Alternativa… ¿a qué?

Los ingenieros creen que lo saben todo, pero continuamente aparecen nuevos materiales, nuevas técnicas, nuevas formas de construir que ponen en jaque una y otra vez todo lo que se afirmaba antes. Por eso no se puede confiar en ellos nunca.

La ingeniería oficial es una gran mentira sostenida por poderosos intereses económicos que imponen “verdades” incuestionables sobre la base de un paradigma agotado, cientifista e inútil. Es hora de establecer un nuevo paradigma.

La ingeniería oficial ha matado a millones de personas. Basta ver cómo falló el 11 de septiembre en Nueva York. Y todos los días fallan presas, edificios y puentes, pero pese a ello la industria de la construcción sigue adelante con toda irresponsabilidad, cómplice de los gobiernos y los poderes más repulsivos que nos controlan. Basta ver las fortunas que hacen las constructoras y sus dueños (por no mencionar al Pocero persiguiendo periodistas armado con una pala) para que quede claro que todo es un montaje sucio.

Hay otra forma de hacer ingeniería, una ingeniería alternativa, tradicional, milenaria y producto de la sabiduría de nuestros ancestros, una ingeniería perfecta, que no se derrumba, que no se cae, que no falla. Vamos, basta ver que mientras las Torres Gemelas cayeron como un castillo de naipes, la Gran Pirámide de Keops y su fundamento geobiomagnético de sustentación cuántica sigue allí, miles de años después.

Pero los promotores de esa ingeniería alternativa, holística, ortoangular, tradicional y milenaria somos perseguidos por los grandes intereses de la industria de la construcción. Si la gente supiera que no es necesario usar para construir sus grúas, sus apestosos aditivos de hormigón, sus antinaturales ladrillos, sus varillas de acero contaminante, sus bulldozers y sus explosivos, se derrumbaría un teatro millonario que nos tiene a todos aplastados bajo la bota del ingenierismo oficial.

Los ingenieros alternativos no construyen con hormigón, azulejos ni acero, no… ni transportan sus materiales utilizando el malhadado petróleo, sino que usan materiales completamente naturales como la madera y la piedra, y con ello pueden levantar rascacielos más altos, más sólidos y más resistentes que los derribados el 11-S, y los mueven con la fuerza de su mente y la energía gratuita obtenida del vacío.

Afirmar que esto es mentira simplemente porque nunca se ha construido nada con ingeniería alternativa, porque no hay ninguna prueba de que exista dicha ingeniería alternativa, porque nunca se ha aplicado con éxito y porque no ha producido ni una edificación demuestra que quien denuncia a la ingeniería alternativa como una charlatanería es gente de mente cerrada, probablemente vendida a los interesese de la industria de la construcción y con una infancia muy triste.

Si esto suena tan absurdo en relación con la ingeniería (podemos hacer un ejercicio similar con la “aerodinámica alternativa”, negando que los aviones vuelen y prometiendo alfombras voladoras), ¿por qué no nos suena absurdo en la “medicina alternativa” (que ni es medicina ni es alternativa)?

Después de todo, los argumentos son los mismos. Ningún ingeniero ni ningún médico afirman “saberlo todo”, sólo afirman que saben ciertas cosas de modo certero, y los avances en ambas disciplinas las corroboran y fortalecen en lugar de anular su validez. Los fracasos de ambas disciplinas no las invalidan tampoco, sino que señalan los caminos a los que ha de dirigirse la investigación posterior. El hecho de que sean grandes negocios implica todos los problemas del capitalismo, en especial del capitalismo salvaje, pero no implica que sus principios sean mentira. Y ciertamente proponer una alternativa al conocimiento de la ingeniería o la medicina no es garantía alguna de que la alternativa sea más válida, mejor como explicación, o preferible en la práctica.

La lógica que nos advierte que el texto sobre ingeniería es un delirio, sin embargo, se suspende ante pseudomedicinas alternativas, que con tales argumentos consiguen presentarse de modo convincente ante una gran parte del público, la suficiente como para eternizar su negocio.

Como en la parodia de “ingeniería alternativa” con la que abrimos, la “medicina alternativa” (que ni es medicina ni es alternativa a nada) ofrece una mezcla de paranoia contra el gran capital, un ofrecimiento mesiánico de salvadores de la humanidad perseguidos por el poder,. una caracterización malintencionada e imprecisa de la ciencia en general y una continua sugerencia de que las pruebas no son necesarias para aceptar una afirmación, sino que debemos conformarnos con que sea convincente, apasionante y emocionante. Es la mezcla que utilizan todos los pseudomédicos alternativos y sus defensores y promotores.

Lo más asombroso, quizá, es que en el proceso consiguen hacer pasar desapercibido el hecho de que creen en muchas cosas contradictorias a la vez.

La “medicina alternativa” es en realidad una colección de prácticas contradictorias entre sí que demandan a sus creyentes y practicantes una falta de rigor inconmensurable.

Pensemos en una clínica holística que ofrezca a su clientela sufriente tratamientos homeopáticos y de acupuntura. Tal clínica ciertamente está en la vanguardia en lo referente a márketing, pues ofrece una amplia variedad de productos para los deseos de todos sus consumidores. Claro que ver al paciente necesitado de curación como un consumidor al que se le da lo que quiere y no lo que necesita tiene un nivel de irresponsabilidad bastante elevado. Pero la situación se complica cuando nos preguntamos en qué creen realmente estas personas.

La homeopatía no sólo es una forma terapéutica, sino que sustenta sus prácticas en una teoría de la enfermedad. Para la homeopatía, todas las enfermedades son producto de tres (o según algunos cuatro) “miasmas”, algo así como efluvios de la naturaleza o errores de diseño de nuestro cuerpo. Por ejemplo, según ellos, el mismo “miasma” era responsable del sarampión y la sífilis. Nadie ha siquiera podido demostrar la existencia de los “miasmas”, y mucho menos que causen enfermedades y que el tratamiento homeopático los pueda extirpar. Y el problema sería además que sus pruebas deben ser más convincentes que las pruebas de la medicina real que indican que el sarampión es una infección respiratoria causada por un virus del genus Morbillivirus y que la sífilis es una infección totalmente distinta causada por la bacteria Treponema pallidum y el poco cómodo hecho de que el sarampión se evita con una vacuna y la sífilis se cura con antibióticos.

Pero los proponentes de nuestra clínica hipotética creen al mismo tiempo que las enfermedades no son causadas por miasmas ni por gérmenes patógenos, sino, como postula la acupuntura, por bloqueos en el flujo de una supuesta energía que nadie ha visto llamada chi a lo largo de los meridianos de nuestro cuerpo. De nuevo, nadie ha podido probar que el chi exista, que fluya, que existan unos meridianos en el cuerpo por los que fluye, que se bloquee, que cause enfermedades al bloquearse, que una aguja pueda desbloquearlo y que ello cure la enfermedad. Pero aún ante todo ese rosario de creencias, sigue siendo contradictorio pensar que la misma enfermedad está causada por miasmas y por interrupciones del flujo del chi. En la sífilis donde la medicina usa un antibiótico y la homeopatía una dilución infinitesimal de mercurio u oro, la acupuntura aplica una aguja.

Cada práctica pseudomédica que agreguemos agrega un problema. ¿La enfermedad la causan subluxaciones de la columna vertebral como afirmó el fundador de la quiropráctica y se curan manipulando peligrosamente la columna? ¿O es una alteración de la fuerza vital como afirman algunos naturistas, o un desequilibrio de los cuatro humores como afirman otros que curan con envolturas húmedas frías y calientes para “equilibrar las temperaturas”? ¿O es que el chi realmente no “fluye” por meridianos sino que se nos escapa (como el aire de un globo con orificio) y la curación no es de agujitas, sino de imposición de manos para tapar “energéticamente” esos agujeros según postula el reiki? Todas las corrientes de la medicina alternativa se contradicen entre sí, pero conviven en su cómodo y redituable esquema comercial.

En el proceso, se venden anualmente millones y millones de euros en supuestas curaciones variopintas y contradcitorias de todas las enfermedades imaginables, especialmente las que provocan mayor tensión emocional a sus víctimas y de la que prometen, con una irresponsabilidad denunciable, la curación absoluta, tal es el caso del cáncer, el SIDA y la diabetes. Que la gente no se cure sigue siendo un problema menor. La percepción general es que sí hay curaciones, y cuando se destaca la ausencia total, absoluta y clamorosa de toda prueba sobre la eficacia, utilidad, bondad o capacidad terapéutica de una u otra medicina alternativa, enfrentamos la incredulidad que debería reservarse a las afirmaciones de las medicinas alternativas, cuando no la duda de si realmente el método científico puede determinar si algo es eficaz o no. Una duda que no se presenta al subirse a un barco, por si Arquímedes estaba equivocado.

Y eso es lo que sigue pareciendo más asombroso, que quienes afirman su legítimo y sin duda sano derecho a dudar de la ciencia, de la medicina, de los microbios patógenos, de las vacunas, de los antibióticos, de los analgésicos, de la quimioterapia, de los antirretrovirales, de la insulina, de los antihipertensivos, de los análisis de laboratorio, de la honestidad y vocación de servicio de todo el personal médico, no encuentren sin embargo necesario dudar en lo más mínimo de las afirmaciones de la pseudomedicina, de cualquier persona que se autonombre “alternativo”, de las agujas, los preparados homeopáticos sin principio activo, la existencia del chi y el sospechoso hecho de que ninguna de estas disciplinas ha demostrado jamás tener reales poderes curativos cuando se le somete a controles razonables para determinar su eficiacia.

Aunque encuentren más difícil de creer en eso que en todo lo demás.

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