Un año, más o menos… ¡y la Pascua se nos desfasa!

Empezamos un nuevo año bisiesto y reconocer este fenómeno se considera una práctica propia de un niño de primaria.

Un año bisiesto es aquel cuyo mes de febrero tiene 29 días en lugar de 28, y por tanto, hay en total 366 días al año en lugar de 365. Esto se hace para ajustar el calendario a la duración real del año trópico (el tiempo que efectivamente tarda la Tierra en un ciclo alrededor del Sol), que es de 365 días y casi 6 horas (365 días, 5 horas, 48 minutos, 45 segundos, 2 décimas y 5 centésimas… o dicho de otro modo, 365’242190402 días).

Es una simple división: si un día tiene 24 horas y nos sobran casi 6 al final del año, al cabo de 4 años se habrá acumulado un día entero; de ahí que los años bisiestos se den cada 3 no bisiestos.

Hasta aquí, lo que nos suelen enseñar; sin embargo hay dos matices a tratar: el primero es cómo reconocer un año bisiesto, y el segundo, relacionado con el primero, es que la última frase del párrafo anterior no es del todo cierta.

El primer matiz suele tener una resolución fácil: si se nos ha olvidado cuándo fue el último año bisiesto, siempre podemos esperar a que lo digan en las noticias y, a partir de ahí, contar cada 4 años… otra forma más fácil sería recordar que es bisiesto todo año divisible entre 4. Y el segundo matiz es que, una vez más, esta frase no es cierta en absoluto.

Es digno de admiración que, a pesar de que muchos calendarios antiguos fueran lunares, el primer calendario solar, elaborado en Egipto en función de las crecidas del río Nilo, tuviera exactamente 365 días. Pero no fueron los egipcios, sino los romanos, quienes sentaron las bases del calendario actual. Por aquella época se determinó que iniciaba el año cuando se empezaba a programar la agenda militar, con el comienzo de la primavera, en el mes de marzo (en honor a Marte, dios de la guerra), lo que significa que el último mes del año era febrero. Además, el año tenía 304 días repartidos en un total de 10 meses… y siempre que había desfases con las estaciones podían existir excusas, como retrasar elecciones políticas, alargar cargos públicos, pagar a la servidumbre lo mismo por más tiempo de trabajo, etc.

En el año 46 a.C., Julio César, molesto ante la algarabía de que el invierno del calendario coincidiera con el otoño astronómico, ordenó arreglar ese «despiporre» de tiempo; y Sosígenes de Alejandría, que estaba puesto en la materia, decidió ayudarle, determinando que, para empezar, el siguiente año iba a tener 445 días para no adelantarse al tiempo (lo llamó año de confusión); también añadió los meses intercalados de noviembre (noveno) y diciembre (décimo), y determinó que una vez cada 4 años, febrero tendría 2 días 24 (último día del año según la tradición romana hasta el 153 a.C.). Ese día adicional era llamado ante diem bis-sextum kalendas martias, y el calendario, Julius o juliano en honor a Julio César.

Sin embargo, por motivos gonadales (porque fue de ahí les salió), los sacerdotes romanos decidieron que fuera bisiesto un año cada 3, lo que provocó otro desfase; y en el 8 d.C., César Augusto ordenó que no hubiera días adicionales durante 36 años, y que desde entonces los bisiestos fueran cada 4 años (que para algo lo había mandado un emperador), momento a partir del cual se acabaron los desfases… o no.

Efectivamente hubo modificaciones por motivos de índole política y militar, pero no afectaron a la duración del año, sino al orden de los meses y la distribución de los días. Y lo que durante siglos no había podido ser movido por cuestiones prácticas, fue movido por la religión. En el Concilio de Trento, además de decidirse qué hacer con los luteranos, también se puso sobre la mesa este asunto de índole litúrgica: dirían algo así como «en el Concilio de Nicea, allá por el 325, se fijó el momento astral en que debía celebrarse la Pascua… ¡y la Pascua se nos desfasa!» De manera que el Papa Gregorio XIII instauró la solución a partir de 1582 para todo el mundo católico y, en la actualidad, para todo calendario oficial.

Si seguimos el calendario juliano, y asumimos que un año bisiesto se da cada 4 no bisiestos, lo que estamos asumiendo realmente, como indiqué al inicio del post, es que al final del año trópico nos sobran 6 horas completas, y no es así; en realidad faltan un poco más de 11 minutos para llegar a esas 6 horas. Esto acumularía un error de un día cada 3 milenios. Según el calendario gregoriano, que usamos actualmente, son bisiestos aquellos años divisibles por 4, salvo que sean divisibles por 100 y no por 400. Un poco lioso para tan solo un cochino día cada 3 000 años, ¿verdad? Veámoslo con un ejemplo:

  • 2011… ¿es divisible por 4? No. ¡No es bisiesto!
  • 2012… ¿es divisible por 4? Sí. ¿Y por 100? No. ¡Es bisiesto!
  • 2100… ¿es divisible por 4? Sí. ¿Y por 100? Sí. ¿Y por 400? No. ¡No
    es bisiesto!
  • 2400… ¿es divisible por 4? Sí. ¿Y por 100? Sí. ¿Y por 400? Sí. ¡Es bisiesto!

Así tenemos 97 bisiestos cada 400 años, en lugar de los 100 que había en el calendario juliano.

Y en 1582 no hubo año de confusión, sino algo parecido, porque Gregorio XIII, con el consejo del astrónomo Christopher Clavius, decidió en la bula Inter Gravissimas que ese año, el día siguiente al 4 de octubre iba a ser el 15.

Algunos países de tradición cristiana ortodoxa se fueron sumando siglos después a este nuevo calendario, con algún que otro 30 de febrero, como el de Suecia y Finlandia en 1772; el resto, lo hicieron en el siglo XX. A pesar de ello, las Iglesias Ortodoxas siguen usando el calendario juliano (al igual que el común de la población, sin darse cuenta).

El 30 de febrero también existió en 1930 y 1931 en la Unión Soviética, tras la implantación del calendario revolucionario, siguiendo el modelo matemático de meses de 30 días… y para evitar años de 360, sumaron 5 festivos sin mes; dos años tardaron en arrepentirse. Algo parecido les había pasado ya el siglo anterior a los revolucionarios franceses, que habían querido romper con todo lo establecido, empezando por el tiempo… pero la instauración de un calendario y un reloj decimal había chocado ni más ni menos que con los biorritmos de las personas.

El calendario es, según yo lo veo a lo largo de su historia, un ejemplo más a añadir a lo que Otto Koening inició en 1970 como etología cultural. Y es que los objetos creados por el hombre, y en general los rasgos culturales, también siguen un patrón darwiniano de adaptación. Si una pequeña modificación resulta útil se mantiene hasta ir desplazando las formas anteriores (como hizo el calendario juliano con el calendario romano anterior, y como después hizo el calendario gregoriano con el juliano); si una pequeña modificación resulta un lastre va siendo desplazada (como ocurrió con los bisiestos cada 3 años al inicio del calendario juliano); y si una modificación es demasiado radical es poco probable que sea útil (como ocurrió con los calendarios revolucionarios de Francia y la U.R.S.S.).

A todo esto hay que añadir que el calendario gregoriano tiene un mínimo desfase intrínseco, porque considera que un año tiene una duración media de 365’2425 días, y no 365’2422, duración del año trópico con redondeo a cuatro decimales. Y además, las duraciones de la rotación y traslación terrestres tampoco son exactas.

¿Habrá nuevos reajustes de aquí a unos siglos? ¿Anhelarán los políticos del futuro un año al estilo del antiguo calendario romano? ¿Se nos volverá a desfasar la Pascua?

—————————–
Este artículo nos lo envía Samuel Cañadas (@Biosamu_ en twitter) profesor de biología y ciencias naturales en secundaria y bachillerato, y autor del blog BioSamu’s corbeta dorada.



Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 31 diciembre, 2011
Categoría(s): ✓ Curiosidades • Física