Expediciones naturalistas al Sahara

Parece mentira que en un planeta continuamente auscultado por decenas de satélites, que no paran de medir índices de biomasa vegetal, de escrutar accidentes geográficos, de anotar lo que llueve o deja de llover, aún queden sorpresas. Creemos tener acceso virtual a todos los rincones de la Tierra, casi nos han convencido de que ante cualquier novedad saltará un aviso para estar al tanto.

Sin embargo, de ser así, no hubiésemos abandonado nuestros quehaceres para partir hacia el sur, muy al sur, en busca de fauna sahariana y echar un vistazo a aquellas tierras áridas, descoloridas y aparentemente inertes. Este fue el origen de Harmusch [1], un grupo de biólogos independiente creado en 2014 que surge para dar entidad, contexto y continuidad a una serie de expediciones llevadas a cabo, desde marzo de 2011, al Sahara Atlántico.

En ruta (Crédito JM Valderrama)
En ruta (Crédito JM Valderrama)

El aroma que desprenden estos viajes me trae a colación lecturas sobre indómitos viajeros, arduos y, en ocasiones, tarados expedicionarios. Es posible que libros como los de Patrick Deville (Ecuatoria, Peste y cólera), en los que descarriados exploradores meten mano al África Negra a través de los caudalosos ríos que se pierden en una maraña de estáticos manglares, o las febriles lecturas de la epopeya del Endeavour, liderada por Shackleton, o las tribulaciones de Scott (El peor viaje del mundo) y Schaller (Las piedras del silencio) nos hayan ablandando los sesos tal y como las novelas de caballerías hicieron con el ingenioso hidalgo.

Lo cierto es que las cuadrículas en blanco en los Atlas de Fauna son un acicate para visitar esas lejanas regiones. España, Europa, el mundo domesticado, se nos quedó pequeño, en cuestiones zoológicas, y teníamos que ir a comprobar si, efectivamente, las celdillas del Atlas estaban en blanco por desconocimiento o por extinción. Ese es el nexo de unión con los personajes que anteriormente me he permitido evocar, la curiosidad.

Zona de estudio (imagen JM Valderrama)
Principal área de estudio, entre el bajo Draa y la Sequiat el Hamra (imagen JM Valderrama)

Tras miles de kilómetros en todoterreno y más de 200 transectos a pie entre acacias, roquedos, pedruscos y arena (que han sumado por el momento más de 2000 Km de caminata por el desierto) han ido apareciendo muchas sorpresas que hemos ido anotando en nuestros cuadernos de campo. Poblaciones de gacelas en lugares inesperados, carnívoros danzando por oueds y yebels que ponen a prueba el conocimiento que se tiene sobre estas especies, reptiles y anfibios que se esconden debajo de las piedras y que solo se encuentran si las levantas una a una. Nuestra imaginación se dispara con cada huella que aparece impresa en el barro cuarteado de los gueltas [2] o talladas momentáneamente en la arena. Las cámaras trampa, poco a poco, van desvelando enigmas ocultos. Estos parajes, aparentemente abióticos, aún guardan vida.

Huella de Gatos montés africano (Felis silvestris lybica)
Huella de Gatos montés africano (Felis silvestris lybica)

Comprendan nuestra ansiedad cada vez que, en lontananza, aparece uno de esos escalones que rompen las llanuras pedregosas (conocidas como regs), y atisbamos algo que parece ser el cubil de una hiena. En efecto, a medida que nos aproximamos, sorteando minas si es preciso, los prismáticos nos permiten apreciar un rastro de huesos viejos, mancillados por lustros de sol implacable, que señalan el camino que las hienas hacían una y otra vez arrastrado presas hasta sus despensas.

Imaginen una jauría de sabuesos que viene atada desde Tarifa, olfateando estímulos y con ganas de desfogar, y de repente la sueltan. Así salen los miembros de Harmusch tras dejar los todoterrenos al pie de esos derrubios minerales y óseos; el entusiasmo nos lleva a trepar entre costillas, fémures, vértebras; flipando con cada pista que nos permite recrear lo que allí hubo y flipando con la ilusión de lo que otra vez podría haber.

Uno de los miembros de Harmusch que no da abasto ante tanto hallazgo. Mi tesoroooo
Uno de los miembros de Harmusch que no da abasto ante tanto hallazgo. Mi tesoroooo

Es dentro de las cuevas donde aparecen los cráneos y, en ocasiones, verdaderos cementerios en los que se superponen capas de restos que nos hablan de las generaciones de hiena que allí vivieron durante siglos. La voracidad de estos temibles cánidos queda patente al ir catalogando el material óseo: dromedarios, gacelas dorcas, gacelas de Cuvier, mohor, e incluso chacales, caían en las poderosas fauces de estos carnívoros.

Y es que, mal que nos pese, llegamos tarde a la fiesta. Lo que nosotros vemos son las sobras de lo que fue un verdadero edén. El desierto del Sahara alberga, o albergaba hasta tiempos muy, siete ungulados, todos ellos más o menos exclusivos de esta región. Además había una gran variedad de carnívoros, como el gato de las arenas o el emblemático león de Berbería y si nos atenemos a las memorias de José A. Valverde[3], leemos con incredulidad que los avestruces eran muy frecuentes por la zona.

El panorama, a día de hoy, es ciertamente desalentador, pues los cazadores siguen campando a sus anchas por estas vastas tierras, favorecidos no solo por su inmensidad, sino por la impunidad que da la endémica inestabilidad política de la región y los conflictos bélicos. La situación es en general ingobernable en la práctica, favoreciendo además la expansión de todoterrenos y armas de fuego automáticas, los verdaderos brazos ejecutores.

Dos instantáneas de las cámaras-trampa. Arriba Gato montés africano (Felis s. lybica). Abajo Zorro de Rüppell (Vulpes rueppellii)

La cadena de extinciones no ha parado y prueba de ello es que el oryx cimitarra se extinguió en libertad en la década de los ochenta, mientras que el futuro del adax y de la gacela dama es bastante incierto, ya que tan solo quedan poblaciones relictas de reducido tamaño.

La primera reacción a esta extinción masiva fue la iniciativa del profesor Valverde, que trasladó a España algunos ejemplares con el fin de salvaguardar especies que se extinguirían sin remedio. Aquel hito, bautizado como ‘Operación Mohor’, dio lugar al Centro de Rescate de la Fauna Sahariana, en Almería, que depende de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA) del CSIC y que está gestionado por Grupo de Conservación de Especies Amenazadas.

La acogida y ayuda del director del Instituto por aquella época, Manuel Mendizábal, y la del naturalista, periodista y fotógrafo Antonio Cano, que se convirtió en el principal valedor de aquellas asustadas gacelillas que desembarcaron en la Península, fueron tan buenos cimientos que permitieron consolidar la utopía de Valverde hasta nuestros días. Varios rescates siguieron al primero y las investigadoras Mar Cano y Teresa Abáigar continuaron las labores conservacionistas y de investigación.

Acacias y dunas
Acacias y dunas

El propósito de Harmusch consiste en un reconocimiento preliminar sobre el terreno con el fin de valorar el estado actual de la fauna superviviente y diseñar las líneas maestras de programas de conservación. Dadas las enormes dimensiones de este territorio y nuestras limitaciones, nos hemos centrado principalmente en la zona comprendida entre el Bajo Draa y la Sequiat Alhamra. Además, fruto de estas expediciones colaboramos activamente con la EEZA, aportando muestras y detalles sobre el descubrimiento de nuevos núcleos de población de gacelas.

Como corolario a estos años de expediciones e ilusiones y para poder plasmar nuestras vivencias y hallazgos científicos recientemente hemos sacado a la luz el libro ‘Harmusch. Expediciones al Sahara Atlántico’ de Ediciones Rodeno. Este libro, sin embargo, no debe interpretarse como un epitafio, sino como un hito más al que seguirán nuevas aventuras, hallazgos y compromisos con la defensa y divulgación de ese lugar tan fascinante como es el desierto del Sahara.

El libro ha sido dedicado a la memoria de Mar Cano ─fallecida el pasado mes de junio─ por su constante lucha en pos de las gacelas y su figura inspiradora para los componentes de Harmusch.

Harmush, expediciones zoológicas al Sáhara
Harmusch, expediciones zoológicas al Sáhara

Este artículo lo escribe JM Valderrama, si te ha interesado su viaje zoológico por el Sáhara puedes encontrar otros relatos de sus aventuras en Naukas o escuchar el podcast Catástrofe Ultravioleta dedicado a los Linces.

Notas del autor:

[1] Nombre en saharaui de la gacela de Cuvier

[2] oued: ramblas o cauces que permaneces secos la mayor parte del año; yebels: sistemas montañosos; gueltas: pozas de aguas permanentes que aparecen sobre los cauces principales.

[3] Memorias de un Biólogo Heterodoxo: José A. Valverde. Vol. III. Sáhara, Guinea y Marruecos: Expediciones africanas. 2003. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid

J.M. Valderrama es investigador contratado (a ratos) de la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC). Combina su actividad científica con la escritura y la divulgación. Autor del blog Dando bandazos y de tres libros: ‘Días de nada y rosas’, ‘Altitud en vena’ y ‘Aquí Bahía’. Es coautor, como miembro de la Asociación Harmusch, del libro ‘Expediciones zoológicas al Sahara Atlántico’ y colabora con diversos blogs, como este.



Por J.M. Valderrama
Publicado el ⌚ 18 enero, 2016
Categoría(s): ✓ Biología • Divulgación • Libros