¿Usted se ha alineado los protones?

Imagen Jan Ainali – Wikicommons

Yo sí.

Sin ir más lejos, hoy mismo me alinearon los protones.

No todos, sólo la mayoría de los de la cabeza. Una experiencia peculiar. Pero tampoco nada del otro mundo, considerando que todos tenemos protones para dar y prestar. Varios miles de billones de billones en un cálculo cauto.

Para alinearme los protones se aprovecharon del hecho de que yo, como todos los seres vivos, estoy hecho mayoritariamente de agua. Y nuestro cerebro es especialmente rico en agua. Las moléculas de esa abundante agua están formadas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, y el hidrógeno es el más sencillito de los elementos, ya que su núcleo está formado por un solitario protón, una partícula que por su composicion tiene carga electromagnética positiva.

Los protones de los átomos de hidrógeno se mueven libremente en distintas direcciones sin orden ni concierto, así que para alinearlos es necesario emplear un imán. Pero un imán tremendamente potente, tamaño burro. Más que un imán, un electroimán superconductor, porque para poder afectar a los protones de los núcleos de hidrógeno de las moléculas de agua de mi cabeza es necesaria una potencia considerable.

¿Qué tan considerable? Un buen ejemplo es el planeta en el cual vivimos. Como -casi- todo mundo sabe, la Tierra tiene un campo magnético que nos protege de los rayos cósmicos y el viento solar, produce las auroras boreales y australes, permite que naveguen las aves y peces que migran percibiendo el campo magnético y hace que la aguja de una brújula apunte al norte. Nuestro planeta consigue todo eso (y más) con un minúsculo campo magnético cuya fuerza es, según donde se mida, entre 25 y 65 microteslas (millonésimas de Tesla, que es la unidad de medida del campo magnético como el vatio es la medida la potencia eléctrica y el kilogramo es la medida de la necesidad que tenemos de volver al gimnasio).

Es decir, nuestro planeta tiene una fuerza magnética máxima de 0,000065 teslas.

Un imán como el que usamos para jugar tiene aproximadamente un centitesla de potencia (0,01 tesla). Los imanes con los que nos quieren ver la cara diciéndonos que tienen propiedades curativas llegan a tener hasta 8 centiteslas (0,08 teslas), aunque en realidad a nuestro cuerpo no le afectan en modo alguno ni para bien ni para mal (salvo por la sangrante herida que queda en la billetera al pagar dinero de verdad por terapias más falsas que un euro con la cara de Pocoyó).

Magnetoterapia, una pseudoterapia muy lucrativa

Para realmente afectar los componentes del cuerpo humano hace falta un poco más de potencia. O un mucho. El campo magnético con el que me alinearon los protones llegó a ser de hasta 3 teslas. Es decir, más de 37 veces el campo magnético de la chapucera “magnetoterapia”. Una potencia tal que exige que antes de que a uno le alineen los protones debe quitarse todo objeto metálico susceptible de ser atraído magnéticamente y que advierta si tiene implantes eléctricos o metálicos o si pudo haber sufrido un accidente en el que un trozo de metal pudiera haber quedado incrustado en su cuerpo, porque el campo magnético puede hacerlo salir dolorosa y peligrosamente. Vamos, que como le ponga una silla metálica cerca a ver cómo la rescata.

Obviamente, para producir un campo magnético así de potente, no sirve pegar en una plantilla de zapato cuatro imanes comprados en la ferretería, como hacen los vendedores de cuentos. Se utiliza,decíamos, un electroimán de dimensiones impresionantes… un donut gigantesco en cuyo orificio central metieron mi cuestionadora cabeza.

El electroimán aplica un campo magnético y los protones del hidrógeno de mi agua se ordenan como guardias británicos pasando revista: unos mirando hacia mis pies y los otros hacia la parte superior de mi cabez, pero todos alineados. Digamos que guardias británicos que se alinean para donde estuvieran mirando en el momento en que el sargento dio la orden de alinearse.

Pero en realidad, cuando yo sabía que mis protones estaban siendo alineados (por el ruido infernal que describo más adelante), trataba de sentir algo… lo que fuera… ¿se me aceleraba el corazón, se me tensaba la piel de los pómulos, me levitaba el meñique? Pero no. Fuera de una aburrición de nivel Grand Slam, no sentía nada.

Usted, lectora, lector, inteligente y avispado, podría preguntarse si este ejercicio de alineación de protones tiene algún sentido o me sometí a él por puro espíritu deportivo. Lo tiene.

Es más, explicar la utilidad de este procedimiento es bastante más fácil que explicar por qué para procedimientos como éste los profesionales de la salud encuentran indispensable vestirnos a todos con esas humillantes batitas que se atan por detrás con dos lacitos… y que, a menos que usted sea experto en nudos marineros, se le desatan las más de las veces provocando risitas entre la regocijada concurrencia.

Porque sí, estaba yo vestido (es un decir) con la batita hospitalaria de marras y esto ocurría en el Hospital de Cabueñes de Gijón y además me alinearon los protones con el tremendo electroimán.

El ejercicio de alinearlos es sólo el principio. Una vez que están alineados, otras bobinas dentro del electroimán me bombardearon con una radiofrecuencia (sí, una onda de radio como la que usa usted para desaburrirse mientras conduce por ciudad o en carretera, aunque a veces el remedio es peor que la enfermedad). Esta radiofrecuencia está entre los 40 y los 50 MHz. Al recibir las ondas de radio, algunos de los protones absorben la energía de éstas y cambian su posición. Y hasta allí sigue sin tener sentido que uno esté metido en un megadonut metálico vestido con la batita humillante y la orden de no moverse aunque tenga una pertinaz y arrebatadora comezón en la nariz.

Pero al detenerse la emisión de la radiofrecuencia (y si se mantiene estable el campo magnético del electroimán), los protones que cambiaron de posición vuelven a la que tenían originalmente y emiten una energía como la que recibieron produciendo una débil señal (un ejemplo un poco bruto es que actúan como un muelle electromagnético: al recibir las radiofrecuencias absorben energía y se comprimen, y al suspenderse las radiofrecuencias, vuelven de un salto a su estado y tamaño original con un distintivo “sproing”).

Otros detectores dentro de la estructura del electroimán detectan esta señal y sus variaciones, y envían los datos a un sistema informático de gran complejidad que interpreta las distintas señales y las sitúa en un espacio, creando poco a poco una imagen tridimensional del interior del cerebro y sus estructuras. En los tejidos donde hay mucha agua, la señal es más fuerte (porque hay más protones liberando la energía que absorbieron) y el sistema informático los presenta de colores claros, y donde hay poca, como en el hueso, la señal es débil y en la pantalla aparece como una zona oscura.

Distintas frecuencias y distintas intensidades del campo magnético se van sucediendo y el resultado va formando una imagen completa del órgano estudiado. Un rompecabezas de protones emitiendo energía que se convierte en una potente forma de diagnóstico.

Vamos, lo que se llama una resonancia magnética.

Esto, desde dentro del agujero del descomunal donut es, sin embargo, bastante menos emocionante. Sobre todo si a uno le toca una radióloga que tiene más práctica siendo borde que Nadal haciendo saques. Le ponen a uno unos auriculares para que escuche música, en teoría con objeto de enmascarar un poco el ruido infernal que emite la máquina. Pero el responsable de la programación musical que me tocó decidió que algo de lo más suave de Tchaikovsky sería muy desestresante… y lo sería, si se pudiera escuchar, cosa que era irrealizable; los suaves y románticos violines del ruso desaparecían tras el escándalo que hace la máquina. Una y otra vez, tres bocinazos como los que se usan para anunciar la inmersión en las peores películas de submarinos advierten que viene algo que es como estar metido en un bucle interminable de alguna de las primeras canciones de Kraftwerk a volumen de AC/DC o un ataque de tartamudeo del bajo de John Paul Jones a malas horas de la noche.

Por supuesto, cuando me bajé del aparato que estuvo media hora larga alineándome los protones para obtener una imagen completa de lo que llevo dentro del cráneo y que hasta hoy nadie había visto, para mi fortuna, pues viene sellado de fábrica, lo que se me ocurrió fue preguntarle a la radióloga por qué a ratos el ruido era tacatacabumbum y en otros momentos era zomba-zomba-zomba para cinco minutos después pasar a cucazuáca-cucazuáca-piiiip-mmmmm.

Me miró con desprecio y me dijo que era porque así tomaba fotos la máquina. O no me quiso explicar o no tenía ni idea del origen de las variaciones, cada una más molesta que la otra. Algo como pasar la noche con un DJ que cree que los tambores llevan la melodía. Me dejó pensando por qué alguien a quien el trato humano le resulta tan obviamente repelente toma la decisión de dedicar su vida a una profesión relacionada con el cuidado de la salud, especialmente una en la que interactúa continuamente con pacientes. Como alguien alérgico al pelo de los animales domésticos que pone una peluquería de mascotas.

Pese a la frialdad, y curioso que es uno, iba yo a preguntar por qué Tchaikowski si, lógicamente, un poco de Beethoven o de Rush serían mejor distracción contra los poco musicales ronroneos de la resonancia magnética, pero la radióloga me dio la espalda diciendo “se viste y se va”. Sonó poco amable. Si me hubiera hablado de tú, habría sido como una novia despechada dándole la puntilla a una relación tormentosa en una película B.

Y para remate, ya no tenía yo los protones alineados. Porque, afortunadamente para todos, el efecto se detiene inmediatamente al momento de desactivarse el elecroimán, sin dejar ninguna secuela ni efecto posterior, ni para bien ni para mal, información que podría arruinar a los vendedores de terapias magnéticas que creen que usted es un clavo que puede ser afectado por un imán normal y hasta quedar imantado.

Lo peor, claro, es que en el apretujado autobús municipal en el que volví a mis dominios, nadie se dio cuenta de que yo, a mis tantos años, por primera vez había tenido muy orondo alineados los protones del cerebro.

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