Regalo de Reyes para una madre

Lubov Lvovna Perelman tras una ventana

Normalmente el día de Reyes es un día especial para los niños. Hoy, sin embargo en Amazings vamos a cambiar un poco la tradición y le vamos a a hacer un homenaje a todas las madres en la figura de una mujer fascinante.

Ser mujer, ser judía y tener un hijo en 1966 son los tres “pecados” que cometió Lubov Lvovna Perelmán, prometedora licenciada rusa en Matemáticas. Tres “pecados” que le impidieron desarrollar su tesis doctoral en la Universidad de Leningrado, hoy San Petersburgo, bajo la dirección del matemático Garal’d Isidorovich Natanson. Ella tuvo que elegir entre ser doctora en Matemáticas o ser madre; eligió lo segundo y acabó de profesora de matemáticas en una escuela.

Su primer hijo, Grigori “Grisha” Yákovlevich Perelmán, sigue viviendo con ella en San Petersburgo, tras haber rechazado un millón de dólares por demostrar la conjetura de Poincaré y multitud de puestos académicos. Su otra hija, Elena, también es matemática, hizo un postdoctorado en bioestadística en Suecia y trabaja allí como programadora informática. Grisha vive alejado de las matemáticas, todo lo que el mayor genio vivo de la matemática puede estarlo, cuidando a su madre Luvov, ya anciana.

Sirva esta entrada como homenaje a esa gran mujer que se sacrificó mucho en vida por la gloria de su hijo.

Me basaré en la biografía de Grisha escrita por Masha Gessen, “Perfect Rigor: A Genius and the Mathematical Breakthrough of the Century”, Houghton Mifflin Harcourt, Boston/New York, 2009. Os recomiendo el resumen del libro de Rodrigo Fernández, “El genio, el hombre, el enigma” (El País, 3 octubre 2010).

Ser judío en la Unión Soviética en la década de 1960 era un gran “pecado” que solo se perdonaba a quienes eran brillantes en su profesión. En una universidad de primera, como la Universidad Estatal de Leningrado, no se admitían judíos, salvo en casos excepcionales. El profesor Natanson, judío, matemático experto en análisis real y teoría de la aproximación, siguiendo los pasos de su propio padre, podía aceptar a judíos como estudiantes de doctorado y formarlos para que fueran profesores de la universidad, pero solo si los consideraba brillantes. Ofrecerle uno de estos puestos a una mujer era muy arriesgado, incluso si era muy brillante, pues las mujeres son propensas a quedarse embarazadas y a otras distracciones, como el matrimonio.

Natanson valoró a favor de Lubov que estaba a punto de cumplir 30 años y con esa edad una mujer rusa que no se hubiera casado, ni hubiera tenido hijos, acabaría siendo una eterna solterona. Una mujer judía que prometía dedicarse en cuerpo y alma a las matemáticas. Tras realizar los largos trámites, Natason le ofreció a Lubov un doctorado bajo su dirección. Pero ella rechazó tan generosa oferta, se había casado e iba a tener un hijo.

Lubov decidió dedicarse en cuerpo y alma a la formación de sus hijo. Le enseñó a tocar el violín y a amar la matemática. Le ocultó las dificultades que tenían los judíos en la antisemita Unión Soviética, que ella ya sufrió en carne propia. Le rodeó con una urna de cristal que le protegía de todas las inmundincias. Le formó para competir, para brillar con luz propia, porque solo los mejores triunfan. La matemática, como el ajedrez, era un deporte de competición en la Unión Soviética y Lubov quiso que su hijo se iniciace cuanto antes, porque un deportista de élite ha de ser mimado desde la más tierna infancia.

Grisha no le falló a su madre e hizo un un buen papel en una competición de matemáticas en su distrito, aún no tenía diez años. La tradición matemática rusa marcaba que con esa edad ya era hora de que un futuro matemático aprendiera a manos de un entrenador experto. Lubov tenía que apuntar a su hijo en una club de matemáticas. Tenía que apuntar a su hijo en el mejor club de matemáticas de todo Leningrado.

Diez años después de dejarle circunspecto, Lubov se acercó al despacho del profesor Natanson, quien la vio más envejecida y un poco obesa. Ella le dijo que tenía un hijo de 10 años que mostraba un gran talento para las matemáticas y quería apuntarle al mejor club de matemáticas de la ciudad. Natanson le recomendó que se pusiera en contacto con Serguéi Rukshín, un joven de 19 años con grandes dotes para preparar niños para las competiciones de matemáticas. Grisha ingresó en 1976 en el círculo matemático que funcionaba en el Palacio de Pioneros de Leningrado y pronto se convirtió en el alumno preferido de Rukshín. Era un competidor nato y lo demostró en competiciones locales.

A los 14 años, Grisha logró ingresar en la famosa Escuela Número 239 de Leningrado, bajo la tutela de Valeri Rízhik, que segía un programa de estudios ideado por el mismísimo Andréi Nikoláyevich Kolmogórov para niños superdotados en física y matemática. A petición de su madre y de Rukshín, Grisha continúo en el círculo matemático de Rukshín entrenándose para las olimpiadas matemáticas.

Lubov sabía que la entrada de su hijo en la Facultad de Matemáticas de la Universidad Estatal de Leningrado sería muy difícil, casi imposible. Solo admitían dos judíos al año. Sabía que en los exámenes de ingreso ser judío era una terrible tara, pero nunca se lo dijo a Grisha. Ella y Rukshín sabían que había una puerta trasera, una puerta que permitía entrar directamente sin pasar por el examen de ingreso en cualquier universidad soviética, incluso las más antisemitas. Formar parte del equipo soviético en las olimpiadas matemáticas. Grisha tenía todas las papeletas para lograrlo. Era el mejor pupilo de Rukshín, quien era uno de los mejores entrenadores olímpicos en matemáticas de todo el país.

En 1981 el seleccionador nacional, el joven Alexander Abramov, le pidió a Rukshín que le recomendara a alguno de sus alumnos para la competición nacional en la que sería elegido el equipo oficial. Recomendó a dos, a Grisha Perelman, el indiscutible número uno de su club, y a Alexander Levin, el número dos. Levin tenía mucho potencial pero su gran desventaja eran sus padres, que no comprendían que significaba ser un matemático. Todo lo contrario que la madre de Grisha. Los padres de Levin querían que fuera ingeniero, por ello, le obligaron a dedicar más tiempo a sus deberes escolares que al club de matemáticas y en varias ocasiones faltó al club.

En la competición nacional Levin resolvió todos los problemas, excepto uno, que dio la casualidad que había sido resuelto en el club un día que él no asistió. Grisha los resolvió todos y llegó al equipo olímpico, sería el único judío en el equipo.

Grisha Perelmán cumplió los sueños de su madre e hizo pleno en las Olimpiadas de Matemáticas de 1982 en Budapest (Hungría). Medalla de oro tras resolver los seis problemas propuestos con la máxima puntuación posible, siete puntos. No fue el único, otros dos competidores también lo lograron (un alemán y un vietnamita). Junto a su medalla de oro, Perelmán recibió un cubo de Rubik, que regaló cuando regresó a Leningrado.

Sin embargo, la gran recompensa para él, la recompensa por muchos años de sacrificio, fue cumplir el sueño de su madre, la entrada directa, sin examen de ingreso, en la Facultad de Matemáticas de la Universidad Estatal de Leningrado, donde el primer año tendría como profesor de geometría a Alexander Danilovich Alexandrov, una leyenda viviente. Con solo 16 años, el genio de Grisha deslumbró a Alexandrov, quien lo convirtió en su protegido, hasta que se trasladó a Moscú. Pero Grisha no podía defraudar a su madre y asistió a todos y cada uno de los cursos en los que se matriculó, incluso a los cursos de teoría marxista (materialismo dialéctico, comunismo científico, ateísmo científico, política económica del capitalismo, etc.). El único alumno que lo hacía, ya que entre los alumnos era habitual hacer novillos, sobre todo cuando los profesores eran malos. Grisha acabó su carrera como todo un campeón.

Lubov estaba orgullosa de que su hijo hubiera acabado su carrera con éxito, pero sabía que, siendo judío, necesitaría cierta ayuda para lograr realizar una tesis doctoral en matemáticas en la institución más prestigiosa de Leningrado, la sede local del Instituto de Matemáticas Steklov de la Academia Rusa de Ciencias. La madre de Grisha decidió visitar a Viktor Abramovich Zalgaller y le dijo que el sueño de su hijo era estudiar en el Instituto. En aquella época no era raro que una madre interfiera por su hijo, máxime con lo reservado que era Grisha. Zalgaller y uno de sus antiguos estudiantes, Yuri Dmitrievich Burago, decidieron solicitar al director del instituto Ivan Matveevich Vinogradov, una plaza de doctorado para uno de los estudiantes más dotados y brillantes que habían visto nunca.

Pero antes de enviar la solicitud, ante las dudas, urdieron un plan.

Pidieron a Alexandrov que escribiera una carta a Vinogradov pidiendo que Perelmán fuera admitido como estudiante de doctorado en Leningrado bajo su codirección (él estaba en Moscú), siendo Burago su codirector local. Lubov y Zalgaller sabían que una petición así, por parte de un Académico de la talla de Alexandrov, sería imposible de rechazar. La madre de Perelmán sabía en carne propia que el sistema de admisión a los programas de doctorado era discriminatorio y bizantino. Sabía que Grisha necesitaría ayuda y le ayudó como pudo.

Gracias a su madre, a Zalgaller, a Burago y al mismísimo Alexandrov, Grisha Perelman pudo realizar su tesis doctoral bajo la dirección de Alexandrov y Burago. Gracias a su madre Grisha alcanzó la gloria en la historia de las matemáticas que le fue negada a ella por ser mujer, judía y madre.

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