Fusión fría (Cold Fusion, 2011)

En la Unión Soviética del año 1982, dos aviones de combate persiguen a un platillo volante de movimientos inquietos por el cielo de Ucrania. Tras una serie de piruetas, volteretas y escarceos varios, los pilotos terrícolas consiguen derribar la nave alienígena. La rotación desbocada de la descomunal ensaladera termina para alivio de su tripulación, pues no hay cosa más molesta que la fuerza centrífuga que te espachurra contra las paredes del fuselaje sin ningún motivo aparente. Un vehículo espacial que rote sobre sí mismo solamente me convencería por un detalle: pretende generar una seudogravedad, al estilo de lo que hacía la estación espacial en forma de noria que Stanley Kubrick sabiamente empleó en 2001: una odisea del espacio. Pero, claro, ha de hacerse girar la estructura en la dirección correcta, pues, en caso contrario, el “pedo” puede ser brutal. Si el platillo volante extraterrestre de esta película rota como rota, lo único que pueden hacer los marcianitos es caminar por las paredes laterales y sentir mareos.

La siguiente escena tiene lugar en Iowa (Estados Unidos de América), en la actualidad, donde un grupo terrorista hace detonar una bomba de fundamento desconocido, y no me refiero al típico BOOM! que más o menos hacen todas, sino a la fuente de energía capaz de suministrar tal poder destructivo: 253 víctimas mortales y una nube en forma de hongo de las de toda la vida. Los científicos y los militares, perplejos porque no hallan indicio alguno de radiación en los alrededores de la zona cero. Menos mal, porque se ve a los soldaditos deambular por el lugar sin ningún tipo de traje protector ni mascarilla. Se ve que los guionistas ya les habían advertido.

Y al fin aparece la protagonista del metrallón, una tía macizota que se disfraza de activista de Greenpeace, pero que pega unos hostiones como campanadas de fin de año, sabe artes marciales y se carga a un grupo enterito de terroristas armados hasta las pestañas en un abrir y cerrar de mangueras a bordo de una lancha anti-balleneros, todo ello al grito de “Nunca peleéis con una mujer en la cocina.” ¿Cutre, eh? Pues no es todo, porque antes de la pelea, uno de los terroristas recibe una llamada telefónica y le dice más o menos así a su interlocutor: “Yo quería esconderme en una isla del Pacífico Sur, con bellas haitianas.” Aquí se conoce que el guionista se perdió la clase de geografía cuando estaban dando la lección de los océanos Pacífico y Atlántico. Señor mío, que la del Pacífico es Tahití. Tahití, no Haití. Podéis reír ahora o vomitar para siempre. A estas alturas, yo ya lo había hecho.

La acción continúa de forma trepidante y nuestra amiga chochona de Greenpeace debe establecer contacto con otra nena más chochona todavía, mezcla genética de padre ruso y madre china. Ambas dos deben infiltrarse secretamente disfrazadas de militares ucranianas en unas instalaciones de alta seguridad. Para lograrlo, previamente deben ejercer de strippers en un puti-club para VIPs. Dicha hazaña requiere un ensayo previo al menos y así nos deleitan a los machotes masculinos en el salón de su casa antes de salir a la calle enfundadas en tanga, liguero y gabardina de teniente Colombo, pero sin lamparones.

Tras otra serie de mamporros, patadas y golpes muy bajos, las dos damiselas logran acceder a la sala de control de la instalación secreta. Allí descubrirán que la culpa de las bombas la tiene el platillo volante capturado años atrás por los soviéticos. El único científico (sí, los físicos somos así, nos las bastamos solos para llevar misiones de esta envergadura sin despeinarnos) empleado ha descubierto que del sistema de navegación de la nave alienígena no se puede sacar nada útil; la antigravedad nos queda aún muy lejos a los seres humanos del siglo XXI. En cambio, con las barras de combustible la cosa es muy distinta. Funcionan mediante fusión fría, la hermana menos guarra de la fusión caliente. Debe de ser que la fusión fría es capaz de generar antigravedad. ¿Cómo no haber caído en ello?

A pesar de que nadie sabe cómo utilizar exactamente los materiales encontrados en las susodichas barras de combustible y de reconocer que éstas “violan las leyes de la física terrestre”, en lo que no han encontrado trabas es en darles un buen uso como bombas. Efectivamente, con tan sólo “unas micras de material” (sic) se consigue un artefacto cuya potencia “crece de forma exponencial” sin más que añadir otras pocas micras (doble exponencial sic). La enorme energía que liberan estas bombas, según el físico solitario e incomprendido, asciende nada menos que a 0,57 kilotones. Menudo representante de la raza aria intelectual que se han buscado los guionistas. Unas cagarrutas de bombas, lo que yo te diga, chaval. Pero si la que dejaron caer los norteamericanos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 era 26 veces más potente y ni siquiera era una bomba de fusión, ni caliente, ni fría ni templada. Era de fisión, de fi-sión, de f-i-s-i-ó-n. Las bombas de fu-sión liberan energías del orden de los megatones (1 megatón = 1.000 kilotones). ¡Ay, señor, llévame pronto!

El clímax, otro clímax diferente al del strip-tease anteriormente relatado, llega cuando el ardiente dúplex lésbico americano-ruso-chino y el físico canijo, feo pero matón, son rodeados por el ejército ucraniano rebelde y terrorista. En efecto, con sólo soltar los amarres del platillo volante, éste empieza a elevarse porque “está hecho de una aleación mil veces más dura que el titanio”. ¡Rediós! ¿Qué tendrá que ver la dureza con la capacidad de elevarse por los aires? Más aún, ¿qué ha pasado con la antigravedad y las barras de combustible para la fusión fría? ¿Se han congelado?

Total, que al final, las instalaciones son completamente arrasadas por el platillo volante sin control, sin pilotos, sin amarres y sin barras de combustible frío. Las chochonas son capturadas, una de ellas tiroteada en una pierna, el físico asesinado por güevón y el malo malísimo, por regodearse dando discursos antes de cargarse definitivamente a todos los demás, en cuanto llega el héroe solitario de turno y termina con todo, llevando consigo un helicóptero que rescata a las dos strippers. Las instalaciones ultrasecretas vuelan por los aires gracias al consabido y socorrido sistema de autodestrucción que acompaña a todas las películas cutres que en el mundo son y serán, por los siglos de los siglos… ¡Amén!

Certifrikación: 1/10 ó 69/escenario. Por las guarrillas, claro…



Por Sergio L. Palacios
Publicado el ⌚ 4 enero, 2013
Categoría(s): ✓ Certifrikadas