Un experimento

Un laboratorio es un sitio incómodo porque no se puede tocar nada sin guantes. Eso lo hace frío e interesante, pero realmente frío. Quizá por eso, con el tiempo, los científicos nos volvemos fríos con nuestros experimentos. Escépticos con la relevancia de los mismos. Distantes con la magia que muchas veces conseguimos desvelar. Pasa lo contrario con las personas que nos rodean, que nos preguntan y que, en ocasiones, si conseguimos explicar con claridad, se fascinan con nuestro trabajo. Por eso decidimos contar las dos caras de la moneda de un experimento real, como la vida misma.

1.

[Cara A: Gusiluces]

Mi experimento consistía en ver dónde demonios se metían los virus con los que trabajo cuando se los pinchábamos a los ratones. Trabajamos en vacunas, hay que tenerlo todo bajo control. Y nosotros no teníamos una variable bajo control. Nos faltaba saber cuánto tiempo permanecían nuestros virus en el interior de los animales que pinchábamos.

El diseño del experimento lo hicimos, como siempre, basándonos en la ciencia que se había hecho y publicado antes. Y a nadie le pareció raro algo que, fuera del laboratorio, me dijeron que no podía ser más poético. Cogeríamos el gen que tienen las luciérnagas para producir luz, y se lo introduciríamos a nuestros virus. Algo que para nosotros era frío, normal y hecho por otros, para muchas personas consistía en cambiar de cámara e irse a un bosque oscuro lleno de luces tan tintineantes como ancestrales. Era convertir un secreto reclamo sexual de insectos en una linterna para iluminar el conocimiento de una posible cura. Hacer que los ratones fueran como los gusiluces con los que muchos jugábamos de pequeños. Nuestro experimento era jugar con gusiluces y ver cuánto les duraba la pila.

Aunque suene de fábula, aunque suene a ciencia ficción, nosotros ya teníamos el gen de la luciferasa (que así se llama la encargada de la luz de las luciérnagas) en tubitos en el laboratorio. Y muchas personas ya habían conseguido cosas similares antes, así que no tenía por qué no funcionar con nuestros virus. Generaríamos así virus nuevos. Virus transgénicos nuevos que producirían luz en el interior de las células que infectaran.

A los virus parece que no les molestó demasiado un nuevo inquilino en el genoma y funcionaban igual que los virus antiguos. Y producían luciferasa y por lo tanto luz, en las condiciones adecuadas. Para no alargarme demasiado diré que lo hemos probado y que funcionó, como había funcionado antes. Yo ya sé cuánto les aguanta la pila a los virus y cuáles son sus órganos favoritos después de inocularlos. Misión poética cumplida. Ahora si quieren fundimos a negro y damos por vendida la parte bonita de la historia.

Pero esta es la historia bonita que siempre se cuenta de un experimento. Parece que lo único importante es divulgar lo bonito, y me gustaría volver al frío, a la parte incómoda de guantes y poyata, aunque sea para contar la historia completa.

2.

[Triturando Órganos]

Generar los virus llevó unos 3 meses cada uno (yo generé dos) en los que todas las semanas hacía lo mismo. Los lunes ponía células en cultivo para que estuvieran listas los martes. El martes le metía el gen de la luciferasa a las células y después las infectaba. Esperaba el tiempo necesario para que los virus, por azar (algo dirigido) pescaran el gen. El jueves comprobaba si había alguno positivo. El viernes lo confirmaba. Si no pasaba lo volvía a intentar. Si lo conseguía empezaba el coñazo de separar el virus positivo de sus millones de compañeros de infección. Y digo el coñazo porque nuestras manazas son enormes y ellos son pequeñines y no les da por separarse demasiado.

3 meses son 3 meses. Pero pasan y lo conseguimos. El experimento en animales sólo llevó unos pocos días porque los virus presumíamos que no aguantarían mucho, porque no producían enfermedad. Recordemos que trabajamos en vacunas, son cepas que sabemos seguras. Entonces pinchamos animales y sacrificamos animales a distintas horas y días. 3 animales por virus y punto de tiempo que eligiéramos para que tuviéramos datos suficientes.

Primero hubo que redactar un señor informe de lo que íbamos a hacer para que el comité de experimentación animal vigilara que los animales no sufrieran. Papeleo de un mes y algo más de papeleo. Lo aprobaron y bajamos al animalario.

Resulta que nosotros no tenemos la cámara genial que hace fotos de luminiscencia, así que en vez de fotos bonitas de gusiluces anestesiados teníamos que sacrificarlos y buscar la luminiscencia entre sus órganos.

No os voy a ahorrar los detalles. A los ratones, después de pincharlos, se les anestesia y sacrifica (no sufre ninguno) y luego se les abre. Se les inyecta 1/3 de su masa corporal con un líquido (se quedan como zeppelines) y luego se les extrae de vuelta para recuperar todas las células que pudieran estar infectadas en distintas cavidades. Luego se les abre del todo y se les saca la sangre pinchándoles directamente en el corazón. Se les arranca el bazo, los ovarios, ganglios repartidos por el cuerpo (una maravilla buscarlos) y se corta también un trocito de hígado. Durante todo el tiempo hay que tener mucho cuidado en no salpicarse, cortarse o pincharse que los animales tienen virus. Tampoco conviene salpicar cortar o pinchar lo que no toca. No queremos el animal lleno de sangre. Luego se guarda todo en tubitos por separado para cada animal y para cada virus. Unas 2 horas de trabajo de 3 personas a la vez, porque no puede haber desfase entre animales. Corte y despiece en una sala de bioseguridad con traje entero, mascarilla, gorro y doble guante.

Al final podría tener unas 200 muestras más o menos. Ahora venía la segunda parte desagradable. Subir al cuarto de bioseguridad y meterlo todo en una cabina, meter una minibatidora de órganos y pasar un día entero haciendo mayonesa de bazos, ovarios y ganglios de animales infectados. Con cuidadito de no cortarse, no salpicar y no salpicarse. Con cuidado de no perder la sensibilidad en los dedos que sujetan las muestras porque vibran con la batidora y acabas perdiendo sensibilidad. Yo los dos días que lo hice medio la perdí, pero lo bueno es que luego vuelve.

En este punto la poesía a un investigador se le ha ido más o menos al carajo. Son muchas horas y mucha concentración gastada. No es demasiado agradable tampoco pero llega un momento en el que te da hasta hambre (por lo de que tu cuerpo quiere mantener la concentración, y porque estás curaodespanto).

Esto es solo la primera parte de un análisis de muestras de días. Placas con muchos agujeritos donde metes pequeñas cantidades de los órganos y buscas luz. Luego tienes miles de datos de pequeños agujeritos con luz de distintas horas de distintos animales infectados con distintos virus. Luego pasas todos los datos a una hoja de Excel durante unos días y analizas. Son muchas horas de numerar tubos y agujeritos y luego intentar no desconcentrarte poniendo lo correcto en cada uno de ellos. Todo por duplicados, triplicados o lo que haga falta. Si los multiplicas por los duplicados y triplicados de cada paso te pierdes.

Sí, una paliza como la de cualquier trabajo.

El problema es que, pongamos que el virus A aguanta 3 días en el organismo, que fundamentalmente infecta los ovarios y que el virus B aguanta un día y poco y que se le da mejor el bazo. El tema es que ninguna revista te dejaría publicar un experimento en animales haciéndolo solo una vez. Toca por lo menos repetirlo. Y rezar para que te de lo mismo. O hacer tres experimentos y quedarte con el “representativo”.

Ahí es cuando la poesía ha desaparecido por completo de la ecuación. Son muchos días de guarrada, de corte y despiece y de datos datos datos, en un sitio feo y frío. Cuando repites lo mismo todos los días como un robot da igual que pongas tornillos o tritures ovarios de animales infectados con virus.

Al final solo te queda la ilusión de los ojos de otras personas que se fascinan con el gen de las luciérnagas. Con la posibilidad de hacer virus que iluminen. Con las preguntas que te esperan en la barra de un bar y que acaban en entradas como las de este blog.

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