Una visita al Alopias vulpinus

Te levantas a las 4:30 de la madrugada; es noche cerrada, tal vez hay tormenta, una lluvia pesada que refresca el aire cálido del trópico. Sin siquiera un mal café cruzas la playa de escombros de coral y subes a la bangka que te espera. Malapascua, una pequeña isla que apenas levanta unos metros del mar, entre las islas de Cebú al oeste y Samar y Leyte hacia el este, aún no se ha despertado.

Es un nombre curioso, que según la leyenda recibió del propio Fernando de Magallanes cuando en la navidad de 1520 llegaron a la isla, donde se vieron azotados por un tifón, pasando una pésima nochebuena. Que sería la última para el portugués; en abril de 1521 murió en una batalla con los nativos en la cercana Mactán.

Según la bangka se aleja en la oscuridad y bajo la lluvia los expedicionarios se templan con un café instantáneo y comienzan el ritual de equiparse con la escafandra autónoma: primero el traje, húmedo aún del día anterior, apestando a neopreno. Luego los escarpines y el ordenador en la muñeca; por fin revisar el chaleco, el regulador y su montaje sobre la botella. Por último el antivaho en la máscara, y su enjuague, y ala preparación de la cámara. Cuando los preparativos terminan son casi las cinco y media y el barco ha llegado al punto de buceo; no hay más, puesto que los centros de buceo de Malapascua han establecido un turno por el ¡que cada uno de ellos tiene una hora asignada cada día para evitar aglomeraciones.

Los buceadores, quizá ocho o diez, saltan al agua, recogen las cámaras y bajan en el agua, que se siente cálida a esa hora. El descenso es rápido, cuidando la compensación de oídos pero decidido, hasta los 22 metros más o menos. Allí llegan a Monad Shoal (banco monad); la cúspide de una montaña submarina antaño cubierta de un rico arrecife, hoy arrasado por completo por la dinamita y que apenas comienza a recuperarse. La cumbre arenosa tiene una marca: una cuerda sujeta con pilotes de cemento actúa como barrera que no debe ser traspasada. Los buceadores se arrodillan en el fondo, dentro del espacio delimitado, mirando hacia afuera, al azul. Respiran calmadamente e intentan moverse lo menos posible, las cámaras preparadas dentro de sus carcasas impermeables, los flashes desconectados. Y tratan de penetrar con la mirada ese infinito espacio gris azulado que se aclara por momentos, según amanece. Y esperan. Buceando con aire comprimido, a esa profundidad, tienen poco más de 20 minutos si no quieren hacer descompresión, siempre una mala idea en buceo deportivo. Así que esperan.

Tiburón zorro

El Tiburón Zorro, Zorro marino o Tiburón azotador es una especie de condrictio muy poco habitual en las bitácoras de buceo. Se trata de un tiburón grande, ya que puede alcanzar hasta 6 metros de largo y 500 kilos de peso, de morro corto, grandes aletas pectorales y hábitos pelágicos, por lo que rara vez se acerca a tierra. Vive en las profundidades del océano cazando peces, a los que aunque parezca increíble atonta golpeándolos con su larguísima aleta caudal dorsal como si fuese un látigo. Es un animal ovovivíparo, es decir que pone huevos, pero éstos se incuban y eclosionan dentro del cuerpo de la madre, por lo que los juveniles salen al mar ya formados; durante su estancia se alimentan de huevos infértiles que la madre segrega con este fin.

Para más rareza, el Tiburón Zorro tiene cierta capacidad de regular su propia temperatura corporal, que suele mantener alrededor de dos grados por encima de la del agua que le rodea. Para ello cuenta con dos bandas de musculatura roja en su lomo y un sistema de intercambio de calor por contracorriente (rete mirabile). Aunque extendidos por buena parte de los mares cálidos del mundo se dividen en varias poblaciones que rara vez se mezclan. Es pescado por su carne y su cola, y su baja tasa reproductiva lo ha colocado en la lista de animales en peligro de extinción.

En el mundo del buceo se sabe que el Tiburón Zorro puede ser visto, con mucha suerte, en lugares como el Mar Rojo o las Islas Maldivas. Pero sólo hay un lugar en todo el planeta donde es posible verlo con cierta regularidad o certeza: Monad Shoal, al Sur de la isla filipina de Malapascua, al amanecer. Un arrecife que es una estación de limpieza donde los Tiburones Zorro que están por la zona (y alguna manta raya ocasional) gustan de ser higienizados por peces limpiadores, que eliminan parásitos y restos de sus bocas y agallas, desde tiempo inmemorial.

Durante siglos los nativos de Malapascua los pescaron para comer, y a lo largo del siglo XX arrasaron con dinamita Monad Shoal. Pero en los años 90 una pareja mixta de nativa de la isla y holandés descubrieron el secreto, y pronto toda la isla estaba viviendo del animal que antaño se comían. Pero ahora lo cuidan como si fuese un hijo, porque las decenas de hoteles y el resto de la industria turística local se sustentan en el Tiburón Zorro. Miles de buceadores de todo el mundo hacen el largo camino hasta allí porque con una probabilidad del 80% pueden verlo. Algo único.

Sobre Monad Shoal los buzos contemplan el interior de sus globos oculares proyectado sobre el sucio azul. Bandos de peces cruzan el campo visual, a veces haciendo interesantes piruetas. Si hay suerte alguna ‘Bailarina española’ o quizá un nudibranquio estarán frente al paciente aspirante a observador, ayudándole a distraerse. Si no todo son peces en la lejanía, el brumoso azul, la respiración regular y los vistazos al ordenador, donde los minutos corren hacia el límite de permanencia. Otros buzos empiezan a llegar según se cumplen sus turnos; con mala suerte traerán escafandristas coreanos, temidos por su mala formación que los hace demasiado conspicuos para el tímido Tiburón Zorro. Dos de cada diez veces el tiempo se agota y el buceador debe iniciar el ascenso sin haber visto más que azul y peces, el esfuerzo baldío, el madrugón inútil. Pero ocho de cada diez, por término medio… la cosa cambia.

Puede ser un tintineo de metal, producido por el guía golpeando su botella con un pincho. O puede ser simplemente una solidificación en el azul, un atisbo de sombra, un movimiento. De pronto la línea de buzos se tensa y las cámaras suben. Del fondo se materializa una nube que crece y se acerca y avanza con movimientos sinuosos e ingrávidos, y que se acaba por resolver en una maravilla de la naturaleza. Los movimientos son gráciles, suaves, elegantes.

El espléndido animal (¿4, 5 metros, quizá más con la cola?) recorre el borde de la montaña sumergida en perezosas vueltas. Pequeños pececillos están atendiendo a sus necesidades de limpieza bucal, y él parece no tener prisa. Sucesivas órbitas lo acercan y lo alejan, lo traen y lo llevan. La tentación de contener la respiración, de no arriesgar asustarlo es grande. Probablemente podría arrancarle un brazo a un ser humano, pero también podría desaparecer en un suspiro, sin aparente esfuerzo, igual que se impulsa en el agua como si volara sin trabajar. Su larguísima cola se mueve elegante, como la cinta de las gimnastas, hermosa.

La visibilidad no es buena; el agua está turbia, cargada de nutrientes y partículas en suspensión. Los vídeos no saldrán muy bien: los hay mejores en Internet, más nítidos, con mejor color. El vídeo no le hace justicia a la experiencia de estar cara a cara con un animal salvaje en su propio medio, de contemplar un fragmento de naturaleza en todo su esplendor. Algo que merece la pena experimentar en persona.



Por Pepe Cervera
Publicado el ⌚ 6 septiembre, 2011
Categoría(s): ✓ Biología • Divulgación