El buscador de gatos

Harmusch es un grupo de gente variopinta, con gustos comunes por la naturaleza en todas sus expresiones. Su radio de acción abarca varios continentes y ecosistemas. Desde las montañas del Himalaya hasta el desierto del Sahara, pasando, como no, por nuestro monte mediterráneo y las selvas tropicales.

Mezclando personajes y lugares podemos dar a conocer buena parte de nuestras actividades y propósitos. En las selvas de Borneo, a miles de kilómetros de nuestra sede, transcurre la siguiente historia. Más concretamente en el norte de la isla, en la Reserva Forestal de Deramakot, un ejemplo de explotación sostenible.

Mapa borneo

Localización de la expedición a Borneo

Hasta allí se ha ido Gerardo Valenzuela, el buscador de gatos, con el firme propósito de ampliar su colección de avistamientos. Porque este es su leitmotiv: ver en libertad al menos un ejemplar de cada especie de felino que queda en la Tierra. De las treinta y seis ha visto veintidós. Probablemente un record mundial.

No tenemos ninguna foto suya. Tapizado de barro. Con la bicicleta y la linterna, en medio de la noche. No la tenemos porque va solo, nadie le acompaña. Y él no es mucho de selfis. Puede que incluso no sepa lo que es un selfi.

A cambio contamos con unas cuantas instantáneas que pueden servirnos para ilustrar sus peripecias. De su mano nos asomaremos a las selvas tropicales de Borneo en mitad de la noche, cuando están en plena ebullición.

Una lesión que no termina de curarse le ha llevado a poner en marcha un plan que ya se le había pasado por la cabeza en otras ocasiones. Recuerdo cuando por primera vez me esbozó la idea. Caminábamos por una pista en el P.N. Bardia (Nepal) buscando tigres de bengala ─por entonces no tenía el cromo en su colección─: «Tío, estoy pensando en que ir en bici por aquí, por las carriles, tiene que funcionar».

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Compañera de habitación en el Resort Jungle Dreams, P.N. Bardia, Nepal

Hacía un calor de mil demonios, y una humedad agotadora. Marchábamos impenitentemente doce horas al día por la jungla. Apenas teníamos provisiones. Aquel viaje coincidió con una revolución maoísta y los suministros escaseaban. El arroz pastoso, picante, no era muy apetecible. «La bici es silenciosa y puedes ir bastante rápido. Es una buena forma de sorprender a los animales». Mi mutismo le hacía ver mis dudas. Así que siguió argumentando. «Los bichos no son tontos. Prefieren utilizar las pistas, es más cómodo. Antes de que se den cuenta estoy encima. Además podría pedalear de noche, que hace mucho menos calor». Gerardo, que tiene facilidad para entusiasmarse, ya iba visualizando la escena.

He de precisar lo de las doce horas. En realidad Gerardo caminaba unas cuantas más. Cuando llegábamos al tugurio en el que nos alojábamos ─tenía el rimbombante nombre de Jungle Dreams─ yo me dejaba caer en una desvencijada silla. Allí nos tomábamos un Sprite, que era el lujo supremo y único que nos podíamos permitir. Hacía por escribir algo, pero el sueño me derrotaba. A Gerardo no. Empezaba su segunda ración. Se pertrechaba con todos los elementos para buscar fauna por la noche y se volvía a meter en la Reserva. Y es que claro, los grandes carnívoros que persigue trabajan de noche.

Yo dormía y él seguía dando bandazos.

De aquel viajecito a Nepal, de nuestros fracasos y penurias, sacamos unas cuantas conclusiones. También cayeron, entre otras cosas, un par de tigres de bengala, avistados desde un árbol.

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Tigre de bengala en el P.N. Bardia, Nepal.

Este oficio de buscador de gatos le ha llevado a meterse en algunos de los rincones mejor preservados e inaccesibles del planeta. Entre los que ha logrado ver están: Los dos representantes ibéricos, el lince (1) y el gato montés (2). Casi todos los de Sudamérica: el jaguar (3), el puma (4), el ocelote (5), el yaguarundi (6), el tigrillo (7) y el gato de Geofroy (8) además de uno norteamericano, el lince rojo o bobcat (9). También ha visto gatitos en el Himalaya, como el leopardo de la nieves (10), el leopardo nebuloso (11) y el lince boreal (12). En África cayeron unos cuantos clásicos: el león (13), el leopardo (14), el guepardo (15) y otros menos conocidos: el caracal (16), el gato de las arenas (17) y el serval (18). Por fin, en el sudeste asiático, en las junglas nepalíes y de la India vio tigres de Bengala (19), más leopardos, gato de los pantanos (20), gato de Bengala (21) y gato de cabeza plana (22).

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Lince boreal en el P.N. Hemis, Ladakh, India

De Borneo no le interesan sus playas. Ni los cócteles que puedan servirte mientras estás sentado en una tumbona, contemplando un atardecer. No. Lo interesante de las selvas de Borneo es que hay cinco especies de felino, una de ellas exclusiva, y eso es mucha tela. Tres de ellos son inéditos para Gerardo: el gato de Borneo, el leopardo nebuloso de Borneo y el gato jaspeado.

Además hay otros quince carnívoros ─oso malayo, siete especies de civetas, tres de nutria y binturong entre otras─ y emblemáticos mamíferos que no dejarán indiferente al que se tropiece con ellos: pangolín, elefante asiático, orangutanes, puercoespines, etc. Y, para completar, un fabuloso surtido de ranas, serpientes, insectos y aves. En definitiva, un trocito del Edén.

CUADRO

Una pequeña muestra de la fauna detectada en la Reserva Forestal de Deramakot, Borneo, Malasia

Se ilusiona con el viaje. Se enfrenta al invierno. Se sobrepone a la total falta de interés de sus alumnos de biología, al obtuso sistema de enseñanza. Sobrevive a la agotadora vida familiar, llena de tareas y obligaciones. Con todo en contra pone en marcha su plan de entrenamiento. Se conforma con avistar zorrillos y ginetas por la campiña cordobesa. Pedaleando con furia. Atravesando las frías noches. Borneo está muy, muy lejos.

A finales del invierno quedamos en Granada. Recordamos viejas aventuras que van tomando color sepia. El rigor de la profesión de maestro de secundaria unido a la eterna lesión se está cobrando su peaje. Le brillan los ojos cuando me vuelve a narrar el incidente con el tapir. Sigue dándole vueltas a lo de ir en bici.

Lo del tapir ocurrió en Bolivia, en el P.N. Noel Kempf. Se había agenciado una bicicleta sin frenos. «Acá no hacen falta ─le aseguraron─ todo es llano. Cuando dé pedales avanzará. Cuando no los dé se frenará». Le gusta pedalear a todo lo que da por la pista de aterrizaje del parque, bien nivelada, con el césped parejo, sin baches. Una noche casi se estrella contra un tapir que pasaba por allí tranquilamente. Lo esquivó por un milímetro. Después de presionar los frenos y recordar que no existía esa posibilidad. Se llevó un buen susto y el tapir contempló como aquel extraño personaje, un centauro con dos ruedas, se iba hacia los arbustos. Están locos estos romanos, debió pensar.

El incidente le permitió comprobar que su estrategia era buena: pillaba desprevenidos a los bichos.

Me confiesa que siente la necesidad de probarse. Cree que está cediendo terreno a las comodidades, a la seguridad. Le pica la curiosidad: ¿tendrá aún el mismo aguante que cuando se perdía en las selvas bolivianas o cuando pasaba horas aterido de frío al acecho del gato andino, allá por el Sajama?

Por fin llega el verano y toma la decisión de lanzarse a la aventura. Compra un billete y se va con lo que cabe en el equipaje de mano a buscar felinos a la otra punta del globo. Así de simple. Así de radical. Situaré al lector con más precisión: agosto de 2015, isla de Borneo, Reserva Forestal de Deramakot. Llega un tipo preguntando si hay alojamiento.

La mochila va al máximo; están a punto de saltarle todas las costuras. En Kota Kinabalu se ha comprado una bicicleta. Eso es lo único que ha hecho en la ciudad, nada más bajarse del avión. Después se ha ido a la terminal de autobuses y ha cogido el primer autobús que salía para Telupid. No hay un minuto que perder. Ni mercadillos, ni restaurantes ni pollas en vinagre. Cuanto antes se meta en la selva más opciones tiene de ver un felino.

Gerardo expone sucintamente sus intenciones al Director de la reserva. Pretende dar vueltas con la bicicleta de noche por las pistas. Viene a buscar fauna. Al Director le parece muy bien, debe de estar acostumbrado a que llegue gente rara por esos lares. Antes, sin embargo, se asegura de que firme un papelito en el que les exima de cualquier responsabilidad de lo que le pueda pasar. Hay unas cuantas serpientes mortales y los elefantes tampoco son muy amigables. Sin embargo Gerardo se muestra confiado: no hay ni tigres ni leopardos, que son los que más le acojonan. Firma y se instala.

Van a ser doce o trece horas, cada noche, de dar bandazos; desde el atradecer hasta que amanezca. Llena el camel bag. Mete otro litro de agua en la mochila. En el portabotellas de la bici té o cocacola. Comprueba que funcionan todos los cacharros. Y que lleva pilas de repuesto. Se prepara remetiéndose bien los pantalones dentro de los calcetines. Ya conoce las averías que hacen las sanguijuelas. Una hora antes del anochecer se pone en marcha. Pedalea y siente el fresco, la humedad. Empieza a sentirse vivo. Todo cobra sentido. Ha nacido para esto. Las primeras criaturas extrañas hacen acto de presencia.

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Extraño arácnido

Lo entretenido de ir en bici en este lugar, asegura, es que casi siempre vas viendo cosas. Se topa con varias civetas. Extraños pájaros. Un montón de ranas que parecen gominolas fluorescentes. Tiene la oportunidad de grabar a un pangolín:

Caminar o pedalear durante horas en la soledad de la selva es una experiencia única, mágica. Como el propio Gerardo ha recordado en alguna entrevista: «Conectar con la dimensión experimental que todos tenemos. Cuando te encuentras solo no tienes más remedio que ponerte a pensar en cosas trascendentales, lo insignificantes que somos. Toda una lección de humildad».

A veces ve cosas bastante sorprendentes que le sacan de este ensimismamiento. «¿Quién se habrá dejado ahí una bufanda?», musita mientras se baja de la bici y con el haz de la linterna apunta a una cosa de color blaugrana. «¡Coño, pero si es un pájaro!», exclama. Y busca su cámara para inmortalizar al Pájaro-Barça, un curioso habitante de estas selvas.

malasia verano 2010 118Fauna culé: el Pájaro-Barça,

Cada vez que levanta la bici del suelo es la misma historia. Está recubierta de unas hormigas enormes que acuden a chupar las sales minerales del sudor de Gerardo. Con un palo sacude a los insectos, que seguro que son venenosos. Hace rato que ha salido de la zona de confort. Va permanentemente empapado. Cuando no llueve, gotea agua de la bóveda forestal. Y cuando no, va eencharcado en su propio sudor. La ropa no se secará hasta Kota Kinabalu. Cada día, cada tarde, se la pondrá húmeda, igual que las zapatillas.

Se alimenta como una zarigüella. A base de frutas y copos de avena. Por el día dormita, esperando su hora. Reposando rozaduras y picaduras. Nada de eso importa cuando atisba el brillo de los ojos de un felino. Se emociona ante la perspectiva de ver uno de los tres grandes que viene persiguiendo.

Se afana por verlo. Tiene que ir con cautela. Que siga deslumbrado, dudando. Para identificarlo tiene que hacer uso del linternón. Con destreza se arrima los prismáticos. Y ahí lo tiene. Un gato de bengala.

Vaya, ese ya lo tiene en la lista. En los próximos días verá una veintena. Con cada uno se llevará un sobresalto.

Gato de bengala

Avistamiento nocturno de un gato de bengala

Pasan los días de barro y sanguijuelas. Van cayendo especies. Algunas comunes. Otras puede que nunca más las vea. Puede que alguna, incluso, no esté aún catalogada por la ciencia.

Pese a los grandes esfuerzos llevados a cabo no ha podido ampliar su colección de avistamientos. La primera conclusión es que tiene que volver. Sin embargo, no podemos decir que se vaya de vacío. Ha visto cosas que vosotros (y yo) no creeríais. Lo más importante es que ha comprobado que sigue a la altura de estas aventuras imposibles. Que es un tipo duro de pelar.

Regresa al hogar. Al calor de su mujer y su hijo. Con suerte hasta octubre le durará la inercia. Después tendrá que volver a soñar. A ilusionarse con otra locura. Quedan gatos por avistar.

* Para saber más de las andanzas de Jaime y Gerardo recomendamos escuchar el capítulo “Linces”, de Catástrofe Ultravioleta.


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