Los errores de un péndulo

Hace unas semanas Paco Bellido publicó en Naukas un estupendo reportaje sobre Léon Foucault y su péndulo, ese clásico entre los clásicos de las demostraciones científicas. Nos llamó la atención su éxito inmediato: Foucault hizo el experimento en su casa el 6 de enero de 1851; ya el 3 de febrero lo repitió ante el público en el Observatorio de París; y a finales de marzo, en una demostración espectacular, lo presenció el presidente de la República, Luis Napoleón Bonaparte (que un año después sería Napoleón III) en el Panteón. Antes de que acabara el año el péndulo había llegado a Gran Bretaña, Suiza, Estados Unidos, Italia… y hasta Brasil, donde se comprobó que en el hemisferio sur el plano de oscilación giraba en sentido contrario que en París.

No sabemos cuándo llegó el péndulo de Foucault a España. Sería interesante investigarlo, pero seguramente nos quedamos al margen de la pendulomanía. El siglo XIX fue una época de decadencia para la ciencia española, y mientras en París Foucault se codeaba con Luis Napoleón, en Madrid el Real Observatorio Astronómico, arruinado durante la Guerra de la Independencia, no tenía ni un solo telescopio.

Sí sabemos cuándo oyó hablar aquí el gran público por primera vez de “El péndulo de Foucault”: en 1989, cuando se publicó la novela con ese título, escrita por Umberto Eco. Teníamos entonces dos péndulos, el del Museo de la Ciencia de Barcelona, instalado en 1980, y el de la Casa de las Ciencias de La Coruña, desde 1985. Desde entonces se han multiplicado: la Wikipedia menciona veinte. Uno de los más impresionantes, con 34 metros de longitud y albergado en un edificio espectacular, es el de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias en Valencia.

Fotografía de Juan Meléndez
Fotografía de Juan Meléndez

No es de extrañar esta proliferación, porque se trata de una de las demostraciones físicas más sencillas, elegantes e instructivas. El lento oscilar de un gran péndulo es majestuoso, casi hipnótico, y nos permite ver con nuestros propios ojos el movimiento de la Tierra, quizá el descubrimiento científico más emblemático de la historia; el que todos asociamos a la revolución científica. Un museo de la ciencia no puede desaprovechar la ocasión para sacar el jugo histórico y científico al péndulo de Foucault, y en Valencia podemos leer este texto explicativo, breve pero lleno de información:

Y, sin embargo, se mueve

Mirando desde la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas parecen girar lentamente. Ya Aristarco de Samos explicaba, en el S. III a.C., que ese movimiento aparente de los astros se debía al giro diurno de la Tierra en torno a su eje y al giro anual en torno al Sol. Era la hipótesis heliocéntrica.

Más tarde, Aristóteles, y luego Tolomeo, negaron que se pudieran hacer experimentos para demostrar ese giro de la Tierra. Esta visión geocéntrica dominó la ciencia europea hasta el siglo XVII. En esa época se trataba de una cuestión trascendental por motivos religiosos: Giordano Bruno fue acusado de herejía por la Inquisición y sentenciado a muerte, en 1600, por afirmar que la Tierra giraba. Su contemporáneo Copérnico había llegado a la misma conclusión pero, aunque lo escribió, jamás lo hizo público. Galileo, en cambio, sí lo anunció públicamente en 1633. Pero fue acusado de herejía y no fue ejecutado porque se retractó; aunque dicen que añadió en voz baja: “…eppur si muove” (”y sin embargo, se mueve”).

Aristarco, Copérnico y Galileo tenían razón, pero no lo pudieron demostrar experimentalmente. Hubo que esperar a 1852, cuando Foucault lo hizo, de manera tan sencilla como elegante, con ayuda de un simple péndulo.

Un texto lleno de información… y lamentablemente, de errores. En poco más de 200 palabras contiene al menos ¡7 errores históricos! Nos referimos a cuestiones de hechos, no de interpretación; si vamos a cuestiones de interpretaciones históricas sesgadas, podría decir que contiene otra media docena.

Desde hace algún tiempo, venimos usando este texto en los Cursos de Humanidades que impartimos en la Universidad Carlos III de Madrid, invitando a los alumnos a participar en el juego de la caza del error. Estáis también invitados, amigos lectores. La solución, después de la foto…

Fotografía de Juan Meléndez
Fotografía de Juan Meléndez

Veamos en primer lugar los errores en fechas y acontecimientos [1]. Algunos saltan a la vista, otros los identificaron estudiantes nuestros cuando les pedimos que leyeran el texto con mirada crítica:

  1. Aristóteles (384-322 aC) es anterior a Aristarco (310-230 aC). Tolomeo sí es posterior (100-170 dC). Luego es incorrecto decir que “Más tarde, Aristóteles…”
  2. Nicolás Copérnico (1473-1543) no fue contemporáneo de Giordano Bruno (1549-1600). Cuando murió Copérnico, Bruno no había nacido aún.
  3. Copérnico sí publicó su sistema heliocéntrico: entregó terminada su obra De revolutionibus orbium caelestium a su impresor antes de morir.
  4. Galileo no sostuvo el heliocentrismo en 1633, sino ya antes en 1616.
  5. No es cierto que Galileo añadiera al final: “eppur si muove”… Se trata de una leyenda que ningún historiador riguroso acepta.
  6. La demostración de Foucault no es de 1852, sino de 1851.
  7. Para la demostración experimental del movimiento de la Tierra no hubo que esperar a 1852, ni a 1851. La demostración de James Bradley basada en la aberración de la luz (1728) es 120 años anterior a la de Foucault, aunque es cierto que no es tan visual ni comprensible para el gran público. Igualmente, Friederich Bessel había medido 1838 la paralaje de la estrella 61 Cygni, es decir, el cambio aparente de su posición debido al desplazamiento de la Tierra respecto del Sol. Otra prueba menos visual que la de Foucault, pero no menos concluyente.

Y ahora veamos otros errores, o más bien interpretaciones sesgadas, y por tanto más discutibles y quizá polémicas. También en este caso algunos fueron identificados por nuestros estudiantes:

  1. Aristóteles no “negó” que se pudieran hacer experimentos para demostrar el giro de la Tierra. Para empezar, no tenía el concepto moderno de experimento, pero para negar la rotación de la Tierra aducía precisamente razones observacionales: según su primitiva física, un objeto lanzado verticalmente hacia arriba debería quedar rezagado mientras debajo de él gira la Tierra, y tal cosa no se observa.
  2. La visión geocéntrica no “dominó” la ciencia europea hasta el siglo XVII (otra cosa es la cultura popular), sino como mucho hasta el XVI, cuando Copérnico publicó su obra. Por algo se habla de revolución copernicana…
  3. Giordano Bruno no fue quemado “por afirmar que la Tierra giraba”, sino por sus doctrinas religiosas [2]: negaba la virginidad de María, la divinidad de Cristo y era esencialmente panteísta, es decir, afirmaba que el universo es Dios (esto no quita gravedad al escándalo de que lo quemaran, desde luego).
  4. Aunque no lo dice explícitamente, el texto da la impresión de que Copérnico no hizo público su modelo por miedo a correr la misma suerte que Bruno (lo cual sería imposible porque Copérnico murió muchos años antes de que Bruno fuera quemado en la hoguera). En realidad, Copérnico tuvo que ser animado por mucha gente (entre otros algún cardenal) por su carácter tímido y porque sabía que su hipótesis no estaba demostrada [3].
  5. Que Galileo no fue ejecutado “porque se retractó” es más que discutible, y forma parte del mito. De hecho, en 1616 ya fue condenado, pero no a la hoguera. No sabemos qué habría pasado si no se hubiera retractado. Galileo tenía muchos amigos influyentes en la curia romana (muchos más que Bruno, sin duda ninguna), que posiblemente no hubieran tolerado una ejecución, aunque seguramente la condena hubiera sido mucho más severa que la que de hecho recibió (arresto domiciliario estrechamente controlado, prohibición de publicar y de recibir visitas de otros científicos, etc.).
  6. Si Aristarco, Copérnico y Galileo no podían demostrar experimentalmente el movimiento de la Tierra, ¿en qué sentido podemos decir que tenían razón? ¿No sería más lógico, desde el método científico más riguroso, decir precisamente que no tenían razón porque no podían demostrarlo?

En resumen: podemos aprender mucho del péndulo de Foucault, pero no lo que nos cuentan aquí. No te creas todo lo que lees, ni siquiera en un museo de ciencia… aunque sea por lo demás tan logrado y atractivo como el que se encuentra en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.

Este artículo nos lo envían Gonzalo Génova y Juan Meléndez, profesores de la Universidad Carlos III de Madrid. Aparte de nuestras respectivas clases de informática y física, también impartimos cursos de humanidades en los que tratamos temas de filosofía e historia de la ciencia y pensamiento crítico.

NOTAS:

[1] La sección dedicada al péndulo en la web del museo no ofrece este texto, que por lo que sabemos sólo se puede leer a pie de exposición. No obstante, en la sección de noticias de la propia web sí se encuentra un texto muy parecido, con algunas adaptaciones, pero sin corregir ninguno de los errores identificados, salvo la fecha del experimento de Foucault en 1851.

[2] Como leemos en “Galileo y el fantasma de Bruno” (L.S: Lerner y E.A. Gosselin, Investigación y Ciencia, enero 1987), “lo cierto es que la astronomía era, para Bruno, un medio para la política y la teología”. En palabras de Jole Shackleford (en “Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión”, p71), “según Ángelo Mercati, que descubrió y publicó los documentos relativos al juicio y a la condena de Bruno por parte de la Inquisición de Roma, los crímenes de Bruno eran claramente de naturaleza religiosa, sin importar cuales fuesen sus puntos de vista sobre las estructura del cosmos físico”.

[3] Recomendamos a este respecto el excelente ensayo “Nicolás Copérnico” del gran astrofísico Fred Hoyle, publicado, junto con “De Stonehenge a la cosmología contemporánea”, por Alianza Editorial en 1976.

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