics, las series de televisión y las películas de animación.

De forma más general, he de decir que el poder de los estudios literarios es más claro allí donde se han desarrollado teorías, conceptos y herramientas que van más allá de las bellas letras; mi propio campo de especialización, la narratología, no se limita a la narrativa literaria, sino también incluye la narración oral e informal, la no ficción, los documentales y las nuevas formas de narración a través de los medios. Tal y como dijo Katherine Hayles: nos enfrentamos a una situación similar a la de Olivetti en los años ochenta, que tuvo que decidir entre ser una compañía de máquinas de mecanografía o ser una empresa que vendiera dispositivos de procesamiento de textos. Decidieron hacer lo primero… y ya sabes lo que ocurrió. Sería inteligente por parte de los expertos en literatura no cometer el mismo error.

A.L.: ¿Alguna novela en peligro de extinción que nos quiera recomendar?

U.K.: Hay que leer Nueva York 2140. La chica mecánica de Paolo Bacigalupi y Gold Fame Citrus de Claire Vaye Watkinsare también son novelas especulativas fantásticas con una dimensión ambiental considerable. Adoro la obra de Jeff Vandermeer y su fuerte disolución de las fronteras entre naturaleza y tecnología, pero la trilogía de Southern Reach y Borne me generaron dudas sobre cómo discutir sus obras en conversaciones sobre los problemas ambientales del mundo real.

En cierto modo, ese es el problema al que nos enfrentamos con el concepto de antropoceno: ¿Cómo pensamos y actuamos en un entorno global que ha sido alterado en varios grados por la intervención humana? ¿Qué tipo de acciones podríamos aceptar? ¿Cuáles toleramos y cuáles rechazamos? Hablo en primera persona del plural para referirme al movimiento ambientalista, el cual se ha expandido muchísimo desde principios de los años sesenta y ahora mismo incluye una gran variedad de formas de pensar en las distintas comunidades. Creo que explorar esas diferencias culturales en su contacto con el cambio medioambiental es uno de los desafíos más estimulantes para el ambientalismo.

Esta entrevista nos la envía Andrés Lomeña Cantos (@andresitores). Estudió periodismo y se especializó en teoría de la literatura y literatura comparada. Trabaja como profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria e investiga sobre los mundos imaginarios de las novelas.

Si quieres leer más entrevistas de Andrés Lomeña en Naukas, están todas en este link.


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