La primera ronda la pago yo o cómo un divulgador debe proceder para prostituir y desprestigiar su trabajo aún más, si cabe (un post autobiográfico con vídeos musicales)

No se preocupen, o sí, esto no es un artículo sobre ciencia, aunque creo que en el fondo sí lo es; tampoco les hablaré, en esta ocasión, sobre ciencia ficción, aunque lo que les relate parezca mentira y se acerque bastante. La verdad es que no sé muy bien cómo empezar a escribirlo, tanto tiempo dando vueltas en mi alocada quijotera, pues creo que plantea un tema nada fácily puede que controvertido, aunque cada vez estoy más convencido de que no debería ser así, sino todo lo contrario, es decir, tendría que resultar obvio para todo el mundo y, en particular, a quien va dirigido, esto es, divulgadores y caraduras, especialmente. ¿Y por qué digo esto? Pues verán ustedes. Les cuento.

Su seguro servidor, el autor de estos párrafos, no es ningún jovencito imberbe e inexperto en según qué asuntos. Yo, y les ruego disculpen el quizá excesivo uso de la primera persona del singular a lo largo de todo el texto que vendrá, comencé en esto de la divulgación científica hace más de 7 años, allá por el verano de 2006, ya cumplidos los 40 y, por aquel entonces, con más de 17 de experiencia docente en la universidad (hoy ya he sobrepasado los 24 con creces). Quiero decir con esto que cuando se trata de hablar en público y contar ciencia a una audiencia numerosa, créanme que sé de lo que hablo, más o menos, mejor o peor, con mayor o menor acierto.

Pues bien, como les digo, comencé siendo un completo desconocido, como no podía ser de otra forma. Fue pasando el tiempo y mi divulgación comenzó a ser conocida poco a poco, todo ello gracias a la inestimable colaboración de Internet, de otros divulgadores quienes, muy amablemente, dieron a conocer mi labor y también de las imprescindibles redes sociales. Parece ser que mi particular forma de transmitir el conocimiento científico gustaba a un cierto sector del público y con la “fama” comenzaron a llamar a mi puerta otras universidades, centros de enseñanza secundaria, emisoras de radio, periódicos, así como editoriales y revistas de divulgación. Así, surgieron oportunidades para impartir conferencias y escribir artículos en algunas de las revistas de divulgación más populares de nuestro país: QUO, Redes para la Ciencia, …

A lo largo de estos últimos 7 años he participado en no pocas ediciones de la Semana de la Ciencia y la Tecnología en mi comunidad autónoma; he impartido innumerables conferencias en institutos públicos de enseñanza secundaria y bachillerato, así como colegios privados; también en otras universidades distintas a la mía. Me han solicitado ayuda y colaboración en programas de radio, he concedido entrevistas y reportajes en televisión; otras las he rechazado, como la del programa de Andreu Buenafuente (no me pregunten por las razones, no les gustarían). Y hasta he publicado un par de libros, toda una hazaña, dado el pintoresco mundo editorial del que gozamos en este país, siempre adelantado a los tiempos.

Sin embargo, todo lo anterior, a pesar de que para algunas de las personas que lo lean pudiese resultar enormemente gratificante, apetecible y hasta envidiable, no reluce tanto como parece a simple vista; no todo es glamour. Permítanme que me explique, pues estoy dispuesto a poner la mano en el fuego y me atrevo a asegurar que a no pocos divulgadores les habrán sucedido y les seguirán sucediendo experiencias similares a las que les estoy a punto de exponer a todos ustedes. Aspiro una bocanada de aire profundamente y me lanzo. Allá voy.

El caso es que desde hace ya una buena temporada y, sobre todo en mi caso particular, últimamente, parece ser que se está imponiendo una tendencia, una moda o llámenlo como quieran, consistente en intentar publicar y difundir contenido de blogs de relativo éxito por parte de otros blogs y/o medios de comunicación, cuando no de plagiar directamente.

Dicho en plata: el objetivo de estos medios (diarios digitales, mayormente) consiste en apropiarse de los contenidos de tu blog, publicarlos y venderlos a sus clientes, a cambio de proporcionar, exclusivamente, a sus autores originales lo que ellos llaman “visibilidad”. Si todavía no lo he dejado suficientemente claro, aquí va otra frase más transparente: NO pagan ni en dinero ni en especie, como a otros que tristemente conocemos a diario; quieren nuestros contenidos GRATIS, para después ellos obtener beneficio económico por medio de sus suscriptores. ¿Se entiende ahora?

Pero no se crean que acaba aquí la historia, ni mucho menos. Al contrario, como la codicia, la avaricia y el síndrome de la caradura son enfermedades contagiosas, pues se contagian, claro, y al final casi todo el mundo las padece. Resulta que estas canalladas que pretenden perpetrar algunos, también las anhelan emular otros (ya se sabe, en este país los chorizos proliferan, pues no hay mejor chorizo que el procedente de una seleccionada cabaña porcina y España cuenta con una de las más numerosas y seleccionadas). Y esos otros, como les digo, quieren que algunos trabajemos de forma completamente altruista, a cambio de unas tristes y escasas dietas y billetes de autobús, tren o avión (cuando hay suerte).

En efecto, cuando eres desconocido en este mundillo de la farándula divulgadora, más o menos lo que con mala leche yo llamaría un becario de la divulgación, y te invitan a participar en unas jornadas, impartir una conferencia, debatir en la radio, grabar un programa en televisión, etc. muy pocos son los que te hacen la oferta como yo entiendo que se debe hacer cualquier oferta, tanto en tiempo (la prensa siempre lo quiere todo para ayer) como en forma (vente para acá, cuéntanos cualquier cosa, aunque no te la hayas preparado y tampoco tenga mucho que ver con tu verdadera especialidad, que eso no es importante).

Claro, como eres becario y a los becarios de este país se les trata como a becarios de este país y están para trabajar, hacer méritos y rechistar poco o nada, pues ya se les hace el favor de becarearlos… ¿Qué hace esta buena gente, estos periodistas de medio pelo y otras criaturas de la noche cultural más oscura? Muy fácil: te contactan por e-mail o por teléfono y te dicen que están encantados de contactar contigo y que te siguen desde hace muuuuucho tiempo, aunque hasta ahora no les había sido posible, por unas u otras razones de lo más comprensibles (al menos, para ellos) dar el paso definitivo. A continuación, te dicen que estarían encantados y felices de la vida si accedieses a participar en la actividad que te proponen. Pero no se dan cuenta de que en su oferta falta algo, un detalle sin importancia para el empresario, pero fundamental para el trabajador: el salario. Ellos trabajan por el suyo, pero tú debes hacerlo de forma desinteresada. ¿Y por qué? Pues porque los científicos y/o divulgadores aman/amamos profunda y apasionadamente su/nuestro trabajo y quien ama, piensan ellos, debe hacerlo sin pedir nada a cambio. ¿Qué hay más altruista y desinteresado que el amor? Como decía Ali MacGraw en la inolvidable “Love Story”: “Amar significa no tener que decir nunca lo siento”.

Sí, mis queridos lectores, estas gentecillas que tan amablemente están dispuestas a parasitar tu trabajo, a desvivirse por que acudas a su llamada, también pretenden que les salga lo más económico posible. Unas veces te pueden pagar el desplazamiento; otras, en cambio, te solicitan que acudas a los estudios de radio, los cuales distan varios kilómetros de tu residencia habitual, en las afueras de la ciudad, donde no llega el transporte público y ni siquiera te preguntan si tú tienes el tuyo propio (en estos casos, que realmente me han sucedido, se lo aseguro, he tenido yo mismo que “sugerirles” el envío de un taxi que me recogiese y me trasladase y no siempre me lo han concedido a la primera) invitarte a un par de comidas pero eso de pagarte tu trabajo, eso de remunerarte debidamente la conferencia que impartes (y que previamente has tenido que prepararte, menester que suele obviarse casi siempre), el consejo u opinión de experto que les das y que, en definitiva, es por lo que realmente te han invitado, eso es por lo que no suelen pasar. ¿Qué sucede entonces?

Por un lado, las más de las veces, accedes de todas formas a colaborar, a participar, a impartir y no esperar a cambio más que los aplausos del público asistente. Ojo, que no es poco, pero permítanme que les plantee unas inocentes preguntas, salidas de una mente simple como la mía: ¿Se conformarían nuestros idolatrados futbolistas de élite con que la grada les aplaudiese y ovacionase a rabiar por jugar, pero no viesen un euro ni por asomo? ¿Les respetaríamos más o menos por ello? ¿Acaso no tendemos, en esta sociedad hipócrita y malsana, a respetar tanto más a quien más cobra por su trabajo? ¿No cobran estos señores futbolistas más que otros si son mejores que ellos? ¿No afirman esos mismos niñitos mimados y consentidos, opípara y saludablemente alimentados con viandas equilibradas vegetal, animal y proteínicamente, que se sienten tristes cuando no se les mejoran sus ya más que suculentos y generosos contratos firmados y rubricados, y dejan de rendir hasta que se les toma en cuenta? Ay, y qué grandes nos parecen cuando hacen eso y nosotros respondemos aplaudiendo más y más en el campo y nos suben el precio de las localidades o la cuota mensual del canal televisivo de pago de turno. Resultan tan simpáticos estos personajes tan importantes, que tanto dan a la sociedad que los amamanta en sus rebosantes pechos, cuando se les sorprende conduciendo sus deportivos gratuitos a más de 200 km/h o cuando se les pilla conduciendo sin puntos en el carné. Ay, qué maravillosos ejemplos para nuestros hijos, que les tienen como ídolos y espejos en que mirarse.

Ups, les pido perdón por el ejemplo balompédico, no me he detenido a pensar que puede que a muchos de ustedes el fútbol no les agrade o, peor aún, sean forofos del equipo veladamente aludido en el párrafo anterior. No quisiera desviar la atención del tema que me ocupa.

Déjenme, pues, que les ponga algún que otro ejemplo no deportivo. ¿Qué tal los médicos? Pongamos por caso que ustedes van al médico para hacerle una simple consulta, no sé, algo que les angustia, que les preocupa. Llegan a la consulta, se sientan en la sala de espera; al cabo de un rato les hacen pasar, se sientan en una estupenda y confortable silla o butaca y le cuentan sus cuitas al especialista, al profesional al que han decidido acudir. Éste, por supuesto, lleva a cabo su trabajo (también mejor o peor, dentro de sus capacidades, actitud y aptitud) y ustedes quedan más o menos satisfechos. ¿Se les ocurriría abandonar la consulta sin pagar? ¿Se le ocurriría al buen doctor (aunque no haya leído la tesis doctoral que se le supone, pero esa es otra historia) no cobrarles por sus servicios? ¿Les parecen lógicas y razonables las dos preguntas anteriores? Pues aplíquenlas a cualquier otra profesión, como la de notario, abogado, arquitecto, dentista; todas ellas con un elevado prestigio entre la sociedad.

Ahora bien, ni se les ocurra hacer lo mismo con un divulgador porque éste no entra en ninguna categoría. Claro, como no tenemos diploma que nos acredite y lo único que podemos alegar en nuestra defensa es el AMOR que sentimos por nuestra afición. Porque, no se engañen, esto de la divulgación es una simple afición en nuestro país (no sé cómo será en otros, pero tampoco me importa, yo me quejo del mío, que para eso es el que me folla), algo que hacemos por amor al arte o por puro placer, como el sexo, aunque muchas veces sexo y amor vayan pos caminos distintos.

En mi caso, que es el mismo de todos mis colegas, y como profesor universitario, mi universidad no me valora ni me reconoce en absoluto el trabajo que desempeño como divulgador. Ni en la docencia ni en la investigación. Es más, como me he dedicado en cuerpo y alma por unos años a la divulgación y me he descuidado un poco en la investigación seria y profunda, en la de los “papers”, mi universidad me lo paga subiéndome las horas de clase para el próximo curso, de 240 a 320. Todo un incentivo para que vuelva a investigar y no abandone el redil, que es por lo que me han castigado. No son listos estos tíos que dirigen la universidad ni nada…

Por otro lado, en otras ocasiones, las menos, en cambio, el trato queda claro desde el principio. Te hacen la oferta desde el primer momento porque estos medios o personas sí han sabido hacer una planificación concienzuda, buscando y consiguiendo la financiación adecuada. Estos sí respetan tu labor y tu esfuerzo. No crean que es baladí esta cuestión, pues a mí me parece que no existe mejor forma de motivar a los profesionales que incentivando su actividad (les recuerdo nuevamente las primas que reciben ciertos trabajadores privilegiados). ¿Alguno de ustedes se atreve a afirmar que el dinero u otras prestaciones alternativas (no todo tiene que ser el vil metal, por supuesto) no les haría trabajar con más entusiasmo, con más ilusión, haciéndoles sentirse valorados por su empresa? ¿Acaso no es éste el mismo problema que existe en la enseñanza (por volver a mi “auténtica” profesión)? ¿Por qué cobran lo mismo los profesores buenos que los muy buenos o incluso los menos buenos? (no les llamemos malos, que luego se ofenden y se sienten tristes y perseguidos, aunque eso sí, estos mismosse permitan pasar por tu laboratorio a reírse de ti, regodeándose por haber liquidado su clase en 30 minutos cuando la duración de la misma está estipulada en 90 y tú, oh pardillo, debes seguir allí hasta el final). En fin, dejemos este tema para otra ocasión, que también tiene mucha miga.

Finalmente, cuando ya dejas de ser becario de la divulgación, aunque algunos no lo hayamos conseguido del todo (más bien, ahora me considero un postdoc de la divulgación), si ya tienes un poquito más de experiencia en estas lides, sueles responder a ese primer e-mail con una frase inocente (consejo de un buen amigo mío, excelente divulgador): “Hazme una oferta”. Reconozco que me resultó violento la primera vez que lo hice, pero piensen por un momento detenidamente en la expresión anterior. Implícitamente, en ella reconocemos los divulgadores que prácticamente nos conformaremos con lo que nos ofrezcan (una universidad suele ofrecerte unos 80 euros por hora, euro arriba euro abajo, viajes y dietas aparte) y que seremos extraordinariamente comprensivos. Recuerden que les dije más arriba que la divulgación es un acto de amor absoluto, amor puro; el fútbol es otra cosa.

Pues bien, cuando solicitamos esa oferta, la respuesta más escuchada es que se nos costeará el desplazamiento, por supuesto, y la estancia también(no vaya a ser que tengamos que dormir en un banco del parque más cercano), con unas dietas que incluyen tres comidas diarias, con fruta, café y charleta de sobremesa. La conferencia, en cambio, no puede ser. Que si los recortes, que si la falta de presupuesto. Es que pagar por divulgar es como… money for nothing. No sé si me entienden.

Déjenme concluir con una experiencia surrealista que me sucedió esta misma semana y que ha sido la causa desencadenante de este artículo de opinión exclusivamente personal. Por supuesto, no citaré ni nombres de personas ni de instituciones, para que nadie se sienta ofendido públicamente. A quienes aludo ya les he dejado bien clara mi postura.

El caso es que cierta institución, muy conocida en este país, se dirigió a mí con la intención de invitarme a impartir una conferencia sobre física en la ciencia ficción (mi especialidad, digamos). Como ya les he referido de sobra, el primer contacto no mencionaba por ningún sitio la “oferta”. Pues bien, hice yo la sugerencia (que para eso ya soy postdoc de la divulgación) y la respuesta fue la típica y tópica: “nosotros, por supuesto, te costeamos desplazamiento, una noche de hotel si es preciso y te invitamos a comer”. De remunerar la charla, nada de nada, para variar.

Bien, como aún mantengo, a pesar de mi edad, una enorme capacidad de amar sin solicitar sexo a cambio, me mostré predispuesto a prostituirme, una vez más, pero gratis. Fijamos la fecha de la conferencia y en estas me vuelven a contactar las mismas buenas gentesy me sueltan, más o menos literalmente, lo siguiente: “Los billetes de avión los tienes que pagar tú y luego te hacemos una transferencia. Guarda los billetes, ya sabes cómo va esto.” Claro, yo, que ya estoy a la puerta de los 50, me paro a pensar por un momento y me digo: “Hostia, encima de puta, pongo la cama”. Lo que vino a continuación, mejor no se lo cuento y, simplemente, les diré que rechacé la oferta, cancelé la conferencia y me puse a elaborar un borrador de este artículo, que ahora finalizo, y para el que me gustaría solicitar, más que nunca,su lectura entre líneas, sus opiniones y experiencias personales o ajenas, de compañeros, colegas, amigos. Déjenlas todas aquí, sin miedo. Que se avergüence quien se tenga que avergonzar, pero no los divulgadores, sino los caraduras. Por mi parte, y en lo que a mí respecta, ya he tomado una decisión firme y será la que mantenga de ahora en adelante, por siempre. Haré lo mismo que hice hace ya casi 20 años, cuando me uní a mi actual pareja. Como no era muy dado a eso del folclore religioso, decidí casarme “por lo civil”, pero en lugar de dar el “sí, quiero” a mi mujer, le dije: “Yo soy así, o me tomas o me dejas”. Me tomó. Craso error…

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