Analizando el planeta de Juego de Tronos y su clima

Winter is coming. El invierno se acerca. A estas alturas, quien más quien menos todo el mundo está familiarizado con los famosos libros de la saga Juego de Tronos de George R. R. Martin, sobre todo desde que fueran convertidos en una serie de televisión de éxito por la cadena HBO. Por si hay algún despistado en la sala, recordemos breve,ente que la acción transcurre en un hipotético mundo con un nivel tecnológico y cultural que recuerda, como en tantas otras obras de fantasía, a la Baja Edad Media europea. Sin embargo hay una peculiaridad, y es que este mundo presenta unos gélidos y prolongados inviernos que condicionan la vida y andanzas de los protagonistas de la serie.

Hasta aquí, nada especialmente llamativo. Un escenario exótico como tantos otros que aparecen en numerosas obras de fantasía medieval. Pero para una mente con inquietudes astronómicas, la cosa cambia. Si suponemos que el mundo de juego de tronos es un planeta terrestre -y no tenemos indicios para pensar lo contrario-, ¿qué tipo de mundo sería? Y sobre todo, ¿qué mecanismos están detrás de los crudos inviernos que dominan el paisaje al norte del gran Muro de Poniente (Westeros)?

Pues eso es precisamente lo que han intentado dilucidar un grupo de cinco astrónomos (Veselin Kostov, Daniel Allan, Nikolaus Hartman, Scott Guzewich y Justin Rogers), los cuales publicaron el pasado uno de abril un artículo en arXiv sobre el tema. Por supuesto, todo el asunto no es más que una broma a cuenta del April’s Fool (el famoso día de los Santos Inocentes anglosajón), pero no por ello el análisis deja de tener su miga. Eso sí, resulta evidente que los autores son unos auténticos frikis de tomo y lomo, y que se han leído la saga a conciencia.

Pero vayamos al grano, ¿cómo es el planeta de Juego de Tronos?

De acuerdo con la novela, los inviernos pueden ser cortos y suaves (de unos 600 días de duración) o duros y largos (de casi 900 días). Aparentemente, los inviernos largos y cortos se suceden de forma caótica sin un patrón reconocible. Dejando a un lado la magia -o, parafraseando a Arthur C. Clarke, la tecnología suficientemente avanzada-, las estaciones en un planeta o luna vienen condicionadas principalmente por la inclinación de su eje de rotación. Un planeta puede variar drásticamente el ángulo de su eje con el tiempo -lo que de hecho se cree que sucede en Marte-, pero resulta difícil explicar variaciones tan pronunciadas en el transcurso de unos pocos años. Además, la novela hace mención explícita a la presencia de al menos una luna y, aunque no desconocemos su masa, es sabido que la existencia de un satélite ayuda a minimizar las variaciones de la inclinación del eje de rotación.

Si descartamos el eje, el siguiente mecanismo que podemos invocar es una órbita muy excéntrica. La órbita de la Tierra es casi circular (ese ‘casi’ está detrás de variaciones en el clima de nuestro mundo, pero esa es otra historia), así que la excentricidad apenas juega un papel determinante en el clima terrestre a corto plazo. No obstante, en los últimos años hemos descubierto decenas de exoplanetas con órbitas altamente elípticas, así que, ¿no podría ser el mundo de Juego de Tronos un planeta de este tipo? Desgraciadamente no, porque en este caso es cierto que estaríamos ante un mundo con inviernos largos y fríos, pero los veranos serían extremadamente cortos, lo que no se corresponde con lo expuesto en la novela.

Entonces, ¿no hay ninguna explicación?

Pues sí, sí que la hay, y es que el mundo de Juego de Tronos sea en realidad un planeta circumbinario. O lo que es lo mismo, un planeta que orbita alrededor de dos estrellas al mismo tiempo. Hasta la fecha se han descubierto más de quince sistemas de este tipo (como por ejemplo Kepler-16 o Kepler-35), así que en modo alguno se trata de un tipo de mundo exótico.

El planeta de Juego de Tronos giraría alrededor de dos estrellas de tipo solar con un periodo de 700 días (o sea, que su año duraría el doble que el nuestro) en una órbita ligeramente excéntrica (e = 0,1, casi como la órbita de Marte) y su eje de rotación tendría una inclinación nula. El semieje mayor de la órbita cambiaría constantemente, presentando una distancia mínima al baricentro del sistema de 225 millones de kilómetros como mínimo y 375 millones como máximo, causando drásticas diferencias de temperatura. Por su parte, las dos estrellas estarían a unos 83 millones de kilómetros la una de la otra. Lo ingenioso de esta explicación es que un mundo con estas características podría experimentar inviernos largos o cortos que se sucederían de forma errática sin un patrón fijo. Es decir, justo lo que aparece en la obra de G. R. R. Martin.

Bonita explicación. Salvo por un detalle, y es que en la serie no se hace mención alguna a la presencia de un sol doble. Aunque quién sabe, quizás estén tan acostumbrados que no consideren oportuno mencionarlo. Sea como sea, la lección está clara, y es que cualquier ocasión es buena para aprender algo de astronomía. Ahora, a prepararse para el invierno.

Referencias:

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