Vida en el infierno

El planeta, está lleno de lugares que parecen no tener ningún rastro de vida, sitios que parecen estar diseñados para sufrir, o vivir una breve (o extensa) agonía para la mayoría abrumadora de los mortales. Me refiero a lugares que no presentan síntomas vitales a simple vista, e incluso, hasta para expertos científicos es difícil encontrarla. Y sin embargo, la vida en sus formas más extremas, está presente.

Uno de éstos lugares se ilustra con el río Tinto, al sur de España. El río posee una coloración roja por su pH o elevadísima acidez. A simple vista se ve muy poco atractivo para extraer agua y montar un acuario en el living de casa. Y las pruebas científicas confirman la pobreza futura de nuestro acuario: escasez de oxígeno, alto contenido en metales pesados, y sumado, pésimas condiciones para la vida. Sin embargo, en el río Tinto la hay, en formas microoscópicas, incluyendo hongos y algas.

Río Tinto | Fuente Flickr Creative Commons

Según estudios realizados con participación del CSIC, algunos de éstos microorganismos son tan resistentes, que hasta tendrían posibilidades de sobrevivir en condiciones similares en el planeta Marte.

Nuestro planeta, está llenos de lugares “infernales” que parecen cumplir con todas las condiciones para repeler la vida. Y sin embargo, la vida resiste. Desiertos que arden a temperaturas que nos parecen imposibles, zonas gélidas que perforan el termómetro, cavernas y profundidades alejadas de la luz, y hasta bastiones radiactivos, son algunos de los hogares de los llamados microorganismo extremófilos.

Son los verdaderos colonizadores de los infiernos terrestres.

Para un primer ejemplo nos trasladamos imaginariamente hasta el Grand Prismatic Spring, el manantial de agua caliente más grande del Parque Nacional Yellowstone, en Estados Unidos.

Grand Prismatic Spring – Yellowstone National Park, Wyoming | Fuente Flickr Creative Commons

Seguramente alguna vez observamos el aspecto casi irreal de éste lugar. Pues bien, en el sitio en el que no resistiríamos sin consecuencias a sumergir un dedo en el agua, en el año 1969 Thomas Brock descubre la Thermus Aquaticus, una bacteria termófila capaz de sobrevivir a temperaturas de hasta 80º C, con un cóctel enzimático capaz de resistir lo que parecería imposible.

Otro notable grupo de microorganismo hiper resistente, es el de las arqueas (archaea), habilidosos habitante de los lugares extremos. Algunas de las arqueas, organismos unicelulares, pueden vivir a 100º C, por lo tanto, entre sus hogares podremos contar un géiser, chimeneas mineralizadas. Pero también, se adaptan a hogares extravagantes para nuestra cosmovisión: pozos petroleros, aguas ácidas, lagos salinos. Las arqueas, suelen ser expertar en vivir donde la mayoría de los organismos morirían rápidamente.

La Pyrococcus furiosos, es una especie de Archaea “amante del infierno”, (al menos en él se siente a gusto): su temperatura de crecimiento óptimo es de 100 º C. Otra en el rubro, la cepa 116 de Methanopyarus kandleri, habitante de las paredes de una fuente hidrotermal en el Golfo de California a una profundidad de 2000 metros, es la mejor adaptada a las temperaturas “imposibles”: llega a crecer en temperaturas en torno a los 122º C, la marca más alta registrada en la que puede sobrevivir un organismo. Existen arqueas capaces de prosperar en un ambiente equiparable al ácido sulfúrico (con una concentración molar de 1,2). A las arqueas, pareciera que no hay lugar que no les venga bien.

Mientras algunas de éstas formas de vida eligen de un modo permanente su infierno terrestre como hogar, otros organismos extremófilos, simplemente se adaptan a situaciones extremas indeseadas.

Fuente | Wikicommons

Los tardígrados, conocidos como osos de agua, de un tamaño microscópico, tienen la asombrosa habilidad de entrar en un estado de animación suspendida o criptobiosis, básicamente, deshidratarse, reducir su metabolismo, y darse una siesta de hasta varios siglos, tal como suena. Según estudios, los tardígrados, pueden sobrevivir en estado de metabolismo indetectable a temperaturas que pueden variar entre los -272º C, o los 149º C.

Aún más, son capaces de resistir en estado de criptobiosis situaciones de sequedad extrema, radiación ionizante, o hasta hacerse un paseo por el espacio exterior. El hombre radioactivo, debería sentirse humillado al lado de un tardígrado.

Nuestro viaje continúa hasta el desierto de Chihuahua, el más extenso de América del Norte. Casi 520.000 kilómetros cuadrados de pura escasez, aunque menos extremos que otros desiertos. El desierto de Chihuahua es el hogar de la Selaginella lepidophylla, capaz de vivir en ausencia de agua. Cuando el agua escasea, incluso por años, la planta entra en estado de vida latente hasta mejores tiempos, perdiendo hasta el 95 % de su agua sin daños, y mostrando un aspecto de planta muerta. El metabolismo se reactiva cuando la humedad regresa, y la planta recupera su aspecto vital en pocas horas.

Nos sumergimos a lo más profundo del mar, para mencionar al gusano de tubo gigante (Riftia pachyptila), un organismo termófilo que vive al lado de las fumarolas tolerando no sólo altas temperaturas, sino además, grandes concentraciones de sulfuro y nula luz solar. Por cierto, larga vida le espera al gusano de tubo gigante (hasta unos 250 años).

A medida que el tiempo, y la ciencia avanzan, se devela que las condiciones para la vida, suelen ser mucho menos rigurosas que lo que hubiésemos imaginado inicialmente. El lugar más inhóspito que imáginaramos en nuestro planeta, el más alejado, oscuro, profundo, tóxico o sofocante, debería intuirse como un lugar en el que una feliz comunidad de microorganismos extremófilos y herejes del sufrimiento, en terminología ibérica, se la pasan pipa.

Por hazañas “menores” de supervivencia (en la escala de la naturaleza), los humanos llevamos rodadas varias películas.

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