El programa

Siempre recordaré su nombre, sus propiedades y el lugar en que la encontramos: molibdenita, una fina lámina de intenso brillo plateado que estaba incrustada entre otros minerales, en unos enormes pedruscos con los que hicieron el espigón de la playa de Foz, el pueblo en el que crecí. No es un mineral fácil de encontrar, pero eso no era un inconveniente para la ilusión de sabueso con que los cuatro amigos husmeábamos buscando rocas por los alrededores del pueblo. Lo hacíamos en las horas libres, al salir del instituto.

Las desapacibles tardes de invierno siempre fueron para nosotros una caja llena de sorpresas que alimentaba una curiosidad voraz. De esa manera descubrimos granates, dodecaedros de pirita o brillantes bosquecillos de columnas de cuarzo. Todo estaba ahí afuera, no había más que salir a pasear con los ojos bien abiertos.

Era algo que hacíamos por nuestra cuenta. ¿Cómo es posible que jamás, ningún profesor del instituto, ni siquiera el de geología, nos llevara a dar una vuelta para buscar, conocer y estudiar las rocas y minerales de la zona? ¿Cómo puede ser?

En esa época tuve clases de geología, pero no recuerdo nada. Lo que sí recuerdo, y muy bien, son las rocas y minerales que recogí por mi cuenta. La emoción y la ilusión son buenos aliados de la memoria y el conocimiento.

Dodecaedro de pirita, uno de los primeros minerales de mi colección

Estábamos a comienzos de los años 80 y habíamos visto en la película “Juegos de guerra” a unos adolescentes manejando ordenadores personales. En España ninguno de nosotros había tocado nunca un ordenador personal, unos cacharros que parecían extremadamente interesantes. Inicié una campaña de intenso desgaste emocional para que mis padres se decidieran a invertir su dinero en el ordenador personal más barato del mercado, un aparato que acababa de empezar a venderse en algunas tiendas de las grandes ciudades: se llamaba ZX-81, tenía 1K de memoria RAM y carecía de disco duro. Para mí era como pilotar una nave espacial.

Ese invierno todos los amigos nos reunimos alrededor de mi flamante ZX-81; recuerdo perfectamente la primera vez que lo conecté. Aprendimos a programar y comprendimos de manera natural y espoleados por nuestra curiosidad cómo funcionaba por dentro.

Esto de los ordenadores personales no era la materia de ninguna asignatura, no estaba en EL PROGRAMA, ni siquiera existía la materia de “informática”; lo nuestro era simplemente curiosidad. En la sociedad empezábamos a conocer en qué consistían los ordenadores, pero en el instituto todavía eran inexistentes.

¿Cómo es posible que en esos primeros años en que surgía una tecnología fascinante, jamás, a ningún profesor del instituto se le ocurriera decirnos dos palabras sobre esas máquinas? Ah, ya… no entraba en EL PROGRAMA.

Así y todo, algunos de nosotros aprendimos a programar por nuestra cuenta, con ganas, de manera “natural”; primero con el ZX-81 y más adelante con el ZX-Spectrum y el Commodore 64. Más adelante, conocer las tripas y el lenguaje de los ordenadores me fue muy útil para sumergirme en la investigación científica.

Mi viejo ZX-Spectrum

También recuerdo muy bien las noches en que descubrí y aprendí los nombres de las estrellas. Nos juntábamos y, en vez de buscar piedras, nos alejábamos al anochecer unos 2 km del pueblo para dejar atrás las luces. Y ahí estaban todas: Rigel, Sirius, Aldebarán, Capella, Vega, Deneb… y muchas otras. Las sigo visitando hoy en día cuando las nubes se abren. Jamás ningún profesor nos habló de las estrellas, o si lo hizo, fue sin pasión; si no lo recordaría.

En uno de esos años de instituto visitó la Tierra el cometa Halley. Se trataba de un acontecimiento extraordinario, algo que ocurre una vez en la vida. Nuestra incipiente afición a la astronomía nos llevó con gran pasión a seguir el cometa. Pero no era tan fácil, había que saber por dónde andaba: se movía algo todos los días y además no brillaba gran cosa. Con todo, no se nos escapó. Con mucho pesar decidí que merecía la pena vender el ZX-81 para comprar con el dinero obtenido unos prismáticos que nos permitieran seguir al cometa. El Halley era el Halley.

Vendí el ordenador por 7000 pesetas (unos 43 euros), la mitad de lo que había costado, y con otras 2000 pesetas (12 euros) que conseguí arrancar a mis padres, compré unos prismáticos rusos de 10×50 de los que no me he separado nunca. Para localizar el cometa llamaba por teléfono a la Casa de las Ciencias de A Coruña; con las coordenadas que nos daban, los cuatro amigos andábamos esos 2 km que nos alejaban de las luces del pueblo, nos tumbábamos en la hierba y ¡allí estaba el famoso cometa! Mientras todo el mundo de nuestro entorno dormía, nosotros estábamos pegados al cielo. Nunca lo olvidaré.

Sin embargo… ¿cómo es posible que jamás a ningún profesor del instituto se le ocurriera darnos unas clases o seminarios especiales sobre el cometa –ya no digo excursiones nocturnas, que también podría ser– y ayudarnos a localizarlo y seguirlo? ¿Cómo puede ser? Sencillamente, ese tema no estaba en EL PROGRAMA.

La ría de Foz, como muchas otras rías de la costa gallega, es un entorno excelente para las aves. Ahí están, todos los días, es gratis, solo hay que mirar. Cuando descubrí la imponente elegancia de una garza real no sentí placer, sino turbación: llevaban toda la vida ahí delante, pero nadie me lo había dicho y habían pasado desapercibidas a mi vista. Los prismáticos del Halley me mostraron otro mundo aquí en la Tierra. Recuerdo la primera vez que vi, adentrándome por el río, un martín pescador: no tiene nada que ver con las fotos, ni con lo que se aprecia en la tele. Es una bola viva, de un azul intenso, que se mueve a toda velocidad.

En el instituto, al comienzo, no teníamos clase de informática, pero sí de biología o ciencias naturales o como quisieran llamarlo. No recuerdo qué nos contaban, en qué consistía EL PROGRAMA. Supongo que nos hablarían de la célula, las bacterias, las plantas, los animales… lo que fuera que estuviese estipulado en los documentos oficiales. Nunca salimos a un charco a tomar una muestra de agua para observar al microscopio esos seres unicelulares de los que nos hablaban. Charcos hay en todas partes. Y, desde luego, jamás dimos el mínimo paseo para, asomándonos a la ría, descubrir un mundo fascinante de aves.

La garza real no venía en EL PROGRAMA.

¿Cómo puede ser que jamás a ningún profesor del instituto se le ocurriera llevarnos a observar la naturaleza que teníamos delante de nuestros ojos? ¿Cómo es posible?

No todos los pueblos tienen a su alcance unos restos arqueológicos como el castro que hay en Fazouro, en el municipio de Foz. En Galicia, la arqueología no es una disciplina histórica y científica, es la propia tierra. Sin embargo, nunca nos enseñaron a mirar para ella. No viene en EL PROGRAMA. Al castro de Fazouro me llevaron mis padres y luego, cuando ya podía andar solo por ahí, hice andando los 8 km que hay por la costa hasta llegar a él. Tendría unos 15 años.

El arqueólogo Xurxo Ayán, dando una improvisada lección de arqueología popular en el castro de Fazouro

En esos 15 años de colegio y de instituto jamás fuimos de excursión con ningún profesor para visitar ese castro ni ninguno de los muchos otros restos arqueológicos que hay por la comarca. Eso sí, hicimos excursiones en autobús, de cientos y miles de kilómetros, para visitar iglesias y monumentos de todo tipo, que también es importante conocer, desde luego. Pero nadie nos enseñó lo que teníamos a unos metros de distancia. ¿Cómo es posible?

Desde que descubrí las obras inmortales de la literatura y la filosofía, no he dejado de leerlas con avidez. En los buenos libros está condensada la mente de otras personas, las cuales tienen además cosas interesantes y útiles que contar. Como es natural, en cualquier época, la mayoría de esas personas ya están muertas, ya que los grandes autores vivos son únicamente la punta de la lanza. La emoción que tengo hoy en día al descubrir una buena obra de literatura es similar, o mayor, a la de ver el cometa Halley, el vuelo de una garza real o enchufar por vez primera el ZX-81.

Pero la literatura y la filosofía llegó tarde y despacio ya que, según EL PROGRAMA, los alumnos que elegíamos la rama de “ciencias” no debíamos exponernos a esas cosas que solo se le mostraban a los de “letras”. Y viceversa. Soy incapaz de comprender semejante crueldad. ¿Cómo es posible que a alguien se le ocurra cortarnos las alas de esa manera? Pues a alguien se le ocurrió, y se le sigue ocurriendo. Pero es que ni siquiera, a los alumnos de “letras”, les dejaban observar a sus garzas reales. No recuerdo que nos visitaran poetas o escritores, que también los hay vivos, para hablarnos de su pasión por la literatura.

En definitiva, ¿cómo es posible que sigamos aplicando a los jóvenes unos métodos de enseñanza ridículos, inútiles y crueles? ¿Cómo puede ser que la época de la vida de una persona en donde la emoción, la pasión y la curiosidad están a flor de piel se convierta en muchos casos en un trauma?

Desde luego que, afortunadamente, en algunos centros de enseñanza hay profesores que, interpretando EL PROGRAMA a su manera, les enseñan a sus alumnos a descubrir el mundo que tienen a su alrededor. Salen del aula y miran hacia las estrellas y hacia la naturaleza de su entorno. Yo tuve que hacerlo por mi cuenta, en compañía de mis amigos y ayudado por la mente abierta de mis padres. Ahora doy clases en la Universidad, cuyo PROGRAMA sigue siendo una ridícula soga que constriñe la imaginación.

¡Qué ganas tengo de romper EL PROGRAMA!

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