Sobre desastres y predicciones

Wegener y Rasmus Villumsen

El 20 de febrero de 1835 un gran terremoto destruyó por completo la ciudad chilena de Concepción. Es un terremoto conocido porque Darwin, que andaba por allí, dejó escrita una crónica del suceso. La experiencia le sirvió para comprender que ni siquiera la solidez de la Tierra es inmutable. El 27 de febrero del año pasado –175 años y 7 días después–, esa misma región sufrió otro gran terremoto; y hace unos días, el 11 de febrero, con una curiosa precisión generada por el caos interno del planeta, la misma región de Chile volvió a sacudirse con fuerza, como queriendo deshacerse de esos pequeños seres que construyen casas y carreteras encima de su piel. Los terremotos en Chile son un fenómeno relativamente común, de manera que la coincidencia en las fechas no tiene ningún misterio. Sin embargo, la explicación de estos fenómenos cataclísmicos sí que era un misterio hace 175 años. Esa es una diferencia esencial entre aquel terremoto de 1835 y estos de 2010-11: ahora tenemos una teoría científica coherente que explica el temblor. Antes solo había bruma.

La teoría que explica estas sacudidas del planeta se llama Tectónica de Placas: la corteza terrestre es un puzzle formado por varias placas que se mueven –varios centímetros cada año–, de tal manera que tropiezan unas con otras, formando montañas, fosas submarinas, volcanes, terremotos y cosas así. Esta teoría, que la mayoría de la gente tiene bastante ben asimilada es, aunque no lo parezca, un logro muy reciente de la ciencia, ya que fue desarrollada a mediados del siglo XX. El germen más importante fue un libro publicado en 1915 –precedido por varias charlas– por el científico alemán Alfred Lothard Wegener: “El origen de los continentes y océanos”.

En ese libro explicaba y argumentaba su teoría de la movilidad continental –parece ser que mal traducida como “deriva continental”. Como pasó tantas otras veces, al principio la mayoría de científicos no le hizo mucho caso. Después de publicar el libro, este meteorólogo y geofísico siguió trabajando en varios temas afines, como la formación de los cráteres de la Luna o la historia del clima (paleoclimatología). En 1930, cuando estaba en Groenlandia en una de sus expediciones, fue víctima de una tormenta y murió en medio de la nieve. Fue encontrado en la primavera del año siguiente, envuelto en su saco de dormir y en una piel de reno. Y allí sigue, protegido por el hielo; víctima de la naturaleza cambiante de un planeta que él ayudó a descifrar (la foto que acompaña este texto muestra a Wegener y a Rasmus Villumsen, compañero groenlandés en la misma expedición, poco antes de morir ambos). Fue años más tarde cuando otras evidencias científicas –como la expansión de los fondos oceánicos– dieron credibilidad a la teoría de Wegener y cristalizaron en la teoría actual de la Tectónica de Placas.

Uno de los frutos más sobresalientes de la ciencia es la capacidad de predicción. Así y todo, hoy en día, predecir un gran terremoto sigue siendo muy complicado: la escala y el número de variables que están en juego son enormes. Pero, con tiempo –ese gran constructor–, la información será más abundante y precisa y las predicciones serán mejores y, entre otras cosas, ayudarán a salvar vidas. Otro producto de la ciencia, la predicción meteorológica, que es también extremadamente compleja, ya se utiliza a diario, muchas veces con una precisión desconcertante. Es algo tan común que muchas veces ni siquiera somos conscientes del gran logro que supone. Arropados por la pitonisa científica, podemos llegar una tarde a casa, cerrar ventanas y puertas, encender la chimenea, sentarnos cómodamente en el sofá y, leyendo tranquilamente el periódico, aguardar la llegada de ese temporal anunciado.

Tarde o temprano, con más o menos genio, sabemos que va a pasar.

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