¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes?

¿Cuándo sentirá regocijo un jorobado?
Cuando vea a un hombre con una joroba mayor.

Dicho yiddish

Aunque no consultemos ni un libro de historia, podemos averiguar el momento en que los seres humanos empezaron a usar la ropa para vestirse. Basta con constatar que los piojos del cuerpo (Pediculus Humanus humanus) viven exclusivamente en la ropa, y que evolucionaron a partir de los piojos de la cabeza (P. humanus capitis), hace unos 70.000 años, según un estudio de Mark Stoneking y sus colegas del Max Planck Institute de Antropología Evolutiva de Leipzig, Alemania. Sea o no acertada esta hipótesis, también sabemos que las agujas más antiguas tienen alrededor de 40.000 años.

En cualquier caso, hemos de suponer que muy poco después de la invención de la ropa (quizá unas horas), la gente ya no solo empezó a vestirse para combatir el frío sino para marcar estilo. Esta idea, por supuesto, resulta de todo punto contraintuitiva: hace 70.000 años no existía ni Nike ni El Corte Inglés. Pero el pasado no es tan diferente de como creemos.

A pesar de ello, es frecuente encontrarse con entusiastas defensas de lo pretérito que contrastan enormemente con los pesimistas análisis del presente. Sin embargo, si tiramos de hemeroteca, e incluso de los libros de historia, descubriremos que el análisis del presente siempre ha sido no solo pesimista sino prácticamente calcado, generación tras generación: hace 2.800 años, ya Sócrates advertía sobre la pérdida de valores de la juventud: «Los hijos son ahora tiranos… ya no se ponen de pie cuando entra un anciano a la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros».

Su discípulo, Platón, abundaba en ello: «¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?». Estas declaraciones podrían aparecer en cualquier medio de comunicación contemporáneo y la mayoría de nosotros las encontraríamos razonables. Incluso podemos ir 4800 años atrás en el tiempo y leer las siguientes inscripciones de una tablilla asiria: «En estos últimos tiempos, nuestra tierra está degenerando. Hay señales de que el mundo está llegado rápidamente a su fin. El cohecho y la corrupción son comunes».

En definitiva, tenemos una visión un tanto cándida y halagüeña del pasado, y tendemos a creer que es ahora cuando el ser humano se ha convertido en una criatura abyecta y llena de vicios. En otras palabras, el mito del buen salvaje, a pesar de haberse refrendado como tal, como mito, sigue incrustado en las mentes del acervo popular (y hasta de determinados acervos académicos): el pasado era mejor, los que viven en el campo son mejores, los pueblos más conectados con la naturaleza son mejores, etc.

En esta línea, se considera que, a medida que transcurren los años, cada vez somos más materialistas, más consumistas y más despilfarradores; que nos gusta tener de todo, que somos unos caprichosos acomodados en el Primer Mundo, unos avariciosos y unos envidiosos contumaces, que queremos que liberen los horarios comerciales para dar rienda suelta al shopalcoholic que llevamos dentro. Y, por supuesto, que la culpa de todo ello reside en el maléfico capitalismo, en la publicidad, en las marcas, en (no me resisto a repetir el mantra) la pérdida de valores.

Pero ¿cuánto hay de cierto en ello? ¿Desde que nos empezamos a vestir, hace aproximadamente 70.000 años (si hacemos caso a nuestros piojos), la locura consumista ha ido in crescendo y nuestra espiritualidad, in decrescendo? ¿O acaso solo estamos sobrevalorando el pasado?

Un hombre con taparrabos consume tanto como Carrie Bradshaw

Es evidente que Carrie Bradshaw, la protagonista de Sexo en Nueva York, subida en sus lujosos manolos, consume más que un indígena que nunca ha abandonado su selva. Pero si comparamos las cifras porcentuales de consumo, y tiramos de las raíces biológicas de este comportamiento, entonces ambos, Carrie Bradshaw y el hombre con taparrabos, pueden ser perfectamente considerados Homo consumericus, tal y como señala Gad Saad en The evolutionary Bases of Consuption. Es decir, que si Carrie Bradshaw se trasladara a otra época y lugar, seguiría gastando lo mismo que gasta en caprichos, dentro de sus posibilidades.

Hasta podríamos afirmar que, actualmente, gracias a una civilización más pródiga en regulaciones legislativas y comerciales, somos menos materialistas y consumistas que los pueblos tradicionales.

Por ejemplo, las descripciones del antropólogo Alfred Kroeber de la cultura tradicional del pueblo yurok, una tribu de pescadores y cazadores que vivía en la zona baja del río Klamath, en California, y en la costa septentrional que da al Pacífico, podrían confundirse perfectamente con la descripción contemporánea europea (a pesar de que los yurok no habían entrado aún en contacto con los europeos):

El dinero es el factor más importante y abre todas las puertas de California […] La consecuencia es que le importa la propiedad privada por encima de todo. Cuando tiene un momento de ocio, piensa en el dinero; si está necesitado, lo invoca. Maquina constantemente para dar con la oportunidad de poner una demanda o eludir la justicia. En su empeño, no hay treta bochornosa o rastrera que se le resista.

Los yurok ponían precio a todo, incluso a sus mujeres e hijos. El consumo conspicuo de los yurok, si insistimos en una comparación porcentual, dejaba a Carrie Bradshaw como a una roñosa. Pero los yurok no son una excepción. Podemos encontrar muchos otros ejemplos equiparables a lo largo de la historia:

  • · Durante el Paleolítico Superior, ya debían de manifestarse divisiones de trabajo fuera del vínculo de la pareja para satisfacer la demanda de productos de la comunidad, tal y como refiere el paleoantropólogo y conservador en el Museo Americano de Historia Natural Ian Tattersall a propósito del hallazgo de las diez mil cuentas de marfil de mamut con las que estaban decoradas las ropas de dos cuerpos de niños de 28.000 años de antigüedad en Sungir, Rusia.
  • · En los Inicios de la Edad de Cobre, hace unos 5.300 años: Ötzi, el hombre de hielo momificado que se halló en los Alpes en 1991, llevaba consigo un equipo tan completo como el de los turistas que lo encontraron. Tal y como señala el zoólogo de la Universidad de Oxford y periodista científico Matt Ridley:

Tenía herramientas hechas de cobre, pedernal, hueso y seis distintos tipos de madera: fresno, viburnum, tilo, cornejo, tejo y abedul. Usaba ropas hechas de hierba tejida, corteza de árbol, tendones y cuatro tipos de cuero: de oso, de ciervo, de cabra y de becerro. Cargaba dos tipos de hongos, uno como medicina y el otro como parte de su equipo para encender una fogata: éste incluía una docena de plantas y pirita para hacer chispas. Era una enciclopedia ambulante de conocimiento acumulado sobre la fabricación y los materiales de herramientas y ropa. Llevaba consigo las invenciones de decenas, tal vez miles, de personas que lo rodeaban, sus reflexiones manifiestas en sus herramientas.

  • · En Vacas, cerdos, guerras y brujas, del antropólogo Marvin Harris, es donde podemos encontrar más ejemplos de tribus primitivas que practican un consumo y un despilfarro conspicuos que no tienen parangón ni siquiera con las economías modernas, como los amerindios que habitaban en las regiones costeras del sur de Alaska, la Columbia Británica y el estado de Washington: allí se llevaba a cabo el potlatch, un ritual en el que el buscador de estatus obtenía, donaba o destruía más riqueza que los rivales. «Podía intentar avergonzar a sus rivales y alcanzar admiración eterna entre sus seguidores destruyendo alimentos, ropas y dinero. A veces llegaba incluso a buscar prestigio quemando su propia casa». El potlach no era un capricho o una anécdota sino el resultado de condiciones económicas y ecológicas definidas mezcladas con nuestro natural anhelo por demostrar que somos mejores que nuestros pares.

Similares a estas manifestaciones son las que encontramos en sociedades primitivas de Melanesia y Nueva Guinea, donde los llamados Grandes Hombres poseen un estatus vinculado al número de festines que han patrocinado a lo largo de su vida. Por ejemplo, los individuos que ambicionen estatus en el pueblo de habla kaoka de las Islas Salomón, inician su carrera ordenando a su esposa e hijos que cultiven huertos de ñame más grandes.

  • · Las sociedades preindustriales, en puridad, no se diferencian demasiado de nosotros si las analizamos desde el punto de vista del mercado, aunque este mercado esté adornado con rituales, etiquetas o convenciones. Es el caso del sistema “Kula” del Pacífico Sur. A primera vista, parece que el intercambio que se produce en este sistema (brazaletes por collares), narrado de forma idealizada por el antropólogo Bronislaw Malinowski, nos muestra un trueque puro, lejos de leyes mercantilistas: catorce grupos diferentes de islas llevaban a cabo este intercambio de tal manera que los brazaletes circulaban por la aldea en dirección opuesta a las manecillas del reloj, mientras que los collares viajaban en la dirección contraria. Un análisis posterior reveló que este intercambio de objetos bonitos e inútiles era solo un efecto secundario del intercambio que se producía entre comerciantes a fin de mantener buenas relaciones; de igual modo que nosotros nos intercambiamos postales navideñas.
  • · Otros ejemplos más próximos en el tiempo nos permiten atisbar que el acicate del consumismo desaforado es más bien la posibilidad de consumir desaforadamente; si antes la mayoría de la gente no lo hacía es porque no tenía esa posibilidad. Por ejemplo, el mayor banquete de que se tiene constancia es probablemente el que ofreció Julio César a su regreso victorioso de Oriente. En él invitó en varias jornadas a 260.000 personas que se sentaron en 22.000 mesas. Otro banquete celebrado en Barcelona, en 1520, por parte de la Orden de Caballería del Toisón de Oro, estuvo compuesto por 72 platos, que fueron servidos a lo largo de dos días ininterrumpidos de festejos. El divulgador de historia Gregorio Doval añade un despilfarro más a la lista:

Según los cronistas de la época, el Gran Mongol de la India Basher (1505-1530) solía viajar con tres palacios desmontables de madera, las piezas de cada uno de los cuales eran transportadas por 200 camellos y 50 elefantes. Además, la caravana real se componía de otros 300 camellos (100 que transportaban rupias de oro y 200 rupias de plata) y 30 elefantes cargados de joyas y armas decorativas. En total, se calcula que la comitiva real se componía de unas 100.000 personas, 40.000 de las cuales eran soldados.

  • · En 1851, por primera vez en la historia, existía una ciudad donde podía comprarse casi cualquier cosa: Londres. A pesar de que la población de Gran Bretaña representaba solo el 1,6 % de la población mundial (casi 21 millones de habitantes), allí se producía la mitad del carbón y el hierro del mundo, y prácticamente todo el algodón. Gran Bretaña también controlaba casi dos terceras partes de su comercio marítimo y una tercera parte del comercio en general. Los bancos de Londres albergaban más dinero que la suma de los demás centros financieros del planeta. Según Karl Marx durante su época londinense, en Gran Bretaña era posible comprar quinientos tipos diferentes de martillo. Aquella pequeña isla, pues, era el epítome del consumismo y el materialismo global, tal y como lo entendemos ahora. Por primera vez, vivía más gente en las ciudades que en el campo. Y, con todo, estamos hablando de hace más de un siglo y medio.
  • · Entre los años 1850 y 1900 tuvo lugar la llamada Edad de Oro para Estados Unidos: la población del país se triplicó, pero su riqueza se multiplicó por trece. El número de millonarios pasó de 20 a 40.000. En ese tiempo se construyó también la que hoy en día sigue siendo la casa privada más grande jamás levantada en Norteamérica: Baltimore, situada en las colinas de los Apalaches en Carolina del Norte. Fue el edificio más caro de su siglo, incluso triplicando los costes de la Torre Eiffel (empleó el cuádruple de trabajadores en su construcción). Éste y otros ejemplos de megalomanía tenían lugar porque el impuesto sobre la renta no existía aún en Estados Unidos, tal y como señala Bill Bryson en su libro En casa: «En 1894, el Congreso intentó introducir un impuesto del 20 % para rentas superiores a 4.000 dólares, pero el Tribunal Supremo lo declaró inconstitucional. El impuesto sobre la renta no formaría parte habitual de la vida norteamericana hasta 1914.»

Es decir, hasta esa fecha, había más despilfarradores/acumuladores que ahora porque la presión fiscal era menor. En Gran Bretaña, hasta que no se aprobaron impuestos sobre la renta, sobre las plusvalías o sobre dividendos o intereses, la gente podía amasar el dinero de forma grotesca: el tercer conde de Burlington, por ejemplo, era propietario de diecisiete mil hectáreas de fincas en Irlanda… pero jamás llegó a visitar el país. Antes, pues, también había ricos y derrochadores, pero, proporcionalmente, eran más ricos y más derrochadores que los actuales (o al menos sus despilfarros no producían tantos beneficios generales en los ciudadanos).

Aunque la falta de impuestos tampoco fue la única razón de que tanta gente se hiciera rica. El sociólogo Malcolm Gladwell, en su libro Fueras de serie, ofrece un estudio de los grandes millonarios a lo largo de la historia, incluyendo reyes y faraones. De los setenta y cinco nombres, catorce de ellos son estadounidenses nacidos en un lapso de nueve años a mediados del siglo XIX. Entre ellos, John D. Rockefeller (con una riqueza estimada superior al rey Nicolás II de Rusia o al faraón Amenofis III), Andrew Carnegie o William Henry Vanderbilt. La razón, a juicio de Gladwell, es bien sencilla: «Fue cuando se construyeron los ferrocarriles y surgió Wall Street, cuando la fabricación industrial comenzaba en serio, cuando todas las reglas que habían regido la economía tradicional se rompieron para rehacerse de nuevo

La crítica consumista a través de los siglos

¿Entonces? ¿Por qué hay tanta matraca alrededor del consumismo? ¿Qué ha cambiado ahora? Lo cierto es que no mucho. Como se señaló al principio, la visión pesimista de la sociedad ha sido siempre la protagonista en todas las épocas de la historia. Y, en consecuencia, también lo ha sido el tachar de manirroto al pueblo, procurando reconducirlo al buen sendero del consumo responsable o hasta de la privación material y el hambre.

Hace pocos años nació el frugalismo, que abraza el consumo responsable y la idea de necesitar poco para vivir, formulándose preguntas del tipo: ¿Lo necesito? ¿Cuántos tengo? ¿Lo voy a utilizar mucho? ¿Le sacaré partido? ¿Me lo puede prestar alguien? ¿Seré capaz de limpiarlo, cuidarlo o arreglarlo yo mismo? En definitiva, una filosofía similar a la expresada por el escritor y filósofo Henry David Thoreau en su obra Walden, que promueve la autosuficiencia y la posesión mínima para llevar una vida sencilla y autónoma en el campo. Pudiera parecer que este nuevo concepto de austeridad es una respuesta sensata a los excesos de la sociedad de consumo actual. Sin embargo, si echamos un vistazo a la historia, descubriremos que el mensaje frugalista ha existido en muchos momentos de la historia. Incluso cuando todos nosotros vivíamos con menos de lo que vivió Thoreau.

Si desde tiempos inmemoriales ha existido el mensaje frugalista, entonces hemos de entender que también existía su antítesis: el mensaje consumista o, al menos, la tendencia consumista. De este modo, la dicotomía frugalismo/consumismo existió entre los cristianos («Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?», San Marcos, 8:36), entre los budistas («Pero quienquiera que en este mundo vence el vasto deseo, tan difícil de doblegar, sus penas lo abandonarán como el agua se desliza por la hoja del loto», Dhammapada, 336), entre los islámicos («La mejor riqueza consiste en renunciar a los deseos desmesurados», Imán Alí A.S.), entre los confucianos («Tanto el exceso como la deficiencia son erróneos», Confucio, XI. 15) o entre los hindúes («Aquel que vive completamente libre de deseos, sin anhelos […] alcanza la paz», Bhagavad Gita, II. 71).

Hasta la propia Annie Leonard, una activista del consumo responsable y una concienciadora sobre los límites ecológicos del planeta, se contradice a sí misma en su libro La historia de las cosas al responsabilizar a la actual civilización del consumismo voraz a la vez que indica que, desde siempre, ha existido una crítica hacia el consumo voraz (con lo cual hemos de colegir que aquél ya se daba antes):

Consideremos por un instante cómo las fuentes más reverenciadas de sabiduría que han formado parte de culturas de todo el mundo, desde las más antiguas hasta las contemporáneas, renuncian al materialismo y abrazan la suficiencia como manera correcta de vivir.

Así pues, la razón de que siempre existan críticas al consumismo es que el consumismo y la avaricia forman parte de la naturaleza humana: no son solo un invento de la publicidad, de las marcas o del capitalismo. Ante todo constituyen un reflejo de nuestra naturaleza más primitiva: una forma de distinguirnos frente a los demás, ya seamos tiburones de Wall Street o asiduos de Woodstock. Porque el consumismo nunca ha sido un asunto sobre lo que necesitamos y lo que no necesitamos, sino de tener más o menos que el otro.

Imaginemos el siguiente escenario: debemos repartir una cantidad de dinero con otra persona. El otro decide los porcentajes del reparto: si aceptamos, se divide el dinero tal y como se ha estipulado. Si no aceptamos, entonces no se entrega nada de dinero a ninguna de las partes. La lógica impone que aceptaremos cualquier tipo de reparto, por muy desigual que sea, porque es mejor recibir algo de dinero que nada de dinero. Pero nuestra naturaleza consumista se basa en lo que tienen los que nos rodean, de modo que la mayoría de nosotros rechazará cualquier dinero si, en el reparto, el otro se lleva la mayor parte.

Este experimento fue llevado a cabo por Samuel Bowles, profesor de economía de la Universidad de Siena, en Italia, y profesor del SFI. Y fue realizado nada menos que en 17 países diferentes, incluyéndose poblaciones escasamente familiarizadas con la idea de los mercados organizados modernos, como los cazadores ache del este de Paraguay y los indios machiguenga, cazadores y recolectores del Amazonas peruano.

Bowles descubrió que, independientemente de la cultura, todo lo que quedara bastante por debajo de un reparto equitativo era categóricamente rechazado (las ofertas de un 25 por 100 o inferiores). Según Bowles: «La gente rechaza mucho dinero. (…) Cuando les preguntas por qué han rechazado un 20 por 100 responden: “Porque el hijo de perra se estaba quedando el 80 por 100”. De manera que la gente está dispuesta a pagar un 20 por 100 sólo para castigar a un hijo de perra.»

El sociólogo Thorstein Veblen fue el primero que diagnosticó acertadamente el problema lleva aparejado el consumismo que suele criticarse en el Primer Mundo: que una mayor prosperidad material otorga al consumo un carácter competitivo cada vez mayor, como la escalada armamentística entre Estados Unidos y la URSS. Veblen proponía que la psicología del prestigio estaba dirigida por tres «cánones pecuniarios del gusto»: ocio manifiesto, consumo suntuoso y ostentación derrochadora.

Veblen sostenía que los bienes, pues, no se adquirían solo por sus cualidades intrínsecas sino por el estatus que conferían.

Es decir, consumimos no tanto para nosotros sino para los demás, como forma de distinción. Cuando obtenemos determinado objeto exclusivo, pero quienes nos rodean (y, sobre todo, quienes consideramos inferiores a nosotros) también acaban adquiriendo ese objeto, entonces nos vemos abocados a adquirir otro objeto más exclusivo para volver a distanciarnos de ellos.

Por supuesto, esa dinámica la siguen los que se mantienen en las clases sociales más elevadas. Las clases sociales más bajas se limitan a adquirir los bienes que adquieren las elevadas para asemejarse a ellas, para ser confundidas con ellas, aunque sea a base de vulgares copias (de ahí el éxito de las marcas pirata).

Tal y como refiere el filósofo Joseph Heath en su libro Lucro sucio:

Considérense, por ejemplo, los miembros de un club de golf. El precio de ser miembro de un club exclusivo tiene poco que ver con cuánto cuesta realmente administrar el club. El propósito del precio es mantener la exclusividad, haciendo el club inasequible a la mayoría de la gente.

O como concluye el psicólogo y científico cognitivo Steven Pinker:

La lógica podría resumirse así: “No puedes ver toda mi riqueza y poder adquisitivo (mi cuenta bancaria, mis tierras, todos mis aliados y lacayos), pero puedes ver los acabados en oro del baño. Nadie podría permitírselos si no dispusiera de riqueza; por tanto, ahora ya sabes que soy rico”.

El problema del estatus es que, cuando alguien asciende, por definición, desplaza a otro. Así pues, competir por el estatus acaba siendo colectivamente contraproducente, como le sucede al pavo real con su exagerada cola: tienen más éxito sexual los pavos reales con las colas más llamativas, lo que obliga a que, colectivamente, los pavos reales cada vez tengan las colas más llamativas y, en consecuencia, sean más incómodas para sobrevivir (el límite, finalmente, lo impone la propia muerte: cuando la cola es tan llamativa que el pavo real no consigue sobrevivir a ella, no se reproduce y no deja en herencia su cola hiperbólica).

Algo similar sucede con la cornamenta del alce o la melena del león. El biólogo Amotz Zahavi propuso que estas exhibiciones evolucionaron precisamente porque eran desventajas: solo los animales más sanos podían permitírselas y las hembras escogían a los machos más sanos para aparearse con ellas. Esta campaña de autopromoción para garantizar el éxito reproductivo es lo que los biólogos llaman «señalización costosa».

Consumo para que me quieran

Geoffrey Miller, doctor en Psicología de la Universidad de Stanford, advierte que muchas de las nuevas formas de vendernos a nosotros mismos cuestan dinero, y por ello consumimos más: por impresionar al sexo opuesto, pero también para atraer amigos o aliados, tal y como señala en su reciente libro Spent: Sex, Evolution and Consumer Behavior.

Tal vez ésa sea la razón de los resultados sugeridos por un experimento de Vladas Griskevicius y un equipo de psicólogos de la Universidad de Minnesota, publicado en la edición de enero de 2012 de la revista Journal of Personality and Social Psychology. En él se observaba que los hombres se endeudaban más y ahorraban menos cuando el escenario planteado presentaba más hombres que mujeres, es decir, había más competencia sexual. Los autores también recopilaron registros de población de 120 ciudades de Estados Unidos, calculando los ratios de género: las ciudades con más hombres de promedio gastaban más que las ciudades con más mujeres. En el caso de las mujeres, el ratio sexual no influye, pero esperan regalos más costosos por parte de los hombres que las cortejan. Es cierto que las mujeres también gastan mucho, pero la anticipación de un romance no influye en ese gasto.

Otra investigación del que ha sido coautor Griskevicius junto a otros expertos de distintas universidades estadounidenses, analizó a casi 1.000 sujetos para concluir que un gasto considerable en objetos de lujo por parte del hombre aumenta el interés en la mujer. El título del estudio llevaba el acertado título: Pavos reales, Porches y Thorstein Veblen: el consumo ostentoso como un sistema de señalización sexual. Ello explicaría, por ejemplo, el éxito de los coches de color negro frente a los de color naranja (más visibles en la oscuridad y en la niebla que los negros): que parecen más caros, aunque en realidad la pintura anaranjada es más cara que la negra porque los colorantes que se emplean son mucho más costosos, tal y como advierte la socióloga Eva Heller en Psicología del color. Años antes, el catedrático de psicología social de la Universidad de Austin (Texas) David Buss ya había estudiado a más de 10.000 individuos de culturas distintas en seis continentes y cinco islas que iban de Alaska al territorio zulú, tal y como refiere Matt Ridley en su libro Qué nos hace humanos: «En todas las culturas sin excepción, las mujeres valoraban las perspectivas económicas más que los hombres. La diferencia era mayor en Japón y menor en Holanda, pero siempre estaba presente».

Naturalmente, todos nosotros no tomamos estas decisiones explícitamente para parecer o ser mejor que los demás, sino porque nos produce placer, tal y como sugiere el estudio de 2004 con resonancia magnética de alta capacidad (fMRI) del neurólogo Brian Knutson, de la Universidad de Stanford: «El placer del orgasmo, el subidón que produce la cocaína y la sensación de comprar acciones de Google a 450 dólares la unidad: las tres actividades se rigen por la misma red neuronal».

Al final, cuando todo el mundo incrementa su consumo, el resultado es que las posiciones relativas quedan intactas: consumimos más, pero parece que tenemos menos, lo cual nos produce infelicidad. De este modo, el problema no reside en que consumamos más que antes, sino en que hay más bienes que pueden consumirse, la escalada armamentística por el estatus social se vuelve más cruenta, y sentimos que debemos adquirir más que antes. En todas las sociedades, pues, se intenta consumir todo lo que sea posible consumir, hasta que se toca techo, hasta que consumir más es imposible. Si ahora creemos que consumimos más que antes es sencillamente porque el techo es más alto, pero ello es como acusar a un atleta de no correr lo suficiente porque disputa una carrera en la Tierra en vez de la Luna, donde la fuerza de la gravedad es inferior.

Según refiere el filósofo Alain de Botton en su libro sobre consumismo Ansiedad por el estatus, en el año 1970 éste era el porcentaje de estadounidenses que declaraban los siguientes artículos como una necesidad: un segundo coche (20 %), una segunda televisión (3 %), más de un teléfono (2 %), aire acondicionado en el coche (11 %), aire acondicionado en casa (22 %), lavavajillas (8 %). En el año 2000, los porcentajes se dispararon: un segundo coche (59 %), una segunda televisión (45 %), más de un teléfono (78 %), aire acondicionado en el coche (65 %), aire acondicionado en casa (70 %), lavavajillas (44 %).

Las expectativas, en efecto, crecen, así como crece cada vez más el número de cosas hacia las que podemos dirigir nuestras expectativas. Es como si dispusiéramos de más buzones que nunca para enviar nuestras cartas pero no todas llegaran a su destino: el origen de nuestra ansiedad, pues, no reside en el consumismo sino en que hay más que anhelar. O como remata Steven Pinker: «La cantidad de violencia de una sociedad se halla más estrechamente relacionado con la desigualdad social que con su pobreza». Es lo le sucedió a las poblaciones indígenas de Norteamérica en el siglo XVI, materialmente muy modestas, pero igualitarias y pacíficas (cuanto menos hay por lo que luchar, en efecto, menos conflicto se produce). Con la llegada de los primeros europeos, entraron en contacto por primera vez con el lujo o con la posibilidad de poder vivir mejor. Los indígenas empezaron a anhelar joyas, rifles y abalorios, lo que trajo aparejado un aumento de la ansiedad por desear tanto y no poder conseguirlo todo.

Irónicamente, la única forma de frenar esta ansiedad es la ignorancia: los siervos de la gleba de la Europa medieval no se sentían frustrados por su situación socioeconómica porque no existían posibilidades de poder aspirar a más y tampoco sabían muy bien a qué podían aspirar, tal como explica Marvin Harris en Jefes, cabecillas y abusones:

El consumo conspicuo en las economías contemporáneas difiere del consumo conspicuo de los primeros Estados e imperios. Al carecer de clases hereditarias cerradas, las modernas economías de mercado incitan a la gente a adquirir objetos suntuarios si pueden permitírselos. (…) Pero en los primeros Estados e imperios (…) las élites instauraron leyes suntuarias según las cuales constituía delito que los comunes emularan a sus superiores.

De nuevo dice Pinker: «En la segunda mitad del siglo XX, el descontento del Tercer Mundo, y posteriormente del Segundo, ha sido atribuido a sus visiones fugaces a través de los medios de comunicación del Primer Mundo». Para acabar con esa ansiedad, pues, no solo deberían dejarse de producir las cosas que la alimentan, sino procurar que la gente olvidara por completo la posibilidad de que se pueden producir cosas. Que se puede vivir mejor. Que se puede aspirar a ser superior al vecino.

Ésa es la razón de la ingenuidad que destilan muchas campañas anticapitalistas, como la que trató de instaurar la revista Adbusters: Día Mundial del No Comprar. La campaña no solo se enfrenta a la base de la naturaleza y el progreso humanos, sino que, al optar por no comprar, el dinero puede ser gastado por otras personas mientras lo tengamos en el banco. Así pues, algo mucho más efectivo para reducir el consumo pasaría por reducir nuestra contribución a la producción, pero tal y como señala Joseph Heath en Rebelarse vende: «el Día Mundial de No Ganar Dinero no suena igual de bien».

Tampoco importa que intentemos frenar nuestro interés por superar el estilo de vida de nuestros pares si ellos continúan consumiendo: inconscientemente acabremos gastando más para manener un nivel de vida que consideraremos asumible.

Podría denominarse “consumo defensivo”, ya que sólo pretenden evitar la humillación. Es decir, han acabado queriendo “estar a la altura del vecino”. Pero como hemos visto en el caso de la carrera armamentística, no importa si el armamento se compra con fines defensivos u ofensivos, porque las consecuencias serán las mismas. Cuando una persona intenta alcanzar un nivel de vida respetable, obliga a los demás a gastar más para adquirir un estatus superior. En conclusión, los hábitos de consumo tienden a propagarse de arriba abajo en la escala social, al irlos adoptando sucesivamente los miembros de las clases inferiores.

Esta idea resulta ofensiva para determinado espectro político, porque no responsabiliza del consumismo a los que más consumen sino a todos nosotros, sin excepción. Quizá por esa razón, las ideas de Veblen (que durante todo el siglo XX se han ido confirmando desde diversas disciplinas científicas) han tenido tan poca repercusión en el discurso político. Y es que la estrategia principal para rebatir a Veblen reside en afirmar que el consumismo se produce por la presión de la publicidad, es decir, por el lavado de cerebro. Consumimos más porque la publicidad es más efectiva. Un supuesto que sin duda es muy endeble, principalmente porque la publicidad tiene un efecto más bien descriptivo, y no prescriptivo, tal y como se explica más extensamente en ¿La publicidad es realmente efectiva?

Abadonar el consumismo de manera voluntaria, pues, tiene más de utopía que de solución eficaz: basta con que alguien realice un acto de consumismo ofensivo para que el resto de las personas se vean obligadas a realizar actos de consumismo defensivo, ya sea para no parecer tacañas, para no sentirse inferiores o porque el «mínimo absoluto» necesario para tener una vida decente se ha incrementado, tal y como señala Heath: «La cifra ha ido subiendo a un ritmo constante, reflejando fielmente la tasa de crecimiento económico. Esto implica que hasta los muy pobres tienen una meta volante».

Otra cosa es que las circunstancias nos acaben empujando a buscar otras rutas para alimentar nuestro anhelo de estatus. Por ejemplo, la actual crisis o la finitud de nuestros recursos planetarios son factores que podrían cambiar algunos parámetros sobre el consumo conspicuo. En pueblos como los esquimales, los bosquimanos o los semai de Malaya central es de mala educación recibir bienes materiales o servicios. De este modo, se evita que surja la figura del Gran Hombre, el buscador de estatus a través de bienes materiales. La razón de ello que estos pueblos habitan en lugares donde la práctica de capturar más animales o arrancar más plantas para algo que no sea sobrevivir puede deteriorar el aprovisionamiento de caza en su territorio.

De igual forma, las leyes, las modas o la concienciación de determinados colectivos, todos al alimón, pudieran reconducir la búsqueda de estatus a través de la ostentación hacia otros planteamientos que no impliquen mayor producción de bienes o servicios. Algo similar a lo que sucede en un colegio donde, para evitar que los alumnos pierdan demasiado tiempo y esfuerzo en vestir de determinada forma para destacar en clase, se impone el uniforme como vestimenta: los alumnos buscarán otras formas, algunas muy sutiles, de ostentar cierta superioridad: no se abrocharán del todo el uniforme, lo llevarán muy arrugado, se doblarán los mangas de alguna forma insólita, dedicarán más esfuerzo al cabello (dado que queda a la vista a pesar del uniforme), etc. Pero no adquirirán toda la temporada otoño/invierno del Berskha o se pasaran todas las horas lectivas sintiendo presión para adquirir ropas mejores o iguales a las de sus pares.

Con todo, estos cambios son imprevisibles y serán configurados por fuerzas demasiado azarosas para ser contempladas bajo el prisma científico (de momento, para ello, solo cree estar capacitado el adivino frente a su bola de cristal). Porque, en el fondo, siempre habrá algún resquicio por el que dejar escapar nuestra naturaleza. Y entonces, como ya hicieron Platón y Sócrates, repetiremos que estamos en la peor época de la historia y que de ésta no salimos.

Consumir es natural… y también puede ser bueno

Expuestas las abyectas razones por las cuales el ser humano no puede evitar ser un consumista contumaz, podemos preguntarnos si debemos combatir esta tendencia o dejarla fluir, tal y como dejamos fluir otras disposiciones naturales.

Obstaculizar la naturaleza humana, sobre todo si está muy arraigada, es ciertamente delicado. De modo que los esfuerzos de los que consideran el consumismo una actividad infame no deberían centrarse tanto en neutralizar el consumismo (que también, habida cuenta de que los recursos planetarios son finitos) como en generar beneficios sociales del mismo. Lo que el economista Roger Congleton ha llamado «búsqueda eficiente del estatus».

Un buen ejemplo son las subastas benéficas, un acto social donde las clases altas quieren poner de manifiesto su estatus frente a los demás. Este tipo de competencia resulta socialmente beneficiosa: la competencia por quién tiene la cola más exuberante acaba por ofrecer fondos muy sustanciosos a causas importantes. Otros ejemplos de «búsqueda eficiente del estatus» son las donaciones para cátedras universitarias o la creación de fondos para los hospitales. La Fundación Bill y Melinda Gates es un paradigma en el campo de la salud a escala mundial con una donación de aproximadamente 37.000 millones de dólares. En 2004, la fundación desarrolló una campaña de 200 millones de dólares para promover la prevención del sida en la India; su mayor programa de subvenciones en un solo país. Y, además, el esfuerzo contaba con el respaldo promocional de estrellas de Hollywood. En junio de 2010, Bill Gates y Warren Buffett promovieron la campaña The Giving Pledge para conseguir que los hombres más ricos de América donasen al menos el 50% de su fortuna en vida o como herencia, de forma filantrópica.

En otras palabras, miembros de la clase alta haciendo cosas correctas por razones equivocadas, sí, pero haciéndolas, después de todo.

Esta estrategia parece ser mucho más eficaz que siglos de estéril crítica mordaz a todo aquel que se compraba algo para parecer más cool, así como la repetición de ese mantra falso de que «yo no hago las cosas por lo que digan los demás». En definitiva, una estrategia que mantiene una visión más madura de la naturaleza humana: en puridad somos animales que anhelan intercambiar segmentos de ADN con las mejores parejas sexuales que podamos obtener. Eso ha sido siempre así, y seguirá siéndolo por mucho tiempo.

Y eso no es malo: ha sido el motor del progreso. El impulso que nos hizo levantarnos y explorar el mundo, escribir novelas o descubrir una vacuna, o como señala Matt Ridley en El optimista racional: «esta sed de estatus también motiva a las personas para diseñar fórmulas que reestructuran los átomos, electrones o fotones del mundo de un modo que crea combinaciones útiles para otras personas. La ambición se transmuta en oportunidad». O como dejó escrito Christopher Hitchens en Dios no es bueno:

La codicia y la avaricia son los acicates del desarrollo económico. Nadie que haya estudiado este tema desde David Ricardo hasta Karl Marx o Adam Smith ha dejado de ser consciente de este hecho. “No es la benevolencia” del panadero, señalaba Smith con su sagaz estilo escocés, la que nos procura el pan nuestro de cada día, sino su propio interés por cocerlo y venderlo.

El lujo y la exclusividad, además, permiten que otros aspirantes a panaderos puedan crear productos diferentes, más caros, más exóticos, más cool, como ya en 1729 explicó el filósofo Bernard Mandeville en La fábula de las abejas:

La raíz de todos los males, la avaricia, es esclava de la prodigalidad; mientras que el lujo da trabajo a un millón de pobres y el odioso orgullo a un millón más; la misma envidia, y la vanidad, son ministros de la industria; sus amadas, tontería y vanidad en el comer, el vestir y el mobiliario, hicieron de ese vicio extraño y ridículo la rueda misma que mueve el comercio.

Los Grandes Hombres de las sociedades primitivas de Melanesia y Nueva Guinea, después de todo, como una suerte de movimiento estajanovista, prestaban servicios a su sociedad en su obsesiva búsqueda de estatus: incrementaban el nivel de producción. Es decir, favorecían el bien común, tal y como abunda también el historiador Fernando Garcés Blázquez en Historia del mundo con los trozos más codiciados:

¡Tantas guerras! ¡Tantas exploraciones! ¡Tantos esfuerzos y peligros! ¿Por qué? ¿Sólo para disimular el mal sabor de la carne, como la mayoría de la gente piensa? ¿No hubo otra razón? El laurel, el tomillo, el romero, la mejorana y el orégano (plantas todas ellas capaces de condimentar la carne) crecían a las puertas de casa. La pimienta, en un lugar llamado India, a varios meses de inimaginables riesgos. El clavo, en cinco islas diminutas al norte de las Molucas, un archipiélago al este de Indonesia. La nuez moscada y la macis, en otras islas de las Molucas, llamadas Bandas, y la canela, en Ceilán (Sri Lanka). En otras palabras, en el fin del mundo. Éste era el sabor que los europeos pudientes de la Edad Media deseaban sentir en la mesa, el sabor de la distancia, el sabor de lo imposible, el sabor de la exclusividad, el sabor del poder, el sabor de la guerra.

En resumidas cuentas, «búsqueda eficiente del estatus». Una búsqueda que, además, gracias a la tecnología y a la acumulación de conocimiento especializado, nos permite que cada uno de nosotros consuma más cosas diferentes mientras producimos menos: por ello el ciudadano rural medio estadounidense contamina más que el ciudadano urbano medio estadounidense. Como señala Matt Ridley: «La marca distintiva de la prosperidad es el aumento en la especialización. La marca distintiva de la pobreza es el regreso a la autosuficiencia». Y si todos viviéramos como en Walden, la Tierra ya no soportaría nuestro impacto ecológico. Afortunadamente, cada vez somos menos Henry David Thoreau y menos amantes de un pasado idealizado, a la vez que disponemos de herramientas mejor diseñadas para radiografiar la naturaleza humana. Solo así conseguiremos enfrentarnos con madurez al problema del consumo infinito en un mundo finito.

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Fuentes y más información:

-Cómo funciona la mente, de Steven Pinker
-The consuming Instinct: What Juicy Burgers, Ferraris, Pornography, and Gift Giving Reveal about Human Nature, de Gad Saad y David M. Buss.
--The evolutionary bases of consumption, de Gad Saad.
-Spent: Sex, Evolution and Consumer Behavior, de Geoffrey Miller
-El libro de los hechos insólitos, de Gregorio Doval
-El optimista racional, de Matt Ridley
-Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris
-En casa, Bill Bryson
-Fueras de serie, Malcolm Gladwell
-La historia de las cosas, de Annie Leonard
-Lucro sucio, Joseph Heath
-Psicología del color, Eva Heller
-¿Qué nos hace humanos?, de Matt Ridley
-Ansiedad por el estatus, Alain de Botton
-Jefes, cabecillas y abusones, de Marvin Harris
-Simplejidad, de Jeffrey Kluger
-Rebelarse vende, de Joseph Heath y Andrew Potter
-Dios no es bueno, Christopher Hitchens
-Historia del mundo con los trozos más codiciados, de Fernando Garcés Blázquez

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Este artículo participa en los Premios Nikola Tesla de divulgación científica y nos lo envía Sergio Parra, periodista y escritor. Divulga ciencia en Xataka Ciencia, Quo, Conec y Mètode, hace crítica cultural en Papel en Blanco y habla sobre viajes en Canal Viajes. También colabora con Editorial Planeta y asesora científicamente a RBA coleccionables. Podéis seguirlo en twitter en @SergioParra_

81 Comentarios

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barralbarral

He de admitir que estos artículos que me desmontan tantos prejuicios mentales sobre un tema me desarman y me encantan a la vez. Gran trabajo.

teresa perezteresa perez

Despues de leer el articulo: ya no me siento culpable de haberme comprado hoy un caprichito…

CardenasCardenas

Creo que este artículo se basa en supuestos que muchas veces no son tan ciertos como quiere hacernos creer, se presenta como una verdad irrefutable aportando pruebas y testimonios a nivel histórico y reafirmando el consumismo como la línea histórica humana cuando, en realidad, se podrían poner otros tantos ejemplos de sociedades con comportamientos mucho más altruistas, equilibrados y menos competitivos a nivel de status.

Creo que en el conocimiento, la educación y la cultura, existe un gran remedio contra ese consumismo irracional y que la sociedad occidental, predominante en el escenario actual, ha inculcado en nosotros gran parte de esa tendencia consumista.

La posibilidad de un estilo de vida alternativo, donde la búsqueda de valores no ponderables económicamente como el arte, la belleza o el conocimiento sean predominantes en nuestra escala de valores, darían como resultado sociedades más sanas y conscientes, si nuestro mundo se preocupara en educar a las nuevas generaciones para comprender y desear la felicidad en lugar de competir, quizás el autor de este artículo se llevase una sorpresa.

Ger

El humano de por sí no va a aportar individualmente al colectivo antes de aportar hacia él primero, y pienso que tiene una relación directa con el artículo.

Aunque con una clara dirección, al post le vi poco y nada de subjetivismo, por lo que me gustaría que ya que dices que “se podrían poner otros tantos ejemplos..” (que tampoco son solo ejemplos lo que pone el autor), leer esa otra contraparte de la que se pudiera convencer de lo contrario.

Por lo que entendí de todo el extenso trabajo, no es solo una opinión al respecto, y tiene sentido si se analiza junto a comportamientos humanos, como decía.

Saludos, me pareció genial el artículo!

Héctor

Buen artículo. Aunque no estoy conforme del todo con la idea que queda. Me falta un dato entre todos los que das, el de que una actitud materialista y consumista se relaciona con la infelicidad y la insatisfacción con la vida.

DR6DR6

En realidad, sí lo dice, pero de pasada:
“Los indígenas empezaron a anhelar joyas, rifles y abalorios, lo que trajo aparejado un aumento de la ansiedad por desear tanto y no poder conseguirlo todo.”

DMRDMR

“Los indígenas empezaron a anhelar joyas, rifles y abalorios, lo que trajo aparejado un aumento de la ansiedad por desear tanto y no poder conseguirlo todo.”

En realidad afirmar que la actitud de los Indios americanos en aquel momento histórico se debía al consumismo y la avaricia me parece muy excesivo y sin base alguna, mas que una opinión.
Aunque el articulo me ha parecido maravilloso, y comparto la mayor parte de lo que se dice, en el caso de los indios opino que se deben considerar otros muchos factores sociales, culturales, históricos… como el estilo de vida que les impusieron y la rivalidad con los colonos americanos por sus tierras por poner dos ejemplos.

Daniel Rodríguez HerreraDaniel Rodríguez Herrera

Cárdenas: “Se podrían poner ejemplos de…”

¡Pues pónlos, hombre!

Héctor

Lo de que la publicidad no tiene caracter prescriptivo no es cierto, desde mi punto de vista al menos. Un ejemplo claro lo tenemos en la pseudociencia por ejemplo, donde la publicidad prescribe soluciones que no son reales a problemas que sí son reales.

Lo que hace la publicidad es ofrecer soluciones (productos p.e.) a problemas y necesidades. Yo tengo la necesidad de estar sano, como todo el mundo. La publicidad me puede engañar y decirme que con una pulsera magnética voy a estar muy sano. Y yo que no tengo ni idea, me lo trago y la compro. ¿Necesito esa pulsera? No. ¿Soluciona mi problema? no. ¿Por qué la compro? Porque me han hecho creer “mediante publicidad” que sí soluciona mi problema.

Dani Lanza

¿Puedes confirmar que con una publicidad convincente se puede vender cualquier cosa?

¿Eres tan tonto?

No.

La publicidad es un escaparate más, un canal de comunicación. Es la ignorancia o la poca luz y la poca utilización de la conciencia l que hace que caigamos en la trampa.
Yo puedo decirte que con mis manos puedo curar un cáncer si tu eres lo suficientemente ignorante como para no saber que hace falta mucho más que unas manos para curar un cáncer.

La publicidad te presenta la “demostración” de un tipo curando un cáncer mediante una foto o un video. Pero eres tu quien voluntariamente llamas al numero que te muestran en el mensaje.

Héctor

“¿Puedes confirmar que con una publicidad convincente se puede vender cualquier cosa?”

Yo no digo eso en ningún momento, de hecho el marketing tal y como se entiende en la actualidad empieza por saber qué es lo que la gente quiere para fabricarlo, porque así será más sencillo venderlo.

Lo único que digo es que la publicidad sí que tiene caracter prescriptivo. Y sí es cierto que no es sencillo establecer causalidad respecto de la eficacia de la publicidad, pero pensar que no se conoce nada acerca de su eficacia sería caer en un error, hay métodos que se utilizan para hacerlo.
Por poner un ejemplo, puedo comprar un producto gracias a que lo veo en la teletienda. Y me dirán eso de “llame ahora” y le regalamos “algo”. Así hacen que mi compra sea más impulsiva y además generan un pico en la demanda justo cuando se emite el anuncio que les da una indicación de la eficacia relativa del anuncio en ese canal en ese momento.
Y sí, hay mucha gente a la que engañan, y no es porque sean tontos, no tiene que ver con el nivel de inteligencia, sino con la ignorancia o con determiadas formas de pensar.

Dani Lanza

Pero al decir que tiene carácter prescriptivo estas indicando que puede obligar a la gente en cierto modo a comprar.

No me queda del todo claro. A lo mejor es que prefiero pensar que no somos tan ignorantes como para obedecer ordenes simplemente viendo unas imágenes.

Y realmente le Marketing ofrece un canal de comunicación entre la empresa y el consumidor. Intentar entender que quiere la gente para fabricarlo sería una locura, porque cada persona es un mundo. Se podría decir que se intentan crear tendencias para que la gente que se siente identificadas con ellas, las consuma( modas, cultura urbana, tendencias).

Un ejemplo de éxito en este sentido es el de Apple. En ningún momento quisimos móviles con pantalla táctil, nos los pusieron delante y los compramos simplemente, porque creíamos que eso era avance o evolución, porque son genuinos y diferentes.

Héctor

“Pero al decir que tiene carácter prescriptivo estas indicando que puede obligar a la gente en cierto modo a comprar.”

Eso lo dices tú no yo…en el RAE precribir…

“Recetar, ordenar remedios”

Con la publicidad te recetan soluciones a tus problemas y la gente muchas veces hace caso a la publicidad.

“Intentar entender que quiere la gente para fabricarlo sería una locura”

Pues eso es lo que se hace, los estudios de mercado valen para eso.

“Un ejemplo de éxito en este sentido es el de Apple. En ningún momento quisimos móviles con pantalla táctil, nos los pusieron delante y los compramos simplemente, porque creíamos que eso era avance o evolución, porque son genuinos y diferentes.”

O hicieron un estudio de mercado antes a partir de una idea, no sé cómo se desarrolló la idea, pero las empresas hacen estudios de mercado para eso en parte, para saber qué quiere la gente.

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Dani Lanza

Los estudios de mercado sirven para conocer la demanda de los consumidores, eso si. Pero de conocer la demanda de los consumidores a lavarles el cerebro hay algo de distancia creo yo, principalmente porque un estudio de mercado no tienen el mismo objetivo que un anuncio publicitario.

Que conste que con mi insistencia solo trato de romper tópicos y leyendas urbanas, que son solo fruto de nuestras imaginación conspiranoica. Sigo pensando que a no ser que nos metan algo en la comida o en la bebida, algún tipo de psicotrópico, no creo que lleguemos a ser realmente manipulados por ningún tipo de publicidad.

Decir que la publicidad tiene carácter prescriptivo y que una persona por ver un anuncio de tele tienda ya va a sentirse obligado a comprar es como decir que un crio de 12 años por jugar tres horas a un videojuego en el que mate gente va a convertirse en un asesino con el paso del tiempo. No tiene lógica ninguna.

Creo que esta claro que tenemos dos opiniones totalmente distintas al respecto y que no vamos a llegar a ninguna conclusión. Por mi parte lo daría por zanjado y te daría la razón.

Es decir, tienes razón, la publicidad tiene carácter prescriptivo y todos los ejemplos que has dado son ciertos.

HéctorHéctor

No quiero que me des la razón : ) Que digas lo que piensas está bien para mí. No hace falta que pensemos los dos lo mismo.

Un estudio de mercado puede servir para saber qué tipo de producto quiere la gente. La filosofía del marketing es investigar qué quiere la gente, porque dando a la gente lo que quiere será más sencillo venderlo luego. La labor del marketing enpieza en el diseño el producto. Te contestaba a esto que decías…

“Intentar entender que quiere la gente para fabricarlo sería una locura”

Pues una locura que nuestras empresas llevan a la práctica muchas de ellas.
No digo que con la publicidad te obliguen literalmente a comprar, pero tampoco tiene caracter simplemente descriptivo. La publicidad sirve para incitar a que la gente compre y muchas veces funciona bien. Es evidente que por ver un anuncio no vas a ir a comprar como un autómata, no estoy diciendo eso.

“Sigo pensando que a no ser que nos metan algo en la comida o en la bebida, algún tipo de psicotrópico, no creo que lleguemos a ser realmente manipulados por ningún tipo de publicidad. ”

Nos manipulan de muchas formas, solamente no nos damos cuenta. Me está recodando esto la charla de amazings sobre timos habituales…

http://naukas.com/2011/10/13/maurici...azings2011/

Cada vez que nos dan una información incorrecta para que compremos un producto pseudociencítifico y picamos nos están manipulando. ´Por estos lares la gente está más informada, pero…no todo el mundo lo está. Los que no lo están y pican están siendo manipulados, ¿o no?

HéctorHéctor

Cortesía de la gente de amazings. Fueron muy buenas.

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HéctorHéctor

Hay un cacho del comentario que no se ve. Lo que digo es eso, que con los estudios de mercado las empresas entre otras cosas identifican lo que el consumidor quiere, y si comento el tema es por lo que dijiste antes. El marketing empieza en el diseño del producto en función del conocimiento que se tiene del mercado.

HéctorHéctor

Por cierto, si quieres conspiraciones, cada vez que pasas una tarjeta de fidelización para conseguir puntos tengo entendido que están estudiando tus hábitos de consumo. Saben quién eres y lo que supuestamente compras. Puede que hasta la talla de calzoncillo si cuando los compras pasas la tarjeta.

¿Por qué te iban a dar regalos por pasar una tarjeta que es gratis? Para que vuelvas y estudiarte…

http://es.wikipedia.org/wiki/Tarjeta...zaci%C3%B3n

De ahí…

“Un beneficio añadido para el emisor de la tarjeta (si bien no expresado) es la posibilidad de conocer hábitos de consumo de sus clientes y, en consecuencia, orientar la política comercial y de marketing de la compañía.”

Cada vez que pases una tarjeta para conseguir puntos piensa que te están estudiando para ofrecerte lo que demandas.

pinxpinx

Creo que es importante comentar varias diferencias entre el consumismo a lo largo de la historia y el actual.Por una parte ahora ya sbemos que los recusrsos que mantienen este nivel de consuumo son finitos, como ya comenta el artículo , pero es que además las consecuencias de este consumo son a largo plazo, tanto a nivel medioambiental, como económico (como estamos viendo precisamente ahora) Por otra parte actualmente vivimos en una disonancia cognitiva pues aunque tenemos esta información (y la vivimos aunque sea simplemente respirando el aire contaminado) seguimos creyendo que el binestar depende del consumo de producos innecesarios absolutamente (cachivaches, ropita que nos ponemos muy poco, joyas, )etc…
En cuanto a la solidaridad de las grandes fortunas, que realmente menos da una piedra, quizás no sería necesaria si previamente actuasen de manera más justa y menos codiciosa.(por añadir una cita: detrás de cada gran fortuna hay un delito, Balzac)
Y para acabar el motor de las grandes creaciones humanas, ya sea en arte o en investigación dudo que sea la ambición, más bien me decanto por la necesidad de ir más allá, la curiosidad y el afan de compartir…
Hay otros mundos y son más justos, a ellos deberiamos mirarnos, en vez de justificar esta manera de funcionar que es antroy terrapófaga
Un saludo.

Monti

De todas formas, y para ser fieles a la verdad, hay que aclarar que cuando una persona mayor te dice que antes se vivía mejor te está diciendo la verdad, porque “antes” esa persona era joven, tenía buena salud, se le levantaba y, quizá, hasta ligada.

Vamos, que es totalmente cierto que la gente mayor “antes” vivía mejor. :)

Héctor

Estoy en parte con lo que comenta cardenas. Que siempre haya existido la lucha por el estatus por gran parte de la sociedad y se haya hecho mediante el consumo eso no significa…
-Que todo el mundo sea igual
-Que una educación no pudiera producir un cambio a pesar de eso en una gran parte de la sociedad.
-Que el símbolo de estatus tenga que ser necesariemente los bienes de consumo.

Se dice por ahí algo sobre el día sin consumo y se nos propone también día con media jornada y ganando la mitad (como si fuera algo malo), pero habría que preguntarse…¿qué vale más, el dinero o el tiempo de nuestra vida?

Sobre lo del panadero…¿el autor de este artículo gana estatus o dinero gracias a escribirlo? No todo se hace por ganar estatus. Hay gente que prefiere ganar menos y hacer un trabajo menos reonocido socialmente pero que les resulta más intrínsecamente reforzante. Si bien el artículo tiene parte de razón creo que es demasiado simplista.

CascovidaCascovida

Yo creo, más bien, que los “símbolos de estatus”, sean cúales sean, se trasforman en bienes de consumo.

HéctorHéctor

Hay símbolos de estatus que no es sencillo que se conviertan en bienes de consumo creo yo, por ejemplo el liderazgo como forma de comportamiento personal puede ser un símbolo de estatus.

CascovidaCascovida

¿No sería el liderazgo un estatus en si en vez de un símbolo de este?

Héctor

El liderazgo proporciona estatus y es al mismo tiempo un símbolo.

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MIGUELMIGUEL

El artículo no dice que el estatus sea lo ÚNICO que mueve al hombre. Por ello no podemos empezar a coger cualquier cosa, como este artículo, y preguntarnos si se hizo por estatus o por dinero.

Mediante el placer como mecanismo de recompensa hay otras cosas que impulsan nuestro comportamiento:
el sexo, el hambre etc.

Héctor

Sobre lo de que las mujeres prefieren hombres con estatus y normalmente con dinero es cierto, pero aquí de nuevo la postura vuelve a ser simplista, ya que una de las quejas más frecuente de las mujeres, según relata el propio David Buss en su libro “La evolución del deseo”, es la de que los hombres no pasan suficiente tiempo con ellas. Si alguien gana mucho dinero, pero se pasa todo el día en el trabajo y vive para el trabajo, igual no le dura mucho la pareja, o si está todo el día estresado y de mal humor por hacer un trabajo que odia para llevar más dinero. Una mujer a la que apenas ve nuestro hombre currante por cierto…
Por otro lado estatus no significa dinero, sino muchos otros aspectos, como el desarrollo de la musculatura, el liderazo, la inteligencia, valentía, altura…características todas ellas que gustan a las mujeres. Algunas se nacen con ellas, otras no.

Y no todas tienen que ver con el estatus ni con el dinero. De hecho el atractivo físico es importante, aunque las mujeres lo suelen valorar menos lo ciero es quelas parejas suelen tener un atractivo físico valorado similar.

Por otra parte gastar sinero no es la ejor opción para conseguir una buena pareja, sino otro tipo de acciones como aumentar la frecuencia o situaciones en las que se conocen mujeres o mejorar las habilidades heterosociales. El hecho de gastarse el dinero tal vez sea producto de una mala comprensión por parte de los hombres de la naturaleza de las interacciones heterosociales.

FenixFenix

Hace tiempo leí una columna de J. Perez Reverte en la cual relata la conversación que tuvo con un indigente. Este le cuenta que antes había sido una persona que ganaba mucho dinero, un ejecutivo vamos, Pero su mujer siempre le recriminaba que pasaba muchas horas en el trabajo y que nunca estaba con ella. Tanto se lo dijo que el hombre dejo su trabajo por otro menos remunerado pero que le daba mucho mas tiempo libre. Tiempo después su mujer lo dejo por su mejor amigo y a partir de ahí empezó su desdicha.
Al leer tu comentario me he acordado de esta historia, y de ella saque una lección muy importante, nunca dejes un buen trabajo por una mujer, no vaya a ser que al final te quedes sin los dos. ;-)

Héctor

La historia habría que conocerla mejor para saber qué hizo que lo dejase, de todas formas, la mayoría de las parejas acaban rompiéndose, así que establecer causalidad ahí es igual que tomar homeopatía y pensar que te curas el resfriado porque la tomas.
Es más probable que una mujer te deje si pierdes el trabajo, sobre lo de tener un trabajo peor pagado no lo sé, pero no creo, en cualquier caso la solución es sencilla: buscar una que te quiera de verdad.

MIGUELMIGUEL

Vamos a ver:
“Por otro lado estatus no significa dinero, sino muchos otros aspectos, como el desarrollo de la musculatura, el liderazo, la inteligencia, valentía, altura…características todas ellas que gustan a las mujeres. Algunas se nacen con ellas, otras no. ”

La musculatura ola altura no es estatus, es indicador de una buena carga genética.

Sobre lo del tiempo libre, el artículo dice que las mujeres valoran el estatus en sí yla riqueza, no lo que el hombre tiene que hacer para conseguirlo.

En general creo que criticas cosas que el artículo no dice.

Héctor

“La musculatura ola altura no es estatus, es indicador de una buena carga genética.”

Y de estatus.

“Sobre lo del tiempo libre, el artículo dice que las mujeres valoran el estatus en sí yla riqueza, no lo que el hombre tiene que hacer para conseguirlo.

En general creo que criticas cosas que el artículo no dice.”

Se habla de las consecuencias de consumir menos, que son producir menos y tener más tiempo libre. De todas formas, lo digan o no, quería aportar precisamente lo que no se dice, los costes que “muchas veces” tiene la ambición que implica el materialismo consumista.

Hugo AguirreHugo Aguirre

El ganar mucho dinero a costa del tiempo es una muestra clara de la dualidad ventaja/desventaja de la competencia. Es más atractivo el millonario con tiempo libre que el billonario siempre ocupado.

Héctor

Este artículo es interesante…

http://elpais.com/diario/2008/12/28/...850215.html

Nos hace seguramente mucho más felices aprender a dormir bien, estar en buen peso, hacer deporte, las relaciones sociales…así como aspectos que señalan en este artículo enlazado arriba, mucho más que el dinero. Y la sociedad nos enseña que hay que sacrificar horas de sueño, nuestra alimentación y demás cosas por un trabajo mejor (mejor pagado). Hay que conseguir un trabajo claro está, pero en realidad a veces puede ser mejor cobrar la mitad y vivir “despierto”. El otro día en un programa de tele 5 que trataba sobre la obesidad le decían algunos al preparador físico que lo que él proponía era elitista, que la gente no tenía media hora diaria para hacer ejercicio porque tenía que trabajar. Esa es la idea que tenemos, será mucho mejor enfermar y pagar los costes del tratamiento con las horas de más que hemos trabajado.
Y luego está el tema del estrés, los infaros son una de las primeras causas de muerte creo recordar, me pregunto en qué medida se deben al estrés de la vida diaria y una mala alimentación en parte gracias a unos hábitos adquiridos con el objetivo último de “ganar más dinero”.

SydSyd

Por favor, analizad el artículo como lo haríais con uno de ciencia.
Está claro que si eres defensor de, digamos, un “cambio de la conciencia humana hacia una dirección en la que…” y este señor dice algo opuesto a esa idea, te encontrarás a ti mismo leyendo con el ceño fruncido y a ver donde le puedes encontrar las cosquillas al @$&Ç€#% que lo ha escrito. Y como no es algo científico o lo suficiente lejano como para que no nos toque alguna fibra sensible, meteremos baza como grandes “expertos” que somos.

Por supuesto, la conclusión de este hombre no tiene por qué ser la correcta, pero él la defiende bien, exponiendo hechos y citando fuentes, si bien sólo hechos y fuentes que refuercen su argumento, por supuesto.

El caso es que no dice “todos los seres humanos que han vivido hasta la fecha han sido más materialistas que nosotros”, sino “no todo el pasado es tan bonito como se pinta” y “desde siempre se han tenido sensaciones de que antes se estaba mejor”.

Además, Cárdenas, aunque sólo me lo he leido una vez, creo que no está diciendo que en el futuro tengamos que consumir mas ni menos… de hecho no recuerdo que mencione el futuro. Pero, extrapolando, seguro que nosotros mismos nos encontremos dentro de 60 años añorando los valores de ahora y esperando el inminente fin del mundo. [Como siempre se ha hecho].

*Pienso que lo único que nos separa de un futuro tan bonito como el que queremos son unas reglas del juego justas y jugadores nobles. Mientras tanto, seguiremos haciendo el capullo.

Irreductible

Te daría un +1000 si pudiera.

Lo interesante de estos temas tan abiertos al debate es, primero entrar en ellos dejando a un lado nuestros propios prejuicios (intentando en la medida no dejarnos llevar por el cherry picking correspondiente) y segundo, si se tiene una opinión que difiere, aportar datos y enriquecer el hilo.

Totalmente de acuerdo.

Héctor

Si tengo queponer datos sobre todos las afirmaciones que he hecho me tiro aquí toda la mañana : )

Héctor

Richard Wiseman en su libro “59 segundos” habla precisamente sobre el materialismo y su relación con la felicidad. En el mismo cita referencia a los estudios, creo que es el principal aporte en relación a la idea principal que intenta trasmitir el texto.

MIGUELMIGUEL

“Lo interesante de estos temas tan abiertos al debate es, primero entrar en ellos dejando a un lado nuestros propios prejuicios ”

Hay ya!! Utopía?? Ya sería interesante, ya. ;P

DarylDaryl

Gran articulo, si señor. Como es tan politicamente incorrecto tal vez se salve de ser ampliamente fusilado de los “trabajos boloñeses” tan en boga en la Universidad de hoy.
Se podrian hacer ciento de anotaciones a la gran cantidad de apartados expuestos pero me quedaria en que ciertos aspectos parecen redactados en época precrisis en algún otro pais.
Por ejemplo:
“Así pues, algo mucho más efectivo para reducir el consumo pasaría por reducir nuestra contribución a la producción, pero tal y como señala Joseph Heath en Rebelarse vende: «el Día Mundial de No Ganar Dinero no suena igual de bien».

Mira por donde, los españoles y muchos vecinos europeos, a pesar nuestro, en contra de nuestra voluntad estamos en esta senda. ¡¡NO SOLO NO CONSUMIMOS SINO QUE TAMPOCO PRODUCIMOS!!

Al final va a resultar que somos “racionales” y practicamos el “consumo responsable y sostenible” por pura necesidad.

AmazingaoAmazingao

Nada que no supiera ya gracias a “Obélix y compañía”.

No, ahora en serio, muy interesante la entrada. Enhorabuena.

andresandres

Creo que el autor complica demasiado la argumentación y el exceso de información no aporta más rigor (al contario, personalmente creo que en el texto hay demasiadas suposiciones y se mezclan demasiadas cosas).

¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores? El autor trata de desmontar que los humanos seamos ahora peores. Pero no se trata de eso: La gente consume más de lo que debería no porque sea peor (se supone que gozamos de una mejor educación), sino simplemente porque tenemos muchas más cosas a nuestro alcance. El problema no está en la cabeza de las personas sino en el impacto que tiene todo esto. No es comparable lo que supone el consumo de un ciudadano de un país industrializado en el siglo XXI, que el de cualquier otro momento de la historia. Somos muchos más lo que consumimos, el acceso a las cosas es mucho más amplio y lo que se consume son productos cada vez más complejos (que requieren a su vez de más productos y de procesos más complejos).

sizesize

Muy buen articulo, pero un poco determinista. Estoy bastante seguro que la hipotesis del estatus es correcta, pero como toda hipotesis social no lo explica todo ni es 100% predictiva.

Hay gente con dinero que vive de forma muy austera, hijos de ricos que se convierten en hippies y trabajan horas sueltas y viven en una choza en la montaña, y un largo etcétera de ejemplos. Hay gente que rompe esta “ley del estatus” o que le influye menos.

Mientras leía el artículo, he pensado que en mi caso particular no me importaba el estatus, pero he tenido que admitir que el tema de el consumo “defensivo” si me influye. No voy por ahí comprando cosas para tener más que los otros, pero definitivamente si todo el mundo tiene casas mas grandes, coches más potentes, mòbiles más bonitos que yo, es muy probable que consuma algo más.

En resumen, que me ha parecido un artículo muy interesante però al final te quedas con la pregunta: y cómo lo hago si no quiero ser víctima de la mencionada ansiedad por consumir?

sizesize

Ah, y hombre, démosle la “presunción de buenas intenciones” a Bill Gates y Warren Buffet, quizás si dan todo ese dinero por altruismo y no por estatus. No lo sabemos.

“En otras palabras, miembros de la clase alta haciendo cosas correctas por razones equivocadas, sí, pero haciéndolas, después de todo.”

FredoFredo

Está claro que igual que el consumismo está en nosotros, también lo están la empatía, el sentido de la responsabilidad y de la culpabilidad, y la autosatisfacción por nuestro altruismo.

Pero también sería interesante ver cuántas de estas celebridades harían esos mismos gestos anónimamente…

FredoFredo

Yo no sé dónde veis que el autor esté justificando el consumismo ni nada parecido.

En todo el artículo lo que se dice es que siempre hemos sido igual de consumistas, porque ese impulso forma parte del ser humano, y que incluso a veces es lo que nos empuja a progresar como sociedad.

De hecho, en los últimos párrafos apela a la responsabilidad que conlleva saber todo esto y tener la perspectiva histórica que tenemos, para saber reconducir nuestro consumismo y hacerlo de forma sostenible.

Tal vez debieramos leer con una mentalidad más abierta y realmente crítica (No sólo con el texto sino también con nosotros).

HéctorHéctor

A mí sí me ha parecido que se hacía una crítica a lo que se suele decir de que “no hay que ser tan consumista”. Y seguramente nos iría mejor si hiciéramos caso a esa frase criticada en este artículo, al menos en el sentido de tener ambición por la consecución de bienes materiales. Yo al menos es lo que pienso.

MIGUELMIGUEL

Lo que dice es que tratar de que todos seamos menos consumistas es contranatura y por tanto casi imposible.

DR6DR6

Leer no es contranatura, no viene con la naturaleza. Contranatura es dejar de comer, por ejemplo, ya que nosotros por naturaleza comemos, pero no está en nuestra naturaleza el no leer, y aprender cosas sí lo está.

El consumismo sí es malo en exceso, pero es cierto que hasta cierto punto es necesario.

+2 (0 Votos)
Héctor

Y como no se puede cambiar tomemos valores consumistas y materialistas y seamos infelices, ¿no? Pues eso es lo que no me convence : ) Eso y que da a entender que hay que rendirse al consumismo desenfrenado como algo que no se puede evitar.

No todos somos iguales, y siempre han existido las diferencias de estatus (es intrínseco a todo grupo humano, como las normas o los roles), lo cual no significa que esté en la naturaleza de “todos” valorar el materialismo consumista como deseable más allá de unos límites mínimos, y a la vista está la diversidad de opiniones en comentarios.

PacouPacou

Gran artículo. Un pequeño apunte: la casa más grande de los USA -construída efectivamente durante la Golden Age- se llama Biltmore Estate y no “Baltimore”. Se encuentra en la población de Asheville (NC).

Heber Rizzo

Muy buen artículo, especialmente por ser “políticamente incorrecto” en una sociedad tan hipócrita como la actual, que es la más rica y sana de la historia pero no puede superar el sentimiento de culpa tan típico de los ricos ociosos.

PapriviPaprivi

Esta claro que una de las cosas que hace que se consuma más es que haya más cosas que consumir, y de eso existen hoy en día más que en ninguna otra época de la historia.
Por otro lado me parece recordar que también hay estudios que indican que el poder decidir entre un mayor número de cosas no nos hace precisamente más felices.
También es cierto que a nivel de instintos el ser humano no es tan diferente de como era en otras épocas anteriores. Pero a nivel de conocimientos, experiencia y tecnología sí estamos bastante más avanzados. Por ejemplo, aunque podamos seguir manifestando en ocasiones las mismas emociones que nos hacen ser violentos, estas conductas se tratan de evitar o de encauzar de maneras menos peligrosas ya que socialmente no son admitidas y hoy en día pueden ser potencialmente mucho más dañinas.
Tal vez si el consumismo exagerado nos resulta económica o medioambientalmente peligroso, se debería de plantear qué se debe hacer para que este no genere este tipo de problemas.
Saludos.

MIGUELMIGUEL

La violencia se ha ido reduciendo por selección genética y,como tú dices,porque no está socialmente bien visto.

Con el estatus (y con el consumismo) pasa lo contrario, se refuerza. Sería bastante difícil invertir la situación

jjaaccccjjaacccc

“La violencia se ha ido reduciendo por selección genética y,como tú dices,porque no está socialmente bien visto.”

Disculpa, pero, ¿en qué mundo vives?

HéctorHéctor

“Por otro lado me parece recordar que también hay estudios que indican que el poder decidir entre un mayor número de cosas no nos hace precisamente más felices.”

Creo recordar que tener muchas opciones entre las que decidir crea cierto malestar siempre que se tengan dudas (las opciones de elección presentadas se consideran de interés todas ellas).

AloeAloe

Cuando los isleños de Pascua acabaron, a fuerza de competir sus jefes por status, con toda la materia prima que era necesaria para esa competición (principalmente la madera) y de rechazo, acabaron casi consigo mismos, encontraron otra forma de competir por status y de exhibirse: arriesgadas carreras de natacion en mar abierto.

Si hubieran empezado por ahí, en lugar de recurrir a ese medio cuando ya estaban en la hambruna medio permanente y en la decadencia demográfica y de todo tipo, les hubiera ido mucho mejor.

En resumen: puede que la competición por el stataus sea algo irremediable. Pero eso no implica consumismo desaforado y suicida, ni un grado de desigualdad igualmente suicida (a la larga).
Porque si lo implica, nuestro destino no es “el progreso”. Es el de los isleños de Pascua. Y no tardando mucho, porque ahora hay una sociedad global, en muchos sentidos (al menos económicamente)

MIGUELMIGUEL

Desgraciadamente hasta que nos caemos por elprecipicio no nos disponemos a parar ycambiar, pero es obviamente tarde. Históricamente la sociedad en su conjunto sólo ha cambiado “a base de palos”.

JuanJuan

Los valores de las personas cambian con la educación y el origen social. No están genéricamente determinados como la melena de los leones o las plumas de los pavos.

El artículo supone que existen unos valores universales en toda la sociedad uniformemente extendidos. De manera que cualquier consumismo es un aumento del estatus social cuando en la realidad puede significar un deterioro una vez que se mueve del micro-entorno en el que se desarrolla su vida social.

El consumir no soluciona ninguno de los complejos, deficiencias o miedos que tienen los individuos los cuales les impiden tener una vida feliz y prospera económicamente. Que sea deseada por otros. Por algo existen los nuevos ricos.

Me cuesta creer que los lectores de esta blog estarían dando vueltas en un yate sin hacer nada por el resto de su vida a pesar que socialmente sean reconocidos y envidiados por la mayoría de la sociedad.

MarioMario

Parece que hay mucha gente que no quiere reconocerlo. Pero es cierto, (en mi humilde opinión) que de alguna manera el consumismo puede estar relacionado con nuestra naturaleza. Yo creo que es así, además este artículo aporta muchos datos (¡Pero muchos!) sobre este tema… Conozco mucha gente, que compra infinidad de ropas y cosas caras, y que, hipócritamente, le echan la culpa de todo al señor capitalismo y a la publicidad! Parece que los anuncios nos apuntan con una pistola o algo… No es así, los anuncios nos informan de lo que hay, y la gente compra al máximo según pueda… Porque veas un coche caro en la tele no lo vas a comprar, pero irás a la tienda a ver “cuanto es lo máximo que puedo pagar”, para luego sentirte agusto en tu coche. Si puedes permitirte uno caro, pero compras el barato, tendras la sensación de perder el tiempo con tu coche malo, envidia de los demás… En fin, el consumismo lo llevamos casi todos en la sangre, depende del dinero que tengas, compraras más o menos: no hay que ser rico para ser consumista, simplemente comprar todo lo que puedas con tu dinero. Genial el artículo, de los mejores que he leído en Amazings!!

JerbbilJerbbil

Gran artículo.

Realmente, para sustraerse al “voy a mostrar que soy más interesante y más mejor porque tengo tal cosa de marca y tope de cara” hace falta ser muy fuerte y haber crecido en una familia en la que te hayan convecido, pero de verdad, en que lo importante es otra cosa. En el cole, creo, no se lograría nada, es una cuestión de aplomo y fortaleza, y difícilmente eso se enseña: o se vive o no se vive.

Lo que me parece más difícil es lograr el equilibrio: la ambición mueve el mundo, es cierto, pero cuando la avaricia es excesiva, destruye todo lo que pilla en su camino. Yo no sé dónde está el punto de equilibrio, pero estaría bien que lo encontrásemos.

Y que alguien, por caridad, me explique qué placer encuentra la gente en explicar lo caros que le han costado unos zapatos cuando lo chulo, lo realmente chulo, es encontrar unos zapatos buenos pero baratos, y gastarse el remanente de dinero en irse de fiesta con los amigos!!!

Saludotes amplios.

Jesús R.

Excelente artículo, gracias. Hay que reconcer que la iniciativa de los premios Tesla está trayéndonos artículos de una calidad impresionante.

DubitadorDubitador

Me he fijado en que el articulista tergiversa el concepto del potlatch primitivo.

A mi me parece que el potlatch tiene mas que ver con la tradicion de las ofrendas sacrificiales, que muy cucamente suelen consistir en bienes que despues de todo se van a perder o no se van a poder consumir. Incluso los sacrificios humanos, pueden tener su origen en algo parecido a lo de sacrificar a uno o mas pasajeros de un barco que se considera sobrecargado.

Personalmente concibo el consumismo antes como el modo como es producido y ofertado el bien que por el proceder de quien lo adquiere.

El modo como se producen y ofertan bienes requieren una determinada forma de consumirlos y se diseña tanto los productos como el contexto social de modo que así sea.

JuanJuan

Lamentable que esta clase de posturas ideológicas encuentren cabida en un espacio como “Amazings”, sin duda es un buen ensayo plagado de datos históricos, criterios de psicólogos y alguna nota cientificista, pero no tiene el peso para desmoronar tesis contrarias que incluso se cimientan en argumentaciones bastante más elaboradas.

El autor afirma tajante que nada cambiará porque se trata de la “naturaleza” humana, pero quién define con contundencia que es eso de la “naturaleza humana”, de lo que tendríamos que hablar es de COMPORTAMIENTO humano, y este se moldea de acuerdo a factores socio-ambientales, por ende es absolutamente susceptible de ser modificado, o es que acaso no poseemos el cerebro más desarrollado y el libre albedrío para conseguirlo.

Nuestro comportamiento es fruto en muchísimo mayor medida de modelos mentales imbuidos o propiciados que trastocan de una manera mórbida y retorcida nuestro sistema de valores que de designios genéticos.

En esencia el escrito es una apología al sistema imperante hecho por alguien que seguramente es un fan apasionado de las tesis de Ayn Rand, aunque es cierto que muchos de los datos aportados son verosímiles también lo es que la historia y la estadística frecuentemente son torturadas para que canten lo que se quiere de ellas, esos mismos datos en manos de alguien con un sesgo diferente nos contarían algo totalmente opuesto.

Por favor señores de “Amazings” no divulguen radicalismos ideológicos disfrazados de ciencia.

ll

Completamente de acuerdo contigo. Lo peor del post es que mal interpreta las tesis de la antropología económica y saca de contexto varias citas de diversos antropólogos.

No es ya nada raro que un grupo de militantes seudoescépticos se sienten seguros aceptando diferentes dogmas y siguen repitiendo y recitando las malas argumentaciones de incluso científicos como Carl Sagan. Incluso el dogma de que “afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias” un axioma de lo mas idiota que incluso Marcello Truzzi, quien lo introdujo llegará a considerar que carece de sentido. El problema surge cuando a Sagan se le atribuye erradamente la frase y tenemos a skepikfans apoyados de empresas de comunicaciones (euskatel) y otras como la Sense About Science. O organizaciones patito como la NCAFH (una organización carente de reconocimiento real por alguna institución científica) en EUA que tienen como legado a Quackwatch. Es importante esto por que es curioso que los seudoescépticos siguen sin dar un ápice de prueba en demostrar que su “escepticismo científico” es realmente ciencia.
Preguntad a cualquier seudoescéptico a que demuestre que el escepticismo científico tiene razón de ser llamado “científico” y responderán con mil objeciones incluso confundiendo este con el escepticismo clásico y pirrónico.

Ese es el problema que el llamado escepticismo científico se disfraza de ciencia, y se le da credibilidad por que algunos de ellos son científicos (principio de autoridad), otros apelan a las emociones del pueblo para ganar la discusión como lo hicieron en el evento de sobredosis masivas de remedios homeopáticos (donde reconocen que se trata de un perfomance, aunque al principio pretendían demostrar que “ni cura, ni nada”). O usan estrategias mas evidentes como colarse en algunas universidades para dar una criterio de legitimidad.

Pregunta a cualquiera de ellos por que aceptan la teoría de los memes de Dawkins (darwinismo social actualizado) y por que no la acupuntura o los fenómenos PSI. Siendo que el mismo Mario Bunge define la memética como seudociencia. Y siendo que de Bunge los seudoescepticos beben de el para tomar su teoría de la seudociencia.
Pregunta por que acepta la memética social como ciencia siendo que no esta soportada por la evidencia antropológica ni etológica, salbo algún artículo. ¿Dónde esta James randi ofertando un premio $$ a Richard Dawkins, Daniel Dennett o a Steven Pinker? No lo hay, por que a los seudoescépticos incluso se les metió la seudociencia en su propia cochera.

essostreessostre

Creo que la codicia es mala. Porque antepone el valor de dominio sobre los demás al valor práctico de las posesiones y por ello estropea las relaciones humanas. No puedes vivir bien si no sabes compartir, disfrutar del bienestar de los demás.
Pero no consumimos por codicia, sino por carencias que necesitamos llenar. Es otra forma de glotonería. La obesidad surge por la abundancia de comida y por la miseria sentimental. Con el consumo en general pasa lo mismo, creo yo. Intentamos aumentar nuestro valor incrementando nuestras posesiones. Es lógico. Si soy lo que hago (soy taxista, médico o pensionista) también soy lo que puedo adquirir (soy rico, pobre, hortera, etc.) Creo que debemos educar a los chavales en el valor de las relaciones humanas, cuando son desinteresadas, porque de acumular riquezas nadie consigue la felicidad. en cambio, cuando invitamos, compartimos… nos sentimos mejor. Sólo hay una cosa que me gusta más que una caja de bombones: Una caja de bombones a medias con mi amada.

JosellJosell

El hecho es que, durante la histpria, muchas civilizaciones han caído, por lo que sí debemos preocuparnos por nuestra salud moral, social y política. Como agravante, nuestra civilización es ya prácticamente universal, por lo que debemos tener mucho cuidado.

angelangel

bueno, creo entender el punto de vista de este texto, y a mi parecer, es muy interesante el enfoque que escoge y también es muy realista, porque si analizamos a dos personas, una de dinero y la otra no, la que tiene dinero siempre podrá hacer lo que quiere, comprar lo que quiere, eso crea en el un sentimiento de superioridad con respecto al otro, en cambio la otra persona, al no poder conseguir lo mismo que la persona pudiente, nacerá en el un sentimiento de impotencia, y ansiedad, bueno, creo que mi ejemplo se parecerá a uno que fue citado en el texto, a mi parecer esta necesidad de demostrar poder, es una de las causas que mueve al hombre.

Jane DoeJane Doe

Saludos.
No quiero pecar de puntillosa, pero he visto que tenéis una errata, en esta frase:
“hace 2.800 años, ya Sócrates advertía sobre la pérdida de valores de la juventud”
Sócrates vivió en el año 400 a.C, de modo que deberían ser unos 2.400 años, 2.500 si queréis redondear por lo alto, dado que nació en el 470 ó 469.
Se os han colado ahí 400 años de más, que históricamente, es un buen paso.
Gracias, excelente artículo, por lo demás.

LauraLaura

El consumismo desaforado ha existido siempre. Tendemos a idealizar el pasado. De acuerdo.

Sin embargo, este consumismo desaforado es hoy insostenible, como lo es el modelo de desarrollo económico que lo permite y fomenta.
Este modelo, originado en la revolución industrial, está basado en el cosumo de recursos naturales como si estos fueran infinitos, y en la quema de combustibles fósiles (que no son renovables y emiten contaminantes que causan el efecto invernadero).

El consumismo puede ser un patrón de conducta que se repite a lo largo de la historia y en distintas culturas, como demuestran los numerosos estudios antropológicos citados en el artículo, pero es ahora más que nunca cuando supone una verdadera amenaza global.

Un mundo poblado por 7.000 millones de habitantes necesita un cambio radical en el modelo de desarrollo; u optamos por el desarrollo sostenible, o este consumismo desaforado pondrá en serio peligro el desarrollo de las generaciones futuras.

JavierJavier

Si un hombre no tiene nada y no hace nada, “solo” es. Pero entonces está a la altura de cualquier animal o vegetal (que bueno, tampoco tendría que estar mal). Por lo que para definirse como humano, hace cosas y acumula cosas. Ahora bien, el siguiente objetivo, una vez diferenciado de plantas y animales (irracionales), es diferenciarse del resto de humanos (o ser como algunos de ellos).
Y aquí entra de lleno el hacer (innovar) y el tener (consumir).
A los humanos no nos salen espectaculares plumas de colores, ni imponentes cornamentas, con lo que hay que comprar estos atributos.

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Valora en Bitacoras.com: ¿Cuándo sentirá regocijo un jorobado? Cuando vea a un hombre con una joroba mayor. Dicho yiddish Aunque no consultemos ni un libro de historia, podemos averiguar el momento en que los seres humanos empezaron a usar la ropa……

[...] Para esclarecer algunas de estas preguntas de difícil respuesta, William Harbaught y sus colaboradores de la Universidad de Oregón, realizaron un experimento para determinar qué pasa en el núcleo accumbens, un sustrato neural del placer (y la recompensa), cuando alguien paga un impuesto u ofrece una donación. (Luego están los que disfrutan donando dinero porque, así, mejoran su estatus social, tal y como explico más extensamente en mi reciente artículo para Amazings.es ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? [...]

[...] su estatus social, tal y como explico más extensamente en mi reciente artículo para Amazings.es ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? Dado que el pago de impuestos es también un acto que está encaminado principalmente para [...]

[...] La gente, pues, no consume tanto para sí mismo como para superar el consumo de sus pares (que no los personajes de los medios de comunicación u otros). Algo que explico más extensamente en el artículo ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? [...]

[...] Para esclarecer algunas de estas preguntas de difícil respuesta, William Harbaught y sus colaboradores de la Universidad de Oregón, realizaron un experimento para determinar qué pasa en el núcleo accumbens, un sustrato neural del placer (y la recompensa), cuando alguien paga un impuesto u ofrece una donación. (Luego están los que disfrutan donando dinero porque, así, mejoran su estatus social, tal y como explico más extensamente en mi reciente artículo para Amazings.es ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? [...]

[...] de los medios de comunicación u otros). Algo que explico más extensamente en el artículo ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes? Gastar dinero de forma competitiva parece formar parte de nuestra biología y probablemente resulta [...]

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