Ese modesto péptido

Suricata

La suricata (Suricata suricatta) es una mangosta. Su nombre, que proviene del suahili, significa “gato de roca”. Es de pequeño tamaño y habita en las zonas áridas y abiertas del sur de África. Es un mamífero social. Forma grupos de hasta 50 individuos en los que una pareja de adultos dominantes son los principales reproductores. Los demás adultos proporcionan apoyo en el cuidado y alimentación de las crías y les enseñan a tomar decisiones de alimentación correctas. Además, cooperan en las tareas de vigilancia del grupo y excavan hondonadas para dormir o para protegerse del sol. Y en todas estas tareas, la oxitocina desempeña una función esencial.

La oxitocina es una interesante hormona. Cuando un bebé humano succiona el pezón materno, se libera al torrente circulatorio desde la neurohipófisis, y actúa provocando la secreción de leche y su conducción hasta la cámara desde donde la extrae el bebé al succionar. Otro de sus efectos consiste en estimular las contracciones uterinas antes y durante el parto; por esa razón en ocasiones se recurre al suminstro de oxitocina por vía introvenosa a la parturienta cuando, por las razones que sea, se pretende provocar el parto.

Pero resulta que, además de cómo hormona, la oxitocina también actúa como neurotransmisor cerebral. Los neurotransmisores son mensajeros químicos que transmiten información de una neurona a otra o de una neurona a una célula muscular. No es en absoluto sorprendente que una misma sustancia pueda actuar como neurotransmisor o como hormona, ya que ambas funciones son, en lo esencial, la misma: transmitir información.

Las vías neuronales en las que participa la oxitocina están relacionadas con los vínculos y las relaciones sociales y afectivas. La inhalación nasal de oxitocina aumenta la capacidad para inferir el estado emocional de las otras personas y también aumenta la confianza en los otros. Las personas con elevada actividad en los sistemas neuronales basados en ese neurotransmisor tienden a ser personas imaginativas, empáticas e igualitarias, y tienden a poseer habilidades sociales. La oxitocina está implicada en el establecimiento de vínculos entre individuos en diferentes contextos (relación de pareja, madre e hijo y otras) y sus niveles corporales se elevan en respuesta a caricias o voces reconfortantes. Pero además de lo anterior, también tiene lo que podríamos considerar un “lado oscuro”, puesto que, a la vez que promueve la cooperación y apoyo a los miembros del propio grupo, favorece el comportamiento agresivo de defensa frente a los de otros grupos. En otras palabras, la oxitocina es responsable del comportamiento etnocéntrico.

La oxitocina no es un neurotransmisor o una hormona exclusiva de los seres humanos. Forma parte de la dotación de mensajeros químicos de todos los mamíferos y, más aún, todos los vertebrados cuentan con alguna variedad de oxitocina (nonapéptido de composición similar) que cumple funciones relacionadas con la reproducción.

En un experimento cuyas conclusiones se han publicado recientemente, se ha estudiado el efecto que causa el suministro periférico de oxitocina en los comportamientos cooperativos de las suricatas. Los investigadores utilizaron grupos de individuos de esta especie porque son cooperativos y porque se prestan especialmente bien a este tipo de experimentos: toleran con facilidad el contacto con seres humanos y no se resienten en absoluto al ser pinchadas. Es, pues, un modelo experimental excelente en estos estudios.

A tenor de los resultados obtenidos, el suministro de oxitocina acentúa todos los comportamientos cooperativos. Las suricatas a las que se les había inyectado la hormona, por comparación con las que habían recibido una dosis de solución salina, mostraron mayor generosidad al alimentar a las crías; también dedicaron más tiempo a las tareas de vigilancia y a la excavación de hondonadas para dormir y protegerse del sol, y redujeron las agresiones a las otras suricatas adultas del grupo.

Así pues, está claro que la oxitocina modula ese tipo de comportamientos “prosociales” y lo hace además sobre el conjunto de ellos. Se trata, como señalan los autores del trabajo, de un único “síndrome” con una base común. Y muy probablemente, el carácter de “síndrome común” de los comportamientos modulados por la oxitocina tiene carácter general en el conjunto de los mamíferos sociales.

La investigación con las suricatas no dilucida el modo de acción de la oxitocina. Los investigadores suministraban dosis periféricas mediante inyecciones y esas dosis surtían sus efectos en forma de comportamientos que, al fin y al cabo, son productos del encéfalo. Por esa razón, no sabemos si parte de la oxitocina inyectada cruzaba la barrera hematoencefálica, -que es la que separa el encéfalo del sistema circulatorio general-, o si, por el contrario, se unía a receptores periféricos que acababan incidiendo, -por vía nerviosa-, en el sistema nervioso central.

Un último aspecto de interés es el relativo a las contrapartidas que sufrieron los individos sometidos al tratamiento experimental. Porque además de los efectos sobre el comportamiento prosocial, la oxitocina también provocó otros efectos no tan deseables. Los individuos inyectados con la hormona redujeron el tiempo destinado a buscar alimento y, como resultado, comieron menos que los inyectados con solución salina. Así pues, el comportamiento colaborativo, si bien es bueno para el grupo, no lo es tanto para el individuo. Por eso, es de suponer que en condiciones naturales, las dos componentes han de estar suficientemente compensadas. Esto es, deben estar equilibrados el comportamiento en beneficio propio (búsqueda de alimento) con el comportamiento colaborativo. Y en ese equilibrio la oxitocina juega, seguramente, un papel determinante. Pero esa es la oxitocina endógena, aquella cuya síntesis, liberación y recepción, son la consecuencia de la dotación genética de los individuos, así como de las experiencias previas a lo largo de la vida.

Los seres humanos no somos, seguramente, tan diferentes de las suricatas en estos aspectos de la fisiología neuroendocrina y el comportamiento dependiente de aquélla. Así pues, cada vez que experimentemos impulsos de colaboración con nuestros semejantes, debemos pensar que parte de la culpa la tiene ese péptido que, aunque modesto en su formulación, surte efectos fisiológicos de gran importancia.

John R. Madden y Tim H. Clutton-Brock (2011): “Experimental peripheral administration of oxytocin elevates a suite of cooperative behaviours in a wild social mammal” Proceedings of the Royal Society B 278: 1189-1194



Por Juan Ignacio Pérez
Publicado el ⌚ 28 abril, 2011
Categoría(s): ✓ Biología