La pregunta Naukas 2018 – Iván Rivera

La pregunta Naukas 2018
La pregunta Naukas 2018

¿Qué persona o hecho marcó tu carrera, tu interés por la ciencia o tu investigación?

(Momentos sacados al azar del baúl, entre 1979 y 1984.)

Yo, encontrando mi primer fósil en lo que iba a ser un día de pesca con dos de mis tíos.

Yo, visitando por primera vez el museo de Ciencias Naturales de Madrid. Desprendiéndome de mi arduamente ahorrado billete de mil pesetas para comprar una maqueta de plástico gris de mi dinosaurio favorito: Diplodocus. No sabía que estaba mal que arrastrara la cola. En el museo tampoco lo sabían.

En el televisor en color nuevo, Carl Sagan mezclando los elementos químicos que componen un ser humano en sus proporciones exactas para obtener… agua sucia. Yo, preguntándome por lo que faltaba para que una persona recién formada saliera de esa cubeta.

Yo, robando un motor de arranque de un 600 desguazado y aprendiendo una valiosa lección sobre la electricidad al conectar sus bornas a un enchufe de mi habitación.

Yo construyendo un «vector de lanzamiento de combustible sólido», ¡el Oberón 1! Un tubo de cartón, un cono de cartulina con un agujero, un paracaidista de plástico con su paracaídas, cuatro cohetes de feria a los que con cuidado retiré la carga explosiva y mucho celo —cinta adhesiva transparente. Descubrí la dificultad de coordinar el encendido de motores múltiples cuando mi artefacto acabó estampado contra una pared. Suerte que no provocó más destrucción que la suya propia.

Yo, hojeando una pequeña Enciclopedia del Espacio que, en su lista de lanzadores, mostraba un extraño y enorme cohete soviético que nunca había sido usado para nada. Preguntándome por qué no siguieron con él los pasos de los americanos para disputarles la Luna. No sabía que los ingenieros soviéticos habían tenido un problema parecido al de mi cohete.

Carl Sagan —otra vez— acelerando en una Vespa, aproximándose a una velocidad de la luz anormalmente reducida a cuarenta kilómetros por hora en el pueblecito italiano de Vinci. Yo, preguntándome por qué no se podía hacer eso o lo contrario: hacer que la velocidad de la luz cambiara a tu alrededor para poder llegar a las estrellas.

Yo, intentando ver un eclipse de sol parcial mirando a través de un vidrio de soldador el reflejo del sol en el agua de un cubo. Parece que la seguridad había empezado a importarme un poco más que cuando el episodio del cohete. Decepción: se vio poco. Aquel día estuvo muy nublado.

Yo, construyendo un «láser» con una pila de petaca, cables, un interruptor, una bombilla, papel de aluminio, el tubo de cartón de un ovillo de lana, cartulina, una lupa de plástico, un rotulador rojo y más celo todavía que para el cohete. Lo probé intentando hacer estallar un globo hinchado. Ni se inmutó. «Me debe faltar algo».

Yo, construyendo una linterna con partes del «láser». Ésta sí funcionó.

Yo, apagando mi linterna y encendiendo el cielo en la oscuridad absoluta del campo una noche calurosa de verano. Preguntándome, como solo un niño puede hacerlo, por qué están ahí todas esas estrellas si no podemos llegar a ellas.

Quedan los recuerdos, sigue la vida.

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