Las dos culturas, versión extendida

¿Tercera cultura? Ya he estado allí
¿Tercera cultura? Ya he estado allí

Siempre que se alude a la dicotomía entre ciencias y humanidades, el nombre de C.P. Snow salta a la palestra. Su discurso “Las Dos Culturas” es un clásico del género. La tesis principal es que la cultura científica y la humanista parecen seguir sendas separadas e independientes, de modo que el autor llama a romper las brechas que las unen.

En años reciente se ha acuñado la expresión “Tercera Cultura” para unir ambas disciplinas del saber y conseguir que ambas se refuercen y complementen. Sólo por poner un ejemplo, he encontrado una colección de libros de divulgación bajo el nombre de “las dos culturas” en la Editorial Laetoli, y cuyo propósito es ayudar a dejar atrás las «dos culturas» —las letras y las ciencias—para ensamblarlas en una sola cultura, una sintética tercera cultura. En suma, parece que la incomprensión entre unos y otros se tiene que acabar. Fundemos más museos científicos y llevemos a los técnicos a las charlas de filosofía. Ese parece ser el mensaje subyacente al discurso de Snow.

La realidad, como suele ser habitual, es algo más amplia.

C. P. Snow, novelista y científico, ofreció su famoso discurso en la Universidad de Cambridge en mayo de 1959, y posteriormente fue publicado como libro. La charla estaba dividida en cuatro partes, de la cual la primera, titulada “Las dos culturas” ha sido la más citada de todas. El autor comienza describiendo sus experiencias en Cambridge durante 1939, una época en la que científicos y humanistas vivían cerca en cuerpo pero lejos en espíritu. Científicos a un lado, y al otro un grupo de literatos que se habían apropiado del término “intelectual” como si les perteneciera, hasta el punto de que resultaba escandaloso no saber quién era Shakespeare pero ignorar los principios de la Termodinámica se consideraba (incluso hoy día) algo socialmente aceptable. El carácter no-científico de la cultura “tradicional” llega, en muchas ocasiones, a extremos anti-científicos, como si los humanistas fuesen los tradicionales buenos intelectuales de siempre, y los científicos sus enemigos naturales.

Hasta aquí, el discurso tradicional de Snow tal como lo hemos oído por casi todos lados. Aceptamos que esa dicotomía es perjudicial y debemos ir más allá, de ahí que echemos mano de la tercera cultura y busquemos métodos para derribar las barreras existentes entre ciencia y humanidades. Tenemos que crear puentes, enseñarnos los unos a los otros, y si no lo hacemos los casos Sokal no harán más que reproducirse. Venga, amigos científicos, echemos mano de los clásicos de la filosofía y la literatura, y en cuanto a “los de letras” no os preocupéis, os enseñaremos los fundamentos. Así todos crearemos una cultura integradora, holística, cuántica y… ups, se me ha ido la mano con los adjetivos, pero ya me entendéis.

A veces parece que todo el discurso de las dos culturas se limita a algo del tipo “los científicos no saben de humanidades, los humanistas no saben de ciencia, y eso debe cambiar”. La mayoría de las veces que leo un artículo sobre el tema, me da la impresión de que su autor solamente se ha leído del discurso los párrafos que aparecen entrecomillados en la Wikipedia; y de hecho, un artículo que he leído esta semana y que me dio esa impresión ha sido lo que me ha impulsado a escribir estas palabras.

Pero hay más en el discurso de Snow. Mucho y muy sustancioso.

Si en la primera parte del discurso (“Las Dos Culturas”) parece tratar a científicos y humanistas como responsables de la brecha cultural por igual, en la segunda parte la cosa cambia. El título de la sección lo dice todo: “Los Intelectuales como Luditas Naturales”. El ludismo, recuerdo, fue un movimiento surgido a comienzos del siglo XIX como reacción a la industrialización, y suele aparecer cada vez que los avances tecnológicos ponen en riesgo industrias tradicionales y atacan visiones antiguas del mundo y de la sociedad (¿no os suena familiar?). Snow declara aquí que, si olvidamos la cultura científica, el resto de los intelectuales no podrán entender la revolución industrial, y mucho menos aceptarla. En ese sentido es en el que Snow califica a los intelectuales literarios de “luditas naturales”.

La ignorancia es atrevida, y cuando no se entiende algo la tendencia natural de algunas personas es a ignorar la novedad o a echar pestes de ella. Siempre me ha resultado curioso que, cada vez que un intelectual “de letras” habla del rápido progreso de nuestra ciencia y tecnología, y lo compara con el escaso avance que hemos hecho en ciencias sociales y humanistas, suele haber un tufillo contra las ciencias, una especie de “van demasiado rápido, deberían frenar y reflexionar, así no vamos bien”. Yo, por el contrario, siempre he pensado que el problema va al revés: si las humanidades se quedan por detrás de la ciencia ¿quién no está haciendo bien su trabajo? Snow me da la razón en este punto:

La cultura tradicional no se dio cuenta [de la revolución industrial], o cuando se dio cuenta, no le importó… algunos visionarios comenzaban a ver, antes de mitad del siglo diecinueve, que para seguir produciendo riqueza, el país necesitaba entrenar a algunas de las mejores mentes en ciencia, sobre todo de ciencia aplicada. Nadie escuchó. La cultura tradicional no escuchó en absoluto. Los académicos no querían nada que ver con la revolución industrial…

Siempre según Snow, el avance intelectual tuvo que hacerse al margen de la élite intelectual de la época. No se trataba de que los filósofos o los escritores se pusieran a diseñar puentes, sino que asimilasen la nueva cultura tecnológica en su pensamiento, la apoyasen y la impulsasen. No hubo casi nada de ello, afirma el autor, y considerando que la industrialización fue en general una ventaja para los desfavorecidos (en términos de empleo, alimentación, cultura, salud, etc), la decisión de dar la espalda a la ciencia y la técnica le hace un flaco favor a la sociedad.

¿Por qué esta parte del discurso de las dos culturas suele pasarse por alto? Me atrevo a conjeturar que es porque, al contrario que en la primera parte, en que científicos y humanistas comparten culpa por igual, aquí las tintas se cargan contra estos últimos únicamente. Snow está diciendo a los intelectuales humanistas tradicionales que deben ponerse las pilas, que ya está bien de criticar lo que se ignora, y que ya es hora de que se actualicen porque les necesitamos. Dejen de creerse como los únicos intelectuales, viene a decir, y colaboren en la creación de una cultura común.

Y claro, cuando a alguien se siente atacado, suele reaccionar mal, de modo que la mayoría de las réplicas suelen ser airadas y rencorosas, como si alguien les hubiese dicho que su hijo es muy feo, en lugar de tomárselo como una crítica constructiva. Entiendo que es difícil de asimilar, pero también es necesario, y hay muy poco camino andado en la dirección correcta. ¿Qué cuál es esa dirección correcta? Ciertamente no es la de dedicarse a criticar usando como arma arrojadiza el argumento de las dos culturas, sin reconcer que, según ese mismo discurso, en el fondo se lo tienen merecido. Queda, creo yo, mucho trecho por recorrer en este tema, y a más de uno le van a escocer las ampollas. Lo siento.

Pasamos ahora a la tercera parte del discurso, titulada “La revolución científica”. Esta revolución, similar a la industrial, estaba de bonanza en tiempos de Snow, y aún en nuestros días, lo que hace que su discurso sea más actual que nunca. Nos dice, por ejemplo, que los científicos “puros” (los de ciencia básica) tratan a la ciencia aplicada y la ingeniería como antiguamente los intelectuales trataban a la ciencia. Quizá hayan leído algo sobre los piques entre científicos e ingenieros ¿verdad?. Los seguidores de la serie The Big Bang Theory podrán hallar este cliché en la relación existente entre Sheldon Cooper, físico teórico, y su amigo Leonard Hofstadter, el físico experimental (del ingeniero Howard Wollowitz mejor ni hablemos). Como es habitual, los clichés no suelen ser ni ciertos ni recomendables, así que ojo con eso.

A partir de aquí, Snow intenta averiguar por qué otros países lo están haciendo mejor que su amada Inglaterra en esta carrera por desarrollar ciencia, aplicarla y buscarle un sitio en nuestra cultura. Afirma que americanos y rusos están haciendo grandes esfuerzos por cambiar sus sistemas educativos, y cree que el sistema americano de educar a toda la población con conocimientos básicos es mejor que el método inglés de la época, consistente en supereducar y superespecializar a una élite reducida. Snow dedica bastantes líneas a este punto, pero no voy a mostrar sus ideas al respecto porque en el fondo me da igual si está en lo cierto o no. Más bien creo que deberíamos debatirlo en serio en lugar de quedarnos en los tópicos del discurso de las dos culturas.

La cuarta y última parte del discurso de Snow se titula “Los ricos y los pobres”, y en ella expresa su preocupación por el estado de la población mundial. Hay países ricos y países pobres, y según sus palabras “el mundo no puede sobrevivir siendo mitad rico y mitad pobre”. ¿Nos suena familiar, otra vez? Las transformaciones de países como Rusia y China los han convertido en naciones industrializadas, pero el coste ha sido grande, y ha supuesto sufrimientos innecesarios. Todo lo que se precisa, dice Snow, es entrenar suficientes científicos y técnicos cualificados. Yo, realmente, no lo veo tan sencillo, pero a lo mejor me equivoco.

La revolución científica ha triunfado en muchos países, aumentando el nivel de vida y la riqueza de mucha gente, y si lo hemos hecho en el pasado podemos volver a hacerlo en el futuro; más aún, debemos hacerlo. Para ello el mundo precisa de dinero y científicos. Eso sí, los hombres y mujeres que acudan al rescate del mundo pobre habrán de estar entrenados no sólo en ciencia sino también en valores humanos, sin paternalismos.

Snow cierra su discurso volviendo a la tesis inicial: hay que cerrar la brecha entre las dos culturas. ¿Cómo hacerlo? Por medio de la educación. Y no hay que hacerlo porque eso mola y suena guay en artículos pretenciosos (como este), o porque la interculturalidad transversal e integrativa está de moda (siquiera para escribir muchas palabras largas), sino sencillamente porque es una necesidad vital. No hay otro camino si queremos acabar con la brecha entre ricos y pobres. Y no nos queda mucho tiempo.

A la vista de lo anterior, creo que el lector entenderá por qué el título del libro en que se plasmó este discurso lleve el título de “Las dos culturas y la revolución científica”. Efectivamente, no se trata del tópico de ciencias contra letras, de avance científico frente a avance social. Snow nos dice que las humanidades, “los de letras” deben trabajar de la mano de los científicos porque nos jugamos mucho. A su vez, insta a los científicos a que seamos más flexibles en nuestro pensamiento y que abarquemos más las ciencias humanísticas. Que cada uno se aplique la receta que le toque.

Por cierto, un consejo personal para terminar: cuando vayáis a leer algo, hacedlo hasta el final. Resulta increíble la cantidad de tesoros que esperan más allá de los tópicos. De nada.



Por Arturo Quirantes
Publicado el ⌚ 29 enero, 2019
Categoría(s): ✓ Divulgación • Historia
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