El tétanos: una razón más para vacunarse

Clostridium tetani

Todos aquellos que, afortunadamente, hemos tenido una infancia “intensa”, donde las heridas en las rodillas era algo de lo más normal, habremos oído alguna vez, tras hacernos un corte o clavarnos algún objeto punzante, la frase: “te van a tener que poner el tétanos”.

Clostridium tetani es una bacteria ampliamente distribuida por el suelo que puede infectar al ser humano y atacar a su sistema nervioso, provocando la enfermedad del tétanos. Desde la antigüedad es ampliamente conocida la relación que existe entre la aparición de heridas por fricción con objetos en contacto con el suelo y el desarrollo de fuertes espasmos musculares, que terminan con la muerte del enfermo.

Es de destacar que esta bacteria es un organismo anaerobio estricto, siendo destruido fácilmente con un mínimo contacto de pocas horas con oxígeno y/o luz solar; aunque es muy resistente a desinfectantes como el alcohol, pero no al agua oxigenada. Una vez nos hacemos una herida con un objeto que contenga a la bacteria, por ejemplo, un clavo oxidado, el microorganismo alcanza el torrente sanguíneo y linfático y se multiplica activamente por todo el cuerpo, hasta alcanzar el sistema nervioso. Allí, aumenta su capacidad de multiplicación y comienza la liberación de diferentes toxinas (tetanoespasmina y tetanolisina) que penetran en las neuronas motoras, inhibiendo la producción del neutrotransmisor ácido gamma-amino butírico (GABA), produciendo parálisis y espasmos musculares de elevada gravedad. El GABA se encarga de mandar el mensaje de inhibir la contracción muscular, por lo tanto, en su ausencia, se produce una contracción muscular continua.

Los síntomas de la enfermedad comienzan con pequeños espasmos en los músculos de la mandíbula que hacen rechinar los dientes, seguido de la denominada como risa sardónica, en la cual el paciente parece que continuamente está sonriendo de forma falsa y forzada, debido a la contracción de los músculos de su cara. Le sigue la disfagia o dificultad para tragar, también acompañada de babeo incontrolado, y el síntoma más característico de la enfermedad, los opistótonos, episodios en los cuales se contraen fuertemente todos los músculos del cuerpo, manteniendo al enfermo curvado hacia atrás. En esta situación súbita y prolongada, el paciente manifiesta fiebre y una fuerte sudoración, que va a proseguir con insoportables dolores derivados del desgarre de los músculos y la fractura de los huesos. Por último, los fallos en los músculos cardiacos acaban con la vida de la persona infectada.

Ilustracción de una persona sufriendo opistótonos

La incidencia de la enfermedad a nivel mundial repercute en 1 millón de muertes al año, principalmente en países en vías de desarrollo, pues, al igual que en España, el resto de países tienen sistemas sanitarios que obligan a la vacunación de su población frente al patógeno. Una vez un paciente ha sido infectado por la bacteria, el primer paso a seguir es intentar neutralizar los efectos de la toxina y evitar los espasmos musculares. Para ello, se administra inmunoglobulina tetánica, un conjunto de anticuerpos que se unen a las toxinas evitando que afecten a los neurotransmisores. Es de destacar que la unión de las toxinas a los neurotransmisores es irreversible y, por lo tanto, las neuronas afectadas deben crear nuevas conexiones que reemplacen las ya perdidas. Para evitar que las bacterias presentes ya en el cuerpo se multipliquen y produzcan toxinas, deben administrarse antibióticos como la penicilina o el metronidazol, con el fin de eliminarlas al cabo del tiempo.

Para la prevención de la enfermedad se utiliza la denominada como vacuna antitetánica, recomendada su aplicación 3 dosis durante la lactancia, una más en la infancia, una en la adolescencia y una en la edad adulta, pudiendo ser repetida cada diez años, aunque siempre que acuda un paciente al médico con una herida en la cual haya podido ocurrir la transmisión de la bacteria se le va a vacunar de forma rutinaria. Esta vacuna está conformada por las toxinas tetánicas sometidas a calor y formaldehido, para su inactivación. Normalmente, en las vacunaciones infantiles, esta vacuna va unida a otras como las de la difteria, la tosferina, la polio, la hepatitis B y/o la bacteria Haemophilus influenzae (agente causal de meningitis, neumonía, sepsis, etc).

A la vista de todas las consecuencias derivadas de una infección por Clostridium tetani, la cual es totalmente incontrolable e impredecible, pues a cualquier persona le puede ocurrir un accidente, queda clara la importancia de la vacunación en nuestra población. La suerte de vivir en un país en el cual los niños sean ampliamente vacunados contra esta y otras muchas enfermedades potencialmente mortales nos obliga, aún más, a no dudar de los beneficios que supone la vacunación de nuestros hijos, pues hay millones de personas en todo el mundo que darían su vida por poder librar a sus hijos de estas enfermedades, simplemente vacunándoles.

La ciencia que no es divulgada hacia la sociedad es como si no existiera

 

Este artículo nos lo envía Jorge Poveda AriasDoctor en Agrobiotecnología y Graduado en Biología. Trabaja en una empresa dedicada a la cría a nivel industrial de insectos con fines de alimentación. Además, colabora en labores de investigación en el estudio de las interacciones planta-microorganismo. Entre sus campos de interés, destacan la biotecnología, la agricultura, la alimentación, la microbiología, la entomología y la divulgación científica en general, dentro de los cuales presenta una variada formación, destacando un Máster Universitario en Agrobiotecnología, un Máster Europeo en Calidad y Seguridad Alimentaria, o diferentes Posgrados de Experto y Especialista Universitario, en Biotecnología Alimentaria, en Entomología Aplicada, en Diagnóstico Molecular Ambiental y en Redacción Científica.

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Referencias bibliográficas y más información:

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Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 29 agosto, 2018
Categoría(s): ✓ Divulgación • Medicina