La mejor respuesta

Más cerca del origen de la vida: meteoritos, cianuro y química de sistemas, por Carlos Briones
¿Qué respuesta da la ciencia al origen de la vida en la Tierra?

En el debate de las pseudociencias, la magia y el pensamiento caprichoso contra el conocimiento y un pensamiento riguroso, es frecuente que los defensores de las más extravagantes y descabelladas afirmaciones argumenten la ignorancia sobre algún tema como demostración de la validez de sus creencias.

Todavía ayer me preguntaban con cierto tono desafiante “¿qué respuesta nos da la ciencia al origen de la vida en la tierra?

Su idea, claro, era que “al menos” hay una serie de explicaciones en los mitos fundacionales de diversas tradiciones y ello es sin duda tranquilizador.

Pero la respuesta que se le puede dar a una pregunta así es probablemente la mejor que ha inventado el ser humano.

Durante la mayor parte de su historia, desde que se dio cuenta de que el universo existía como tal, el ser humano se especializó en la tarea de imaginar respuestas más o menos razonables a la interminable sucesión de enigmas que le presentaba la realidad.

El Sol calentaba y era bueno, pero ¿qué era? La respuesta rápida era: un dios. Igual que lo eran el rayo, la Luna, las estrellas, el río, la montaña, el árbol, la tierra… en un momento todo se explicaba en términos de dioses. Cuando algo ocurría, un eclipse, un trueno, una tormenta, un terremoto, una buena o mala cosecha, un nacimiento feliz o desgraciado, lo que fuera, se interpretaba como un hecho producto de la voluntad de ese dios, del mismo modo en que cada uno de nosotros es capaz de hacer que ocurran ciertas cosas con sus limitadas capacidades. No era difícil imaginar a un ser con capacidades enormemente superiores capaz de ejercer su voluntad no sobre una piedra o un animal pequeño, sino sobre las asombrosas fuerzas de la naturaleza: el dios de la guerra, el dios del viento, el dios de la envidia…

Y cuando no se podía acudir a dioses, se acudía a otros entes de la misma tipología: las enfermedades las causaban los malos espíritus, o el aire, o la mirada de alguna persona malintencionada. Esta última explicación sobrevive en el enorme negocio de los amuletos y remedios contra el “mal de ojo” que ahora se mercan por Internet.

Cualquier fenómeno era susceptible de explicaciones sobrenaturales. Un círculo de setas en medio de un prado era un “círculo de las hadas” o “de los duendes” y los más hábiles narradores del grupo podían tejer una preciosa historia sobre cómo, en las noches de Luna llena, las hadas llegaban de toda la comarca acompañadas de gnomos que volaban en gorriones que controlaban como briosos corceles, mientras que los espíritus del agua preparaban sus instrumentos hechos de lirios y violetas, de hojas de sauce y de pipas de girasol y los duendecillos del bosque disponían las setas en círculo delimitando el espacio de la fiesta; y a la medianoche comenzaba la danza mientras algunos miembros de la mágica comunidad seguían el ritmo sentados sobre las setas esperando su turno. Cuando se acercaba el amanecer, todos huían sigilosamente dejando como único testimonio de su celebración el curioso círculo perfecto de setas.

Si no era verdadero, esperaban que al menos estuviera bien contado.

El desarrollo de una visión crítica llevó a crear entes explicativos más complejos, algunos producto de la experiencia cotidiana y otros simplemente que parecían razonables. Por ejemplo, algunas cosas se quemaban y otras no. ¿No era lógico pensar que las que se quemaban tenían algo, una sustancia misteriosa, de la que no disponían los objetos que no se quemaban? Era razonable. La madera seca tenía flogisto, las piedras no.

En realidad se le podía dar una explicación a todo en estos o en otros términos.

Desafortunadamente, salvo por algunos conocimientos producto de la experiencia, estas explicaciones carecían de utilidad. Y aún los que provenían de la práctica cotidiana, los empíricos, como la fórmula para convertir el hierro en un buen acero, estaban acompañados de explicaciones misteriosas que hacían que siempre fuera aconsejable bendecir una forja nueva para impedir que los malos espíritus impidieran que tuviera éxito el trabajo del herrero.

Las cosas empezaron a cambiar cuando se generalizó esa respuesta que lo cambiaría todo.

La respuesta es “No lo sabemos”.

Al reconocer que las explicaciones caprichosas, supersticiosas, especulativas, basadas en tradiciones de origen impreciso no eran realmente conocimiento, se abrieron las puertas para saber.

“No sé” implica “puedo saber”. Y para saber se tienen que utilizar una serie de procedimientos y métodos más o menos rigurosos que nos den alguna certeza de que lo que vamos a insertar en lugar del “no sé” es realmente mejor que una respuesta inventada. Por ejemplo, que lo pueda verificar alguien de modo independiente.

Aristóteles decía que un objeto diez veces más pesado que otro caía diez veces más rápido. Era razonable. Pero era necesario darse cuenta de que realmente esa respuesta no estaba fundamentada y que no sabíamos si eso era cierto para que Galileo se propusiera un experimento que pudiera insertar una explicación mejor en lugar de la de Aristóteles.

Se nos educa a veces en la vergüenza de la ignorancia. De hecho, hay una aparente tendencia a confundir el conocimiento con la inteligencia. Vea cualquier dibujo animado. Un personaje que se somete a una máquina que lo hace “más inteligente” siempre es un personaje que de pronto puede entender latín, resolver ecuaciones complejísimas y se sabe de memoria todas las obras de Shakespeare. Si la acumulación de conocimiento se confunde con la inteligencia, no es extraño que la ignorancia se mezcle, en la percepción de muchas personas, con la inferioridad intelectual, invitando a la burla, al desprecio y a la desconfianza.

Quizá valga la pena pensar si la ignorancia, la capacidad de darnos cuenta de todo lo que no sabemos, no es precisamente la gran promesa del conocimiento, y si la mejor respuesta del universo, en esas condiciones es, precisamente, “no sé”.

Y, por supuesto, no es válido que alguien pretenda insertar en los espacios vacíos del conocimiento, sus peculiares supersticiones, creencias, convicciones o negocios, su magia, pseudociencia o embuste.

¿Qué respuesta nos da la ciencia al origen de la vida en la Tierra, entonces?

La respuesta es “no sé… pero hasta hoy, la única posibilidad real que tenemos de algún día llegar a saber eso y muchas otras cosas es, precisamente, la ciencia que no teme a la ignorancia.

Como en el caso de los poéticos círculos de las hadas. Podemos conservar la narración del ingenioso contador de cuentos del grupo… y saber que los círculos de setas se presentan cuando los micelios de un hongo crecen subterráneamente desde un punto determinado en todas direcciones buscando alimento hasta que hay suficiente masa para que broten las setas en un círculo alrededor de ese punto de origen. Un fenómeno natural no menos asombroso… con la ventaja de ser verdadero.



Por El Nocturno
Publicado el ⌚ 17 abril, 2015
Categoría(s): ✓ Divulgación