¿Encéfalo o cerebro?

Imagen | Recursos TIC Ministerio Educación Creative Commons

Celebro que me lo pregunte. Cuando la guillotina separó la cabeza del monarca francés Luis XVI del resto de su cuerpo, ese señor perdió una parte de su sistema nervioso llamada encéfalo. Se trata de un pedazo de tejido muy importante, ya que cuando se pone en marcha puede dar lugar a algo tan fascinante como la mente consciente; no en vano está protegido por una gruesa esfera ósea llamada cráneo. El encéfalo es la máquina de la mente. Anatómicamente esta relación no parece muy complicada de asimilar y además es fácil comprobar cómo una persona que pierde por accidente alguna porción de tejido encefálico también suele sufrir alguna modificación en su actividad cognitiva.

Los ingleses, que son muy suyos, al encéfalo lo llaman “brain”. Este comentario lingüístico viene al caso porque le quiero proponer un experimento: entre en una librería -física o virtual- y busque libros en inglés que tengan en su título la palabra “brain”. Hay muchos, ya que esto de la mente es algo que a los humanos nos suele interesar bastante. Busque ahora la traducción al español de uno de esos libros. Comprobará que la palabra “brain” se ha convertido en “cerebro”. Si en la misma librería busca libros de divulgación sobre el encéfalo que se hayan escrito directamente en español, comprobará también que en el título -y en su interior- se usa la palabra “cerebro”. Y lo mismo ocurre cuando el tema es tratado por revistas, periódicos y programas de TV y radio.

¿Es entonces lo mismo cerebro que encéfalo? Pues no.

El cerebro o telencéfalo -en inglés, “cerebrum”- es una parte del encéfalo. También son partes del encéfalo el tálamo, el hipotálamo, los colículos, el puente, el bulbo raquídeo o el cerebelo. Todas estas regiones están íntimamente relacionadas entre sí y funcionan en armonía para dar lugar a la emergencia de la mente consciente. De todas ellas, la más voluminosa es, con diferencia, el cerebro, formado por dos hemisferios tan grandes que, vistos desde arriba, cubren casi por completo el resto de estructuras. Por alguna razón -una razón de tamaño, según parece- en la cultura popular el término “cerebro” se ha equiparado al de “encéfalo” y ahora se usa normalmente el primero para referirse a toda la estructura. Esto en principio no es ningún problema, las lenguas son fenómenos vivos que deben adaptarse y reflejar el hablar de la mayoría, y además si uno quiere ridiculizar a alguien en twitter diciendo que tiene un “cerebro de mosquito” en vez de un “encéfalo de mosquito” gana nada menos que 1 carácter.

Pero el problema viene cuando el término se usa mal en un texto científico, o en un texto de divulgación que trate de alguna manera sobre las regiones del sistema nervioso. La escritura científica no admite ambigüedades, no puede hacerlo, debe ser precisa y certera como las flechas de Robin Hood, y los científicos y comunicadores de la ciencia deben preocuparse por ello. Pero no siempre es así, ni mucho menos.

La falta de rigor y la frivolidad asoma sin ninguna vergüenza de los dedos y labios de traductores, periodistas, divulgadores, editores y aún neurocientíficos, y da lugar a frases como “la parte no cerebral del cerebro” o “el cerebro se puede dividir en telencéfalo (también conocido como cerebro), diencéfalo, cerebelo…”. Esas frases son absurdas, inadmisibles en una descripción científica, equivalentes a decir en un libro sobre bicicletas algo así como “la rueda se puede dividir en rueda, manillar, pedales,…”, y sin embargo se pueden encontrar en prácticamente el 100 % de los libros de divulgación científica que hay en español dedicados a la mente y el sistema nervioso, libros escritos en no pocos casos por conocidos divulgadores.

¿Es esta una muestra de frivolidad, de ignorancia, de preferir el título que popularmente va a vender más, un poco de todo? Pues no lo sé, pero celebro que me lo pregunte.

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