¿Por qué el “a mí me funciona” no es suficiente?

El argumento más utilizado por los defensores de las mal llamadas medicinas alternativas es el de “a mí me funciona”. La Dra. Harriet A. Hall escribió un buen artículo desmontando ese “argumento” en el recomendable blog Science-Based Medicine, artículo que traduzco a continuación:

¿Por qué necesitamos la ciencia?: El “lo vi con mis propios ojos” no es suficiente.

Recientemente escribí un artículo para un periódico local intentando explicar a lectores poco familiarizados con la ciencia por qué la “evidencia” testimonial no es fiable; por desgracia, decidieron no publicarlo. Pensé en utilizarlo aquí, pero me pareció demasiado elemental para esta audiencia. He cambiado de opinión y lo ofrezco más abajo (con mis disculpas para la mayoría de nuestros lectores), porque parece que unos pocos lectores todavía no entienden por qué debemos utilizar la ciencia rigurosa para evaluar las afirmaciones. Se puede engañar a la gente, amigos. A todo el mundo. Eso me incluye a mí y te incluye a ti. Richard Feynman dijo:

El primer principio es que no debes engañarte –y que tú eres la persona más fácil de engañar

La ciencia es el único modo de corregir nuestros errores de percepción y de atribución. Es la única manera de asegurarnos de que no nos estamos engañando. O Science-Based Medicine no ha hecho un buen trabajo explicando estos hechos fundamentales, o algunos de nuestros lectores no pueden o no quieren entender nuestras explicaciones.

Nuestros lectores todavía ofrecen con frecuencia testimonios acerca de cómo alguna medicina alternativa “realmente a mí me funcionó”. No consiguen entender que no tienen ninguna base para afirmar que “funcionó”. Lo único que realmente pueden afirmar es que observaron una mejora después del tratamiento. Eso podría indicar un efecto real o podría indicar una observación inexacta, o podría indicar un error post hoc ergo procter hoc, una falsa suposición de que la correlación temporal significaba causalidad. Tales observaciones son tan solo un punto de partida: necesitamos hacer ciencia para averiguar lo que significan las observaciones.

La pasada semana, uno de nuestros lectores escribía el peor testimonio hasta la fecha:

He presenciado de primera mano la vida que empezaba a fluir a través del cuerpo tras la eliminación de una subluxación.

¿Que significa esto? ¿Espera que alguien crea esto simplemente porque él lo dice? ¿Me creería él si le digo que he presenciado de primera mano el dragón invisible del garaje de Carl Sagan[1]?

Otro lector escribió

Aquellos a favor de SBM[2] que comentáis por aquí parecéis creer que incluso si ven algo con sus propios ojos, que no se lo pueden creer si no hay estudios de doble ciego oficialmente publicados que prueben que lo que vieron realmente sucedió.

Pues… Sí, eso es en buena medida lo que pensamos; y nos consterna que todavía no lo entiendas, puesto que es precisamente la razón por la que debemos hacer ciencia. Yo lo expresaría de una manera algo diferente: “Ver algo con mis propios ojos no prueba que es verdad y no excluye la necesidad de comprobación científica.”

No podemos creer en nuestros propios ojos. El mismo proceso de visión es una construcción interpretativa del cerebro. Existen dos puntos ciegos en nuestro campo de visión y ni siquiera somos conscientes de ellos. Vi a un mago cortar a una mujer por la mitad en el escenario – era una ilusión, una percepción errónea. Vi a un paciente mejorar después de un tratamiento– mi interpretación de que el tratamiento fue la causa de la mejora pudo haber sido un error, una atribución errónea.

Así que para aquellos que todavía no lo entienden, aquí está mi simplista artículo:
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A veces nos equivocarnos

¿Cómo puedes saber si un tratamiento médico realmente funciona? Si todo el mundo dice que funciona, y a tu tía Sally le funcionó, y lo pruebas y tus síntomas remiten, realmente puedes suponer que funciona, ¿no?

No, no puedes hacer tal suposición, porque a veces nos equivocamos. Durante muchos años, los médicos utilizaron sanguijuelas y bisturís para liberar a los pacientes de su sangre. Ellos SABÍAN que la sangría funcionaba. Todo el mundo lo decía. Cuando tenías fiebre y el doctor te practicaba una sangría, mejorabas. Todo el mundo conocía a algún amigo o familiar que había estado a las puertas de la muerte hasta que la sangría le curó. Los médicos contaban los éxitos por miles.

Toda esa gente se equivocaba. Cuando George Washington cogió una faringitis aguda, sus médicos le sacaron tanta sangre que su debilitado cuerpo no pudo recuperarse y murió. Finalmente conseguimos investigar las sangrías y encontramos que hacía mucho más mal que bien. Los pacientes que se recuperaban se habían recuperado A PESAR DE la sangría, no por ella. Y algunos pacientes habían muerto innecesariamente, como George Washington.

Incluso los médicos modernos a veces se equivocan. No hace mucho tiempo, los médicos solían realizar una operación para enfermedades cardiovasculares en la que abrían el pecho y anudaban arterias de la caja torácica para desviar más flujo sanguíneo hacia el corazón. Tenían una impresionante tasa de éxito del 90%. Un doctor muy listo llamado Leonard Cobb quería asegurarse, así que hizo un experimento en el que únicamente hizo la incisión en el pecho y lo volvió a cerrar sin haber hecho realmente nada. Y descubrió que ¡justamente la misma cantidad de pacientes mejoraba tras la falsa cirugía! Los médicos dejaron de realizar dicha operación.

¿Cómo puede tanta gente estar tan equivocada? ¿Cómo podían creer que algo había ayudado cuando realmente había causado más daño que bien? Hay toda una serie de razones por las que la gente puede acabar creyendo que un tratamiento inefectivo funciona.

  1. La enfermedad puede haber seguido su curso natural. Muchas enfermedades están autolimitadas; el proceso de curación natural del cuerpo devuelve la salud a la gente después de un tiempo. Un resfriado normalmente desaparece en una semana o así. Para averiguar si un remedio para el resfriado funciona, tienes que llevar un registro de éxitos y fracasos en un número de pacientes suficientemente grande como para averiguar si realmente se recuperan más rápido con el remedio que sin él.
  2. Muchas enfermedades son cíclicas. Los síntomas de cualquier enfermedad fluctúan a lo largo del tiempo. Todos sabemos que la gente con artritis tiene días malos y días buenos. El dolor empeora por un tiempo, y entonces mejora por otro tiempo. Si utilizas un remedio cuando el dolor está fuerte, probablemente estaba a punto de mejorar de todos modos, así que el remedio se lleva un crédito que no merece.
  3. Todos somos sugestionables. Si nos dicen que algo va a dolernos, es más probable que duela. Si nos dicen que algo nos hará sentir mejor, probablemente lo hará. Todos conocemos esto: por eso besamos los raspones y cardenales de nuestros hijos. Cualquier cosa que nos distraiga de pensar en nuestros síntomas es probable que ayude. En los estudios científicos que comparan un tratamiento real con pastillas placebo, una media del 35% de la gente dice que se siente mejor después de tomarlas. El verdadero tratamiento debe hacerlo mejor si queremos creer que es realmente efectivo.
  4. Puede haber recibido dos tratamientos y el tratamiento equivocado se llevó el crédito. Si tu médico te da una pastilla y además te tomas un remedio casero, puedes darle el crédito al remedio casero. O quizás ha habido otro cambio en tu vida al mismo tiempo que ha ayudado en el tratamiento de la enfermedad y éste es la verdadera razón por la que has mejorado.
  5. La diagnosis o el pronóstico original pueden haber sido incorrectos. Mucha gente ha sido supuestamente curada de cáncer cuando en realidad jamás tuvieron un cáncer. Los médicos que le dicen a un paciente que sólo tiene 6 meses de vida están sólo estimando y pueden estimar mal. Lo mejor que pueden hacer es decir que el paciente medio con esa enfermedad vive 6 meses – pero la media significa que la mitad de la gente vive más tiempo.
  6. Una mejora de ánimo temporal puede confundirse con una cura. Si un practicante te hace sentir optimista y esperanzado, puedes creer que te sientes mejor cuando la enfermedad realmente no ha cambiado.
  7. Las necesidades psicológicas pueden afectar nuestro comportamiento y percepciones. Cuando alguien quiere creer algo con suficiente ahínco, puede convencerse a sí mismo de que ha sido ayudado. Se sabe de gente que ha negado los hechos – negarse a ver que un tumor sigue aumentando. Si han invertido tiempo y dinero, no quieren admitir que fue desperdiciado. Vemos lo que queremos ver; recordamos las cosas del modo en que queremos que hubieran pasado. Cuando un médico está intentando sinceramente ayudar a un paciente, el paciente siente una especie de obligación social de satisfacer al médico mejorando.
  8. Confundimos correlación con causalidad. Simplemente porque un efecto sigue a una acción, eso no significa necesariamente que la acción causase el efecto. Cuando el gallo canta y a continuación sale el sol, nos damos cuenta de que no es el cacareo lo que ha hecho que el sol aparezca. Pero cuando tomamos una pastilla y entonces nos sentimos mejor, suponemos que fue la pastilla lo que nos hizo sentir mejor. No nos paramos a pensar que podemos habernos sentido mejor por alguna otra razón. Saltamos a las conclusiones como aquel que entrena a una pulga para que baile cuando oiga música, entonces le corta las patas una por una hasta que ya no puede bailar, ¡y llega a la conclusión de que el órgano auditivo de la pulga estaba en las piernas!

Así que hay un montón de maneras de equivocarnos. Afortunadamente, hay una manera en que podemos finalmente acertar: mediante las pruebas científicas. No hay nada misterioso o complicado sobre la ciencia, es simplemente un juego de herramientas de sentido común para comprobar cosas. Si crees que has perdido peso y te subes a una báscula para comprobarlo, eso es ciencia. Si crees que se te ha ocurrido una mejor manera de plantar zanahorias y compruebas tu idea plantando dos filas lado a lado, una con el método viejo y otra con el nuevo, y miras qué fila produce mejores zanahorias, eso es ciencia. Para comprobar medicinas, podemos organizar un gran número de pacientes en dos grupos iguales y darle a un grupo el tratamiento que queremos comprobar y al otro un placebo, como una pastilla de azúcar. Si el grupo que recibió el tratamiento activo va significativamente mejor, entonces el tratamiento probablemente funciona realmente.

Jacqueline Jones era una mujer de 50 años que había sufrido asma desde que tenía 2 años. Leyó algo sobre un tratamiento milagroso de hierbas que curaba una gran cantidad de dolencias, incluyendo el asma. Supuso que la información era cierta, porque incluía un montón de testimonios de gente que lo había utilizado y que pudo dejar de tomar su medicación para el asma. Esta gente SABÍA que funcionaba. Lo habían VISTO funcionar. Cansada de los efectos secundarios de los medicamentos convencionales, Jacqueline dejó de utilizar sus tres inhaladores, esteroides y el nebulizador, y tomó el suplemento de hierbas en su lugar. En dos días estaba en el hospital.

Tuve un ataque de asma enorme. Estuve gravemente enferma en el hospital durante seis semanas, durante las cuales desarrollé pleuritis. No podía respirar y mis pulmones estaban tan sensibles que incluso tocar la zona por fuera era como si me estuvieran pateando.

Todos aquellos que decían que el remedio de hierbas había curado su asma se equivocaron. Los síntomas del asma fluctúan. Puede que sus síntomas hubieran mejorado de todos modos. Cualquiera que fuera la razón, el remedio no había sido testado científicamente y no era efectivo para tratar el asma, y creer en aquellos testimonios casi le cuesta la vida a Jacqueline.

La próxima vez que un amigo te recomiende con entusiasmo un nuevo tratamiento, párate a pensar que podría estar equivocado. Recuerda a Jacqueline Jones. Recuerda a George Washington. A veces nos equivocamos.

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Este artículo traducido nos lo envía Jesús Rosino divulgador de la ciencia tras el cambio climático, traductor en Skeptical Science y autor del libro El cambio climático antropogénico. Podéis encontrarlo en su blog o en su perfil de Google+


[2] N. del tr.: SBM son las siglas del blog en que se publicó este artículo: Science-Based Medicine (Medicina basada en evidencias)

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Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 23 julio, 2012
Categoría(s): ✓ Escepticismo