Felinos en el Himalaya, en busca de fauna desahuciada

* Aviso: El contenido de este artículo contiene detalles muy relevantes del capítulo #6 de Catástrofe Ultravioleta. Quizá no quieras leerlo sin escucharlo antes.

Éramos cuatro amigos bien avenidos. Sabíamos lo que cada uno podía dar de sí. Cuales eran nuestras preferencias y punto flacos. Quizás por eso resultó fácil ponerse de acuerdo cuando Gerardo llegó con la noticia de que en Ladakh, a una distancia prudencial de Leh, había dado con indicios que delataban la presencia de linces boreales (Lynx lynx isabellinus).

Sabía de lo que hablaba. Junto a Jose María Gil, alias el Indio, Javier Rodríguez y otros colegas de entrañable y curiosa personalidad, habían consagrado buena parte de sus vidas a buscar y observar la fauna en todas sus versiones y ámbitos. De linces sabían bastante; no en vano habían trabajado durante años en los programas de conservación del lince ibérico (Lynx pardinus).

Fue durante sus recorridos a pie, cargado con el telescopio, frontal y demás archiperres, cuando descubrió los excrementos de lince. Andaba al acecho de otras dos especies de felino ─el mítico leopardo de las nieves (Panthera uncia) y el manul (Otocolobus manul)─, siguiendo su particular leitmotiv: ver al menos un individuo de cada una de las 36 especies de felinos que había en el mundo; llevaba 22.

De vuelta a casa Gerardo venía cargado de novedades. De momento su lista había alcanzado la cifra de 23 gracias al leopardo de las nieves. En cuanto el Indio oyó hablar de los excrementos de lince boreal su enciclopédica memoria ─fraguada a base de cientos de artículos científicos y tomos sobre fauna mundial─ sacó a la luz un trabajito de hace un par de décadas en el que se pronosticaba la extinción del lince debido a la rápida transformación del hábitat como consecuencia de cambios en el uso del suelo.

El antiguo reino de Ladakh se había convertido en una provincia de la India, Jammu-Kashmir, y las disputas territoriales con Pakistán y China estaban a la orden del día. Una de las estrategias del gobierno indio es ganarse a la población local favoreciendo su bienestar. Para ello les ayudaban a sustituir la cubierta vegetal original por campos de cultivo. Con el desmantelamiento de estas estructuras arbustivas, las únicas plantas adaptadas a este desierto frío (la precipitación anual es menor de 100 mm), los linces no tienen ni presas ni refugio.

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¿Quedaban o no quedaban linces boreales en esa región del Himalaya? Era una buena excusa para viajar a Ladakh. Además lo aderezamos con otros dos motivos. No estaría nada mal ver un leopardo de las nieves y, ya puestos, dado que estaríamos caminando entorno a los cinco mil metros, podríamos intentar el asalto de una cumbre relativamente asequible como es el Stok Kangri de 6.130 metros.

El verano no es una época propicia para visitar el Himalaya. Los monzones, uno tras otro, lo alimentan con nieve y mal tiempo. Sin embargo, en este sentido Ladakh tiene una situación privilegiada y rara vez llueve en la región (menos de 100 mm. al año). En consecuencia se trata de un desierto frío con apenas vegetación.

La primera impresión desde el avión confirmaba este hecho y aunque yo tenía fe en mis amigos pensé que nos habíamos equivocado de sitio. Aquellos impertérritos eriales podrían dar cobijo, en todo caso, a unas cuantas lagartijas.

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A lo largo de aquel lluvioso invierno de 2010 nos fuimos poniendo en forma y estudiando los mapas. Seleccionamos dos áreas de prospección. La que estaba al norte de Leh coincidía con el ámbito de estudio del artículo de marras. Se trataba del delta formado por la confluencia de los ríos Shyok y Nubra. La segunda zona pertenecía al Parque Nacional Hemis, uno de los lugares del mundo con mayor densidad de leopardos de las nieves, aseguraba Gerardo.

Milagrosamente fuimos salvando fronteras y puestos de control con todo nuestro equipo. No resultaba sencillo justificar nuestra indumentaria de camuflaje, walkie-talkies, prismáticos, telescopios, cámaras trampa, linternas gigantes y cientos de pilas.

El paisaje mineral hasta llegar al Nubra era una lección continua de geología. Tuvimos que salvar el Khardung-La, un puertecito de montaña situado a 5.300 metros.

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Por fin teníamos ante nosotros los majestuosos picos del Karakorum. El delta del Nubra estaba a unos 3.500 metros, por lo que las paredes que nos rodeaban ¡tenían 3.000 metros de desnivel! Era impresionante.

Las manchas verdes de nuestro mapa eran arbustos en buen estado de conservación (pastizales xéricos, piornales de Caragana versicolor y matorrales de caméfitos (Artemisia sp.) fundamentalmente). Teníamos delante un terreno impreciso. Dunas que contrastaban con las cumbres nevadas. Ríos que se partían en mil ramales y que se enhebraban y retorcían, serpenteando entre la arcilla y los depósitos aluviales.

Llevábamos meses aguardando este momento. Danzar por el Himalaya en busca de felinos. Creo que la imagen que mejor refleja nuestra actitud es la de una manada de lebreles ansiosos por cazar y a los que de repente el dueño les suelta la correa y salen disparados. Así salimos nosotros del todoterreno. Nos desperdigamos por el erial, echando prismaticazos aquí y allá, buscando huellas, oliendo el aire.

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No tardamos en encontrar excrementos. Esto, sin embargo, lo único que hacía era confirmar que por allí hubo linces. Era restos viejos y su densidad era inusualmente alta. A juicio de mis expertos amigos era la consecuencia de un ambiente seco y con muy poca escorrentía, lo que permitía que los residuos orgánicos se conservasen y acumulasen.

Necesitábamos otro tipo de evidencias. Para Gerardo lo mejor sería ver al bicho cara a cara por lo que él, como era habitual en estos viajes, también caminaría por la noche, con sus linternas y frontales. No le amilanaba la fuerte presencia militar en la zona, que no dudaría en disparar a un chalado merodeando de madrugada por aquellos pedregales.

El Indio y Javi creían más práctico reunir otras pistas. Buscar especies raras se parecía a un juego de detectives. Los felinos son “especies paraguas”, es decir, que para que los haya tiene que haber presas y alimento para esas presas. Estas eran las cosas que había que observar, además de las huellas.

Algo que nos iba a ayudar mucho eran las cámaras trampa. Pasamos el día seleccionando lugares estratégicos donde situarlas. La implicación de Nova, nuestro guía, fue esencial para sacar adelante la tarea.

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Transcurrieron los días por el Nubra prospectando valles aledaños, contando liebres y marmotas, abrumados por los montañones que nos rodeaban, admirando los bloques erráticos que los glaciares habían dejado varados tras su retirada.

Llegó el día de la partida. Nos esperaba el Hemis, pero antes teníamos que recolectar las cámaras trampa. Hacia allá fuimos y cual fue nuestra sorpresa cuando en una de las dunas vimos un reguero de huellas inconfundibles: linces. Se entrecruzaban los rastros de varios individuos que terminaban en una predación. No cayeron en el campo visual de una de las cámaras por muy poco. Las huellas en la arena, que cada día el viento se encargaba de borrar, confirmaban la presencia de lince; no se había extinguido. El siguiente paso era averiguar si se trataba de individuos dispersantes ─es decir, que pasaban por allí─ o si se trataba de poblaciones establecidas.

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Cargados como mulas llegamos al caserón de Yurutse. Empezaban a ser palabras mayores. Por encima de cuatro mil y en territorio de leopardo.

Caímos rendidos en el cuartucho que nos asignaron y no tardamos en desperdigar nuestras cosas hasta no dejar un palmo de suelo sin ocupar. Al poco Gerardo nos incitó a dar “un paseíllo” por los alrededores, lo que finalmente se convirtió en una pequeña aventura. Terminamos a las tantas de colocar todas las cámaras trampa, la última a cinco mil metros. Ateridos de frío, hambrientos, y cubiertos de polvo regresamos al caserón, esta vez para quedarnos quietecitos.

Nos propusimos descansar al día siguiente. Pero no hubo manera. Gerardo volvía de sus acechos nocturnos con nuevos datos e ideas y nos soliviantaba a todos. Desde nuestra guarida veíamos el Stok Kangri, cargado de nieve, y yo me daba cuenta de que necesitaba entrenar más, subir más cuestas, para tener alguna oportunidad.

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Tantas horas detrás de los telescopios, barriendo laderas, tantos transectos para arriba y para abajo con los prismáticos colgados al pescuezo, trajeron los primeros resultados. El Indio vio su primer leopardo de las nieves y Gerardo por fin detectó un lince, con lo que su lista se volvía a engrosar. En lugar de relajarnos, cada avistamiento nos generaba más ansiedad.

Al cabo de unos días nos trasladamos a una pequeña aldea llamada Rumbak. Los días iban cayendo y nuestra intensidad de muestreo aumentaba. Teníamos cientos de sobrecitos rellenos de cagadas, con su fecha de recolección y coordenada correspondiente. El Indio iba esbozando los primeros análisis en su libreta de campo. Aquí puede haber una buena tesis, decía.

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Uno de los hitos que teníamos marcados en nuestro plan de entrenamiento era pasar una noche al raso a cinco mil metros, con el fin de comprobar que podíamos soportar la baja concentración de oxígeno y el frío. Apuraba yo el último ratillo de sueño cuando me sobresaltaron los chistidos de Gerardo. Estaba con su telescopio, bien abrigado, embutido en su plumas. Con enorme esfuerzo salí del saco y me acerqué hasta su posición. ‘Mira’, me dijo. ‘¡Hostias!’, respondí.

Y lo que iba a ser un plácido descenso hacia la casa, para tomar un plácido desayuno, se convirtió en una carrera suicida hacia el fondo del valle. La nube de polvo en la que viajábamos empezó a asentarse cuando dimos cuenta a Javi y el Indio del “hallazgo”: cachorros de lince.

Gerardo pasó el resto de la jornada a unos doscientos metros del cubil, que había localizado desde arriba, y sacó la primera evidencia fotográfica de un cachorro de lince boreal en el Himalaya. Había poblaciones estables. ¡Bingo!

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Terminamos por ver los cinco individuos de lince que conformaban el grupo familiar. Gerardo y Javi detectaron otro leopardo de las nieves. Nuestros objetivos faunísticos habían sido plenamente satisfechos. Nos quedaba subir a la montaña. Seguía sin pintar bien. Había sido un año extraordinario de nieve y los guías continuaban con sus dudas sobre la ascensión.

Nos plantamos en el campo base y allí, dentro de la tienda, aguardamos la decisión final. Los guías de las diversas expediciones se arremolinaban para intercambiar opiniones. Cada poco venía el nuestro con un horario nuevo de salida. Tratábamos de dormitar y guardar fuerzas.

Por fin arrancamos a andar a las doce de la noche. Había que hacerlo con la nieve helada para no hundirse en ella. En medio de una ligera nevada hicimos cumbre con tres horas de adelanto. El entrenamiento de buscar bichos por las alturas había funcionado de maravilla. No podíamos pedir más.

¿O sí? Nos reagrupamos con nuestros compañeros, que estaban de vuelta con todas las cámaras. De camino a Leh, dando botes dentro del todoterreno, íbamos atentos a la pantallita de la cámara. Visualizábamos una de las quince tarjetas, cada una con capacidad para tres mil fotos.

Pasábamos fondos negros. Uno y otro. De vez en cuando alguna cosa inidentificable. O un faisán de las nieves. Más fondos negros. Hasta que de repente Javi exclamó ¡Ahí está! A lo que el Indio y Gerardo, tras unos segundos de duda, corearon con entusiasmo ¡Joer! Yo tuve que esperar a las siguientes fotos, que eran más claras. Una de ellas parecía un montaje, nadie iba a creer que la habíamos sacado con una cámara trampa:

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De vuelta a Leh empezamos a poner en orden nuestras anotaciones. Jose María hizo varias ponencias relatando los hallazgos y empezamos a mover hilos para constituir una plataforma desde la que actuar en futuras ocasiones con permisos científicos y optar a proyectos que nos financiasen estudios de mayor alcance. Así nació “Harmush”, de cuyas actividades y propósitos hablaré en otra ocasión.

Por mi parte me decidí a narrar nuestras experiencias. El resultado ha sido un libro autopublicado que se titula “Altitud en vena”, disponible en www.jmvalderrama.com y algunas librerías (ver puntos de venta).


1 Comentario

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Milú el BárbaroMilú el Bárbaro

Dios mío, qué envidia!

Desde niño siempre me apasionaron los animales, lo cual me llevó a estudiar biología y posteriormente especializarme en ecología (el enfoque me parece más interesante que el de la zoología actual). Y particularmente me apasionaron los felinos desde siempre… ojalá, ojalá algún día pueda estudiarlos profesionalmente.

Qué ENVIDIA 😀

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