Las Caras de Bélmez, ¿por qué interesan 43 años después?

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Por si a alguien aún le preocupa, cosa que dudo, el pasado 25 de agosto se cumplió el 43 aniversario del fraude más cañí de la parapsicología española: el de Las Caras de Bélmez de la Moraleda. Y si hay ganas de más, a finales de septiembre, llega una nueva celebración. Se cumplirá una década desde que la patraña abrió una sucursal en otra casa del pueblo para intentar relanzar el cuento.

Cuatro décadas después, media docena de libros, varios informes más o menos científicos y una parodia de museo que costó más de 800.000 euros de dinero público, parecen demasiados para unos garabatos en el suelo de una cocina de un pequeño pueblo de Jaén. Pues no. El próximo 7 de septiembre, el infatigable investigador Iker Jiménez promete una nueva vuelta de tuerca en un caso al que le debe gran parte de su inmerecida fama como periodista (que no como presentador). Sin el éxito de Tumbas sin Nombre quizás hoy no sería quien es.

Habrá que esperar a ver lo que nos ha preparado el de Vitoria, pero que nadie espere más que una nueva puesta en escena con ínfulas científicas. Por lo visto, para esta ocasión ha reclutado a un gabinete especializado en peritajes (Inpeval), sin ninguna experiencia en el análisis de piedras, para certificar que aquello sigue siendo un misterio.

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Sobre estas lineas podéis contemplar la foto promocional del programa y como veis… promete. Un tipo analizando a golpe de smartphone la mancha conocida como ‘el Pelao’, mientras nuestros intrépidos reporteros miran embelesados (el detalle del señor en el sofá es impagable). Incluso, anuncian, utilizarán un “microscopio electrónico de onda tridimensional”, que me temo que es lo que el resto de mortales llaman —aunque no suene tan bien— microscopio electrónico de barrido. ¡Qué nivel!

Aquellos maravillosos años

Por si hay algún afortunado que nunca ha oído del inexistente misterio, todo comenzó el 25 de septiembre de 1971. Una mujer (la difunta María Gómez Cámara) descubre en el suelo de su casa un extraño rostro que le recuerda a la Santa Faz que se guarda en la Catedral de Jaén. No lo sabe, pero la han pintado sus hijos y un amigo pintor. La voz corre por el pueblo y, en cuestión de horas, la sabiduría popular decide que aquello es un milagro.

Luego llega la prensa del tardofranquismo y lo transforma en el primer fenómeno paranormal de la época. Fue el diario Pueblo el que convirtió aquella pequeña anécdota rural en noticia de primera página. Es cierto que acabó reconociendo el carácter fraudulento del asunto, pero eso no importa, ya hace tiempo que algunos se encargaron de reescribir esta parte de la historia. Amortizados Belchite y cerrado el Cortijo Jurado, cuando no haya nada que de qué escribir en una revista de misterio, siempre les quedará Bélmez.

Defendiendo el fuerte

Sorprende a los ajenos al tema que, de vez en cuando, las Caras vuelvan a ser noticia. ¿Qué más puede pasar? Evidentemente, nada. Y eso es así desde aquel lejano 1971. Lo que no ha cambiado, y eso es lo que explica por qué perdura, es que la plana mayor de los misteriodistas de renombre (Iker Jiménez, Lorenzo Fernández, Luis Mariano Fernández, el desaparecido Jiménez del Oso…) le deben al fenómeno lo que son. Desvelar el presunto enigma es sacar a relucir sus vergüenzas, y por eso no van a dejar de defenderlas. Si cae Bélmez, caen ellos.

Y ocurre que, como a las nuevas generaciones el caso les resbala y a las antiguas cada vez se les interesa menos, hay que ir a regar las Caras de tanto en cuanto. Hay que inventarse una explicación ad hoc para cada nueva prueba aportada por los escéptico, reeditar el relato original, y que la bola siga girando.

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Ocurre también que, como a través del tiempo las teorías para justificar el misterio han ido cambiado, se impone parar de vez en cuando, resetear, y publicar una nueva versión adecuada a cada momento. De repente, la casa de las Caras está sobre un burdel y al día siguiente se alza sobre un antiguo cementerio. En otra ocasión, María es la causante de las teleplastias; en la siguiente, ella se limita a canalizar el alma de los muertos de su familia durante la Guerra Civil. De repente salen Caras en otra casa; poco después, nos enteramos de que es un fraude.

Trileros de la información

El espectáculo debe continuar. Y es que cuando para de rodar la pelota, el engaño salta a la luz. Por eso cada nuevo artículo es una huída hacia delante para que no un observador imparcial —o al menos desapasionado— no tenga tiempo de entender lo que pasa. Como trileros, cada vez que alguien señala un cubilete tras el que se oculta una respuesta, la troupe de misteriodista se encarga de despistarle con una nueva falsa exclusiva y cambiar la bola de sitio.

El que quiera saber por qué las Caras no han quedado reducidas a anécdota que no busque en la famosa casa de la calle María Gómez Cámara. Que tampoco pierda el tiempo preguntando a la familia Pereira (la de la descubridora de las Caras). La solución no está en aquel remoto pueblo de Jaén sino en Madrid.

Y es que han sido los medios de comunicación de la capital los que hicieron de la anécdota una fenómeno paranormal y los que, desde entonces, han seguido echando leña al fuego. Se habla de que la familia Pereira ha sacado dinero (mucho o poco, es discutible) pero se olvida lo que se han llevado crudo los autores de los libros sobre un caso basado principalmente en mentiras y pruebas falsas o manipuladas.

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Contra la Ciencia

Por supuesto, lo primero es señalar a los ya citados misteriodistas (y a alguno más), pero ni siquiera ellos son los más responsables. Si cada una de sus delirantes teorías no hubiera encontrado eco acrítico en los llamados medios serios hoy no habría Bélmez.

Los temas paranormales venden y siempre sale más rentable cortaypegar lo que algunos dicen que llevar a cabo una mínima investigación. Por lo visto hay dos teorías, una a favor y otra en contra, como si existieran debate sobre la realidad del Holocausto porque a algunos les de por dudar de la existencia de las cámaras de gas.

Si ahora hay un ruinoso Centro de Interpretación de las Caras en el pueblo (así llaman al museo) pagado con dinero público, no es por culpa de Cuarto Milenio ni la revista Enigmas. Si cuando se supo que se iba a derribar un antiguo colegio para edificar ese monumento a la ignorancia algún medio se hubiera molestado en denunciarlo, la Unión Europea, la Diputación de Jaén y el ayuntamiento de la localidad puede que no hubieran dilapidado 858.000 euros en medio de la peor crisis económica que se recuerda.

Pero el caso Bélmez va un poco más allá. Sin duda, en pocos lugares de España la Ciencia ha sido más maltratada. Para los seguidores del caso, muchos de ellos jóvenes, un informe de un miembro de CSIC, Juan José Alonso, vale lo mismo que una sesión de ouija. Se empieza con 14 años pensando que los fantasmas pintan monigotes y se llega a edad de votar defendiendo la homeopatía, dudando del cambio climático y creando hashtags para concienciar sobre la invasión annunaki.

Y todo por un análisis

De hecho, por la foto del programa que ha anticipado Cuarto Milenio, el objetivo del mismo será desmontar una vez más el famoso informe Alonso. Fue el que certificó, en 1975, que aquella misteriosa prueba de la existencia del Más Allá (‘El Pelao’) no era más que una suela de zapato impresa en el cemento. Por eso me temo que el próximo domingo la ciencia low cost de Iker marcará otro gol. Y que nadie se preocupe, si las conclusiones del presunto nuevo experimento no se ajustan a lo que buscaba, ya se encargará él de hacerlas encajar.

Es una pena que ninguna universidad o institución (aunque me consta que alguna lo ha intentado) haya pedido permiso para analizar una de las Caras, la conocida como ‘La Pava’ y la más antigua que se conoce. Salta a la vista que está pintada y un estudio, tampoco particularmente complicado o caro, podría zanjar de una vez la cuestión.

Serviría para asestar un golpe mortal al caso pero, sobre todo, abrir los ojos a muchos amantes del misterio que comenzarían a ver a sus ídolos de manera más crítica. Quizás incluso para abrirle los ojos sobre el poder de la Ciencia. Cabe imaginar, quizás soñar, que hasta algún medio serio aprenda la lección aunque eso es menos probable. Ese análisis, sobre todo, sería una forma de reivindicar el maravilloso poder de la Ciencia frente al embriagador tufo de la ignorancia.

Este artículo nos lo envía Javier Cavanilles coautor de Los Caras de Bélmez, un libro que por supuesto recomendamos para conocer la verdad sobre todo el caso.

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