Por las escaleras del error

Triangulaciones de Méchain en la parte sur del Mmeridiano.

Entre 1792 y 1798, en la atmósfera agitada de la revolución francesa, los astrónomos Pierre Méchain y Jean Baptiste Joseph Delambre protagonizaron una de las aventuras más fascinantes de la historia de la Ciencia al intentar medir con precisión el arco de meridiano que va entre Dunkerque y Barcelona, pasando por París. La historia de este viaje que pretendía fijar la longitud del metro (magníficamente narrada en el libro de Ken Alder “La medida de todas las cosas”) es un testimonio de los primeros escarceos de la ciencia con el concepto de error e incertidumbre, especialmente a raíz de la discrepancia en las mediciones de Méchain en Montjuic, que dio lugar a todo tipo de análisis y revisiones.

Durante aquellos primeros años de la geodesia, los astrónomos medían el mundo tomando como referencia las estrellas y los puntos más elevados del terreno y realizando triangulaciones posteriores para calcular la posición. En esta trabajosa tarea fueron descubriendo posibles fuentes de error, como la refracción de la luz, la aberración y hasta el sesgo de la propia visión del medidor, que en ocasiones distorsionaba los resultados. Sobre este asunto, y comentando una misión anterior para medir el meridiano en el Ecuador, el profesor José Antonio de Lorenzo Pardo narra en su libro “La revolución del metro” (Celeste ediciones, 1997) una anécdota que ilustra muy bien las dificultades que entraña medir algo con exactitud por primera vez y lo compara con la experiencia de un estudiante en el laboratorio:

Los expedicionarios tuvieron que enfrentarse con problemas sobre los que existían teorías contrastadas: refracción, aberración, dilatación térmica, medidas barométricas… Y, sobre todo, tuvieron que inventarse mecanismos para aislar los fenómenos y poder estudiarlos.

A un estudiante, en un laboratorio cuando está realizando una experiencia, en cierta forma le ponen orejeras. La práctica está diseñada sabiendo la solución, y el alumno sólo tiene que seguir los pasos indicados. Cuando se están realizando experiencias en las fronteras de la ciencia los problemas se convierten en enigmas. A menudo, el investigador está perplejo, y no sabe cómo seguir. Una de las preguntas que con más frecuencia se ha de contestar es: ¿qué variables son significativas para resolver el problema?

(…)

Estos comentarios me recuerdan un hecho que me ocurrió cuando estaba realizando una práctica en la Universidad sobre la transmisión térmica. En esencia, el fenómeno que teníamos que estudiar era cómo se transmitía el calor desde un disco caliente a otro, del que estaba separado por un aislante térmico.

En estos casos, la solución, como dijimos antes, es conocida: era una cierta curva. Sin embargo, a mí no me salía la dichosa curva, sino que a partir de un momento, siempre obtenía una función en escalera, unas veces por arriba y otras por debajo de una cierta temperatura que no recuerdo. Mi perplejidad hizo que me dirigiera al profesor, personaje curtido en mil batallas, con mi curva, que no era curva.

Con una sonrisa en los labios, me dijo: “Pues sí que entró gente en el laboratorio”. Mi perplejidad no disminuyó hasta que no oí la explicación: estaba haciendo la experiencia al lado de la puerta del laboratorio y cada vez que se abría mi disco se refrigeraba. Su temperatura bajaba hasta que, de nuevo, se volvía a calentar. He ahí una variable, la apertura de la puerta, que resultaba significativa para mi experiencia.

Pues bien, esto mismo le pasa a todo investigador que realiza experiencias en las fronteras del conocimiento.

Referencia: La revolución del metro, José Antonio de Lorenzo Pardo (1998)

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