Comes helado y te atacan los tiburones

05 Helado, Tiburones

La correlación ha tenido un papel preponderante en nuestro afán milenario de encontrar conocimiento. Es básicamente la primera parte del método científico moderno: observar y proponer una hipótesis, a partir de hechos relacionados. Sin embargo, con las técnicas y las tecnologías limitadas con las que hemos contado a lo largo de la historia, la correlación por sí sola, ha dado muchos “falsos positivos” así como fecundado la natural imaginación del hombre para encontrar explicaciones: así por ejemplo el desarrollo de la astrología. Hoy sabemos por ejemplo —analizando metódicamente vastas cantidades de información— que la época del año en la que nacemos de hecho puede afectar ciertas conductas de la persona, debido a la influencia en el desarrollo de ciertos neurotransmisores como la dopamina, aunque aún estamos lejos de descubrir el mecanismo exacto por lo que esto sucede. Pero en tiempos antiguos sólo teníamos acceso a observaciones mucho más sencillas, y el mero ciclo estacional —luego refinado al movimiento de las constelaciones en el cielo— fungieron como explicación suficiente para explicar por qué ciertas personas eran más enojonas ó melancólicas que otras.

Pero si bien muchos modernos “cientificistas” son tan extremos como para burlarse de todo el conocimiento antiguo, la investigación —aún la más antigua— estaba lejos de ser así de caprichosa en general. Se dice que Shen Nong, el tradicional “Santo de la Medicina” chino, pasó años catalogando plantas de la manera más científica posible: las comía una por una y anotaba su efecto. Seguramente ha de habérsela pasado muy bien con algunas hierbas y bastante mal con otras, pero el método correcto está ahí, y esto es lo que queremos en la ciencia moderna: Causalidad, o certeza sólida de que el hecho X produce el efecto Y. Es por eso que tenemos la confianza de que al rascar la pared nuestra habitación se iluminará cada vez; y cuando no, sabemos las dos ó tres cosas que pueden ser la causa directa.

Correlación y causalidad están interrelacionadas; la segunda no se puede dar sin la primera, pero el problema es cuando tomamos sólo la primera para analizar nuestras observaciones. Hay correlaciones que pueden ser accidentales, o bien que apliquen en una muestra pequeña pero cambien en una más grande. Por ejemplo, si tenemos una pila de datos que indican que cuando la gente compra más helado, también aumentan los ataques de tiburones, sería ciertamente muy exótico llegar a la conclusión de que una causa la otra. Este es un ejemplo extremo del error más común en la investigación antigua: la falta de datos intermedios, que son los que relacionan un hecho con el otro; en este caso que es la estación del verano la que causa ambas ocurrencias, pero muchas veces son elementos que requieren de cierto avance técnico para poder ser detectados, y esto es muy evidente en la ciencia moderna.

Ahora bien, hay un problema más, ya que estamos en territorio de ciencia moderna: no todas las ciencias tienen relaciones de causalidad iguales, en los hechos que estudian; esto puede causar escozor filosófico pero es estrictamente cierto. Por ejemplo, el estudio de sistemas mecánicos o eléctricos, a “nivel humano” —o séase en la experiencia diaria— tienen muy altos niveles de confiablidad causa-efecto, si bien hemos descubierto que al estudiarlos a nivel cuántico no tienen ese mismo grado de previsibilidad y deben ser manejados más bien con probabilidades de ocurrencia. Es lo mismo que el movimiento de una nube: podemos decir más o menos a dónde va, que es lo que nos interesa, pero no podemos saber cómo se mueven cada una de sus gotas.

Pero hay otra ciencia que sí nos interesa mucho a nivel humano y que también es cuestión de probabilidades: la medicina. Cierto que las probabilidades que se manejan hoy son mucho más altas que antes: una cirugía de estómago tiene mucho más probabilidad de éxito que una antigua trepanación, pero hay un axioma básico de la medicina que dice que “Cada organismo responde de forma diferente a un mismo estímulo”. La manera más fácil de verlo es cómo dos personas pueden reaccionar de forma totalmente diferente a ingerir una botella de whisky. Por ejemplo, se ha descubierto que el cantante de heavy metal Ozzy Osborne posee un par de mutaciones poco comunes que hacen que su cuerpo produzca más dopamina de lo normal, y que pueda metabolizar alcohol a velocidades inusuales. Alguien más que hubiera seguido su estilo de vida ya estaría cinco metros bajo tierra, y él ahí sigue. Por lo menos ya no come murciélagos.

Tomemos otro ejemplo: el hecho de fumar, y contraer cáncer. La correlación es muy clara, pero sin embargo la causalidad directa no se puede decir formalmente tal y como la anuncian las cajas de cigarrillos: “Fumar causa cáncer”. En la composición de los mismos hay elementos cancerígenos, sí, pero no existe la relación “Fumar-Cáncer” de la misma forma que existe la relación “Decapitación-Muerte”. Todos conocemos algún tío o vecino que fumó tres cajetillas diarias toda la vida, y se murió a los 90 pero por resbalarse con una cáscara de plátano en la calle porque iba corriendo.

Este es otro espectro, o continuo, de posibilidades: los investigadores cada vez pueden enfocar más la relación: por ejemplo, diciendo que la combinación de fumar, con cierta alimentación, con cierta condición genética, con cierta forma de vida, va aumentando la probabilidad.

Otro ejemplo es un estudio de esos que indican que los hombres casados viven más que los solteros. Se toma una muestra de 100 mil sujetos, y ese es el resultado, ¡seguramente hay causalidad ahí! No tan rápido: siguiendo este resultado, ¿un hombre que quiera vivir más debe necesariamente casarse? Este estudio de la Escuela Médica de Harvard, mucho más detallado, indica las causas específicas: los hombres casados tienden a tener mejor dieta, no sentir depresión por soledad, y tener niveles reducidos de estrés. De modo que no es un contrato matrimonial el causante, sino un mejor estilo de vida. Seguramente, una vez sabiendo de esos elementos, un hombre soltero puede enfocarse en ellos, a la vez que podemos imaginarnos matrimonios particulares que de hecho propician esos factores dañinos.

Esa es la importancia de ver en dónde están las causas reales, o por lo menos aproximarnos a ellas de forma aceptable. Por lo pronto, coma helado sin miedo, que el tiburón no va a salir del agua a buscarlo.

Este artículo nos lo envía Alfonso Araujo, ingeniero y actualmente profesor de economía contemporánea en la Universidad de Hangzhou en China. Puedes visitar su blog “El mundo es extraño

Referencias y más información:

Anjum, Rani Lill. Do we need causation in science? Rani blogs about causation etc. Marzo 18, 2014.

https://raniblogsaboutcausation.wordpress.com/2014/03/18/do-we-need-causation-in-science/

Fifield, Nicola. Season of birth affects your mood later in life. The Telegraph. Octubre 19, 2014.

www.telegraph.co.uk/news/science/science-news/11171567/Season-of-birth-affects-your-mood-later-in-life.html

Rodríguez Cuadras, Manuel. Mito, leyenda y hechos en la Medicina China: la historia inextricable. Medicina Clásica Oriental.

www.mataifu.com/index.php?arxiu=fitxa_document&id=10313&id_familia=977&id_subfamilia=3172&pagina=1

Andrei, Mihai. Ozzy Osborne’s genome reveals why he is still alive. ZME Science. Oct. 28, 2010.

www.zmescience.com/medicine/genetic/ozzy-osborne-dna-genome-28102010/

Harvard Medical School. Marriage and men’s health. Harvard Health Publications. Julio 1, 2010.

www.health.harvard.edu/newsletter_article/marriage-and-mens-health

 

 



Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 23 marzo, 2015
Categoría(s): ✓ Divulgación